Entre las ironías existenciales de Franz Kafka, la efervescencia circense de Federico Fellini y una estética deudora de los claroscuros y los contrastantes permanentes del expresionismo alemán, El Incinerador de Cadáveres (Spalovač Mrtvol, 1969), escrita y dirigida por Juraj Herz, funciona en simultáneo como una de las mejores comedias negras de la historia del cine, como una de las grandes obras maestras de Europa del Este y como un representante paradigmático de la Nueva Ola Checoslovaca, aquel movimiento que durante la década del 60 quebró el férreo realismo socialista del régimen comunista y volcó el tono de buena parte de las realizaciones del período hacia la comarca del absurdo, el inconformismo y la crítica de impronta satírica para con el modelo político/ social/ económico/ cultural en boga en el país, una corriente de vanguardia que incluyó a las extraordinarias y recordadas Diamantes en la Noche (Démanty Noci, 1964), de Jan Němec, La Tienda de la Calle Mayor (Obchod na Korze, 1965), de Ján Kadár y Elmar Klos, Trenes Rigurosamente Vigilados (Ostre Sledované Vlaky, 1966), de Jiří Menzel, Las Margaritas (Sedmikrásky, 1966), de Věra Chytilová, Valerie y su Semana de las Maravillas (Valerie a Týden Divu, 1970), de Jaromil Jireš, y Pedro el Negro (Cerný Petr, 1964), Los Amores de una Rubia (Lásky Jedné Plavovlásky, 1965) y ¡Al Fuego, Bomberos! (Horí, má Panenko, 1967), las tres de Miloš Forman. La película construye de manera escalonada un retrato cada vez más delirante y surrealista de la grotesca industria de la muerte aunque no encarada desde lo excepcional o esa “mirada foránea” que tanto le gusta al mainstream para brindarle al espectador un punto de vista ameno con el cual empatizar, sino examinada desde un naturalismo que unifica lo mundano con la intimidad enajenada de un protagonista que no sólo crea una justificación muy florida para su trabajo sino que lo pone al servicio de un Estado absolutista y represivo con pretensiones de exterminio masivo, régimen de cadencia tanto gélida como eficientista.
Más allá de la enorme facilidad con la que se puede extrapolar el sustrato conceptual del convite a la mayoría de los gobiernos contemporáneos, lo cierto es que la trama se concentra en una etapa muy específica de la historia de aquella Checoslovaquia (1918-1992), hablamos de la génesis de los dos Estados títeres que la Alemania nazi supo montar entre 1938 y 1939 en el contexto previo a la Segunda Guerra Mundial, léase el Protectorado de Bohemia y Moravia y la República Eslovaca, los cuales se caerían en 1945 junto a las pretensiones imperiales de Adolf Hitler y en esencia estuvieron determinados por una nula autonomía gubernamental y muchas políticas antisemitas. El relato está basado en la novela homónima de 1967 del también coguionista Ladislav Fuks y analiza al personaje del título, Karel Kopfrkingl (Rudolf Hrušínský), el curioso encargado de los dos hornos a gas de un gigantesco crematorio que puede transformar a los muertos en polvo en apenas 75 minutos, como él siempre dice con evidente orgullo ya que desde la concepción semi metafísica de su profesión lo que hace a diario es un servicio inmaculado que se vincula a facilitar la “liberación” de las almas de la cárcel del cuerpo para que puedan reencarnar, logrando que floten puras en el éter y ya ajenas a los sufrimientos de la vida, interpretación que se deriva de su admiración fanática con respecto al Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos, uno de los textos canónicos del budismo del Tíbet. En el período entre la muerte en 1933 del decimotercer dalái lama, Thubten Gyatso, y el reconocimiento entre 1937 y 1940 del decimocuarto, Tenzin Gyatso, Kopfrkingl sufre delirios místicos esquizofrénicos en los que él mismo es coronado como el nuevo dalái lama por un duplicado en versión monje de su persona en tanto insólita reencarnación de Buda en la Tierra, visión en la que confluyen un enorme narcisismo y la hilarante hipocresía de base, cortesía esta última de su acercamiento al desprecio racista de los esbirros de los alemanes en Checoslovaquia y su causa genocida.
