El Jardín de los Finzi Contini (Il Giardino dei Finzi Contini)

Prólogo del patíbulo

Por Emiliano Fernández

Pocas películas pusieron al descubierto la falsa sensación de seguridad de determinadas clases y colectivos sociales como El Jardín de los Finzi Contini (Il Giardino dei Finzi Contini, 1970), sin duda la gran obra maestra del último período de la carrera de Vittorio De Sica, incluso superando en poder poético y discursivo a su otra maravilla del mismo año, Los Girasoles de Rusia (I Girasoli, 1970). La película, basada en la famosísima novela homónima de Giorgio Bassani de 1962, se sirve de la autocomplacencia y el elitismo de la burguesía judía italiana de Ferrara de las décadas del 30 y 40 del Siglo XX para explorar la tendencia del ser humano en grupo a autoencerrarse en determinadas prácticas, conceptos y dialécticas compartidas entre los miembros de turno, lo que rápidamente genera una patética burbuja -adepta al delirio y el corporativismo- a su vez propensa a defender su visión unilateral del mundo desde las nociones de la tradición y/ o un saber inmemorial que sólo por su edad/ experiencia no necesitaría justificación alguna; planteo que por supuesto a mediano plazo se choca con la frialdad de un entorno comunal, nacional o internacional al que le importa un rábano las fortificaciones simbólicas o materiales que cada colectivo pudiese construir a su alrededor para desarrollarse de manera independiente con respecto al resto de la sociedad, provocando una sacudida generalmente juzgada como “imprevista” por aquellos integrantes del grupo que han logrado autoengañarse con mayor firmeza y por aquellos otros proclives a considerar a la paz y la estabilidad gregarias internas como los rasgos predominantes de la vida, sin darse cuenta de que el cambio sutil y la metamorfosis inexorablemente -nos guste o no- siempre están a la espera y deseosos de golpear la puerta para exigir nuevas -o viejas conocidas- “contraprestaciones” de la más variada naturaleza.

 

El catalizador y la premisa macro posterior del relato son relativamente sencillos: como consecuencia de las leyes raciales fascistas de 1938 en adelante que Benito Mussolini comenzó a aplicar en Italia como gesto de sumisión y acompañamiento en lo que atañe a la Alemania nazi de Adolf Hitler, un conjunto de jóvenes hebreos de Ferrara son expulsados del Club de Tenis local y así de inmediato comienzan a reunirse y a realizar torneos de manera autogestiva en la cancha del generoso jardín de la familia judía más prominente, aristocrática y refinada de la comarca, los Finzi Contini, cuyos dos miembros de más corta edad, los hermanos veinteañeros Micòl (Dominique Sanda) y Alberto (Helmut Berger), invitan por primera vez a su finca a todos sus amigos de otras clases sociales con vistas a contrarrestar la prohibición y dar una imagen de que “aquí no ha pasado nada”. De modo paulatino se construye un esquema melodramático entre los cuatro personajes centrales del film, aunque la perspectiva principal siempre es la de Giorgio (Lino Capolicchio), un pequeño burgués -y estudiante universitario como el resto- que adora a Micòl desde niño y ahora no está dispuesto a dejar pasar la oportunidad de manifestarle su amor, no obstante el tercero en discordia será otro muchacho a quien en un principio ella considera “maleducado y demasiado lombardo, comunista y peludo”, Giampiero Malnate (Fabio Testi), un amigo de Alberto y después también del propio Giorgio que comienza un affaire con la chica, algo que aparentemente no le cae nada bien al primero porque siente una apenas disimulada atracción homosexual hacia Malnate que lo conduce a facilitar la relación entre Giorgio y su hermana, la cual por cierto está presa de una ciclotimia que la lleva a insinuar interés en el joven y luego a rechazar a un Giorgio que nunca recibe una explicación clara al respecto.

 

A diferencia de tantos otros culebrones que tienen por coyuntura tiempos revueltos, esos que hacen explícitos los engranajes narrativos intervinientes y no dejan demasiado a la imaginación porque apuestan a la lágrima rauda del melodrama rosa tradicional, El Jardín de los Finzi Contini se abre camino como una rareza total que prefiere no sólo insinuar los sentimientos o motivaciones de los personajes sino también mantener un esplendoroso halo de misterio alrededor de cuán conscientes son los muchachos del peligro que se cierne sobre ellos en materia de la persecución contra los judíos de la etapa previa y posterior al estallido de la Segunda Guerra Mundial, lo que desde ya incluye la creación de la infame República Social Italiana o República de Saló, ese estado títere que los nazis montaron en el norte del país luego de la ocupación aliada del sur de 1943. Retomando lo que decíamos anteriormente en lo referido al aislamiento comunal, en el film de De Sica juega un rol fundamental la diferencia entre las ilusiones románticas de la infancia y la dureza amarga del ecosistema de los adultos, con Giorgio aferrándose de manera persistente a un anhelo de invariabilidad de cadencia pueril que está representado en el relato por un lado en la imagen celestial que él mismo se construyó de Micòl, a quien no veía ni trataba desde el colegio y sus años mozos compartidos, y por otro lado en el jardín de la mansión de los Finzi Contini, una especie de “sueño húmedo” arquitectónico que simboliza el deseo de ascender en la pirámide social para poder llegar a disfrutar de los privilegios, el tiempo libre y la riqueza que la propiedad pone bien delante de la cara de todos los que la visitan, detalle reforzado por el propio director al negarse a ofrecernos como espectadores tomas que nos permitan determinar las dimensiones reales de un jardín que a priori parece ser eterno, casi edénico.

