La carrera de Carlos Enrique Taboada, un profesional de impronta bien artesanal que supo formarse durante las postrimerías de la Época de Oro del cine mexicano, está de hecho enmarcada en una sutileza y un clasicismo narrativo que para el período en el que comenzó a desempeñarse como guionista primero y realizador después -recta final de la década del 50 y principios de los 60- ya estaban en vías de desaparecer porque el mismo envión tardío del neorrealismo y la efervescencia posterior de la Nouvelle Vague llevarían las aguas del séptimo arte internacional hacia comarcas creativas más autoconscientes y en buena medida experimentales que en verdad mucho no tenían que ver con la claridad retórica prístina del cine industrial de la etapa previa. Dentro de una trayectoria repleta de paradojas, Taboada adquiriría fama en tierra azteca de la mano de tres películas de horror que lo llevarían a ser reconocido por el público de su país y atacado por una crítica esnob que seguía presa de esos esquemas tan vetustos como ridículos tendientes a homologar al cine de género con propuestas culturales inferiores o pasatistas, hablamos de las recordadas Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969) y Más Negro que la Noche (1975), tres excelentes representantes del terror gótico latinoamericano que en suma funcionarían como ejercicios para la que sería su obra maestra dentro de dicho ámbito, Veneno para las Hadas (1986), un opus en verdad extraordinario que encontró al señor ganando por fin el favor de una nueva -y mucho más tolerante- generación de la prensa especializada que creció viendo sus películas y al mismo tiempo teniendo que padecer diversos problemas en cuanto a la distribución y exhibición del film en términos concretos, el cual por cierto llegó a las salas tradicionales dos años después de finiquitado y en medio de la fiebre ochentosa del slasher, pasando comprensiblemente sin pena ni gloria entre el público vernáculo a pesar de venir rubricado con una catarata de Premios Ariel por parte de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, el mayor galardón del rubro dentro de las fronteras nacionales.
Así las cosas, la película que nos ocupa de Taboada tampoco pudo escapar de la paradoja que esconde el hecho de haberse convertido con los años no sólo en la obra más célebre del director y guionista fronteras afuera sino también en uno de los ejemplos cruciales del por lo general muy poco prolífico cine de género de América Latina, nuevamente pensándolo en términos de esa posmodernidad que sobrevino luego de los 60 y 70 ya que en las etapas precedentes -léase el mainstream en castellano que tuvo como máximos exponentes a Argentina y el propio México- sí se llegaron a producir una enorme cantidad de propuestas con sed de masividad de diversas entonaciones formales y géneros. El mexicano, quien también poseía un interesante bagaje en el campo del suspenso, en Veneno para las Hadas deja ver precisamente su inteligencia clasicista para la construcción macro del guión y para los engranajes específicos de la manipulación, en esta oportunidad apostando a las fábulas infantiles más macabras y retorcidas con vistas a tratar tópicos como el control escalonado entre los individuos, el hambre de poder público compensatorio con respecto a déficits de la vida privada, la influencia del paganismo en las culturas contemporáneas, la imaginación rebosante de delirio de los niños y los adolescentes, la tendencia del ser humano a exagerar desde un subjetivismo fatalista, los alcances de la fantasía de cadencia claustrofóbica, la propensión a mentir por parte de determinados sociópatas, los planteos de sumisión que establecen algunas aficiones o vínculos, la dependencia en el marco de la amistad, y esos encontronazos prosaicos que pueden derivar en actos de venganza no por improvisados menos letales. La premisa es simple: la morocha Flavia (Elsa María Gutiérrez) se incorpora como nueva alumna en una institución educativa privada del Distrito Federal, el Colegio Dublín, donde conoce a una compañera muy particular, la rubia Verónica (Ana Patricia Rojo), una niña de la que se hace amiga bajo la creencia de que es una hechicera capaz de revelar arcanos y realizar encantamientos contra cualquiera que ose cruzarse en su camino.
