La enorme mayoría de los thrillers de la actualidad -y del cine en general de hoy en día- satura al espectador con información banal, tontuela o redundante en pos de dejarle todo servido vía una jugada que estupidiza aun más a un público paulatinamente menos y menos adepto a la paciencia y a las preguntas sin respuestas, dos componentes que como buenos esclavos del mainstream le niegan al arte aunque no les queda otra opción que soportar en su vida cotidiana, de allí surge de hecho la concepción escapista y espectacularizada que tantos palurdos tienen de la gran pantalla o de los productos de la industria cultural a nivel macro. Quizás lo que más se extraña en nuestra contemporaneidad son aquellos trabajos de suspenso minimalista hiper eficaz en donde un realizador sirviéndose de ingredientes muy escuetos lograba una serie de verdaderas proezas de tensión, imprevisibilidad, desconcierto e inmersión retórica prodigiosa, basta con pensar en el mejor retroexponente del rubro de las últimas décadas, Búsqueda Frenética (Frantic, 1988), diminuta obra maestra de un Roman Polanski en versión bien vintage que se abre camino casi de manera experimental o vanguardista por lo extremo de la desnudez de su propuesta conceptual en función de la idea de despojar a la trama de información innecesaria sobre el protagonista, no aclarar el MacGuffin hasta el último acto y descreer por completo de las autoridades, las instituciones y/ o los esbirros hegemónicos que podrían ofrecer ayuda en esta gesta minúscula y marginal por los bajos fondos de una París pesadillesca que se transforma en un laberinto. El director y guionista sabe que el maestro indiscutible del rubro de los thrillers minimalistas es Alfred Hitchcock y por ello a las fuentes se remite en materia de recuperar el motivo de la pareja de viaje que ve venirse su universo abajo de El Hombre que Sabía Demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956) y su versión original de 1934, el ardid del secuestro de las anteriores y La Dama Desaparece (The Lady Vanishes, 1938), el citado recurso de guardar el MacGuffin para el final de Tuyo es mi Corazón (Notorious, 1946), toda la iconografía del espionaje que acompañó al inglés desde los años de Agente Secreto (Secret Agent, 1936) hasta las postrimerías de su carrera en ocasión de Cortina Rasgada (Torn Curtain, 1966) y Topaz (1969), y por supuesto el querido latiguillo de la soledad del protagonista principal en consonancia con la temática estándar de aquel “falso culpable” de joyas eternas como Los 39 Escalones (The 39 Steps, 1935), Desesperación (Stage Fright, 1950), El Hombre Equivocado (The Wrong Man, 1956) e Intriga Internacional (North by Northwest, 1959).
Polanski incluso se sirve de Harrison Ford, por entonces en lo más alto de su trayectoria profesional en Hollywood, como un reemplazo prosaico o más bien una adaptación de aquellos “hombres comunes y corrientes” a los que tanto recurría Hitchcock para despertar la empatía de los espectadores bajo su fórmula retórica de cabecera, “el sujeto ordinario llevado a atravesar circunstancias extraordinarias”, lo que desde ya incluía el gigantesco gancho adicional de que el amigo usual o anodino en pantalla estaba en la piel de estrellas inalcanzables de la talla de Cary Grant o James Stewart, sin lugar a dudas los dos actores preferidos del británico a la hora de construir sus epopeyas de suspenso, en nuestros días tratadas como maravillas del séptimo arte pero en su momento ninguneadas por la crítica, la misma industria del espectáculo y el público más esnob por su misma condición de cine popular y para colmo bastante cruel, socarrón, manipulativo -en el buen sentido, desde la estructura del melodrama más inteligente- y hasta cargado de un humor negro exquisito que muchas veces parecía burlarse de las concesiones más edulcoradas de los relatos de turno para con el mainstream hollywoodense pomposo y biempensante de mediados del Siglo XX, ese que curaba o mataba las carreras de cualquiera que osase contradecir sus criterios estilísticos y productivos. Aquí el realizador polaco se saltea de manera mayúscula al cine paradigmático de la década del 80, tanto el videoclipero/ publicitario como el cargado de testosterona en materia de las diversas variantes de la acción rimbombante de la época, porque su intención es ralentizar de manera meticulosa el ritmo narrativo para abarcar cada uno de los detalles, eslabones y callejones sin salida que debe sobrellevar el protagonista, en este caso un cirujano norteamericano de visita en París por una conferencia médica, el Doctor Richard Walker (Ford), para tratar de dilucidar qué fue lo que le ocurrió a su esposa, Sondra Walker (Betty Buckley), ya que al llegar a la habitación del lujoso hotel y después de descubrir que la fémina se llevó a pura confusión otra maleta parecida a la suya en el aeropuerto, la mujer de repente desaparece luego de recibir una misteriosa llamada de teléfono mientras el hombre estaba en la ducha y sin poder oír nada. El conserje del hotel, Gaillard (Gérard Klein), le dice que se fue con un hombre que la llevaba del hombro y otro testigo, el borrachín Wino (Dominique Pinon), que la metieron a la fuerza en un automóvil, no obstante cuando pretende hacer la denuncia en la policía francesa y en la Embajada de Estados Unidos se topa con desinterés, burlas, malos tratos y una franca y patética desidia.
