El Diablo a Todas Horas (The Devil All the Time)

Autosabotajes de la fe

Por Emiliano Fernández

En el cine contemporáneo sin lugar a dudas no abundan esos personajes repugnantes -en lenguaje ficcional podríamos catalogarlos de “villanos”- dignos de nuestra realidad, praxis en donde encontramos en primera instancia cierto dejo paradójico típicamente humano y en segundo lugar una fuerte dosis de corrupción, fanatismo y estupidez lisa y llana entre todos y cada uno de los mortales: es precisamente este costado muy poco placentero y muy poco optimista de la humanidad de carne y hueso el que retrata El Diablo a Todas Horas (The Devil All the Time, 2020), dirigida y escrita por el neoyorquino Antonio Campos, quien a posteriori de dos largometrajes bastante decentes en el indie yanqui, Afterschool (2008) y Simon Killer (2012), perfiló como gran realizador gracias a The Sinner, gloriosa serie de USA Network que gira alrededor de un detective sadomasoquista, Harry Ambrose (Bill Pullman), y a Christine (2016), obra protagonizada por una excelente Rebecca Hall que componía a Christine Chubbuck, una conductora televisiva que se suicidó en vivo en 1974 y que inspiró en parte el clásico anti voracidad de los medios de comunicación Poder que Mata (Network, 1976), de Sidney Lumet y con un guión legendario de Paddy Chayefsky. Hay que concederle a Campos toda la valentía del caso porque en un tiempo de mojigatos, autocensura y corrección política demacrada el señor opta por adaptar material hiper sensible, nada menos que la novela homónima de 2011 de Donald Ray Pollock, una suerte de cruza entre la desesperación de Flannery O’Connor y Cormac McCarthy y el humor negro bien hiriente de Jim Thompson y Elmore Leonard, trabajo literario que deriva en un opus de neo film noir de impronta coral y profundamente nihilista, siempre preocupado por escudriñar en las causas de los sabotajes y autosabotajes que destruyen o pervierten la fe.

 

Como gran parte del cine con estructura narrativa símil mosaico, El Diablo a Todas Horas nos presenta una pluralidad de personajes que se van interconectando de a poco a través de sus respectivos periplos en una epopeya desoladora: en 1945 el infante de marina Willard Russell (Bill Skarsgård) vuelve a Estados Unidos luego de luchar en el Frente del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, donde le tuvo que pegar un tiro final a un soldado yanqui torturado y crucificado por los japoneses, y se enamora y se casa con una mesera de un café, Charlotte (Haley Bennett), con la que tiene un hijo, Arvin (Michael Banks Repeta de pequeño, Tom Holland de adulto), pero la mujer eventualmente enferma y muere de cáncer y Willard, un fanático religioso que montó una cruz en el terreno de su casa inspirándose en aquella del Pacífico, primero sacrifica al perro del niño como ofrenda a Dios para salvarla y luego de fallecida se suicida; en 1950 Helen Hatton (Mia Wasikowska) contrae matrimonio con el predicador Roy Laferty (Harry Melling), un muchacho que a su vez siempre anda con un guitarrista llamado Theodore (Pokey LaFarge) que quedó paralítico luego de ingerir estricnina para “probarse” ante Dios, algo que también hace Laferty aunque con su propia esposa apuñalándola en el cuello para que luego “reviva” con el poder que supuestamente le concedió la entidad de los cielos, como ello no ocurre termina escapando de la policía y siendo fusilado por una pareja de asesinos en serie, Carl (Jason Clarke) y Sandy Henderson (Riley Keough), el primero gran adepto a tomar fotos pornográficas/ necrofílicas mientras la chica tiene sexo con las víctimas -todos autoestopistas- y la segunda la hermana de un sheriff ultra corrupto, Lee Bodecker (Sebastian Stan), que se la pasa recibiendo sobornos de un mafioso dueño de un prostíbulo que lo tiene de esclavo, Leroy Brown (Douglas Hodge).

 

