Más allá de sus méritos artísticos y su papel fundamental en el neorrealismo tardío, Dos Mujeres (La Ciociara, 1960), dirigida por Vittorio De Sica y escrita por Cesare Zavattini a partir de la novela homónima de 1957 de Alberto Moravia, es mayormente recordada por haber revolucionado el retrato de las violaciones en el séptimo arte de impronta mainstream ya que el tópico hasta entonces estaba relegado al cine pornográfico clandestino y ni siquiera era trabajado por las tres vertientes del proto porno masivo de los 50, léase las muy inocentes nudie cuties/ películas de desnudos, los films específicos de campos nudistas y las faenas más o menos artísticas de inclinación sensual provenientes sobre todo de Europa. Propulsora en gran medida del sexploitation de las décadas del 60 y 70, la propuesta en sí no tiene casi nada que ver con la infinidad de productos lujuriosos de realizadores como Russ Meyer y Armando Bó porque aquí no hay ninguna intención erotizante de fondo y el trabajo de la libido está direccionado hacia la incomodidad mediante la contraposición entre la desesperación de las protagonistas y el contexto bélico masculino que de todas maneras no deja de considerarlas un par de presas bellas y por ello apetecibles; amén de la otra gran diferencia del caso, hablamos de la distancia con respecto a la principal estrategia del sexploitation posterior en materia de presentar a la violación en cuestión en el primer o a lo sumo segundo acto para después centrarse a nivel narrativo en la típica catarsis vengativa de turno, exactamente lo contrario a lo que ocurre en el film que nos ocupa ya que en esta oportunidad nos topamos con un largo desarrollo dramático de construcción de empatía hacia las protagonistas para que luego la estocada del asalto sexual resulte más dolorosa e irreparable, sin revanchas, justicia o soluciones mágicas hollywoodenses a la vista. Como muchas veces ocurre en el devenir histórico cultural, Dos Mujeres paradójicamente inspiró a un género que adquirió un estatuto independiente y que se alejó del acervo de De Sica y compañía, en esencia centrado en retratar la llamada “marroquinada” o “marocchinate”, las violaciones masivas cometidas por los goumiers o tropas coloniales marroquíes del Cuerpo Expedicionario Francés en Italia durante la cruenta y despiadada Segunda Guerra Mundial.
Adeptos a arremeter contra mujeres, niños, ancianos y hombres y a castrar a los varones que mostraban resistencia, los goumiers aprovecharon su participación en la Campaña de Italia (1943-1945) para cometer una serie de atrocidades, robos y vejaciones al servicio de los Aliados y bajo el amparo explícito del general galo Alphonse Juin, comandante de las cuatro divisiones principales de auxiliares castrenses de la Marruecos colonial desplegadas para quebrar las líneas defensivas de batalla donde se apostaban los nazis a posteriori del vergonzoso colapso de la Italia fascista. Para entender a la película -y sobre todo el interés de De Sica en semejante temática- hay que comprender el lugar que ocupa en su trayectoria como director, una que había empezado con algunas propuestas intrascendentes en los primeros años de los 40 y que despega con todo con dos antecedentes de lo que estaba por venir, Los Niños nos Miran (I Bambini ci Guardano, 1944) y Lustrabotas (Sciuscià, 1946), doble prólogo para las obras maestras del neorrealismo Ladrones de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948), Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951) y Umberto D. (1952), pero como el señor sabía de sobra que del prestigio no se vive -el mismo un actor de larga data que pasó todo tipo de tribulaciones- prontamente retoma un cine más comercial clásico con las muy dignas Indiscreción de una Esposa (Stazione Termini, 1953) y El Oro de Nápoles (L’Oro di Napoli, 1954). El primer indicio de que pretendía recuperar temporalmente el sustrato mísero y angustiante del neorrealismo, a su vez deudor del realismo poético francés de los 30, fue la hoy completamente olvidada aunque muy interesante El Techo (Il Tetto, 1956), otro estudio acerca de la pobreza y el canibalismo urbano que dejó el terreno abierto para Dos Mujeres, obra que invierte a la anterior porque así como aquella era una comedia sobre el afán de la casa propia la presente es un drama sobre la necesidad de Cesira (Sophia Loren), una voluptuosa viuda dueña de un almacén, y su hija Rosetta (Eleonora Brown), una adolescente ingenua de 12 años y muy devota porque su madre le pagó una escuela de monjas, de abandonar su hogar en la capital italiana debido a los bombardeos aliados, una situación que se torna imposible y la conduce a volver a su rústico y agrícola enclave natal.
