Al Interior (À l'intérieur)

Las tijeras y el refugio mundano

Por Emiliano Fernández

Gran parte del terror como género cinematográfico está encarado desde la perspectiva masculina y responde precisamente a intereses varios del varón, casi siempre centrándose en algún tipo de obsesión monotemática de corte bien sádico que suele estar vinculada con el placer sexual, la venganza, alguna fijación de la niñez, las minucias delictivas y/ o lo que sea que dictamine la locura exacerbada de turno, no obstante durante las últimas décadas ha surgido -muy de a poco y en la comarca indie- una especie de variante femenina la mayoría de las veces impulsada por directoras y guionistas mujeres, quienes en esencia retoman los tópicos paradigmáticos de aquel body horror de las décadas del 70 y 80, sobre todo la transformación corporal y el rol de la estética en los intercambios sociales, para volcarlos hacia temáticas más específicas del género como el embarazo, la menstruación, la dictadura de la apariencia, la equiparación en crueldad con los hombres y una inversión de los roles clásicos en cuanto al acecho, ahora con la fémina actuando cual depredadora y el diletante del falo funcionando como presa, planteo del que por cierto constituyen ejemplos más que elocuentes no sólo las primigenias Trouble Every Day (2001), de Claire Denis, e In My Skin (Dans Ma Peau, 2002), de Marina de Van, sino también las más recientes Jennifer’s Body (2009), de Karyn Kusama, American Mary (2012), de Jen Soska y Sylvia Soska, The Babadook (2014), de Jennifer Kent, A Girl Walks Home Alone at Night (2014), de Ana Lily Amirpour, The Invitation (2015), también de Kusama, Prevenge (2016), de Alice Lowe, Vuelven (2017), de Issa López, y Revenge (2017), de Coralie Fargeat, entre muchas otras.

 

Ahora bien, como de contradicciones vive el ser humano y en especial el arte, quizás la obra más representativa -y visceral- de este subgénero femenino del horror actual sea Al Interior (À l’intérieur, 2007), la ópera prima de los realizadores y guionistas franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury, también conocida por su título en inglés Inside, una suerte de mixtura entre el slasher más salvaje y los thrillers de invasión de hogar: mucho más sencilla, valiente y poderosa que lo que puede llegar a ser la variopinta vertiente anglosajona masculina cuando pretende examinar la identidad del sexo opuesto, algo que puede verse en opus como Ginger Snaps (2000), de John Fawcett, Teeth (2007), de Mitchell Lichtenstein, Deadgirl (2008), de Marcel Sarmiento y Gadi Harel, The Loved Ones (2009), de Sean Byrne, Excision (2012), de Richard Bates Jr., y May (2002) y The Woman (2011), ambas de Lucky McKee, la propuesta de los galos resulta extremadamente eficaz no sólo porque unifica un suspenso que va creciendo en intensidad y un más que evidente amor por la efervescencia gore, sino además porque mantiene el análisis sobre la crueldad femenina sin interferencia alguna por parte de los varones, una jugada retórica claustrofóbica que por un lado hace que víctima y victimaria compartan género sexual y por el otro lado que el nivel de violencia pase de lo relativamente “esperable” dentro de una metrópoli -una colisión automovilística accidental- a un huracán de pequeñas barbaridades que incrementan la magnitud de la tragedia de fondo desde un nihilismo fatalista que sólo los europeos saben administrar como es debido para que no resulte insoportable del todo.

 

Englobada casi siempre dentro del ecosistema cinéfilo del Extremismo Europeo, una rama del terror -especialmente de la primera década del Siglo XXI- que estuvo dominada por trabajos de directores como Alexandre Aja, Fabrice Du Welz, Neil Marshall, David Moreau y Xavier Palud, Kim Chapiron, Xavier Gens, James Watkins, Pascal Laugier, Gaspar Noé y las citadas Claire Denis y Marina de Van, Al Interior utiliza con enorme inteligencia su micropresupuesto para presentarnos el enfrentamiento entre la fotógrafa veinteañera Sarah Scarangella (Alysson Paradis) y una mujer sin nombre y con unos añitos más (la tremenda Béatrice Dalle) en un único escenario, la casa de la primera, y durante un período que se presta para cualquier masacre que uno guste montar, nada menos que la Nochebuena. La embarazada Scarangella viene de protagonizar un choque espantoso cuatro meses atrás con otro auto, en el que su bebé resultó ileso pero su marido Matthieu (Jean-Baptiste Tabourin) terminó muerto, y tiene fecha de parto en el hospital para la inefable Navidad. Así las cosas, la madre primeriza atraviesa una fuerte depresión que la hace comportarse de manera un tanto arisca con su madre, Louise (Nathalie Roussel), y su empleador, el editor en jefe Jean-Pierre Montalbán (François-Régis Marchasson), sin embargo nada la podía preparar para el hostigamiento que padecerá en su hogar a lo largo de la noche previa al nacimiento por parte de esa adusta lunática que desde el vamos le deja en claro que la estuvo siguiendo, que desea llevarse al crío y que no se detendrá ante nada ni nadie, de hecho reventando a cualquiera que ose aventurarse por el lugar dentro de una esplendorosa carnicería -siempre ayudada por unas tijeras todo terreno- que abarca al mandamás, diversos representantes de la ley, un reo y el gato negro de Sarah, quien para colmo de males asesina por accidente a su progenitora a lo The Descent (2005) clavándole una generosa aguja de tejer en su cuello.

