Luego de trabajar como asistente de dirección de cineastas como Dusan Makavejev, Robert Enrico, Costa-Gavras, Wim Wenders y Jim Jarmusch, Claire Denis se embarcó en una carrera como realizadora y guionista cuya primera etapa es por lejos la mejor, con trabajos memorables como Chocolate (Chocolat, 1988), su debut y primer acercamiento a una de sus grandes obsesiones, aquel colonialismo y postcolonialismo galo en África, No Puedo Dormir (J’ai Pas Sommeil, 1994), retrato de la vida y los crímenes de Thierry Paulin, un curioso asesino en serie francés que operó en París durante la década del 80 del siglo pasado y asesinó a muchas mujeres mayores para robarles, y especialmente Bella Tarea (Beau Travail, 1999), sin lugar a dudas su obra maestra y el cierre de aquellos primeros años de esplendorosa creatividad porque a posteriori ya nada sería igual y gran parte de su producción artística quedaría atrapada en una serie de latiguillos formales que repetiría incansablemente de opus en opus aunque sin la novedad ni la garra de antaño. La película que nos ocupa está basada muy libremente en la novela corta de Herman Melville Billy Budd, Marinero (Billy Budd, Sailor), todavía inconclusa a la muerte en 1891 del escritor norteamericano y publicada de manera póstuma por primera vez en 1924 y en una versión definitiva y corregida en 1962, para muchos uno de los mejores trabajos del autor de Moby Dick (1851) y en esencia otra de las paradigmáticas exploraciones por parte del señor en torno a la vida masculina gregaria, la cadena de mando de tipo militar y los desacuerdos que surgen entre los hombres, con los exponentes de mayor poder concreto cargándose sin medias tintas a sus subalternos en una movida a mitad de camino entre ese capricho de impronta sádica típicamente humano y el hecho de sentirse amenazados en su escurridiza autoridad, todo tracción a delirios varios y una paranoia que de a poco consume la cordura.
Es precisamente la frontera entre la atracción homoerótica reprimida y las luchas de poder más explícitas el núcleo temático principal de Bella Tarea. Denis toma la mínima anécdota del texto de Melville y la relega al último acto del film mientras edifica la antesala desde un dejo abstracto distante, premisa que giraba -recordemos- alrededor de un marinero llamado Billy Budd que mata accidentalmente a su superior inmediato, el Maestro de Armas John Claggart, un personaje cruel y despreciable que sentía celos del anterior por su belleza, inocencia y popularidad dentro de la tripulación de la embarcación de turno, lo que lo lleva a acusar falsamente a Budd de encabezar un motín ante el Capitán Edward Vere, quien a su vez es testigo del impulsivo ataque del marinero contra Claggart y quien eventualmente se ve obligado a convalidar la condena a muerte por ahorcamiento contra Budd ya que a pesar de que Vere jamás creyó en la acusación del finado, lamentablemente la ley marcial es clara y cualquier arremetida contra un superior se paga con la vida. La cineasta analiza el tópico de las tensiones psicopáticas en la cabeza del mandamás, maquinaciones solitarias suyas porque el objeto del deseo/ el blanco de su odio es un hombre como cualquier otro del que aparentemente se enamoró a nivel inconsciente y por ello prefiere sacárselo de encima a nivel consciente, apelando a soliloquios permanentes del susodicho, el otrora Segundo Sargento Mayor Galoup (Denis Lavant), que toman la forma de unas memorias que escribe en Marsella sobre el tramo final de su servicio en la Legión Extranjera Francesa en Yibuti, en el Cuerno de África, donde por un lado admiraba a su superior, el parco Comandante Bruno Forestier (Michel Subor), detalle que constituye una referencia al protagonista de El Soldadito (Le Petit Soldat, 1963), de Jean-Luc Godard, y donde por el otro lado odiaba a un nuevo, joven y seductor recluta, Gilles Sentain (Grégoire Colin), eje de su eterna obsesión.
Lejos aún de los extremos de la doctrina del shock sensorial y/ o ese gore preciosista de vocación arty que dominaría en parte el periplo posterior de la directora, desde Trouble Every Day (2001), aquel exponente del terror de caníbales que siguió a Bella Tarea, hasta la reciente High Life (2018), su primera película en inglés y encima de ciencia ficción, aquí Denis alcanza la perfección en lo que atañe a su estrategia creativa de siempre, eso de “filmar rápido y editar lentamente”, esquema procedimental que equivale a decir que para ella lo importante es la edición/ gramática cinematográfica/ encadenamiento de secuencias y no tanto el rodaje maniático minucioso de tantos colegas alrededor del mundo o siquiera la historia en sí, por ello Bella Tarea nos propone un verdadero magma de tomas líricas no lineales que analizan con paciencia y esmero los rituales cotidianos de los legionarios en el desierto de Yibuti, especie de sistematización desde lo etéreo melancólico de lo que Galoup describe como “entrenamiento, guardias, lavado, planchado, descanso… la rutina”. La llegada de Sentain, a la par adonis y súmmum de la masculinidad, pone en crisis a escala identitaria a un Galoup que lo envidia a más no poder porque desde su perspectiva le roba la atención de los otros hombres y sobre todo de Forestier, siendo el punto más álgido de la animadversión silente un acto desinteresado de heroísmo del soldado en ocasión de la caída en el mar de un helicóptero que estaba practicando maniobras de emergencia sobre el cielo de la base militar, planteo retórico que de sopetón ridiculiza la mediocridad, desvaríos y estupidez de los mandos medios de las instituciones en general y del enclave castrense en particular, en el que cualquier manifestación clara de desacuerdo es sinónimo de rebeldía imperdonable y en el que los sentimientos siempre deben ser suprimidos para dejar paso a una máscara de fortaleza que asimismo esconde la humanidad y las debilidades de la carne.
