La pobreza es uno de esos temas que el cine suele evitar salvo por períodos muy específicos vinculados a crisis profundas en los países del Primer Mundo, suerte de contexto que se impone sobre la faceta industrial del arte y la obliga a tratar al “elefante en la habitación” cual tópico que no se puede rehuir. Antes la frecuencia con la que el mainstream analizaba la temática era mucho mayor pero desde fines del Siglo XX, precisamente en el momento en que la precarización, la inequidad, la miseria y la explotación del capitalismo treparon hacia los cielos, los procesos de pauperización desaparecieron de la pantalla o fueron condenados a un indie cada día más marginal y/ o austero que no ve casi nadie, todo desde ya gracias a la vieja estrategia de los conglomerados concentrados del entretenimiento de evadir la realidad aunque ahora multiplicada por diez en función de la escalada de la pobreza en todo el globo. Pelle, el Conquistador (Pelle Erobreren, 1987), en este sentido, es un caso bastante raro porque si bien adopta el infaltable ardid retórico de centrarse en otro tiempo para hablar de problemas del presente, en esta ocasión la Isla de Bornholm durante la década de 1850, en verdad evita el sentimentalismo, las romantizaciones y los golpes bajos típicos de los dramones de época y ello tiene mucho que ver con el hecho de que hablamos de una traslación honesta de la que para muchos es una de las novelas más importantes de Dinamarca, la homónima del célebre escritor socialista Martin Andersen Nexø, en realidad una tetralogía que cubre la vida de Pelle Karlsson, quien emigra desde Suecia a Dinamarca a los ocho años y después se muda de Bornholm a Copenhague al cumplir los 18, convirtiéndose en líder del movimiento sindical para luchar en contra de las espantosas condiciones laborales de entonces. El realizador y guionista Bille August, quien por aquellos años 80 se especializaba en comedias y dramas románticos que no salían del mercado nacional danés, apostó por adaptar sólo el primer libro de la ambiciosa saga de Nexø, Niñez (1906), con vistas a profundizar en la etapa infantil de la vida del personaje titular y dejar de lado Aprendizaje (1907), La Gran Lucha (1909) y Amanecer (1910), y la movida no podría haberle salido mejor porque de la noche a la mañana se transformó en una figura muy famosa y alabada en el acervo cinematográfico mundial, logrando alzarse tanto con la Palma de Oro/ Palme d’Or en la edición de 1988 del Festival Internacional de Cannes como con el Oscar a Mejor Película Extranjera, doble logro que lo convirtió en un cineasta multicultural y transnacional capaz de filmar en casi cualquier parte del planeta.
Más allá del carácter épico del relato y una duración de 150 minutos, el film en sí es muy sencillo y su sustrato de epopeya se deriva de la dimensión conceptual y la acumulación de un puñado de tramas colaterales que condimentan a la principal porque ayudan a retratar las privaciones, el oscurantismo y las constricciones del tiempo que les ha tocado vivir a los protagonistas: tras la muerte de la mujer del hogar familiar en Suecia y ante un contexto de extrema pobreza, el semi anciano Lassefar “Lasse” Karlsson (Max von Sydow) y su hijo pequeño Pelle Karlsson (Pelle Hvenegaard) llegan a Bornholm en busca de trabajo y se terminan sumando al cúmulo de peones pauperizados de una granja comandada por el cínico capataz del lugar (Erik Paaske) y el distante terrateniente Kongstrup (Axel Strøbye), un burgués ricachón que se la pasa embarazando a las hembras a su cargo para disgusto de su alcohólica y cada día más inestable y deprimida esposa (Astrid Villaume), donde el dúo de inmigrantes suecos se encargan del establo y el cuidado en general de las vacas al punto de vivir y dormir con los animales todas las jornadas durante años. Pelle, que de a poco comienza a asistir al colegio para aprender a leer y escribir y se hace amigo de un vástago ilegítimo de Kongstrup, el ameno Rud (Troels Asmussen), es testigo de varias historias paralelas como por