De todo aquel glorioso ciclo de melodramas elegantes, suntuosos y arrebatadores que supo concebir Douglas Sirk, ese que abarca además Su Gran Deseo (All I Desire, 1953), Sublime Obsesión (Magnificent Obsession, 1954), Siempre Hay un Mañana (There’s Always Tomorrow, 1955), Lo que el Cielo nos da (All That Heaven Allows, 1955), Tiempo de Vivir y Tiempo de Morir (A Time to Love and a Time to Die, 1958) e Imitación de la Vida (Imitation of Life, 1959), Escrito en el Viento (Written on the Wind, 1956) es quizás el eslabón más exagerado y sutilmente autoparódico porque aquí el gran cineasta alemán se preocupa menos por maquillar en términos dramáticos los sucesivos bombazos narrativos y mucho más por construir una puesta en escena opulenta y magnífica que remarque todo el tiempo el sustrato artificial hollywoodense del esquema estético con vistas a señalar, precisamente, la histeria de fondo sin que prime tanto ese humanismo comprensivo para con los personajes de -por ejemplo- Imitación de la Vida, su última película y obra maestra definitiva. Vale aclarar que Escrito en el Viento asimismo es una obra maestra pero de muy distinto orden ya que mientras que el canto de cisne del realizador en buena parte de su metraje se contenía de exacerbar la catarata de sorpresas y debacles que de todos modos incluía con el objetivo de poner en primer plano temáticas como la avaricia, el racismo, la mediocridad profesional, el conservadurismo y la egolatría de la industria del espectáculo y la sociedad norteamericana, aquí en cambio el señor construye un lienzo sobrecargado que en algún punto parece satirizar a otros dramones cinematográficos y teatrales de aquel período -pensemos en la obra de Elia Kazan o Tennessee Williams- que se tomaban muy en serio a sí mismos al punto de pretender llevar al terreno del naturalismo la dialéctica de esas pasiones que por supuesto tienen asidero en la praxis cotidiana más prosaica pero no a este nivel de cataclismos identitarios, profesionales, amorosos, familiares, amistosos y hasta sociales/ mediáticos/ judiciales, siempre moviéndose en la línea divisoria entre el suicidio práctico en cámara lenta y la destrucción del entorno cercano vía contagio nocivo paulatino.
El guión de George Zuckerman está basado en la novela homónima de 1946 de Robert Wilder, quien a su vez ficcionalizó a lo roman à clef el misterioso fallecimiento en 1932 de Zachary Smith Reynolds, hijo y heredero de uno de los más grandes magnates tabacaleros del mundo, Richard Joshua “R.J.” Reynolds, a su vez dueño y fundador de la R.J. Reynolds Tobacco Company: Zachary se había casado un puñado de meses atrás con una cantante y actriz de Broadway llamada Libby Holman, quien por cierto estaba embarazada en el momento del óbito, y luego de una fiesta de cumpleaños en honor a un amigo, Charles Gideon Hill, apareció muerto producto del disparo de una pistola Mauser calibre 32, la cual supuestamente utilizó para suicidarse adelante de su esposa en una jugada que condujo a las autoridades a sospechar de un homicidio ejecutado por la fémina y planeado junto a un amigo de la infancia y su “asistente personal”, Albert Bailey Walker, quien también estaba en la mansión de turno, cargos que llevaron a un frenesí mediático por el supuesto affaire entre los acusados y que la fiscalía eventualmente dejó de lado por falta de pruebas. Sirk comienza su relato con el episodio en cuestión aunque trastocando nombres y detalles y multiplicando/ subdividiendo a los tres protagonistas en cuatro personajes, hablamos de Kyle Hadley (Robert Stack), el alcohólico heredero de un imperio petrolero encabezado por su padre Jasper Hadley (Robert Keith), el amigo de toda la vida del anterior Mitch Wayne (Rock Hudson), un geólogo de orígenes humildes cuyo progenitor, Hoak Wayne (Harry Shannon), es amigo de Jasper desde la adolescencia, Marylee Hadley (Dorothy Malone), la hermana ninfómana de Kyle y una ultra arpía que está enamorada desde pequeña de Mitch, y finalmente Lucy Moore (Lauren Bacall), la nueva secretaria ejecutiva del mandamás del sector publicitario de la compañía petrolífera Hadley Oil, Bill Ryan, y la mujer destinada a casarse con Kyle para disgusto de su mejor amigo, quien también está enamorado de ella y adora rechazar las proposiciones sexuales de una Marylee a la que ve como una hermana, desaire que a su vez conduce a la mujer a acostarse con cualquier hombre que encuentra.