El grueso de la película transcurre en 1965, ya con las versiones adultas de Arvin y de la hija que tuvieron Roy y Helen, Lenora Laferty (Eliza Scanlen), viviendo al amparo de la madre de Willard, Emma (Kristin Griffith), y de su tío, Earskell (David Atkinson), lo que genera un marcado vínculo entre los dos jóvenes huérfanos en el que el muchacho protege con la violencia correctiva que aprendió de su padre a la algo mucho tarada y -de nuevo- fanática cristiana Lenora, suerte de hermanastra de Arvin, quien sufre el acoso primero de tres abusones del colegio y luego de un flamante predicador que arriba en la región y que tiene un gusto irrefrenable por adolescentes ingenuas, el tremendo Reverendo Preston Teagardin (Robert Pattinson). Cuando la colegiala quede embarazada por sus encuentros sexuales con el clérigo en su automóvil y termine suicidándose accidentalmente, el vástago de los malogrados Willard y Charlotte emprenderá una venganza contra el hipócrita de la fe y hasta se topará en la ruta con los dos homicidas en serie. A simple vista el combo puede parecer un poco sobrecargado de ingredientes del melodrama familiar, las road movies, la “doctrina del shock” símil terror, los thrillers psicológicos, el delirio costumbrista freak y el gótico bucólico a toda pompa de fundamentalismo religioso llevado al extremo, sin embargo el guión sigue los lineamientos principales del libro -el propio Pollock rubrica la faena haciendo de narrador en off del derrotero- y entrelaza con astucia y naturalidad los acontecimientos, planteos conceptuales y protagonistas, haciendo que la angustiante necesidad de compasión y paz de Arvin y los suyos choque continuamente con un mundo que se sumerge en latiguillos piadosos ortodoxos que algunos asumen con honestidad, pero igual provocan la tragedia, y otros utilizan como pivotes o hasta herramientas para servirse de ellos en pos de garantizar su impunidad mientras cometen bajezas de la más variada índole, símbolo asimismo de la cobardía y mediocridad de los payasos con poder dentro del armazón de las comunidades modernas, casi siempre diletantes de la autojustificación autoritaria, los caprichos más improvisados y ese infaltable envilecimiento que todo lo tapa de un momento a otro tanto en las metrópolis como en el campo más inhóspito (la mierda y los prejuicios de los enclaves policial, eclesiástico, bélico, estatal y social macro pasan al primer plano sin demasiados alicientes ni soluciones negociadas entre las partes en pugna).

 

A pesar de sus 138 minutos la película jamás aburre y hasta en ocasiones sinceramente sabe a poco, a que hubiese sido necesario profundizar el desarrollo de personajes para en suma equilibrar el enorme interés de Campos por “cerrar” el arco retórico de manera coherente, por un lado, y la justificación psicológica/ anímica de estos seres atribulados para hacer lo que hacen y decir lo que dicen, por el otro lado, esquema que por cierto nos deja con una propuesta que no banaliza en ningún momento la violencia o el estupro o el ansia de justicia por las ofensas sufridas pero tampoco se las ingenia para contextualizar del todo cada una de estas situaciones dentro de cada perspectiva individual, ofreciéndonos a veces las acciones desnudas y un poco apresuradas sin que medie un verdadero análisis en torno a las razones detrás de ellas. Esta deficiencia narrativa sutil, claramente empardada a la obsesión con el resumen, el distanciamiento emocional y el pudor en cuanto a los desnudos del mainstream y el indie de la actualidad, por lo menos no impide al realizador indagar en la frontera moral en la que las víctimas se convierten en victimarios y en la que la necedad deriva hacia lo patológico enajenado controlado por esas manías y esos clichés identitarios autoafirmantes a los que nos referíamos con anterioridad; logrando además un maravilloso desempeño por parte del perfecto Pattinson, Bennett, Skarsgård, Clarke, Keough, Melling, Stan y -cuesta creerlo pero es cierto- también Holland, quien hoy por hoy termina de recibirse de “actor en serio” después de la interminable basura cinematográfica al servicio del emporio Marvel. Lo mejor de El Diablo a Todas Horas radica en la crudeza desde la que encara la crueldad en pantalla porque si bien también hubiese sido conveniente tirarse un poco más hacia el gore desatado, garantía de que ahí sí el film no le caería simpático a esos timoratos y quisquillosos patéticos que componen en gran medida al público bobalicón contemporáneo, aunque sea el opus de Campos y compañía ataca sin piedad alguna a las religiones, el entramado del poder público, los burguesitos de aparente “existencia pulcra” y muchos de los rituales populares que más que aglutinar al vulgo bajo ideales en común de tolerancia y/ o respeto para con el prójimo lo que en verdad hacen es encerrarlo en prisiones culturales herméticas que le impiden siquiera considerar que otro estilo y criterios de vida son posibles y -juzgando lo visto en el relato y en la praxis cotidiana- más que deseables…

 

El Diablo a Todas Horas (The Devil All the Time, Estados Unidos, 2020)

Dirección: Antonio Campos. Guión: Antonio Campos y Paulo Campos. Elenco: Robert Pattinson, Tom Holland, Bill Skarsgård, Haley Bennett, Riley Keough, Harry Melling, Sebastian Stan, Mia Wasikowska, Eliza Scanlen, Jason Clarke. Producción: Jake Gyllenhaal, Riva Marker, Randall Poster y Max Born. Duración: 138 minutos.

Puntaje: 7