 

Bustillo y Maury recuperan el desparpajo de los giallos italianos de los 70, valiéndose de primeros planos exquisitos y muchos efectos especiales artesanales, y el fetichismo sanguinolento de toda aquella andanada de películas de los 80 basadas en el devenir cuasi sobrenatural de un homicida cuyo ignoto background es proporcional a su determinación y carácter gélido, hoy una mujer que -por supuesto- fue la conductora del otro automóvil del cruento periplo en vía pública y por ello mismo anda con unas ganas locas de practicarle una cesárea a Scarangella en plan de justicia poética, imponiéndole una puesta en adopción que compensa al mocoso que ella también llevaba en su vientre, ya muerto. Atacando sin miramientos piernas, mejillas, pelvis, manos, ojos y hasta la frente, e incluyendo proezas maravillosas adicionales como cráneos destrozados por disparos, rostros quemados con aerosoles en llamas, una traqueotomía al paso, una tostadora utilizada de garrote y hasta el ataque de un policía zombificado por daño cerebral con una pistola táser gigantesca, la película asimismo recurre a mínimos chispazos de CGI para dar cuenta de las reacciones desesperadas de los no natos ante semejante volcán de truculencias y tampoco se priva de incluir alguna que otra fantasía cariñosa en vigilia (basta con recordar el anhelo de ella del inicio acerca del regreso de Matthieu) y la infaltable pesadilla tenebrosa que trae a colación los miedos vinculados al parto en sí (hablamos de la secuencia en la que la dueña de casa pasa de la tos y de vomitar líquido amniótico a literalmente “parir” al niño a través de su boca). El concepto de fondo de tener a una psicópata conquistando más y más terreno en una residencia burguesa de un barrio supuestamente tranquilo llega al extremo mediante la decisión improvisada de Sarah de parapetarse en el baño del inmueble, una linda metáfora acerca de la intimidad deshecha y muy pronta a ser fagocitada por el furor de la revancha.

 

Ahora bien, al igual que la enorme mayoría del Extremismo Europeo de aquellos años, Al Interior juega de manera muy explícita con el comentario social/ político/ cultural mediante la coyuntura primordial de la trama, léase los coletazos de los Disturbios en Francia del 2005 tras la muerte de dos menores musulmanes de origen africano, Ziad Benna y Bouna Traoré, quienes fallecieron electrocutados al tratar de trepar a una subestación eléctrica mientras huían de la policía, lo que funcionó en términos prácticos como un catalizador para tensiones que ya se venían acumulando en torno a la enorme pobreza de los suburbios de París y otras ciudades, la típica xenofobia de la burguesía europea y la discriminación racial, comunal y religiosa que padecen los inmigrantes y refugiados en general en todo el Primer Mundo: dentro del armado narrativo se dan cita el vandalismo y la quema masiva de coches -los dos mecanismos más importantes para la protesta popular contra los gobiernos de Jacques Chirac y Nicolás Sarkozy- de octubre y noviembre del 2005 y años venideros vía la cobertura fotográfica tácita de los hechos por parte de la víctima y la presencia de tres policías y un prisionero -relacionado con los incidentes y los cócteles mólotov- que se aparecen en la morada de Scarangella en calidad de “visita rutinaria” a posteriori de que otros colegas concurriesen antes por una llamada telefónica de Sarah sobre la morocha sospechosa. El dúo de cineastas encararían obras más o menos dignas como Livid (Livide, 2011), Among the Living (Aux Yeux des Vivants, 2014) y Leatherface (2017) aunque sinceramente todas ellas están a años luz de lo hecho en Al Interior, una película arrolladora en la que la atmósfera pesimista y la falta de concesiones formales le escapan a cualquier panfleto feminista para lelos y nos dejan extasiados por uno de esos carruseles del pavor en los que prima el arte de mancillar el refugio mundano, nuestro cuerpo y sus subproductos…

 

Al Interior (À l’intérieur, Francia, 2007)

Dirección y Guión: Alexandre Bustillo y Julien Maury. Elenco: Alysson Paradis, Béatrice Dalle, Nathalie Roussel, François-Régis Marchasson, Jean-Baptiste Tabourin, Dominique Frot, Claude Lulé, Hyam Zaytoun, Tahar Rahim, Aymen Saïdi. Producción: Vérane Frédiani y Franck Ribière. Duración: 82 minutos.

Puntaje: 10