ejemplo el romance por conveniencia de su padre con la Señora Olsen (Karen Wegener), una veterana que se piensa viuda porque no sabe nada de su marido marinero desde hace un año hasta que de repente el susodicho regresa, la discapacidad que sufre por un golpe fortuito en la cabeza Erik (Björn Granath), un trabajador muy valiente que siempre se plantaba ante los atropellos y abusos de los jefecillos explotadores y que termina transformándose en un deficiente mental como consecuencia, la cruenta castración de Kongstrup a manos de su esposa cuando deja embarazada a la sobrina de la mujer (Sofie Gråbøl), una adolescente algo tontuela que se deja seducir por el maquiavélico mandamás/ dictador vernáculo, y finalmente el trágico destino de un par de amantes, una trabajadora agrícola -y también inmigrante sueca- llamada Anna (Kristina Törnqvist) que tiene un crío con el hijo del clérigo, Niels Køller (Lars Simonsen), con la mujer siendo arrestada por las autoridades debido a que aparece el cuerpo del niño de turno en el fondo de un canal y con Niels, el verdadero responsable de ahogar al purrete, suicidándose en términos prácticos al rescatar a la tripulación de un barco encallado en plena tormenta, lo que hace que su padre, el ortodoxo Ole (Buster Larsen), sienta culpa por haber condenado y obstaculizado el amor.
El encanto del querido opus de August, coescrito junto a Per Olov Enquist y Bjarne Reuter, pasa en primera instancia por el hecho de que evita los clichés de los relatos de iniciación en el mundo adulto o bildungsroman, ya que al fin y al cabo Pelle no aprende casi nada en su estancia en Bornholm -amén del abecedario y las palabras en danés- o más bien se confirman sus sospechas acerca del carácter bienintencionado pero borrachín, endeble y cobardón de su padre Lassefar y de gran parte de los mortales, y en segundo lugar por el maravilloso y complejo retrato que ofrece en materia de las injusticias y absurdos de todo tipo de la sociedad de su tiempo, muchos de los cuales continúan vigentes en nuestros días en función de un mínimo aggiornamiento como puede verse en lo que atañe al sustrato despótico de la patronal capitalista, la imposición de la pobreza como garantía de sumisión, la constante xenofobia de la dirigencia y el vulgo como otro latiguillo en pos de docilidad, la ignorancia pegada al dogma religioso, el estilo de vida embrutecido de los menesterosos en contraposición a la opulencia y banalidad de los burgueses, la represión erótica en el campo de los rituales de apareo entre los sexos y la convivencia, las frustraciones y falacias detrás del matrimonio como institución comunal, la soberbia idiotizante de los mandos gerenciales, la idiosincrasia sadomasoquista de cada uno de los sujetos, el desprecio a los ancianos y los retrasados mentales/ discapacitados, el afán de impunidad de los oligarcas, las venganzas que las mujeres les preparan a los hombres por sus infidelidades y los sueños de progreso por parte de los humildes, aquí representados en el anhelo de Erik -ese que le contagia a su amigo Pelle- de ser libre abandonando la granja y “conquistando el mundo entero” vía un viaje inicial a Estados Unidos y periplos subsiguientes por China, España y Australia. La duplicidad de base de hombres y mujeres, capaces de actos de bondad y actos de maldad tracción a una ciclotimia efervescente, queda simbolizada tanto en el vínculo que el joven Karlsson comparte con Rud, a quien le tiene cariño aunque golpea cuando puede en plan de desquitarse por un exilio que derivó en decepción y mucha angustia, como en la rara relación entre Pelle y sus compañeros de escuela en general, quienes pueden celebrar alguna que otra burla hacia el maestro del establecimiento (John Wittig) y al mismo tiempo condenarlo por su ascendencia sueca o por el detalle del affaire entre su progenitor y la Señora Olsen, lo que implicaría que están poniéndole los cuernos al esposo marinero de la fémina y violando la sacrosanta amalgama conyugal, gran núcleo tácito de la colectividad.