Mientras se empapa en público de un discurso petulante sobre la importancia de la familia, le presenta su glorioso “Templo de la Muerte”, el crematorio, a un nuevo asistente, el Señor Dvorák (Jiří Menzel, nada menos), y en especial estrecha lazos políticos/ institucionales con Walter Reinke (Ilja Prachar), un amigo con el que peleó en la Primera Guerra Mundial y hoy un nazi ortodoxo en ascenso y diletante de la pureza germana, vamos conociendo el fariseísmo manipulador de Karel en lo que atañe a sus relaciones cotidianas, ya que a su esposa Lakmé (Vlasta Chramostová), con la que está casado desde hace 17 años, le mete los cuernos yendo una vez al mes a un burdel de Praga para encontrarse con su prostituta favorita, Dagmar (asimismo en la piel de Chramostová), a su hijo de 14 años, Mili (Miloš Vognic), lo considera un enclenque y un afeminado, a su hija pianista de 16, Zina (Jana Stehnová), apenas si la registra porque es mujer, y para colmo a un compañero laboral morfinómano, Fenek (Dimitri Rafalsky), lo estafa llevándose una colección de moscas disecadas y prometiéndole a cambio algo de morfina que jamás le entrega. Entusiasmado por la doctrina de la pureza racial alemana de Reinke y la posibilidad de transformarse en el nuevo director del crematorio bajo el halo estatal del Protectorado de Bohemia y Moravia, Kopfrkingl comienza a denunciar a todos los que hablaron mal de los nacionalsocialistas y a los judíos que conoce, como por ejemplo ese Doctor Bettleheim (Eduard Kohout) al que acude de modo regular para chequear si Dagmar le contagió alguna enfermedad venérea, y a posteriori de una orgía nazi repleta de putas, alcohol y funcionarios/ colaboracionistas checos también se consagra a pensar que es necesario matar a Lakmé porque su madre era judía y de por sí la mujer no quiere que se una al Partido Nazi, información brindada por Walter. Luego de obligar a su esposa a suicidarse ahorcándose, Karel opta por reventar a golpes con una barra de metal a Mili, otro “caso perdido” por su supuesta homosexualidad.
Desde el maravilloso montaje avant-garde símil recortes de la secuencia inicial de créditos hasta el morboso discurso del tramo final de Kopfrkingl con el tríptico El Jardín de las Delicias (1500-1505) de Jheronimus Bosch alias El Bosco de fondo, ya completamente extasiado por la posibilidad de incinerar a miles y miles de seres humanos mediante hornos gigantescos para “liberarlos” de los grilletes del mundo prosaico en forma de un humo empardado a almas que se elevan hacia el cielo, El Incinerador de Cadáveres se sirve de motivos formales varios para crear una atmósfera ensoñada y al mismo tiempo cruelmente realista relacionada con la burocracia de la muerte y sus desvaríos autojustificantes, como por ejemplo los soliloquios hiper líricos de Karel, su obsesión con los cuadros al azar y la decoración de las paredes, su carácter pulcro y abstemio (no fuma ni bebe), el acoso sexual hacia una empleada bella y joven de limpieza del crematorio, la Señorita Lisková (Carmen Mayerová), la ridícula idea de llevar a Mili a ver un match de boxeo para hacerlo más viril, las recurrentes fantasías/ alucinaciones/ visiones que pueblan el relato, la presencia de una pareja que siempre está discutiendo a pura paranoia y estupidez (Vladimír Mensík y Míla Myslíková), todo el mejunje ideológico y religioso con el tópico de la reencarnación de los sujetos, el fatalismo de tener que cargarse a toda su familia -Zina se le escapa pero los nazis prometen solucionar ese cabo suelto- para ascender al Olimpo profesional de un Estado genocida, y finalmente la noción de equiparar a su esposa y su meretriz predilecta a través del detalle de ambas compartir el rostro de Chramostová, dejando bien en claro que en la burguesía prima la vida paralela y la búsqueda secreta en el exterior de lo que no se halla en el interior familiar. El humor negrísimo mortuorio y la parodia del espiritualismo occidental new age sesentoso y de la locura mesiánica de los psicópatas en el poder que se venden como “civilizados” no llegarían a este nivel de perfección si no fuera por el genial diseño de producción de Zbynek Hloch, la sardónica música sacra de Zdenek Liska, la edición experimental de Jaromír Janácek y ni hablar de la estupenda fotografía de Stanislav Milota, plagada de juegos con las lentes, tomas oblicuas, primeros planos y cámaras en mano, todos recursos inspirados en la Nouvelle Vague aunque con la diferencia de que aquí sí adquieren verdadero estatuto batallante porque están puestos al servicio de una historia y un discurso de barricada que en un único movimiento denuncian la complicidad local para con los tiranos de antaño y se burlan del asfixiante régimen comunista y su estela autoritaria de gobierno (la paradoja de turno pasa por el hecho de que sin duda la película y la Nueva Ola Checoslovaca en su conjunto fueron posibles gracias a un aflojamiento del control público que cristalizó en la Primavera de Praga de 1968, el cual llegó a su fin con la invasión de las tropas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el endurecimiento del régimen socialista hasta su eventual disolución en 1992, con el país dividiéndose en la República Checa y Eslovaquia). El fascinante film de Herz, un realizador que tendría una carrera muy interesante a futuro, es testimonio tanto de su época como de las patrañas prototípicas atemporales que suelen esgrimir los fascistas de ayer, hoy y siempre al momento de darle un marco de legitimidad cientificista a sus barbaridades, pavadas y caprichos más sádicos…
El Incinerador de Cadáveres (Spalovač Mrtvol, Checoslovaquia, 1969)
Dirección: Juraj Herz. Guión: Juraj Herz y Ladislav Fuks. Elenco: Rudolf Hrušínský, Vlasta Chramostová, Ilja Prachar, Miloš Vognic, Jana Stehnová, Jiří Menzel, Dimitri Rafalsky, Eduard Kohout, Carmen Mayerová, Vladimír Mensík. Producción: Ladislav Hanus, Jiří Sebor y Vladimír Bor. Duración: 95 minutos.