Como decíamos previamente, la historia comienza con la muerte de Kyle en 1956 y salta en plan racconto a 1955, cuando Wayne le presenta Lucy al heredero del imperio Hadley, el cual primero trata de impresionarla con lujos, viajes y atenciones y luego simplemente se sincera y así el amor surge a espaldas de un Mitch que la vio primero y se come en silencio su devoción hacia la mujer. El idilio romántico inicial del matrimonio, en esencia sostenido en una felicidad que alejó a Kyle de la bebida, se viene abajo cuando el Doctor Paul Cochrane (Edward Platt) le dice al magnate que es semi estéril debido a que su recuento de espermatozoides es bastante bajo, lo que lo lleva a la depresión, el aislamiento y el alcohol porque deseaba con desesperación formar una familia con Lucy, circunstancia que empeora muchísimo luego de la muerte de un Jasper al que siempre le amargaron la vida sus dos hijos, el varón por su inestabilidad y borracheras y la hembra por su simpática condición de puta, siendo precisamente Marylee la que provoca la llegada de la parca después de que el patriarca se entera de su ninfomanía, infarto y caída por las escaleras de por medio. La susodicha no sólo no se contenta con matar al progenitor sino que pretende destruir también a su hermano, al que odia porque considera que apartó a Mitch de su lado cuando ambos se volvieron amigos durante la adolescencia, así le mete en la cabeza a Kyle que su esposa y Wayne están protagonizando un affaire mientras él se sumerge en la botella, falacia que termina de explotar cuando la fémina queda embarazada y se lo comunica a Hadley, el cual la acusa de infiel, le pega un cachetazo y le genera un aborto espontáneo. Kyle abandona la mansión pero a posteriori regresa para matar a su otrora amigo sirviéndose de un arma que fue de su padre, con la propia Marylee impidiéndoselo y generando la muerte accidental del hombre, algo que la motiva a intentar chantajear a su amado para que se case con ella si no quiere ser acusado en los tribunales del fallecimiento de Kyle, todo cortesía de diversos testimonios de personas que escucharon las amenazas de muerte de Mitch hacia el finado, como el médico y los dos sirvientes negros, Sam (Roy Glenn) y Bertha (Maidie Norman).