A priori las chicas no podrían ser más diferentes: Flavia pertenece a una familia de la alta burguesía local que se regodea en su ateísmo, sus intereses culturales y su tiempo libre, en cambio Verónica es una huérfana de madre y padre de clase media -a raíz de un accidente automovilístico- que vive con su abuela (Marcela Páez) y su nodriza, Carmen (cuerpo de Carmen Stein y voz de Araceli de León), quien le lee cuentos de hadas antes de dormir a la muchacha y le relata historias y pormenores sobre los fantasmas, las brujas y las momias, un surtido sobrenatural que cala hondo en la psiquis de una joven que suele ser ninguneada y ridiculizada por sus compañeras de colegio, ya acostumbradas a sus arrebatos mitómanos y narcisistas. La solitaria Flavia halla en Verónica un contrapeso para su condición de “nueva” en la escuela y para una cierta tendencia a la pasividad intelectual que la pone muy a la merced de un intelecto mucho más agitado como el de su flamante amiga, la cual logra convencerla de su destreza para la magia negra y la nigromancia vaticinando la partida de la maestra de inglés del curso, algo que Verónica escucha en la oficina de la directora y que “vende” a su ingenua amiga como una confidencia al paso de un búho disecado con el que supuestamente habla de noche. El asunto a partir de este punto irá escalando porque la mocosa induce a Flavia a creer que su abuela es la verdadera versión de su ser, afirmando que no es una niña sino una bruja vieja y horrible, y porque luego de un conjuro infantil para sacarse de encima a la profesora de piano de Flavia, Madame Rickard (el cuerpo de Blanca Lidia Muñoz y la voz de Hilda Pérez Carbajal), la susodicha muere de un ataque al corazón de manera circunstancial, después de dos infartos previos y un largo tabaquismo. La cada día más dócil y abierta a la sugestión Flavia termina presa de una Verónica que pasa de tratarla como una verdadera amiga, de igual a igual, a someterla a cuanto capricho se le ocurra, lo que implica pedirle su muñeca favorita, exigirle que le regale una lapicera carísima o obligarla a escaparse del colegio con ella para ver unas momias en un convento.
Taboada condimenta este camino de perversión paulatina mediante dos estrategias retóricas complementarias y muy atractivas, la primera hermanada a la sensación de encierro con respecto a la perspectiva infantil dominante y la segunda orientada a retratar el estado psicológico de las chicas: por un lado tenemos el ardid de mantener casi siempre ocultas las caras de los adultos durante el metraje vía fuera de cuadros, tomas oblicuas o de espaldas e implementos varios/ utilería que nos impiden ver los rostros de los mayores (las cuatro excepciones están vinculadas al espanto de Flavia, hablamos de la abuela de Verónica, una hechicera que se imagina la niña y que en pantalla es interpretada por Leonor Llausás, el cadáver de Madame Rickard, y el cuidador/ vigilante de la estancia de la burguesa, ese Tono en la piel de Ernesto Schwartz), y por otro lado están las fantasías de una Verónica que mediante la credulidad de su “discípula” puede pasar de imaginarse en el rol de las nigromantes de los cuentos de Carmen a convertirse en una bruja mundana que pretende ser rica y mala, a lo que se contraponen las pesadillas y alucinaciones paranoicas de una Flavia que se asusta exponencialmente de la frialdad maquiavélica y parasitaria de su supuesta cofrade, colocándose siempre de modo inconsciente en el rol de la víctima de hechiceras del averno que pueden ingresar a la casa que gusten y/ o controlar las ramas de los árboles cual manos gigantes. Esta idea de fondo de un dominio displicente de los adultos hacia los purretes -la influencia de Carmen sobre Verónica, a la que no le presta demasiada atención porque tiene mil tareas que hacer en el hogar- que se transforma en esclavitud tácita dentro del mismo grupo etario -las dos jóvenes y los abusos de turno- llega a su máximo esplendor cuando la nodriza le cuenta a Verónica acerca de la eterna rivalidad entre hadas y brujas y la posibilidad de matar a las primeras preparando un veneno con ingredientes tales como arañas, lagartijas, sapos, serpientes, cenizas de cruces y tierra de panteón fúnebre, lo que se convertirá en el proyecto del dúo cuando partan al suntuoso rancho de la familia de Flavia.