Walker abre la maleta en cuestión sospechando que el asunto tiene que ver con la mentada valija y adentro encuentra un llavero y un paquete de cerillas de un club/ bar/ restaurant nocturno parisino, Loro Azul (Blue Parrot), con un teléfono anotado de un tal Dédé, así se dirige al lugar en cuestión y comienza a preguntar por el susodicho hasta llamar la atención de un dealer (Thomas M. Pollard) que le vende cocaína creyendo que busca a Dédé Martin (Böll Boyer), también un narcotraficante, en pos de droga, jugada que le permite conseguir la dirección de la residencia del sujeto y enterarse de que fue asesinado, por lo que se lleva el cassette del teléfono con contestador automático para hacerlo traducir por el conserje y de paso descubrir que alguien revolvió todo su cuarto de hotel y que una chica se presentará en la casa del finado al cerrar el club en busca de un dinerillo adeudado, quien resulta ser Michelle (Emmanuelle Seigner), una bella muchacha que viajó en el mismo vuelo de los Walker desde San Francisco a París y que también se llevó otra maleta por equivocación, la de Sondra. Michelle trabajaba para Dédé y éste para unos árabes que ingresaron a Francia desde Chipre y que decidieron meter presión sobre Richard secuestrándole a su esposa para que les entregue la maleta correcta ya que la valija que trajo la chica tenía el nombre y los datos en general de la esposa del cirujano, lo que la transformó en una presa fácil para forzar un intercambio cuanto antes. Michelle, temerosa de quedarse sola luego de chequear el funesto destino de Dédé, forma una sociedad con Walker para salir con vida del trajín y recibir su paga por haber transportado la maleta y a continuación ambos la recuperan en el aeropuerto, lo que conduce al médico a esquivar la curiosidad metiche y amenazante de la policía gala, los diversos empleados del hotel, el personal de la embajada yanqui y hasta de conocidos tontuelos que también vienen a la conferencia como el efusivo Peter (David Huddleston), colegas siempre rodeados de hembras/ parejas que ven con desaprobación que el hombre esté acompañado de la muchacha estando casado con una mujer que no saben que fue secuestrada. La joven es rescatada por el protagonista cuando se separan y termina siendo interrogada y maltratada en su departamento por dos agentes del Mossad (Patrick Floersheim y Marcel Bluwal), los mismos que generan un tiroteo con los árabes cuando Richard y Michelle se proponían entregarle al secuestrador principal (Yorgo Voyagis) lo que tanto desea de la maleta, una réplica en cerámica de la Estatua de la Libertad que tiene dentro un krytron, muy poderoso detonador electrónico en miniatura para armas nucleares.