El opus de Sirk es literalmente uno de los mejores y más completos melodramas de la historia del séptimo arte porque trabaja de manera suprema todos los latiguillos habidos y por haber del rubro, desde el amor no correspondido y la amistad deshecha por traiciones, pasando por el histeriqueo prostibulario y la sacrosanta virilidad masculina mancillada por la impotencia, hasta el clásico episodio del aborto por paliza y el crimen reglamentario producto de la catarata de fiascos y desengaños de todo tipo que viabilizan el cariño, las cambiantes coyunturas y las propias inseguridades de cada personaje del lote en cuestión. De hecho, Escrito en el Viento indaga en las debilidades del afecto y/ o su incapacidad intrínseca a la hora de garantizar un mínimo equilibrio entre lo controlable y aquello que se nos escapa completamente de las manos, por supuesto esta dimensión vinculada con las minucias contextuales pero también con las decisiones de ese otro que puede ser sinónimo tanto de algarabía existencial como de condena agridulce por negativas o reacciones imprevistas que destruyen lo construido hasta el momento, esquema retórico que puede verse en las insatisfacciones cíclicas de Marylee a expensas de Mitch, en las de éste cortesía de Lucy y en las de esta última debido a los colapsos de un Kyle que en público utiliza su fama de playboy y su billetera abultada pero que en privado no consigue repeler a sus demonios de siempre y por ello se vuelca a la bebida cual atajo directo hacia la amnesia temporal y de lo más patética. Las miserias, titubeos y paranoia autovictimizante de la alta burguesía asimismo constituyen otro de los pivotes centrales del film ya que buena parte de las desgracias tienen que ver con la idea del heredero Hadley -para nada descabellada, por cierto- de que su padre prefiere a Wayne, un sujeto mucho más centrado y ameno que no fue expulsado de la universidad, antes que a su vástago, sustrato competitivo de base que conduce a Kyle a denigrar en ocasiones a su amigo en busca de una venganza tácita contra un Jasper que exuda en simultáneo comprensión y ganas de ayudar a su hijo, por un lado, y unas evidentes angustia y frustración ante su comportamiento cotidiano, por el otro lado.
Tópicos candentes y vedados en aquella etapa intermedia del Siglo XX -e incluso hoy en día por el regreso del conservadurismo mainstream más ramplón- como la impotencia, la promiscuidad, el abuso doméstico, la ninfomanía, los celos, el alcoholismo, la banalidad burguesa, el aborto, la ira, el adulterio y las venganzas de alcoba o familiares pasan a ser desmenuzados y reorganizados con delicioso desenfreno formal por el genial Sirk, una vez más sirviéndose a la perfección de los rubros técnicos y de profesionales de la talla del director de fotografía Russell Metty, el compositor Frank Skinner, los directores de arte Robert Clatworthy y Alexander Golitzen, los decoradores de sets Russell A. Gausman y Julia Heron, los vestuaristas Bill Thomas y Jay A. Morley y los encargados del maquillaje y los peinados Bud Westmore y Joan St. Oegger. Los colores furiosos, claroscuros, primeros planos y esa artificialidad despampanante de la puesta en escena complementan el excelente desempeño de un elenco que varía entre los reposados Rock Hudson y Lauren Bacall y los estupendamente sobreactuados Dorothy Malone y Robert Stack, enfatizando que hablamos de un choque entre una clase media bucólica/ urbana algo parasitaria y una oligarquía de privilegios de cuna, tendencias narcisistas, mucha histeria y odios incestuosos fanáticos que llevan a la autodestrucción, detalle igualador entre los hermanos Hadley que en pantalla toma la forma del restaurant y bar de Dan Willis (Robert J. Wilke), al cual ambos asisten de modo regular ya sea para conseguir bebidas alcohólicas ilegales o para “levantar” a algún macho desinhibido o con afán putañero. A pesar de la efervescencia anímica a toda máquina del alemán, Escrito en el Viento nunca habla de absolutos porque siempre deja margen para las paradojas humanas, como esa idea tentativa de Mitch de renunciar a Moore y partir hacia Irán con vistas a trabajar en la Trans American Oil o la decisión de Marylee del desenlace de exculpar a un Wayne que se termina yendo con Lucy después del juicio, momento de maduración definitiva para una fémina atrapada en las utopías románticas de su infancia al igual que Kyle lo estaba bajo la sombra de su padre…
Escrito en el Viento (Written on the Wind, Estados Unidos, 1956)
Dirección: Douglas Sirk. Guión: George Zuckerman. Elenco: Rock Hudson, Lauren Bacall, Robert Stack, Dorothy Malone, Robert Keith, Edward Platt, Harry Shannon, Maidie Norman, Roy Glenn, Robert J. Wilke. Producción: Albert Zugsmith. Duración: 99 minutos.