El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King)

La amistad y la ambición

Por Emiliano Fernández

Todo lo que está bien en el cine de aventuras está condensado en El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), no sólo una de las últimas obras maestras de John Huston sino un film que se ubica a la misma altura de sus otras geniales epopeyas en torno a periplos de exploración y/ o incertidumbre esencial como El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), La Reina Africana (The African Queen, 1951), La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953), Moby Dick (1956) y El Cielo fue Testigo (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957), películas que a su vez ponen de manifiesto la concepción que tenía el director y guionista acerca de los viajes que suelen encarar sus antihéroes vía un sustrato tragicómico en el que el derrotero en cuestión funciona como un sinónimo de la vida misma ya que por un lado las lágrimas y las risas nunca nos abandonan, en ocasiones turnándose y en otras oportunidades mezclándose de manera caótica, y por el otro lado el resultado final siempre es el mismo, léase un fracaso más o menos pronunciado que también pasa a equipararse con el “remate” inevitable de la existencia, el óbito, indicando que por más grande o pequeño que haya sido nuestro discurrir por este mundo -o nuestras ansias e intereses- todo siempre derivará en polvo que se fusionará con el viento. Esta noción calza perfecto con el famoso cuento homónimo de Rudyard Kipling, publicado por primera vez en la antología The Phantom Rickshaw and other Eerie Tales (1888), en el que se relata una desquiciada expedición a Kafiristán, región montañosa que se encontraba muy aislada a fines del Siglo XIX y que abarca territorios que en la actualidad pertenecen a Afganistán y Pakistán, por parte de un par de ex militares británicos asentados en la India colonial en pos de riquezas y de convertirse en reyes absolutos de la zona aprovechando la ignorancia, simpleza y supersticiones de los habitantes locales, para colmo muy adeptos a la castración, las violaciones, el fetiche de degollar y a jugar al polo con cabezas humanas.

 

La historia es muy sencilla y sigue el modelo retórico de los folletines de aventuras más clásicos, ahora con los dos sinvergüenzas de turno, Peachy Carnehan (Michael Caine) y Daniel Dravot (Sean Connery), topándose de casualidad con el propio Kipling (Christopher Plummer) cuando el primero le roba en una estación ferroviaria el reloj a Rudyard y pronto se arrepiente y pretende devolverlo ya que halla el emblema de los masones, el grabado del ojo, el compás y la escuadra. Como ambos forman parte de la logia, Carnehan le pide que le entregue un mensaje a Dravot y de este modo Kipling descubre que los granujas pretenden hacerse pasar por corresponsales del periódico Northern Star para chantajear al rajá de Degumber amenazándolo con hacer público el más que cruento asesinato de su suegra, a la que llenó de pimientos rojos, colgó de una viga y azotó sin más hasta matarla. El escritor y periodista, quien resulta ser el verdadero representante del diario, le pasa la información a las autoridades inglesas para salvarles la vida a Daniel y Peachy ante lo que parecía una muerte segura, los cuales son detenidos y puestos a disposición del Comisario de Distrito (Jack May), a quien asimismo chantajean para ser liberados insinuando que están enterados de su potencialmente escandalosa relación con la hermana del editor del Northern Star. Afirmando que la India ya les queda chica, los dos protagonistas se presentan en la oficina de Rudyard para contarle sus planes y para que oficie de testigo de un contrato que firman frente a sus ojos en el que detallan que primará la solidaridad entre ambos y renunciarán al alcohol y a las mujeres hasta que alcancen su objetivo, nada menos que convertirse en monarcas de Kafiristán asociándose con algún caudillo del lugar, derrotando a sus vecinos, alzándolo al nivel de rey y luego suplantándolo con el objetivo manifiesto de hacerse con el trono y saquear el país como si se tratase de una estrategia inspirada en la Conquista de América, aunque sutilmente adaptada a las peculiaridades geográficas de Medio Oriente.