La película trabaja de modo magistral esta reconversión de fondo de viaje trivial de índole turística/ laboral hacia un huracán de situaciones imprevisibles que ponen en primer plano el lado oscuro de París y de cualquier otra gran ciudad del globo dividida entre una faceta “amigable” para los visitantes de turno, con sus plazas, museos, centros históricos y demás puntos turísticos habituales, y un rostro impiadoso que es el real, el de la gente que vive allí de manera cotidiana, y el nocturno, utilizando en el relato la metáfora del día y la noche para diferenciar los distintos planos de la metrópoli en una alegoría que abarca también a las féminas, pensemos que al sustrato burgués tradicional o hasta algo mucho insípido de Sondra se contrapone la peligrosidad excitante de una “mula” de drogas y demás productos ilícitos como Michelle, por ello la vestimenta de la mujer del doctor es recatada y gris símil señora mayor y la de la chica es puro cuero sadomasoquista o vestidos rojos bien furiosos y eróticos. El guión de Polanski y el asimismo genial Gérard Brach, colaborador histórico del realizador en las gloriosas Repulsión (1965), Cul-de-sac (1966), La Danza de los Vampiros (The Fearless Vampire Killers, 1967), ¿Qué? (Che?, 1972), El Inquilino (Le Locataire, 1976), Tess (1979), Piratas (Pirates, 1986) y Perversa Luna de Hiel (Bitter Moon, 1992), llega a su cúspide en materia del humor negro antiinstitucional en la escena posterior a la balacera en el estacionamiento del intercambio fallido del krytron por Sondra, cuando en un bar Michelle abre una billetera que le robó a un árabe muerto, ambos descubren la sede de los dueños del dispositivo, otro club nocturno llamado Un Toque de Clase (A Touch of Class), y luego se produce una hilarante pelea por la posesión del detonador entre el dúo y una dupla de funcionarios de la Embajada de Estados Unidos, un burócrata del montón (John Mahoney) y el soberbio jefe de seguridad, Shaap (Jimmie Ray Weeks), terminando todos -incluido Walker- con los ojos irritados cuando la mujer los rocía debajo de la mesa con gas pimienta para poder llevarse ella el preciado krytron. A diferencia del canon típico hitchcockiano que utilizaba a los MacGuffins como excusas retóricas para la aventura insólita de suspenso de base aunque al mismo tiempo se veía forzado a convalidar a las autoridades yanquis por la censura implícita o explícita de aquellos años en los que le tocó filmar al inglés, el polaco no sufre dichas constricciones y por ello dispara munición gruesa contra todos los bandos en pugna al punto de ridiculizarlos por su falta de respeto a la vida y su claro maquiavelismo, desde los norteamericanos hasta los sionistas y los musulmanes.
Experto desde siempre en el trasfondo morboso de la existencia y en la atracción perversa que éste desencadena en seres humanos que tienden hacia el nihilismo cuando ven cómo se comportan sus pares, el realizador construye en este sentido un desenlace perfecto que es en partes iguales tradicional y rupturista ya que el segundo intento de intercambio, ahora en un muelle a orillas del Río Sena y cerca de una réplica de la Estatua de la Libertad que se encuentra en la Isla de los Cisnes en París, genera un nuevo tiroteo caótico entre los árabes y los judíos en el que mueren los primeros y terminan heridos los segundos provocando por un lado el reencuentro del médico y su esposa, ya sana y salva en plan victoria, y por el otro lado el triste fallecimiento de Michelle, quien no sólo muere en su propia ley reclamándole el dinero adeudado a los musulmanes sino que simboliza la derrota absoluta de la gesta, por ello Richard arroja el krytron al Sena ante los hebreos, y esta etapa temeraria del devenir del protagonista que llega a su fin para volver a transformarse en un burgués aburrido como su mujer, restitución identitaria macabra y muy sincera que funciona como una crítica a la ausencia de chispa o peligrosidad sensual en la vida de las clases medias y altas, estratos sociales marcados por el conservadurismo y la paranoia en relación al otro desconocido, aquí una París prostibularia y noctámbula que obliga a luchar por la propia vida entre intrigas que superan por mucho a estos peones. La fotografía de claroscuros reveladores de Witold Sobocinski y la música de Ennio Morricone también son estupendas, sin embargo sobresalen especialmente el desempeño actoral de Ford y Seigner y el leitmotiv que utiliza Polanski para sellar el cariño tácito -siempre bordeando la pasión carnal apenas contenida para no “mancillar” la institución del matrimonio, respetando la perspectiva de Richard- entre Walker y Michelle, el temazo I’ve Seen That Face Before (Libertango), perteneciente al álbum Nightclubbing (1981) de Grace Jones, una reformulación del clásico de Astor Piazzolla con una excelente letra de Barry Reynolds y la misma Jones que explora ese dejo oculto y ciclotímico de la vida parisina en el que Búsqueda Frenética se sumerge con unas dedicación, angustia y exhaustividad siempre memorables. El film desarma en términos conceptuales la expresión “trampa para turistas” llevándola desde los engaños más burdos dirigidos a los visitantes hacia la comarca de uno de los peores temores de los burgueses, el de meterse en la boca del lobo creyendo que la experiencia turística será grata en medio de muchos prejuicios autocondescendientes que niegan la ciudad verdadera delante de ellos…
Búsqueda Frenética (Frantic, Estados Unidos/ Francia, 1988)
Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y Gérard Brach. Elenco: Harrison Ford, Emmanuelle Seigner, Betty Buckley, Gérard Klein, Dominique Pinon, John Mahoney, Jimmie Ray Weeks, Thomas M. Pollard, David Huddleston, Yorgo Voyagis. Producción: Tim Hampton y Thom Mount. Duración: 120 minutos.