La Conversación (The Conversation)

La soledad del profesional

Por Martín Chiavarino

Entre las dos partes de la adaptación de la novela de Mario Puzo sobre la historia de la familia Corleone y la mafia italiana en Estados Unidos, El Padrino (The Godfather, 1972) y El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), el realizador norteamericano Francis Ford Coppola coló una gran pieza de relojería sobre la vigilancia y la paranoia, La Conversación (The Conversation, 1974), film que fue galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes de ese mismo año.

 

Un reconocido técnico de sonido que trabaja como contratista privado en vigilancia y seguridad recibe el encargo de parte de un magnate industrial para grabar la conversación de su esposa con un ejecutivo de la firma en un parque público de San Francisco para confirmar su infidelidad en un film pleno de suspenso que deviene en terror y demencia progresiva.

 

Coppola trabaja aquí con la relación entre la vigilancia y la intimidad. Para el protagonista, Harry Caul, interpretado de forma parsimoniosa por Gene Hackman, la conversación es una obsesión, al igual que su intimidad. Entrometerse en la vida de las personas es su profesión, pero cuando su privacidad es avasallada explota sin remedio y pierde los estribos, al igual que cuando se rompe el segundo mandamiento bíblico.

 

Es en este contexto que La Conversación se adentra en la profesión del especialista en vigilancia a partir de su rol como artesano del sonido, un apasionado que posee un equipo de alta gama con un amplificador valvular casero y un saxofonista que toca en la soledad de su departamento, profesional lleno de culpa católica por los males que su trabajo causa, labor con la que a su vez tiene una relación obsesiva y hasta fetichista.

 

Su incapacidad para construir relaciones, ya sea amorosas con mujeres o laborales con sus colegas y empleados, es directamente proporcional con su habilidad para extraer el sonido de la voz del ruido, construir artefactos para ese propósito y cumplir con el trabajo encomendado. Si sus clientes son reservados y admiran su discreción, Caul no se queda atrás y protege su vida privada como un castillo asediado que necesita constantemente estar en guardia ante posibles ataques de distintos flancos. Lo que algunos paranoicos sospechan y Caul sabe es que hoy nadie está a salvo de ser intervenido.

 

Un piano lánguido que cobra fuerza es el leitmotiv de un hipnótico acompañamiento musical compuesto por David Shire, en un film marcado por los temas de jazz de Duke Ellington y Johnny Green, entre otros. Entre un joven Harrison Ford, una breve aparición de Robert Duvall, que ni siquiera aparece en los créditos del film, un lugar pequeño para ese gran genio siempre relegado, John Cazale, y una actuación circunspecta de parte de Hackman, el film de Coppola reconstruye la historia de un crimen que aún no ha acontecido, pero que el espectador sabe que tendrá lugar por el pavor que el protagonista siente en cada uno de sus huesos.

 

Caul es un técnico, un artesano del sonido, pero también es un hombre perturbado por su pasado, que vive en su propio mundo obsesivo, casi un sociópata. El protagonista es un verdadero caso patológico que viaja en transporte público para perderse en la multitud para que no lo sigan, un hombre que se pelea con todo el mundo y además se siente culpable por la muerte de una familia debido a uno de sus mejores trabajos. La culpa lo lleva incluso a tener sueños alucinatorios, donde intenta entablar una conversación con la víctima de la escucha que Caul cree en peligro de muerte.

 

A simple vista la tecnología al servicio de la vigilancia es la motivación principal de una película realizada y estrenada a la par del escándalo Watergate, investigación que obligó al ominoso Richard Nixon a renunciar a la presidencia de Estados Unidos. Pero Francis Ford Coppola crea en La Conversación un film sobre los signos, la distinción de estos signos del ruido, la información siempre esquiva que se destaca de la banalidad con la que los medios atribulan y embotan los sentidos del espectador, el efecto que crea sentido contra el que lo confunde. El corazón de la película se encuentra precisamente en ese intersticio que esconde la verdad que Caul se obsesiona por reconstruir, derivando en uno de los mejores y más demoledores finales de la historia del séptimo arte vía la soledad del vigilante vigilado que vendió su alma al poder político y económico más concentrado, mafioso y amoral.

 

Creado al ritmo de los distintos pasos de la restauración artesanal de la conversación, el film se adentra dramáticamente a partir de la trama en las particularidades del mundo del control y la amenaza sobre la privacidad y la intimidad, espacios hoy ya considerados perdidos, incluso mal vistos en la época de las redes sociales y la visibilidad total por aquellos que siguen escondiendo sus miserias presentando imágenes pasteurizadas de una vida perfecta y siempre en orden.

 

La Conversación (The Conversation, Estados Unidos, 1974)

Dirección y Guión: Francis Ford Coppola. Elenco: Gene Hackman, John Cazale, Allen Garfield, Frederic Forrest, Cindy Williams, Michael Higgins, Elizabeth MacRae, Teri Garr, Harrison Ford, Mark Wheeler. Producción: Francis Ford Coppola. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 10