 

Después de chequear información varia en los libros y mapas del escritor, los ex sargentos se lanzan a una zona de la que los occidentales conocen muy poco y que fue controlada por Alejandro Magno cuando en el 328 a.C. derrotó al Rey Osares y se casó con su hija Roxana, lo que provoca que ambos vuelvan a Degumber, efectivamente chantajeen al rajá y después utilicen ese dinero para comprar 20 fusiles y emprender un viaje en el que Dravot se hace pasar por sacerdote loco y Carnehan por su siervo, llevándolos a atravesar la frontera de incógnito, surcar ríos agitados, luchar contra ladrones en las llanuras afganas y recorrer una temible cordillera helada, el Hindú Kush, que provoca la ceguera temporal de Daniel y que queden atrapados en un desfiladero que se termina abriendo para el paso por una avalancha. La llegada a la zona habitada, una región muy árida plagada de tribus independientes en lucha, los hace conocer a un gurkha, el fusilero Machendra Garung alias Billy Fish (Saeed Jaffrey), que fue el único sobreviviente de una expedición de geógrafos británicos, señor que se transforma en el traductor de Carnehan y Dravot cuando se unen al jefe vernáculo, Ootah (Larbi Doghmi) del clan erheb, en una cruzada contra los bashkai, unos enemigos que tienen por costumbre el robo y el hilarante “detalle” de orinarles el río a sus vecinos cuando se bañan. La victoria es casi automática porque los erheb y los bashkai confunden a Daniel con el hijo de Alejandro Magno, Sikandro, y le otorgan estatuto divino al ver que recibe una flecha en batalla y se la saca sin sangrar, sin darse cuenta que se clavó en su cartuchera y no en su cuerpo. Aprovechando el mito arrastrado por generaciones y con Billy Fish como cómplice, los protagonistas logran coronar a Daniel en la ciudad santa de Sikandrogul y acceden al tesoro de Alejandro Magno, aparentemente un masón como ellos porque encuentran el emblema en una roca tallada que el gran sacerdote de Kafiristán, Kafu Selim (Karroom Ben Bouih), reconoce de un pequeño colgante en el cuello de Dravot.

 

La propuesta utiliza de manera magistral el humor negro de siempre de Huston de cadencia irónica e hiper nihilista, aquí firmando el guión junto a su colaboradora habitual Gladys Hill, y precisamente por ello El Hombre que Sería Rey sin duda puede interpretarse como una parodia extraordinaria tanto del imperialismo anglosajón y europeo como de la fórmula narrativa del outsider y/ o el llamado “salvador blanco”: en lo que atañe al primer apartado, aquí en vez de la vieja estratagema bélica de dividir y conquistar encontramos a su opuesto exacto, eso de unificar bajo una misma bandera a las tribus salvajes en incesante pugna territorial para establecer una suerte de Estado moderno que respete los criterios culturales y religiosos autóctonos dentro de una estructura típicamente plutocrática, y en materia del esquema narrativo del extranjero supuestamente “civilizado” que viene a imponer el orden entre los forajidos sin ley, bien se puede aseverar que el film también se burla del asunto debido a que todo el tiempo compara a la brutalidad abierta de los afganos con la brutalidad hipócrita y menos ostentosa -de tufillo más ideológico que apenas práctico/ material- de los europeos, planteo que va más allá de los estudios antropológicos de realizadores posteriores como Peter Weir, John Boorman o Werner Herzog ya que se mete explícitamente con la arquitectura retórica por antonomasia de Hollywood en la que los adalides caucásicos casi siempre resultan victoriosos en esto de imponer sus valores e idiosincrasia sobre el sentir de los otros lejanos de la etnografía, hoy fracasando estrepitosamente en consonancia con los “malentendidos culturales” y sobre todo el descubrimiento del engaño religioso de fondo, cuando Daniel cae en la egolatría, se convence de que en serio es descendiente espiritual de Alejandro Magno, no escucha la petición de escapar de Peachy, apuesta a quedarse de manera permanente en Sikandrogul y elige por esposa a una tal Roxana (Shakira Caine), quien lo muerde y así revela de sopetón su carácter mortal a través de la sangre derramada.

 