Denis, como el propio Galoup aunque de modo incluso mucho más evidente, se erotiza con los cuerpos de los legionarios bajo el sol, sus ejercicios, sus labores diarias y sus ridículas ceremonias cual ballet autoafirmante que pretende ratificar en un bucle infinito la cadena de mando, sin embargo no se puede obviar el hecho de que también condimenta el asunto con los clásicos chispazos y leitmotivs del cine antropológico/ etnográfico que puede esperarse de las naciones del Primer Mundo con culpa a cuestas por un pasado -para nada lejano- relacionado con el imperialismo y el pillaje en tierras foráneas, aquí tomando la forma de inserts semi documentales de la vida nocturna de Yibuti, el devenir musulmán y la novia negra de Galoup (el caso de la realizadora y guionista es más sincero y de primera mano, si lo comparamos con el de otros tantos artistas europeos, porque parte de su niñez la vivió en distintos puestos coloniales en Somalia, Camerún, Senegal y Burkina Faso, donde su padre trabajó como funcionario público). Cuando finalmente llega el momento de abandonar la “no narración” descriptiva, sustentada más en las yuxtaposiciones visuales de una versión excelsa del lenguaje publicitario y del videoclip que en lo que podría ser un andamiaje -por ejemplo- surrealista o verdaderamente de quiebre, la francesa mantiene la condición de mártir de Billy Budd/ Gilles Sentain pero no lo sentencia a muerte, contentándose con una pelea entre el sargento y el soldado en función del castigo desmedido que el primero estaba aplicando sobre un muchacho que abandonó una guardia por escasos minutos para orinar, provocando un golpe del superior que es retribuido por su subalterno, a quien condena a perderse en el desierto cuando le inutiliza la brújula y lo deja en el medio del páramo sin saber cómo regresar a la base, símbolo también de la dialéctica del poder en las sociedades humanas modernas y su fetiche con las artimañas baratas en pos de venganza e impunidad.
El desenlace, basado en un Sentain físicamente destruido por las salinas pero aún con vida y un Galoup acusado de intento de asesinato, sometido a corte marcial y coqueteando con el suicidio a raíz de su eventual expulsión de la Legión Extranjera, pone en crisis la idea de “falange poderosa” -como se refieren a sí mismos todos los legionarios en una canción que entonan al unísono al inicio del metraje- debido a que los dos principales ideales, máximas morales u horizontes ideológicos explícitos de turno, nada menos que el honor y el valor, terminan irremediablemente mancillados por un líder intermedio que pasa de la ortodoxia de la disciplina militar a la cobardía -digna de cualquier civil- de pretender eliminar a un supuesto contrincante dentro del marco de la hegemonía masculina o competencia entre machos en pos de destacarse. Esta noción de fondo, vinculada a la relación de amor/ odio con respecto a lo que se aspira a ser y se percibe que no se es, léase una persona admirada por sus colegas por mérito propio más que por automatismos de la cadena de mando o liso y llano miedo a una sanción por insubordinación, atraviesa de principio a fin la película en tanto pantallazo en torno a unas frustraciones que son en simultáneo laborales, existenciales y anímicas, muy en sintonía con aquellas del adalid de Querelle (1982), de Rainer Werner Fassbinder. El encandilamiento de Denis con las imágenes hoy no cae en la superficialidad autocontenida de obras futuras, muchas de ellas divagando sobre sí mismas sin redondear un discurso estable o mínimamente coherente, y la cineasta logra desmontar con prodigiosa sutileza las represiones del acervo castrense mientras entrelaza a puro ingenio los sonidos contextuales de Yibuti, la música original de Eran Tzur, algunos extractos de la ópera Billy Budd (1951), de Benjamin Britten a partir de la novela de Melville, y hasta canciones varias como Safeway Cart (1994), de Neil Young, y The Rhythm of the Night (1993), de Corona…
Bella Tarea (Beau Travail, Francia, 1999)
Dirección: Claire Denis. Guión: Claire Denis y Jean-Pol Fargeau. Elenco: Denis Lavant, Michel Subor, Grégoire Colin, Richard Courcet, Nicolas Duvauchelle, Adiatou Massudi, Mickael Ravovski, Dan Herzberg, Giuseppe Molino, Gianfranco Poddighe. Producción: Patrick Grandperret. Duración: 92 minutos.