Cesira, antes de partir hacia Ciociaria, una región montañosa menesterosa conocida por proporcionar a los sirvientes domésticos de Roma, visita a Giovanni (Raf Vallone), un comerciante de carbón y leña al que se siente atraída desde hace tiempo y al que le explica que se casó con su esposo, un hombre mayor, para escapar de la indigencia de su pueblo. Después de tener sexo con él, pedirle que cuide de sus propiedades durante su ausencia y en suma constituir una pareja con el hombre, la fémina y su vástago inician un periplo forzado de regreso a una zona que Cesira pretendía olvidar y vincula a privaciones de toda índole, viaje que las obliga a sobrellevar un tren varado, extensas caminatas, un miliciano fascista demasiado interesado en Rosetta, Scimmione (Luciano Pigozzi), y aviones aliados que ametrallan a civiles inocentes en bicicleta. Al llegar a su aldea la protagonista descubre que las cosas no están mucho mejor que en Roma debido a la escasez extrema de alimentos y la cercanía amenazante de los bombardeos, no obstante las mujeres disfrutan de la compañía de parientes y conocidos de otras épocas y sobre todo se encariñan con Michele Di Libero (Jean-Paul Belmondo), un intelectual comunista, Licenciado en Filosofía y Letras e hijo del dueño de una tienda de comestibles cercana, Filippo (Carlo Ninchi). Mientras Michele se enamora de Cesira y Rosetta adopta al muchacho de 25 años como una especie de figura paterna, el joven las convence de dar comida y amparo por unas horas a un par de oficiales ingleses que desembarcaron de un submarino. Entre el arresto de Benito Mussolini, varias reuniones familiares, lecturas colectivas de la Biblia, intentos de conseguir comida, algún que otro ruso desertor, una madre enloquecida que vio morir a su bebé, almuerzos con militares alemanes adeptos a la polémica y la llegada masiva de las tropas aliadas, el pueblo en conjunto decide abandonar su terruño luego de que unos soldados germanos malheridos se llevan a Michele en calidad de guía para atravesar las montañas en pleno repliegue, siendo fusilado poco después. Cesira y Rosetta se separan del contingente para regresar a la capital pero son violadas en grupo en una iglesia por unos goumiers marroquíes eufóricos luego de la Batalla de Montecassino (enero-mayo de 1944) y la toma militar final de Roma.
El guión de Zavattini, quien supo trabajar con realizadores de la talla de Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti, René Clément, Dino Risi, Roberto Rossellini, Elio Petri, Mario Monicelli y los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, entre otros, sigue bastante de cerca a la novela de Moravia, asimismo conocido por haber inspirado films tan diversos como Agostino (1962), de Mauro Bolognini, El Lienzo Vacio (La Noia, 1963), de Damiano Damiani, El Desprecio (Le Mépris, 1963), de Jean-Luc Godard, Ayer, Hoy y Mañana (Ieri, Oggi, Domani, 1963), también de De Sica, El Conformista (Il Conformista, 1970), de Bernardo Bertolucci, El Voyeur (L’Uomo che Guarda, 1994), de Tinto Brass, y Tedio (L’Ennui, 1998), de Cédric Kahn, no obstante se aparta algo del libro en lo que atañe al desenlace vía una distancia que es más formal que conceptual porque en pantalla se conservan las ideas literarias: en vez del descenso explícito hacia la prostitución por parte de una Rosetta que crece de golpe luego de la violación, aquí tenemos un episodio típico del cine de mediados del Siglo XX que trabaja esa misma movida retórica de manera tangencial para evitar la posible censura, ahora con la adolescente yendo a un baile con un chico mayor de un pueblo en camino a Roma sin avisarle a Cesira y volviendo después al amanecer con unas medias que le regaló el varón, por ello la madre la reta y golpea aunque sólo consigue romper la insensibilidad de la muchacha cuando le comunica el fallecimiento de Michele, momento en que estalla en lágrimas y vuelve a ser la niña de antes. Todas las características por antonomasia de la producción artística de Moravia están presentes en Dos Mujeres, hablamos de los impulsos sexuales irrefrenables, la farsa del matrimonio cristiano, las contradicciones morales de la burguesía, el trasfondo político antiautoritario, el realismo narrativo sin demasiado maquillaje ficcional, la desconfianza hacia los esbirros institucionales, el amor mutilado por el contexto y los propios demonios, los devaneos existencialistas más inteligentes y una sistematización de los factores que intervienen en la alienación moderna del individuo, en esta ocasión el sexismo patológico, la cosificación de la mujer, la pobreza social y desde ya una coyuntura bélica que exacerba todos los ánimos.
