Verdadera película maldita y obra de culto posmoderna por antonomasia, Donnie Darko (2001) representa el típico caso de film de impronta intelectual -una rareza en el mercado norteamericano, por cierto- que se derrumba en taquilla debido a una salida comercial minúscula que para colmo estuvo enmarcada en el período posterior a los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001, con los responsables de la distribución asustándose a pura paranoia porque uno de los motivos de la propuesta -precisamente- es la caída de una turbina de un avión sobre el techo de la casa del protagonista. Viéndola a la distancia, la película es en esencia una reformulación del cine de David Lynch, del cual el director y guionista Richard Kelly extrae todos los latiguillos formales, aunque no tanto volcada al terror en sí y la comarca macro de los thrillers sino a la ciencia ficción rigurosa modelo La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone) y en especial Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits), debido a que echa mano de uno de los recursos más utilizados del género, la paradoja de predestinación, léase la cadena interminable de acontecimientos en los que el eventual navegante temporal queda preso/ inmiscuido una vez que determinado hecho que supuestamente estaba destinado a ocurrir no sucede, disparando una reacción en cadena que juega con la lógica causal de los relatos y el eventual “deus ex machina” para que todo se cierre de una buena vez y el bucle del delirio paralelo llegue a su fin: palabras más, palabras menos, esta es la estructura retórica que sigue el film y hasta hace referencia a los polos en choque/ mundos en colisión asignándoles las categorías de “universo primario”, la realidad que debería haber acontecido y queda latente, y “universo tangente”, la dimensión colateral cuya existencia tiene fecha exacta de vencimiento y siempre es menor a un mes calendario.
Si bien el desarrollo de los acontecimientos -sobre todo en el Corte del Director de 134 minutos, bastante superior al estándar de 113- está muy bien y trabaja todas las facetas de este fascinante fetiche con los viajes en el tiempo, sin lugar a dudas lo más interesante del convite en general es el planteo inicial, uno de los mejores catalizadores del cine fantástico estadounidense y una gran escena muy cercana al ecosistema creativo de Lynch: el 2 de octubre de 1988 en el pueblo de Middlesex, en Virginia, el adolescente del título (Jake Gyllenhaal), quien vive con su hermana mayor Elizabeth (Maggie Gyllenhaal), su hermana menor Samantha (Daveigh Chase) y sus padres Eddie (Holmes Osborne) y Rose (Mary McDonnell), se despierta en medio de la noche guiado por una misteriosa voz y camina hacia el exterior de la casa, encontrándose con una figura en un lúgubre traje de conejo que responde al nombre de Frank (James Duval) y le dice que el mundo llegará a su fin dentro de 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos, luego de lo cual el motor de un jet cae justo encima de la habitación del muchacho y éste se sorprende al día siguiente hallándose desorientado en un campo de golf cercano. El mundo paralelo del “no muerto” comienza a ser conducido por la persona que lo salvó, ese tal Frank, quien aparentemente hará todo lo posible con la meta de corregir el desvío que él mismo originó empezando por manipular al joven, el cual de por sí está viendo a una psiquiatra, la Doctora Thurman (Katharine Ross), luego de que quemase una casa abandonada, haciendo que inunde su colegio, le clave un hacha a la estatua de bronce de la mascota del lugar, un bulldog antropomorfizado llamado Mongrel, y prenda fuego la mansión de un repugnante gurú de autoayuda, Jim Cunningham (Patrick Swayze), en cuyo hogar los bomberos hallan un “depósito” de pornografía infantil.
Kelly, como tantos otros diletantes de la querida ciencia ficción, contrasta dos tragedias de acuerdo a cada línea temporal y pone al protagonista a elegir en un sutil dilema que se va perfilando de a poco, por un lado remarcando la contingencia de la propia muerte de Darko vía la aceptación de que en ese 2 de octubre debería haber fallecido, y por el otro lado estableciendo como contrapunto la relación romántica que nace en el universo tangente con una compañera de la escuela secundaria, Gretchen Ross (Jena Malone), quien se mudó hace poco a Middlesex junto a su madre para escapar de su violento padrastro. Lo destacable del film no pasa tanto por la cadena meticulosa de incidentes que se suceden en el plano paralelo de la existencia del muchacho sino por lo compleja y rica que es la comunidad que rodea al protagonista y su misma psiquis: en lo que atañe a este último apartado, la obra juega con la posibilidad de que el sustrato sobrenatural se deba a una serie de alucinaciones diurnas del estudiante, un esquizofrénico-paranoico, enfatizando un descenso hacia la locura acorde con sus visiones acuosas de los distintos centros de gravedad de los sujetos y sus sendas espacio/ temporales semi prefijadas, y en lo que respecta al pueblito, éste va más allá de los compañeros de colegio, sus sensatos padres o la también medida psiquiatra, ya que el devenir incluye a los profesores de Gimnasia, la conservadora y bobalicona Kitty Farmer (Beth Grant), toda una fanática de Cunningham, de Ciencia, Kenneth Monnitoff (Noah Wyle), quien le da a Darko un libro intitulado La Filosofía de Viajar en el Tiempo, de la ex docente Roberta Sparrow (Patience Cleveland), y de Literatura, la heterodoxa Karen Pomeroy (Drew Barrymore), quien termina siendo echada por analizar en clase The Destructors (1954), de Graham Greene, hipotética inspiración para los asaltos del horror.
