Estado de Sitio (État de Siège)

El aparato represor

Por Emiliano Fernández

La capacidad predictiva semi involuntaria de Estado de Sitio (État de Siège, 1972) es francamente inaudita, en especial si tenemos presente que el film de Costa-Gavras no sólo se anticipó al golpe de estado de 1973 en Uruguay, país en el que transcurren los hechos narrados, sino también a sus homólogos de Chile del mismo año y de Argentina de 1976, todo asimismo funcionando como un espejo de acontecimientos previos de otras naciones latinoamericanas que también llevaron a la instauración de dictaduras feroces, como por ejemplo el golpe de estado de 1954 en Paraguay y el de 1964 en Brasil. La película, una de las obras maestras rotundas del cine testimonial y los thrillers políticos, retrata el secuestro, interrogatorio y fusilamiento en la Montevideo de 1970 de Dan Mitrione, un torturador experto que trabajaba para la CIA adoctrinando en tales menesteres a las execrables fuerzas policiales de Brasil, República Dominicana y Uruguay, por parte del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, un típico colectivo político guerrillero de la época de cadencia marxista e inspirado por la Revolución Cubana de 1959, una organización que combatía de manera permanente y con mucho esfuerzo la escalada fascista del Consejo Nacional de Gobierno y los presidentes Óscar Diego Gestido y Jorge Pacheco Areco dentro de un esquema de crisis económica pronunciada, neoliberalismo mafioso, intervencionismo represivo imperialista yanqui, destrucción de la enclenque industria local y una persecución tenaz contra los disidentes políticos dentro del territorio y los países vecinos, lo que a su vez llevaría a Uruguay a un régimen despótico cívico/ militar -con desaparecidos y presos políticos de por medio- que abarcará desde el golpe de estado del 27 de junio de 1973, encabezado por el entonces presidente Juan María Bordaberry y las Fuerzas Armadas, hasta la vuelta a la democracia de 1985 a posteriori de un lento proceso de apertura republicana.

 

Aquí Mitrione se llama Philip Michael Santore (Yves Montand) y es secuestrado en una macro operación que incluye en paralelo la captura adicional del cónsul de Brasil, Fernando Campos (Rafael Benavente) en el relato y Aloysio Días Gomide en la realidad, y del secretario de la Embajada de los Estados Unidos, Anthony Lee (Jerry Brouer) en la película y Nathan Rosenfeld y Michael Gordon Jones -agregado cultural y segundo secretario, respectivamente- en aquella praxis de antaño, quienes son abandonados por los guerrilleros al verse cercados por distintos retenes de las fuerzas de seguridad uruguayas en una movida que luego desembocaría en el “secuestro compensatorio” de un funcionario norteamericano contratado por el Ministerio de Ganadería y Agricultura de Uruguay, el Señor Snow en la ficción y Claude L. Fly en la realidad. Partiendo del hallazgo del cadáver de Santore en la parte trasera de un automóvil abandonado y la pompa oficial ultra hipócrita que pinta al repugnante estadounidense como un mártir, la trama repasa con lujo de detalles las charlas entre los militantes tupamaros y el esbirro imperial con vistas a denunciar los “berretines” de siempre de la derecha, léase el encarcelamiento de opositores políticos, la represión de las manifestaciones populares o protestas laborales, la utilización rutinaria de tortura por parte de la policía y la milicia, la manipulación de la información según los intereses de turno y la implementación de un plan económico general que beneficie al capital financiero, las compañías multinacionales, los terratenientes, la oligarquía empresaria vernácula y los medios de comunicación del mainstream cultural, todos compinches en la época del aparato represor con el objetivo manifiesto de imponer a sangre y fuego la lógica de la explotación, el fariseísmo, la rapiña y la especulación monetaria en detrimento del proletariado, los estudiantes y los grupos de izquierda que soñaban con una sociedad más justa y equitativa.

 

Más allá de la condición de Estado de Sitio de parte constitutiva de la gloriosa trilogía inicial de la carrera de Costa-Gavras, esa que se completa con Z (1969) y La Confesión (L’Aveu, 1970), las tres en lucha abierta contra el autoritarismo y la demagogia fascistas, la propuesta es además una de las joyas del también legendario Franco Solinas, un guionista italiano con el que el griego volvería a reunirse en ocasión de Hanna K. (1983) y conocido especialmente por sus cuatro estupendas colaboraciones con Gillo Pontecorvo, El Gran Camino Azul (La Grande Strada Azzurra, 1957), Kapò (1960), La Batalla de Argelia (La Battaglia di Algeri, 1966) y Queimada (1969), además de su trabajo con señores de la talla de Francesco Rosi en Salvatore Giuliano (1962) y Joseph Losey en El Otro Sr. Klein (Mr. Klein, 1976): Solinas, incluso responsable de Una Vida Violenta (Una Vita Violenta, 1962) y de geniales spaghetti westerns como Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1966), Dios Perdona… ¡yo no! (¿Quién Sabe?, 1967), El Mercenario (Il Mercenario, 1968) y Tepepa (1969), en esta oportunidad construye un lienzo prodigioso acerca de la resistencia porfiada al poder de turno, por un lado, y en torno al maquiavelismo loco de las administraciones estatales y sus cómplices, por el otro, sobre todo el gobierno del hiper conservador Jorge Pacheco Areco, organizaciones tradicionalistas como la Juventud Uruguaya de Pie y la infaltable basura paramilitar nucleada en los Escuadrones de la Muerte, también llamados Comandos Caza Tupamaros o Defensa Armada Nacionalista, un cónclave clandestino de extrema derecha conformado por políticos, represores institucionalizados y testaferros de los grandes capitalistas y Estados Unidos que se dedicaban al hostigamiento, la censura, el secuestro, la tortura y el asesinato de disidentes, con “técnicos” importados como Mitrione/ Santore que decían estar en el país para asesorar en cuestiones de “comunicación y tráfico”.