Retomando lo que decíamos al principio, el opus de De Sica juega de manera permanente con la belleza, efusividad y encanto de la extraordinaria Sophia Loren, a su vez muy bien acompañada por Eleonora Brown y Jean-Paul Belmondo, una actriz que se sirve de los tics estandarizados de las mujeres italianas -las gesticulaciones prominentes, la intensidad de sus respuestas, el carácter aguerrido, las ropas sueltas, etc.- para transformarse en una ninfa a la que todos los varones en algún punto desean y a los que ella debe esquivar como puede tanto para salvarse de ser acusada de “puta” por las otras -y envidiosas- mujeres como para preservar la inocencia de su hija, suerte de misión imposible en un conflicto como la Segunda Guerra Mundial donde la profusión multicultural constante de tropas hace que el reclamo de sexo raudo sea mucho más insistente y sofocante que de costumbre (su rol en un primer momento iba a ser interpretado por la también legendaria Anna Magnani, la cual eventualmente se terminó bajando -triste estupidez femenina- porque no quería interpretar a la madre del clan protagónico, fase previa del proyecto en la que Loren, de 25 años de edad durante el rodaje, había sido elegida para el papel de Rosetta, un trueque que en esencia la llevó a consagrarse en lo más alto de la industria cinematográfica internacional mediante la obtención del Oscar a Mejor Actriz, el primero dado a un artista por un film extranjero). A diferencia de tantas películas yanquis y europeas de su época que celebraban a pura simplicidad oportunista, maquiavélica y propagandística la llegada de las milicias aliadas a territorios ocupados por las Potencias del Eje para hacerse eco de la agenda norteamericana en tiempos de Guerra Fría, Dos Mujeres opta por retratar el caos absoluto que era Italia durante la contienda con soldados alemanes, rusos, ingleses, italianos, estadounidenses y hasta marroquíes franceses pululando por un territorio asimismo habitado por personajes como Cesira, Rosetta y sus parientes y allegados que nunca se deciden del todo acerca de quiénes serían los amigos y quiénes los enemigos, si los germanos y fascistas o los Aliados, si los comerciantes burgueses o los campesinos analfabetos, si la “subversión” comunista o los partidarios del régimen en el poder, si los que se mantienen al margen del conflicto o los que luchan por alguno de los bandos en pugna, etc. En este sentido, el convite resulta muy contracultural porque señala que la mayor barbaridad de todas la cometen unos mercenarios salvajones al servicio de los Aliados, los goumiers, y que el único personaje coherente del lote a nivel ideológico es un comunista/ socialista, Michele, encima retratando a la mentada “liberación” como una colección de masacres y atropellos -ahora encaradas por los occidentales clásicos europeos y sus cofrades esclavizados de África- que reemplazan a las masacres y atropellos que ya conocemos de sobra gracias a la infinidad de opus sobre la ocupación nazi de Italia y el patético rol de Mussolini en el teatro de operaciones militares, un líder de cartón pintado que antecede a la retahíla de dictadores latinoamericanos y/ o del Tercer Mundo de las décadas por venir en lo que respecta a su “eficacia” a la hora de matar y torturar a opositores políticos internos y su mediocridad absoluta al momento de enfrentarse con ejércitos profesionalizados en serio como los de las naciones hegemónicas y los de algunos de sus socios. Lejos del feminismo putañero del sexploitation y mucho más del actual de esas burguesas descerebradas que pretenden una sincronización cultural compulsiva de todos los estratos sociales hacia su doctrina esquemática y misándrica para oligofrénicos, la obra maestra humanista de De Sica lo regresa a los mejores años de su carrera, aquellos de Lustrabotas, Ladrones de Bicicletas, Milagro en Milán y Umberto D., y piensa a las mujeres de carne y hueso como paradojas que pueden ser muy vulnerables cuando ataca el hombre pero también valientes en cuanto a este periplo de supervivencia y sus penurias, que pueden ser conservadoras desde lo político y lo religioso aunque sin ser unas beatas latosas, que pueden tener dinero por formar parte de la clase media comercial especulativa y al mismo tiempo olvidarse de la delicadeza cuando es necesario descalzarse y colocar la valija de turno sobre la cabeza para atravesar el campo y la generosa planicie…
Dos Mujeres (La Ciociara, Italia/ Francia, 1960)
Dirección: Vittorio De Sica. Guión: Cesare Zavattini. Elenco: Sophia Loren, Jean-Paul Belmondo, Eleonora Brown, Carlo Ninchi, Luciano Pigozzi, Raf Vallone, Andrea Checchi, Pupella Maggio, Emma Baron, Bruna Cealti. Producción: Carlo Ponti. Duración: 101 minutos.