Moby Dick (1851), de Herman Melville, es una novela por momentos brillante y en otras ocasiones francamente aburrida y por demás extensa que funciona más como un tratado de caza de ballenas y un retrato de la agitada vida de los marinos del Siglo XIX que como una epopeya de aventuras, una parábola acerca del choque siempre trágico entre la naturaleza y los seres humanos y una exploración de esa dinámica que todos conocemos centrada en el oscurantismo, la obsesión, la locura y la muerte. La adaptación que llevó a cabo el inmenso John Huston, Moby Dick (1956), no sólo desecha toda la pomposidad algo vacua/ fanática cristiana protestante de la novela -típica del período y en especial de los norteamericanos- sino que recupera los pasajes más interesantes, bellos y poéticos y agrega escenas originales que surgieron de la colaboración entre el director y nada menos que Ray Bradbury, gloria de la literatura de ciencia ficción, a la hora de redactar el guión, filtrando y condensando el voluminoso libro de Melville. Rodada en el Reino Unido, Portugal, España e Irlanda, la película pertenece al ciclo de odiseas agridulces de aventuras de Huston, ese que comienza con El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), La Reina Africana (The African Queen, 1951) y La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953), pasa por la presente Moby Dick y El Cielo fue Testigo (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957), y luego llega a su cierre con El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), todas obras maestras del cine que ponen en primer plano la potencia y honestidad ideológica del realizador y cuánto adoraba los periplos catastróficos que derivaban en derrotas materiales y/ o conceptuales -en la tradición de aquella del recordado desenlace de El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941), precisamente- en las que los protagonistas terminaban con las manos vacías cual metáfora del poder destructor, caprichoso y hasta sinceramente absurdo de gran parte de los anhelos humanos autoimpuestos y las utopías detrás de tantas misiones.
Al igual que en el texto primigenio, aquí el narrador es Ismael (Richard Basehart), un joven con algo de experiencia en la marina mercante que a fines de 1841 llega al pueblo de New Bedford, en Massachusetts, con la firme intención de embarcarse en un ballenero, por ello se hospeda en la taberna Spouter Inn de Peter Coffin (Joseph Tomelty) y pasa una noche lluviosa al lado de un arponero polinesio adepto al canibalismo y la reducción de cabezas, Queequeg (Friedrich von Ledebur), con quien eventualmente traba una muy cálida amistad. Luego de un apasionado sermón por parte del Padre Mapple (Orson Welles), el clérigo de la capilla local y adepto porfiado a la fábula bíblica de Jonás y ese “gran pez” que lo tragó, el barco elegido por ambos es el Pequod, nave que recorrerá los océanos durante tres largos años con una tripulación que abarca todos los rincones del planeta e incluye a Starbuck (Leo Genn), un cuáquero y segundo oficial, Pip (Tamba Allen), grumete afroamericano de corta edad, Flask (Seamus Kelly), el tercer oficial, Daggoo (Edric Connor), un arponero africano, Perth (Ted Howard), el herrero del barco, Tashtego (Tom Clegg), otro arponero aunque de ascendencia aborigen norteamericana, y Stubb (Harry Andrews), el oficial más afable del lote. Sin embargo el que verdaderamente domina esa serie de tablones de madera flotantes es el Capitán Ahab (Gregory Peck), un líder tan carismático como demencial con una experiencia de cuatro décadas en el mar, un rostro marcado por una horripilante cicatriz y una pierna izquierda ortopédica desde la rodilla hacia abajo, explícitamente obsesionado con cazar al animal responsable de la mutilación, un cachalote blanco y gigantesco apodado Moby Dick al que se propone perseguir siguiendo sus patrones de migración según las estaciones del año y los océanos que las ballenas suelen surcar, en términos prácticos casi todos los del globo terrestre. Así las cosas, el susodicho clava una onza española de oro en un mástil que irá a parar como sutil recompensa al primer tripulante que aviste al cachalote.
Entre ardientes arengas de cacería semi mística, diversos rituales de hermandad colectiva, muestras de una autoridad inquebrantable, el encanto aventurero del mar e incentivos económicos varios, el capitán logra trasladar su vehemencia a los marineros y contagia una sed de sangre que de a poco va mostrando su costado envilecido a través de la decisión de obviar la cacería de cualquier otro animal que no sea Moby Dick, planteo que lo lleva a “desperdiciar” a grupos de ballenas migrantes, a torcer su curso para seguir al mamífero según los dichos del mandamás de un barco colega, el Capitán Boomer (James Robertson Justice) del británico Samuel Enderby, a no preocuparse demasiado cuando un vigía cae accidentalmente en el agua y desaparece sin dejar rastros, a prometerle a la tripulación su parte de las ganancias del viaje -un diez por ciento del total, muchísimo más de lo que cobran todos- si logran acabar con la ballena, a desoír de lleno los ruegos del jerarca de otro barco, el Capitán Gardiner (Francis De Wolff) del Rachel de New Bedford, en pos de que lo ayude a buscar a su hijo de doce años, quien se perdió en el mar junto a otros hombres tratando de dar caza a la tremenda Moby Dick, y finalmente a no aminorar la marcha de su afiebrada persecución ni siquiera bajo el azote de los vientos fortísimos de una tormenta que destroza las velas y amenaza con eliminar los mástiles y el barco en su conjunto, para colmo utilizando al Fuego de San Telmo -un efecto corona luminiscente generado por la ionización del aire en un campo eléctrico- no como un mal augurio profano sino como una indicación marítima sobrenatural del camino a seguir para llegar al mamífero. Dentro del relato Starbuck representa al racionalismo burgués curiosamente sacro de la etapa, sólo interesado en el sustrato comercial del derrotero del Pequod y siempre dispuesto al motín, a la rebeldía en este o aquel caso y hasta a matar con un mosquete corto al enajenado Ahab, a su vez ejemplo de todas esas manías monotemáticas de una ética empardada a la venganza.
