Se llama bóer o afrikáner a los colonos blancos mayormente de origen neerlandés, aunque con un buen número también provenientes de Francia y Alemania, que en los Siglos XVII y XVIII se trasladaron a la zona del Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, y que desarrollaron una identidad propia ocupando parte de los territorios de las actuales Namibia y Sudáfrica, especialmente en lo referido a defender el calvinismo, dedicarse a la producción agropecuaria y hablar el afrikáans, una lengua derivaba del holandés. El caos absoluto que era la administración de la región por parte de los Países Bajos permitió el arribo de las tropas inglesas a fines del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX, quienes pasaron rápidamente a controlar la hasta entonces colonia neerlandesa y eventualmente obligaron a los bóeres a un movimiento migratorio que se conoce como el Gran Trek hacia zonas que encontraron despobladas debido a otra movilización masiva de seres humanos, el Mfecane, producto de las campañas bélicas del máximo líder de los zulúes, Shaka, caudillo que transformó una tribu relativamente pequeña en un reino más que generoso a partir de la acumulación de ganado y su apabullante supremacía y organización militar. Luego de las reglamentarias guerras de extermino de ingleses y afrikáneres por separado contra los zulúes y otras tribus, comenzó un conflicto intercolonial por el control de la zona en el que los británicos se anexionaron primero un Estado bóer improvisado, la República de Natal, y luego otros territorios lindantes vía una jugada de presión que derivó en la Primera Guerra Bóer (1880-1881), contienda en la que resultaron victoriosos los afrikáneres y el Imperio Británico se vio obligado a reconocer a dos naciones bóeres, el Estado Libre de Orange y la República Sudafricana o República de Transvaal. El descubrimiento de oro y diamantes en el bastión neerlandés semi autónomo generó una migración generalizada de ingleses a los Estados bóeres y el gobierno británico -impulsado por el Nuevo Imperialismo europeo y las postrimerías de la soberbia de la Era Victoriana- se convenció de que ya era momento de anexarse los territorios de los afrikáneres utilizando como excusa la discriminación hacia los ciudadanos británicos en Transvaal, por ello se desató la Segunda Guerra Bóer (1899-1902), un conflicto caracterizado por los ataques símil guerrilla de los colonos holandeses y por las “tácticas” de contrainsurgencia de los ingleses como por ejemplo envenenar pozos de agua, confiscar el ganado, quemar casas y cosechas y arrestar y recluir en campos de concentración a las familias y sirvientes de los guerreros afrikáneres al punto de forzar su rendición y generar un genocidio por hambre, enfermedades varias y castigos específicos.
El film por antonomasia que pinta este complejo estado de cosas es Consejo de Guerra (Breaker Morant, 1980), obra maestra de Bruce Beresford muy famosa en los países de habla inglesa pero casi completamente desconocida en el enclave latino y el resto del mundo: la película se centra en la hipocresía y el sadismo intracolonial en ocasión de esa Segunda Guerra Bóer, no sólo génesis de los campos de concentración modernos sino también de las despiadadas limpiezas étnicas del Siglo XX y hasta del concepto de “guerra total” en lo que atañe tanto a destruir al adversario por completo como a volcar todos los esfuerzos de la sociedad de turno en pos del triunfo bélico sin que importen la moral o las normas de las contiendas de antaño. Tres tenientes australianos, Harry “Breaker” Morant (Edward Woodward), Peter Joseph Handcock (Bryan Brown) y George Witton (Lewis Fitz-Gerald), pertenecientes a una unidad de infantería irregular colonial británica denominada Bushveldt Carbineers, son llevados ante un consejo de guerra bajo tres cargos principales, el haber matado a un prisionero enemigo llamado Floris J. Visser, el cual fue encontrado vistiendo un uniforme militar inglés, el haber ejecutado a otros seis prisioneros bóeres de nombres desconocidos, todos también sin juicio previo y con un pelotón de fusilamiento improvisado, y el haberle disparado a la distancia a un misionero alemán desarmado, el Reverendo Carl August Daniel Heese, ministro de la Sociedad Misionera de Berlín, en esencia por funcionar como oficial de enlace y espía prosaico al servicio de los afrikáneres sublevados. Siguiendo los pivotes fundamentales del courtroom drama más apasionante, el guión de Jonathan Hardy, David Stevens y el director, a su vez basado en una puesta teatral de 1978 de Kenneth G. Ross que se inspiró en sucesos reales, combina los flashbacks en materia de los hechos aludidos en la corte y las batallas discursivas entre el fiscal, el Mayor Charles Bolton (Rod Mullinar), el abogado defensor de los reos/ acusados, el Mayor James Francis Thomas (Jack Thompson), y el presidente del tribunal encargado de juzgar los eventos, el Teniente Coronel Denny (Charles Tingwell), todo con una condena de muerte prefijada para Morant y Handcock -aunque no para el bisoño Witton, al que las autoridades consideran apenas un relleno- debido a que los señores mataron a pura idiotez al misionero cristiano Heese, lo que le serviría de excusa a Alemania para intervenir en la conflagración en favor de los bóeres con vistas a hacerse del oro y los diamantes de la zona reclamada por los holandeses ante los británicos, amén del hecho de que el emperador germano, el Kaiser Guillermo II, era nada menos que el nieto de la mismísima Reina Victoria del Reino Unido.
