El Buque Faro (The Lightship)

Ética versus hedonismo

Por Emiliano Fernández

Al cine contemporáneo le encanta utilizar los engranajes de los géneros duros -garantizan inmediatez basada en un lenguaje consuetudinario- para bajar línea en materia de esto o aquello, en esencia con vistas a tratar de convencer al espectador para que abrace algún que otro reduccionismo conceptual o doctrinario que se entronca con los clichés de siempre de ese mainstream norteamericano que se reproduce en las cinematografías nacionales de todo el planeta, no obstante el asunto casi nunca genera verdadera reflexión o debate o análisis o siquiera analogías válidas debido a lo explícito pobretón del planteo retórico central y/ o a la incapacidad absoluta -léase cobardía y falta de talento- del equipo creativo en eso de realmente pinchar donde duele con el objetivo de erigir una obra memorable que interpele al público desde la honestidad alejada de las pavadas marketineras diseñadas para ensalzar el chauvinismo, la corrección política, el consumismo o los postulados payasescos de quien esté en el poder en ese momento. Las excepciones, por suerte, son muchas y una de ellas es la maravillosa y casi completamente olvidada El Buque Faro (The Lightship, 1985), debut del enorme Jerzy Skolimowski en el mercado estadounidense, señor que si bien ya había trabajado en el enclave anglosajón británico en ocasión de las legendarias Deep End (1970), El Grito (The Shout, 1978) y Trabajo Clandestino (Moonlighting, 1982), en realidad todavía no había pegado el salto hacia el enclave hollywoodense, una experiencia que no debe haber sido muy feliz que digamos -como suele ocurrir cuando se pasa de la autonomía a las constricciones de yanquilandia- y ello se nota en el doble hecho de que el polaco no volvió a dirigir hasta Torrentes de Primavera (Torrents of Spring, 1989), aquel regreso al Reino Unido, y de que hablamos del último proyecto de CBS Theatrical Films antes de que la compañía, una subsidiaria de la mega cadena televisiva, caiga en bancarrota debido a su patente incapacidad a la hora de competir con los estudios y las productoras tradicionales.

 

Skolimowski, quien venía de la autobiográfica El Éxito es la Mejor Venganza (Success Is the Best Revenge, 1984), decidió filmar el astuto y compacto guión de William Mai y David Taylor basado en una novela del alemán Siegfried Lenz, El Buque Faro (Das Feuerschiff, 1960), la cual ya había sido trasladada a la gran pantalla en 1963 por Ladislao Vajda y volvería a ser adaptada en 2008 por Florian Gärtner. Cualquier otro cineasta hubiese construido un thriller estándar de entorno cerrado, desconfianza y no mucho más sirviéndose del mismo material, pero aquí el polaco se las arregla para introducir constantes detalles freaks en el desarrollo, imponer un dejo dramático hermanado al extrañamiento y el misterio y hasta aprovechar los problemas presupuestarios de CBS Theatrical Films, los cuales impidieron rodar algunas escenas específicas del prólogo, con la meta de echar mano de una narración en off por parte del hijo del protagonista que no sólo llena los espacios vacíos sino que agrega ese lirismo irónico y/ o de humor negro paradigmático del cine del realizador de Essential Killing (2010) y 11 Minutos (11 Minut, 2015), adorable amigo perpetuo de la provocación y el inconformismo que se lleva puesta cualquier expectativa tontuela previa o estereotipo de cotillón. Filmada en la Isla de Sylt, en aquella República Federal de Alemania de mediados de la década del 80, aunque transcurriendo en 1955 en la costa de Norfolk, en el Estado de Virginia, la película nos ofrece una serie de personajes de lo más bizarros en la tradición de La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953), bella gloria ninguneada de John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart, Peter Lorre, Robert Morley y Gina Lollobrigida, y un clásico ámbito narrativo claustrofóbico y semi onírico, en este caso esa nave faro a la que hace referencia el título, siempre inamovible y estoica ante su destino de señalar a sus pares el peligro que constituye un arrecife para colmo cercano a una zona del Océano Atlántico tapizada de tétricas minas de la Segunda Guerra Mundial.

 

El relato comienza cuando un par de policías le entregan un delincuente juvenil, Alex (un digno Michal Skolimowski, hijo del director y aquí utilizando el mismo seudónimo que usó para El Éxito es la Mejor Venganza, Michael Lyndon), a su padre, Miller (magnífica labor de Klaus Maria Brandauer), capitán del buque faro en cuestión de la Guardia Costera y superior de una tripulación que incluye al segundo al mando, el insoportable y puntilloso del reglamento Thorne (Tim Phillips), el cocinero afroamericano Nate (Badja Djola), quien tiene de mascota a un simpático cuervo parlanchín bautizado Frederick “Fred” Douglass en homenaje a un destacado abolicionista del Siglo XIX, y un par de marineros adicionales, el fornido Stump (Robert Costanzo) y el parco Coop (Tom Bower). A Alex no le gusta estar en esa prisión marítima llamada Hatteras que jamás se mueve y lo único que hace es brillar y brillar, encima acompañado por su progenitor, a quien mucho no conoce porque la mayor parte del tiempo estuvo en alta mar al punto de que el muchacho se dejó influenciar por los rumores que se cuentan sobre Miller y su cobardía durante la contienda, por ello cuando el joven ve subir a la embarcación a tres tripulantes de un bote al cual se le rompió el motor cree vislumbrar una posibilidad de regresar a tierra firme cuando pidan auxilio para los susodichos. Pronto las cosas se complican porque los enigmáticos hombres que acceden al Hatteras son tres piratas del asfalto que vienen de robar un camión forrado de dinero del tesoro yanqui, hablamos del conductor de salida en el atraco y cabecilla reglamentario, el intelectual e hiper afectado en sus modales Calvin Caspary (un farsesco y extraordinario Robert Duvall), abogado que con el tiempo se transformó en maestro criminal, y de sus dos cómplices de pocas luces y pocas pulgas, los hermanos ultra sádicos Eddie (Arliss Howard) y Gene (William Forsythe), siendo este último un evidente retrasado mental. El episodio de rehenes se alarga a la espera de que se disipe la niebla y puedan tomar posesión del barco.