Como muchas otras películas de cinematografías nacionales marginales durante el período previo a la sincronización cultural de los 90 hacia adelante en materia de abrazar al patético esquema narrativo hollywoodense, Pelle, el Conquistador por suerte nos ahorra peroratas interminables vía diálogos floridos e hiper explicativos y atesora en cambio intercambios escuetos que obligan al espectador a sacar sus propias conclusiones en lo que hace al sentir e ideario de los personajes, así las cosas el cristianismo protestante y las instituciones públicas -con el andamiaje pedagógico a la cabeza- resultan los más golpeados en el relato no sólo por la presencia destructiva/ risible del clérigo Ole Køller o el profesor de los niños, ese que pasa de castigar con golpes a los purretes a dormirse en clase o directamente caer muerto sin más en su escritorio, sino además debido a la evangelización del muchacho con vistas a acoplarse al fariseísmo social general y cómo su padre también se percata de este requisito y comienza a estudiar detalles de segunda mano del catecismo cual lección escolar del civismo danés indispensable. El ritmo narrativo que consigue August es muy ágil e inteligente y supera por mucho a su homólogo de las tres odiseas familiares/ románticas que encararía a posteriori, las desparejas aunque atendibles Con las Mejores Intenciones (Den Goda Viljan, 1992), con guión del legendario Ingmar Bergman, La Casa de los Espíritus (The House of the Spirits, 1993), basada en la novela de 1982 de la chilena Isabel Allende, y Jerusalén (1996), ahora inspirada en un díptico literario de la sueca Selma Lagerlöf de 1901 y 1902, puntapié a su vez para una andanada de trabajos más o menos interesantes como Smila: Misterio en la Nieve (Smilla’s Sense of Snow, 1997), Los Miserables (Les Misérables, 1998), El Precio de la Libertad (Goodbye Bafana, 2007), Tren Nocturno a Lisboa (Night Train to Lisbon, 2013), Corazón Silencioso (Stille Hjerte, 2014), 55 Pasos (55 Steps, 2017) y Pedro, el Afortunado (Lykke-Per, 2018). August siempre fue un gran director de actores y aquí descuellan Max von Sydow, Björn Granath y en especial Pelle Hvenegaard, un muchacho que además de ofrecer una interpretación fenomenal -su cara de desconcierto y su semblante de tristeza son magníficos- constituye un claro ejemplo de la popularidad de la novela de Nexø en Dinamarca, ya que su nombre real está inspirado en el personaje que luego le tocaría componer en la gran pantalla (incluso un año antes hubo otra adaptación pero para la TV, opus digno dirigido por Christian Steinke y protagonizado por Stefan Schrader como Pelle). Clásico del cine humanista que no menosprecia al espectador y se sirve de su curiosidad multicultural, la obra maestra del cineasta danés explora las miserias de la estratificación hegemónica de las sociedades rurales y solidifica una relación de espejo entre los maltratos de ayer y sus homólogos de hoy, una retahíla de indignidades, afrentas y vejaciones que en las comunidades primitivas o poco desarrolladas tienen que ver con el eterno monopolio de la alta burguesía en la producción de los alimentos y en el control de los “servicios” brindados por el aparato estatal, como la educación, la fuerza de policía y hasta la garantía de castigos cuando se violan los mandatos eclesiásticos o el otro eje fundamental del sometimiento prosaico, el vínculo entre patrón y obrero/ empleado/ peón que viene a ser un eufemismo por una especie de esclavitud moderna en la que el segundo no puede renunciar a las obligaciones leoninas contraídas para con el primero so pena de persecución, estigmatización o una condena tácita a mendigar en una comunidad de neto corte plutocrático y repleta de inequidades consensuadas, impuestas o internalizadas…
Pelle, el Conquistador (Pelle Erobreren, Dinamarca/ Suecia, 1987)
Dirección: Bille August. Guión: Bille August, Per Olov Enquist y Bjarne Reuter. Elenco: Pelle Hvenegaard, Max von Sydow, Erik Paaske, Björn Granath, Astrid Villaume, Axel Strøbye, Troels Asmussen, Kristina Törnqvist, Karen Wegener, Sofie Gråbøl. Producción: Per Holst. Duración: 150 minutos.