Entre protestas diplomáticas de los teutones, la estrategia de enviar a la India a los posibles testigos de la defensa y una catarata de mentiras por parte de ambos bandos para manipular el procedimiento estándar en materia de la participación anglosajona en el conflicto, léase la política de no tomar prisioneros o fusilar a todos los afrikáneres que se entregasen a las tropas inglesas, el relato se ubica entre 1901 y 1902 y explora precisamente el fariseísmo de fondo porque se está juzgando a tres perejiles que hicieron lo que se supone que debían hacer según la doctrina de la obediencia debida del baluarte militar y la tendencia cruenta de base en pos de aplastar a los adversarios, hablamos de asesinar, asesinar y asesinar sin tener en cuenta la condición de indefensión de las víctimas, un mínimo respeto a la vida o el carácter de seres humanos de los susodichos que merecen consideración o un proceso legal. Para atizar las llamas de la paradoja, encima los tres acusados no eran para nada los defensores más ortodoxos de la orden tácita de fusilar a todos los bóeres, de hecho Morant fue un poeta e intelectual que ansiaba construir una vida en Inglaterra, Handcock se había unido a los Bushveldt Carbineers sólo como un trabajo para mantener a su esposa e hijo en medio de la depresión económica australiana y Witton, por su parte, obedeció el triste consejo/ mandato de su padre en materia de “conocer el mundo” y “hacerse hombre” a través de la milicia de su majestad imperial y el periplo castrense de turno a Sudáfrica. La excepcionalidad sádica en cuestión, porque los tres efectivamente son culpables y no hay incertidumbre en ello a pesar de la hipocresía institucional inglesa, proviene del asesinato del Capitán Simon Hunt (Terence Donovan), amigo íntimo de Morant y con cuya hermana (Bridget Cornish) el susodicho estaba comprometido, a manos de un pequeño contingente de bóeres errantes que obedecían al formato militar de los ataques relámpago símil asedio vía comandos, en esencia una emboscada nocturna por parte de los neerlandeses con la idea de defenderse de Hunt y sus hombres, quienes habían recibido un reporte de inteligencia no del todo preciso del Capitán Alfred Taylor (John Waters) según el cual los afrikáneres eran ocho en total, estaban agotados y tenían caballos con fiebre, desencadenando la masacre de los británicos y luego la carnicería revanchista de éstos en respuesta, primero cargándose a Visser, a quien encuentran escondido en una carreta del bando enemigo, después haciendo lo propio con seis afrikáneres del montón que se aparecen ondeando una bandera blanca de rendición, asimismo fusilados a pura cólera ciega, y finalmente matando con un rifle al misionero alemán, acusado por Morant y Handcock de haber sido el entregador de Hunt.