Más allá del motivo de la aparente inocencia que deja entrever un complejo ecosistema de relaciones de poder a nivel familiar, pedagógico, psicopático y cultural, la película también sopesa las diferencias sociales y económicas entre los personajes porque así como el cansancio de Carmen, una representante del lumpenproletariado urbano, le impide darse cuenta del efecto que están teniendo sus palabras en la muchacha a su cargo, los dos padres pudientes de Flavia (Sergio Bustamante y Lilia Aragón) tampoco hacen demasiado para frenar a las niñas por fuera de hacer un mínimo espamento sobre el peculiar proyecto del “veneno para las hadas” y los insólitos ingredientes en cuestión, asimismo fallando en términos prácticos en dilucidar la naturaleza envilecida de la relación de las chicas y mucho más en eso de prever hasta qué punto Verónica puede empujar/ explotar/ usurpar a Flavia, quien nunca representó peligro alguno más allá de su estirpe, sirviéndose de la dialéctica del miedo y de las amenazas so pena de -palabras más, palabras menos- matarla en caso de desobediencia o de romper el pacto de silencio entre ellas contándole algún secretillo a sus progenitores o a los esbirros de las instituciones de los adultos (algo de ello ya venía ensayando con sus fantasías en torno a los cuentos de Carmen, poniéndose en el rol de la bruja adepta a Satanás que empuña un cuchillo y corta gargantas, y con esos “detallitos” de revancha y lavado de manos como entregarle una caja con una serpiente a una compañera que se burló de ella y a posteriori echarle la culpa a Flavia). Como en films similares en los que la imaginación más tétrica y la también lúgubre realidad se confunden, en la línea de Valeria y la Semana de las Maravillas (Valerie a Týden Divu, 1970), En Compañía de Lobos (The Company of Wolves, 1984), Tras el Cristal (1986), Sueños Alterados (Paperhouse, 1988), Criaturas Celestiales (Heavenly Creatures, 1994), Tideland (2005), La Dama en el Agua (Lady in the Water, 2006) y El Laberinto del Fauno (2006), Veneno para las Hadas posee un desenlace antológico en el que una Verónica cada vez más voraz sobreexige a Flavia pretendiendo tomar posesión de su mascota, un simpático springer spaniel inglés de color negro, y la martirizada por fin “reacciona” y en un santiamén se metamorfosea en victimaria y pirómana, dejando vislumbrar cuánto de pesadilla burguesa tiene el relato a escala intrínseca, con la pequeña sociópata simbolizando un exterior social acechante dispuesto a socavar todos los privilegios de clase de Flavia y los suyos desde una ambición rencorosa sin freno. Amparándose en la excelente música orquestal de Carlos Jiménez Mabarak y la bella fotografía de Guadalupe García, a la par del buen desempeño de ambas niñas, Taboada crea una epopeya exquisita que definitivamente inspiró a muchas obras posteriores sobre las fronteras de la fantasía, esos pichones de asesinos y en especial la distancia interpretativa entre los sujetos de la edad que sea, poniendo de relieve a la lengua compartida como un terreno de lucha en el que los hablantes y sus relatos cumplen funciones muy heterogéneas y hasta contrastantes al punto del más tenebroso desgaste…
Veneno para las Hadas (México, 1986)
Dirección y Guión: Carlos Enrique Taboada. Elenco: Ana Patricia Rojo, Elsa María Gutiérrez, Carmen Stein, Araceli de León, Blanca Lidia Muñoz, Hilda Pérez Carbajal, Sergio Bustamante, Lilia Aragón, Marcela Páez, Leonor Llausás. Producción: Héctor López. Duración: 90 minutos.