 

Al establecer un contrapunto entre guerrilleros como Hugo (Jacques Weber) y Este (Jean-Luc Bideau) y diletantes del statu quo como el infame Capitán López de la policía (Renato Salvatori), incluso con posiciones intermedias como la del veterano Carlos Ducas (O.E. Hasse), representante del hoy casi extinto periodismo con pretensiones objetivas, la película en cierta medida retoma el discurso emancipador y de denuncia de La Batalla de Argelia para complementarlo a través de la vinculación tácita entre aquellas barrabasadas de la contrainsurgencia francesa en la Guerra de Independencia de Argelia y el fetiche con las picanas -tortura con electroshocks sobre genitales y otras partes del cuerpo- de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, entidad de la cual Mitrione era uno de sus principales docentes y adalides, otra de las ramas de yanquilandia que trabajaban junto a la CIA y la Escuela de las Américas/ Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad con la meta de aniquilar la misma posibilidad de gobiernos de izquierda en el cono sur durante las distintas fases de la Guerra Fría, por supuesto en general enmascarando el asunto bajo el latiguillo de la lucha anticomunista y en la práctica coordinando la represión más psicótica y sádica contra cualquiera que osase criticar la “inmaculada” economía de libre mercado y los valores “tradicionales y cristianos”. Como decíamos anteriormente, el carácter profético de Estado de Sitio está muy marcado porque su explicitación de los funcionamientos y complicidades intervinientes en semejante connivencia volcada al saqueo y el castigo público conservador/ ejemplificador retrata la primera etapa del ciclo de dictaduras latinoamericanas y se anticipa a las fases ulteriores, enmarcadas en una virulencia todavía mayor que a ciencia cierta no sólo abarcará a los regímenes absolutistas en sí sino también a las democracias endebles y farsescas que los sucederán, esas mismas que se extienden hasta nuestros días y continúan apelando al recurso de las eternas “excepcionalidades” nacionales para amoldar las leyes a sus gustos y volver a recurrir al miedo y a la intimidación popular vía el uso y abuso de las lacras policiales y militares de siempre, dos rubros profesionales cuya única misión es destruir la vida en todas sus formas y en última instancia someterse al servicio de las elites patronales/ capitalistas/ financieras/ latifundistas y sus socios políticos de ocasión. Mientras que en el pasado no tan remoto la intervención imperialista yanqui era más directa, derrocando gobiernos opositores o destruyendo fuerzas socialistas en ciernes, y las Fuerzas Armadas tenían un marco de autonomía mucho mayor que les permitía desarrollar un corporativismo hermanado a la avaricia y la desconfianza hacia los civiles, en nuestra contemporaneidad por un lado los engranajes de la sumisión son casi siempre económicos, de la mano de las multinacionales, las deudas externas monumentales y esos políticos lambiscones adeptos a los círculos del poder internacional, y por otro lado el aparato represor se transformó en el brazo ejecutor de las represalias de una cleptocracia que se asusta ante cualquier muestra de descontento frente a sus caprichos o ante cualquier situación que haga tambalear sus privilegios poniendo de manifiesto su inoperancia y egoísmo en cuanto a la administración estatal: hablamos de un planteo hegemónico correspondiente a naciones siempre en crisis o a punto de padecerlas cual “cuento de nunca acabar” en el que las prerrogativas de los tiranos en el poder son las únicas que cuentan en el reino de la invariabilidad histórica, la estupidez y la obediencia fanática por parte de todos esos oligofrénicos sin capacidad de verdadero razonamiento crítico, hoy agazapados en la cobardía virtual de las redes sociales y el discurso bien uniformizador/ lobotomizador de los medios masivos de comunicación con vistas a defender a los mismos políticos hambreadores y policías y militares represores que vienen gobernando desde las distintas vueltas a la democracia de la década del 80…

 

Estado de Sitio (État de Siège, Francia/ Italia/ República Federal de Alemania, 1972)

Dirección: Costa-Gavras. Guión: Franco Solinas. Elenco: Yves Montand, Renato Salvatori, O.E. Hasse, Jacques Weber, Jean-Luc Bideau, Maurice Teynac, Yvette Etiévant, Evangeline Peterson, Jerry Brouer, Rafael Benavente. Producción: Léon Sanz y Jacques Henri Barratier. Duración: 121 minutos.

Puntaje: 10