Beresford, quien formó parte de la Nueva Ola Australiana y el Ozploitation de los 70 y como decíamos antes realizó otras películas más o menos interesantes en su carrera como El Precio de la Felicidad (Tender Mercies, 1983), Crímenes del Corazón (Crimes of the Heart, 1986), Manto Negro (Black Robe, 1991), Último Recurso (Last Dance, 1996), Un Canto de Esperanza (Paradise Road, 1997), Doble Riesgo (Double Jeopardy, 1999), Evelyn (2002), And Starring Pancho Villa as Himself (2003), El Último Bailarín de Mao (Mao’s Last Dancer, 2009), Mr. Church (2016) y Las Mujeres de Negro (Ladies in Black, 2018), aunque sinceramente sólo se lo recuerda por Consejo de Guerra en el ámbito anglosajón y por Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989) en el resto del planeta, luego del estreno del convite y a lo largo de las décadas subsiguientes comenzó a lavarse las manos en lo que respecta a la perspectiva derechosa de la película en eso de convalidar a los acusados -y sobre todo al líder natural del trío, “Breaker” Morant- como mártires australianos a manos de los británicos y para colmo en un conflicto bélico que no les era propio, el de las guerras fallidas de independencia de los afrikáneres, y algo de razón tiene porque la película no exculpa a los miembros de los Bushveldt Carbineers, analiza la facilidad con la que “hombres normales” cometen barbaridades en el contexto fugaz de los combates, apuesta por subrayar el delirio y el maquiavelismo político detrás de la guerra que nos ocupa y en última instancia redondea una muy fuerte diatriba pacifista general; sin embargo resulta igualmente cierto que Consejo de Guerra utiliza repetidamente como argumento a favor de los tenientes en el banquillo la denominada Defensa Núremberg por los Juicios de Núremberg de 1945 y 1946 contra los jerarcas, funcionarios y colaboradores de aquel nazismo de Adolf Hitler, eso de que los responsables “sólo seguían órdenes”, razonamiento que no aplica desde el vamos a los crímenes de lesa humanidad y/ o crímenes de guerra, sea ésta una de tipo formal y reglamentada como las de antaño o más cercana a las arremetidas intermitentes de la guerrilla y a la contrainsurgencia devastadora empleada por los conservadores para eliminar a opositores políticos, económicos, sociales, étnicos o culturales. En este sentido el realizador, sin duda alguna, infla bastante el sustrato de víctimas del fariseísmo imperial inglés de los tres acusados, pero el carácter espurio de los jueces y del sistema legal no contradice la veracidad de los principios fundamentales que se mueven por detrás de las imputaciones del caso, nos referimos al acto de haber reventado a los bóeres y al evangelizador germano en plan de cruel desquite y sed lunática de sangre.
A diferencia de tantos y tantos courtroom dramas semejantes, Consejo de Guerra cuenta con un ritmo narrativo en verdad perfecto porque dosifica toda la información del episodio histórico a lo largo de un metraje muy dinámico en el que no sobra ni falta escena alguna, a lo que se suma la sana costumbre de enrevesar a escala doctrinaria el planteo acusatorio y su homólogo de la defensa al punto de eliminar la posibilidad de una culpabilidad absoluta y de una inocencia absoluta, dejando todo en un terreno grisáceo y por demás complejo en el que los reduccionismos hollywoodenses dirigidos al vulgo más bobo no tienen cabida. La excelente fotografía de Donald McAlpine y un maravilloso diseño de producción a lo western de David Copping ayudan a Beresford a marcar un contraste permanente entre las planicies desérticas por las que luchaban los bóeres y los ingleses y el discurso florido de una parte y de otra en pos de imponerse retóricamente ante un tribunal que ya tenía todo cocinado desde el principio para una condena que pondría paños fríos en las “relaciones carnales” entre las potencias británica y alemana, permitiéndoles de hecho a los ingleses seguir tranquilos con la batalla, ganar la guerra, anexarse al Estado Libre de Orange y la República de Transvaal -vía el Tratado de Vereeniging de 1902- y mantener dentro de su esfera de influencia a todo el territorio de Sudáfrica, el cual de todos modos caería irremediablemente en manos de los afrikáneres más intolerantes en ocasión del ascenso al poder del Partido Nacional, gran bastión político de la ortodoxia bóer que en la posguerra impuso el Apartheid (1948-1992) como símbolo definitivo de los privilegios de los colonos holandeses sobre una región que supo ser de las distintas y vigorosas tribus vernáculas, cuyos descendientes recién pudieron llegar al poder en la década del 90 del Siglo XX pero ya con el país devastado por las desigualdades de todo tipo y con la economía aun hoy en manos de la minoría oligárquica blanca y concentrada mayormente en la exportación de oro y diamantes. La película asimismo piensa la ruina ética del mundo occidental ya que señala sin cesar que la “guerra limpia” romantizada de antaño no existe más en tiempos de victorias a cualquier precio y pisando a quien haya que pisar para obtener el tan anhelado triunfo categórico, por ello se sirve de una de las primeras atrocidades de blancos contra blancos -esas que previamente sólo estaban orientadas a los negros, considerados salvajes o subhumanos- para rastrear el origen del canibalismo moderno capitalista/ militar/ comunal y de la farsa de unas instituciones públicas que siempre quedan presas de los sectores más poderosos y desalmados de la pirámide de la injusticia y la concentración de la riqueza…
Consejo de Guerra (Breaker Morant, Australia, 1980)
Dirección: Bruce Beresford. Guión: Bruce Beresford, Jonathan Hardy y David Stevens. Elenco: Edward Woodward, Bryan Brown, Jack Thompson, John Waters, Charles Tingwell, Terence Donovan, Lewis Fitz-Gerald, Rod Mullinar, Bridget Cornish, Vincent Ball. Producción: Matt Carroll. Duración: 107 minutos.