Como afirmábamos con anterioridad, la soledad de los antihéroes, su impronta tragicómica y su condición de apóstatas de las instituciones -y/ o de las tontas “marcas registradas” de la sociedad occidental, sus gobiernos o el ideario estándar- se vinculan con el dejo aventurero de las otras gestas del cineasta pero también con la desesperación o angustia existencial que caracteriza a los personajes principales de las distintas facetas/ etapas/ identidades de la trayectoria de Huston, como el film noir de El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941), Huracán de Pasiones (Key Largo, 1948), Mientras la Ciudad Duerme (The Asphalt Jungle, 1950) y El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985), el espionaje de A Través del Pacífico (Across the Pacific, 1942), La Lista de Adrián Messenger (The List of Adrian Messenger, 1963), La Carta del Kremlin (The Kremlin Letter, 1970) y El Emisario de Mackintosh (The MacKintosh Man, 1973), el western crepuscular de Lo que no se Perdona (The Unforgiven, 1960), Los Inadaptados (The Misfits, 1961) y El Juez del Patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), y el drama más o menos intimista de Moulin Rouge (1952), Freud (1962), La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, 1964), Reflejos en un Ojo Dorado (Reflections in a Golden Eye, 1967), Paseo por el Amor y la Muerte (A Walk with Love and Death, 1969), Ciudad Dorada (Fat City, 1972), Sangre Sabia (Wise Blood, 1979), Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984) y Desde Ahora y para Siempre (The Dead, 1987). Si bien retomaría algo del espíritu lúdico e inconformista de El Hombre que Sería Rey en la muy inferior pero simpática Fuga a la Victoria (Victory, 1981), lo cierto es que la presente es la última encarnación cabal de aquellas epopeyas del director que giraban alrededor del devenir de bohemios, trotamundos, “locos lindos” o simples almas inquietas que buscaban eludir los límites sociales o legales para abrazar un futuro incierto que todo prometía cual utopía en la que la amistad y la ambición se dan las manos hasta la aparición de la parca.

 

En este sentido, la faena no cae en toda esa melancolía berreta y lacrimógena del cine de aventuras de nuestros días porque esquiva el ardid de lamentar repetidamente la destrucción de aquel mundo romantizado del descubrimiento, el honor, la valentía, los misterios y la crueldad más imprevista e imaginativa, optando en cambio por celebrarlo dándole nueva vida y reconstruyéndolo con cariño y muchísimo esmero en cada uno de los fotogramas del opus, una jugada ideológica sustentada en un corazón inmenso que pondera el andar errante de estos pícaros que son en simultáneo diletantes de las masacres colonialistas y viajeros de una vanguardia marginal que ingresaba sin seguridad ni pivote alguno -y con todo por perder y todo por ganar- en regiones desconocidas y aún “por descubrir”, a pesar del hecho de que ya estaban habitadas desde hacía miles de años. El proverbial choque de culturas de las fases expansionistas de las monarquías y democracias capitalistas o modernas, esa enmarcada en una civilización que dice traer el progreso y la ilustración pero sólo se dedica al saqueo entre los pueblos más ortodoxos en sus creencias y poco proclives a sopesar en su justa medida la visita de los forasteros, no tendría este nivel de excelencia si no fuera por las esplendorosas locaciones en Marruecos y Francia y la intervención de los estupendos Connery y Caine, dos actores prodigiosos que mantienen a Daniel y Peachy -ambos con un largo prontuario a cuestas y sin la gratitud de un Imperio al que ayudaron a construir- en una frontera difusa entre la ética de cartón pintado de los ingleses y el pragmatismo más colorido, vil y parasitario, amén del admirable trabajo adicional de Plummer, Jaffrey y Ben Bouih (la bella Shakira Caine, la esposa de siempre de Michael, fue una incorporación de último minuto en un proyecto que tuvo una gestación de dos décadas y múltiples actores involucrados, como Humphrey Bogart y Clark Gable, Burt Lancaster y Kirk Douglas, Richard Burton y Peter O’Toole, y Robert Redford y Paul Newman). La obra no ha perdido ni un ápice de su potencia y vitalidad con el transcurso de los años y en suma constituye el gran testamento fílmico de un Huston eterno capaz de otorgarle humanidad y sapiencia a un par de deliciosos vividores todo terreno, incluso hasta regalándonos uno de los finales más hermosos, emotivos, feroces y sinceros de la historia del séptimo arte con la condena a muerte de Dravot, el cual es arrojado por los afganos al vacío desde un puente que también desaparece y que construyó su amigo, y con un Carnehan que es crucificado por sus mentiras y que logra sobrevivir y regresar a la India como mendigo para contarle la historia a Kipling y dejarle el cráneo de Daniel -con su corona- arriba de un escritorio, gesto que a su vez nos habla de las debacles de la codicia humana, la hermandad entre semejantes y el placer primordial subyacente a las narraciones, ahora vía un Rudyard atónito recibiendo el relato, pasándoselo a Huston y él asimismo legándolo a nosotros para toda la posteridad…

 

El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, Reino Unido/ Estados Unidos, 1975)

Dirección: John Huston. Guión: John Huston y Gladys Hill. Elenco: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, Larbi Doghmi, Jack May, Karroom Ben Bouih, Mohammad Shamsi, Albert Moses, Shakira Caine. Producción: John Foreman. Duración: 129 minutos.

Puntaje: 10