En muchas oportunidades cuando se habla del opus de Kelly se pone demasiado énfasis en que funciona como una exploración de la manía ancestral del ser humano con “lo que pudo haber sido” si se tomaba tal decisión en vez de aquella en tal coyuntura, dejando de lado el hecho de que la película también es un muy buen retrato de la angustia adolescente a secas, esa que todavía se ubica entre la inocencia de la niñez y las múltiples responsabilidades que la sociedad le impone a los adultos a lo largo de la vida, suerte de pantallazo melancólico y muy sincero de la etapa estudiantil con todas sus miserias y una curiosidad por demás vasta y agresiva, caracterizada por el ejercicio permanente de la crítica irónica y una violencia mayormente justificada contra aquellos considerados unos farsantes o borregos/ cómplices de tamaña hipocresía comunal (en este sentido, la trama no endiosa a Darko porque lo muestra arremetiendo con justicia contra personajes patéticos como Farmer y Cunningham pero también equivocándose feo cuando ataca gratuitamente a su madre o cuando se rehúsa a empatizar en clase con los conejos de Watership Down, la famosa novela de Richard Adams de 1972 que a su vez fue llevada a la pantalla grande por el genial Martin Rosen en 1978 a través de la animación, de por sí fuente primordial para el susodicho Frank, tanto por su apariencia símil conejo como por aquella premonición nefasta que trae consigo en los primeros minutos del metraje). Aquí ya puede verse todo el caos retórico controlado que enmarcaría a las dos obras siguientes del cineasta, la muy fallida Las Horas Perdidas (Southland Tales, 2006) y la despareja aunque interesante La Caja Mortal (The Box, 2009), no obstante en Donnie Darko el andamiaje surrealista está mucho mejor redondeado y las capas interpretativas resultan más atractivas gracias a una coherencia ausente en las citadas.
Otro pivote fundamental del entramado formal es la maravillosa música seleccionada para determinadas secuencias, como por ejemplo Never Tear Us Apart (1988), de INXS, para la escena introductoria de Middlesex y la familia del protagonista, Head over Heels (1985), de Tears for Fears, para la presentación del colegio, Notorious (1986), de Duran Duran, para la secuencia de la coreografía del grupo de baile de Samantha, Sparkle Motion, las eternas Love Will Tear Us Apart (1980), de Joy Division, y The Killing Moon (1984), de Echo & the Bunnymen, en ocasión de las escenas que transcurren durante la fiesta improvisada que Donnie y Elizabeth organizan para celebrar que ella fue aceptada en la Universidad de Harvard, y finalmente Mad World (1982), de Tears for Fears, en lo referido al desenlace con la mayoría de los personajes despertando del “sueño” del universo tangente, aunque en una excelente versión de apenas piano y mellotron cortesía de Michael Andrews y Gary Jules. Es también el final, en el cual Donnie elige morir bajo el peso del motor del jet y así suprimir una retahíla de eventos que conducirían a la muerte accidental de Gretchen y el asesinato de Frank a manos del propio Darko, el que le concede un encanto romántico especial a la faena porque la transforma en una alegoría sobre el sacrificio individual en pos de viabilizar que siga en esta Tierra alguien que ni siquiera podrá agradecérselo porque en el universo primario los dos adolescentes jamás llegarán a conocerse, dejando un hermoso déjà vu flotando que en pantalla está representado por el saludo recíproco y honesto de las desconocidas Rose, la madre que llora a su hijo afuera de su hogar, y la misma Gretchen, una chica que simplemente pasaba por ahí con su bicicleta, dando a entender que el “fin del mundo” es bien íntimo y abarca lo único realmente invaluable que tenemos, nuestra vida…
Donnie Darko (Estados Unidos, 2001)
Dirección y Guión: Richard Kelly. Elenco: Jake Gyllenhaal, Jena Malone, Holmes Osborne, Maggie Gyllenhaal, Daveigh Chase, Mary McDonnell, James Duval, Patrick Swayze, Drew Barrymore, Katharine Ross. Producción: Sean McKittrick, Nancy Juvonen y Adam Fields. Duración: 134 minutos.