El libro de Melville, el cual está plagado de pasajes autobiográficos en función del viaje del autor a bordo del ballenero Acushnet a lo largo del primer lustro de la década de 1840, asimismo se inspiró en dos hechos históricos que definitivamente fueron tenidos en cuenta por Huston al construir visualmente la historia, uno es el hundimiento del Essex en 1820 en América del Sur luego de ser atacado por una ballena y los episodios de deshidratación, hambre, desesperación y canibalismo que generó, algo retratado en En el Corazón del Mar (In the Heart of the Sea, 2015), épica en parte complementaria de Ron Howard, y el otro es la cacería y muerte de Mocha Dick, un cachalote albino y legendario por su ferocidad que supuestamente fue faenado frente a las costas chilenas, en las aguas de la Isla Mocha para ser más exactos, en algún momento de 1838. El convite una y otra vez atesora nuevas sorpresas para el espectador y ha resistido con unas majestuosidad e hidalguía increíbles el paso del tiempo gracias al enorme cuidado de la reconstrucción de época, la decisión de rodar en locaciones reales, las maravillosas miniaturas y detalles gigantescos en materia de los efectos especiales, los inserts documentales de verdaderos marinos cazando ballenas y la extraordinaria técnica empleada para “avejentar” las imágenes desaturándolas vía una transferencia de tinte que utiliza matrices en blanco y negro y una capa de plata, proceso ideado por el director de fotografía Oswald Morris y supervisado por Huston. La brutalidad de las matanzas está expuesta sin ningún aliciente y el film hasta incluye un mínimo retrato del procesamiento industrial del Siglo XIX previo a la fetichización del petróleo, cuando el espermaceti -balasto biológico que regula la flotabilidad de los cetáceos- y el aceite de cachalote -obtenido de la grasa del cuerpo del animal- eran muy pero muy valiosos porque servían para fabricar jabones, velas, compuestos farmacéuticos, lubricantes y productos cosméticos, amén de constituir el carburante de miles de lámparas de las grandes ciudades.
La agitada colaboración entre el realizador y Ray Bradbury, caracterizada en esencia por ataques del primero hacia el segundo por las pavadas laborales burguesas del adalid de la ciencia ficción y la fantasía, derivó por un lado en una novela ficcionalizada de Bradbury acerca del vínculo, Sombras Verdes, Ballena Blanca (Green Shadows, White Whale, 1992), y por el otro lado en un tono narrativo entre prosaico y onírico controlado por un Gregory Peck supremo y en verdad tenebroso que pasa del monstruo silente o agazapado al éxtasis psicopático aunque muy humano de un Ahab para el que todo y todos resultan secundarios con respecto a la cruzada asesina y completamente cegada por el odio más ridículo, ese que no puede ver que el agresor siempre es el ser humano y que la naturaleza lo único que hace es ensayar una defensa que puede ser pomposa y tomar la forma de una montaña blanca en el horizonte del océano, o ser mucho más sutil y abstracta para atacar desde las privaciones o los lunáticos intuitivos de turno (en este sentido, Huston aprovecha de manera magistral los “signos” o premoniciones de la debacle empezando por ese Elías, interpretado por Royal Dano, que les dice a Ismael y Queequeg -antes de embarcar- que un día “olerán tierra donde no habrá tierra”, Ahab volverá de la muerte para pedir que lo sigan y por supuesto todos perecerán salvo un tripulante, a lo que se suma aquella ausencia de viento y mareas, el calor sofocante de alta mar y el mítico gesto del polinesio de encargarle al carpintero de la nave -en la piel de Noel Purcell- su propio ataúd porque unos huesos que lleva consigo le comunicaron su inminente fallecimiento). Nunca un relato coral de aventuras de raigambre suicida -y sin mujeres ni historias de amor ni estupideces cómicas hollywoodenses de por medio- fue tan fascinante y deprimente como Moby Dick del querido Huston, un genio absoluto que en los últimos minutos incluso vuelca a Starbuck hacia la comarca anímica de Ahab cuando lo ve atado a los arpones clavados en el lomo del cachalote y con su brazo derecho moviéndose por las olas como si estuviera llamando a sus hombres a continuar con la locura de fondo en tanto acólitos respetando los pasos y las órdenes de su mesías irrenunciable, el cual los termina condenando a la muerte y sólo dejando a un testigo para narrar lo sucedido, Ismael, que sobrevive flotando en el féretro de Queequeg por un día y una noche hasta que es rescatado por los marineros del Rachel, aún surcando las aguas en pos del vástago del Capitán Gardiner. Desde el magnífico sermón del comienzo de Orson Welles hasta la imagen del cadáver de Ahab eternamente adherido a esa pobre ballena, también con un sinfín de cicatrices y a la que tanto quería llegar sí o sí, la experiencia nos regala un cúmulo de secuencias inolvidables que ponen en cuestión el maquiavelismo, ofuscación y simple estupidez subyacentes en todos los bípedos sociales, los cuales parecen caer sin cesar en la obediencia acrítica o el individualismo más inflado y ultra devastador…
Moby Dick (Reino Unido, 1956)
Dirección: John Huston. Guión: John Huston y Ray Bradbury. Elenco: Gregory Peck, Richard Basehart, Leo Genn, Harry Andrews, Francis De Wolff, Friedrich von Ledebur, James Robertson Justice, Seamus Kelly, Joseph Tomelty, Orson Welles. Producción: John Huston. Duración: 116 minutos.