 

Prefigurando a los barrios privados y/ o countrys del conurbano pero también a las torres lujosas de las zonas más caras de las metrópolis y grandes capitales de todo el globo, los muros que rodean a la finca de los aristócratas -y por los que se asoma la inalcanzable Micòl- representan una espina clavada en el costado del pobre Giorgio, quien desde el vamos sabe de la petulancia moderada y la sensación de impunidad de los Finzi Contini en materia de las leyes raciales, siempre pensando que no les tocará a ellos por su fortuna y preeminencia dentro de la sociedad de Ferrara e incluso haciendo absolutamente nada para impedir los ataques fascistas contra los homosexuales y los opositores políticos del signo que sea. Sin embargo, en simultáneo, el joven no puede dejar de amar a Micòl por más que hasta su padre le señala la diferencia de orígenes, idearios y estratos entre él y la muchacha, hablamos de un comerciante de mediana edad (Romolo Valli) que ve al fascismo bajo una óptica relativamente positiva porque tiende a compararlo con el mucho peor nazismo, a veces hasta defendiendo al lúgubre régimen a pesar de haber prohibido los matrimonios entre hebreos e italianos, haber excluido a los niños judíos de las escuelas públicas clásicas y haber dictaminado que los hebreos no pueden tener empleados “arios”, no pueden figurar en la guía telefónica y finalmente tampoco servir en la milicia. La iluminación sutilmente difusa de la fotografía de Ennio Guarnieri, sumada a las extrañas elipsis esporádicas, la profusión de primeros planos y la mencionada ausencia de tomas amplias contextuales para muchos escenarios de la acción, constituyen los pivotes perfectos de una narración que pasa del sustrato onírico de la primera mitad a la pesadilla claustrofóbica de la segunda parte, en la que la asfixia del corazón es a la par individual y colectiva porque la violencia racista y bélica del exterior se traduce primero en la sádica negativa de la señorita Finzi Contini a entregarse al protagonista y segundo en la traición de un Malnate que parece renunciar al siempre enfermizo Alberto para “entretenerse” entre las piernas de la mujer, desembocando en la eventual muerte del hermano de Micòl por una enfermedad sin especificar y en el fallecimiento de Malnate mientras realizaba el servicio militar en el tenebroso frente ruso.

 

El carácter caprichoso, intolerante, policial y ridículo de los estados modernos aparece en última instancia en el emparejamiento de todos los judíos del desenlace mediante el arresto por parte de los esbirros estatales, la reclusión en una otrora escuela convertida en cárcel previa a la deportación y finamente ese destino de muerte simbolizado en los campos de exterminio de los nazis, aquí eje de la triste realidad que impone su lógica y destruye la burbuja de intocabilidad intelectual/ prosaica que habían edificado los aristócratas vía un orgullo que los volvió extremadamente vulnerables frente a la amenaza fascista e incapaces de siquiera preverla en su justa medida para fugarse, algo que sí pudo hacer la clase media de Giorgio aunque no su padre, el cual se encuentra con Micòl en el prólogo del patíbulo. La falta de verdadera solidaridad social, el gusto por separarse de los demás y la tendencia a las quimeras y a minimizar los acontecimientos históricos para no darle importancia al ascenso de una derecha inmunda que impone sus edictos con la violencia y la intimidación, son todos ingredientes de un combo que asimismo sopesa la típica cobardía/ indecisión masculina cuando realmente al hombre de turno le interesa tal mujer, por un lado, y el histeriqueo perpetuo de algunas féminas que no terminan de seleccionar al macho para la cópula, por el otro. Entre la vida del estudiante y la terrorífica graduación, entre las utopías de la juventud y la insensibilidad de la adultez, entre la algarabía desbordante y la pasividad vanidosa, entre la comarca de la imaginación y la praxis más vulgar, entre lo que uno soñó y lo que nos deparó el mundo, la película de De Sica nada tiene que ver con sus clásicos del neorrealismo documentalista, Lustrabotas (Sciuscià, 1946), Ladrones de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948) y Umberto D. (1952), porque en esta ocasión nos entrega un recorrido tan enigmático como mortuorio en torno a la ceguera, esa que enmarca a las ansias de “isla autónoma” de los Finzi Contini para con la sociedad y al sueño de Giorgio para con Micòl, quien se pierde a sí misma rechazando al muchacho y vinculando el asunto al preservar la memoria del pasado pueril, a la condición de “casi hermano” del protagonista o al hecho de acostarse con el antitético Malnate, sólo para luego descubrir que tampoco es feliz con él…

 

El Jardín de los Finzi Contini (Il Giardino dei Finzi Contini, Italia/ República Federal de Alemania, 1970)

Dirección: Vittorio De Sica. Guión: Vittorio De Sica, Ugo Pirro, Vittorio Bonicelli, Franco Brusati, Alain Katz, Tullio Pinelli, Cesare Zavattini y Valerio Zurlini. Elenco: Lino Capolicchio, Dominique Sanda, Fabio Testi, Helmut Berger, Romolo Valli, Camillo Cesarei, Inna Alexeievna, Katina Morisani, Barbara Pilavin, Michael Berger. Producción: Arthur Cohn, Gianni Hecht Lucari y Artur Brauner. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 10