 

Paulatinamente el film va mutando desde ese suspenso de encierro y mucha paranoia al que aludíamos con anterioridad, claro arquetipo del primer acto, hacia la comarca de un estudio en torno a las diferencias generacionales entre padres e hijos, las similitudes entre los criminales y las supuestas “personas comunes”, las sorpresas que aguardan a la vuelta de la esquina cuando de sobrevivir se trata, los prejuicios sociales y en especial las respuestas que una situación de esta clase puede generar, las cuales por supuesto obedecen a planteos ideológicos/ identitarios/ actitudinales completamente distintos debido a que mientras que el capitán de origen germano opta por la solución pacífica, tratando de facilitar que los infiltrados/ captores abandonen el barco cuanto antes sin generar antagonismos ni lastimar a nadie, el resto de la tripulación -incluido su vástago, que sustrae una pistola del depósito de armas- pretende pasar a la rauda acción y atacar con cuchillos a Caspary y sus esbirros. Skolimowski maneja muy bien los soliloquios meditabundos de Alex y juega a dos puntas a pura eficacia y sarcasmo entre la ansiedad inicial de los criminales y la tranquilidad de los cautivos, momento en el que sí conviene atenerse a la paz de Miller, y la angustia posterior de los marineros y la etapa distendida subsiguiente que atraviesan los maleantes, ya cuando la situación se extiende primero por la negativa del capitán a cederles el barco, después por la niebla y a posteriori por el marco de recelo ventajista recíproco que flota en el aire entre las dos facciones de los tripulantes y unos polizones que comienzan a mostrar en serio sus dientes, empezando por el fusilamiento de Stump vía ametralladora a expensas de Eddie, quien se venga del hecho de que el hombre amordazó a Calvin y luego los atacó a él y a su hermano, y siguiendo con ese Gene que le mata el cuervo a Nate de puro bobo infantilizado psicopático, así éste tiempo después le devuelve el favor cortándole el cuello, clavándole un cuchillo en el abdomen y arrojándolo al océano para que se ahogue en medio de un diluvio.

 

Más allá de la arquitectura del thriller a la par ensoñado y vulgar y de algunas insinuaciones homosexuales o de tensión homoerótica, como el beso de Eddie a Alex o el instante en que Miller se acerca a un Caspary desnudo que se encontraba en la bañera, sin duda el corazón de El Buque Faro pasa por las conversaciones que mantienen el capitán y el jefe de los malhechores y por la antinomia esencial que se da entre ambos personajes y sus puntos de vista: mientras que Caspary representa una posición hedonista libertaria y adicta al vicio y la corrupción que no se somete a ninguna autoridad social, desconoce los límites morales y tiende a un pragmatismo que no respeta la vida, Miller en cambio es un hombre testarudo aunque sensato cuyo marco ético humanista resulta tan invariante como la posición en la que está emplazado el barco y más allá del incidente que en términos retóricos justifica su determinación/ idiosincrasia (en una secuencia le cuenta a Alex que su fama de cobarde se debe a la estúpida interpretación popular de un episodio del que fue protagonista, cuando siendo capitán de un destructor de la armada norteamericana optó por perseguir a un submarino responsable del hundimiento de un barco antes que socorrer a las víctimas, así a la vuelta de aniquilar a los adversarios descubrió que ya no quedaban sobrevivientes que rescatar), lo cierto es que su necesidad de salvar a todos termina siendo más fuerte que el hambre de sangre y revancha de sus subalternos o sus enemigos, esos que -como Calvin afirma- tranquilamente podrían ocupar el rol de la tripulación actual del Hatteras (en el desenlace incluso recibe un balazo terminal cortesía de un Caspary que estaba obligando al supuestamente osado de Thorne a levantar el ancla, con su hijo luego cargándose a Eddie de un cuchillazo en la espalda y finalizando de golpe el cautiverio). Esta oposición entre ética y hedonismo, entre responsabilidad y libertinaje, entre socialismo ortodoxo y culposo y capitalismo plutocrático y desalmado, constituye un exquisito pivote del cine de género…

 

El Buque Faro (The Lightship, Estados Unidos, 1985)

Dirección: Jerzy Skolimowski. Guión: William Mai y David Taylor. Elenco: Robert Duvall, Klaus Maria Brandauer, Michal Skolimowski, William Forsythe, Arliss Howard, Tom Bower, Robert Costanzo, Tim Phillips, Badja Djola. Producción: Bill Benenson, Moritz Borman y Matthias Deyle. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 8