Mucho antes de que Hollywood adoptase por comodidad ideológica -y para trabajar sobre terreno político/ social ya ganado- la costumbre de tomar temáticas nacionales candentes con vistas a analizarlas a través de estereotipos, mucha torpeza y redundancias desde un progresismo más marketinero que honesto o valioso, Stanley Kramer sí fue un pionero en eso de explorar tabúes varios de su tiempo y en medio de la siempre conservadora sociedad norteamericana y la avanzada castradora del macartismo y aquellas listas negras, posición doctrinaria del legendario realizador y productor que se tradujo en películas como La Hora Final (On the Beach, 1959), que se metía con la posibilidad de un holocausto nuclear vía Guerra Fría, Heredarás el Viento (Inherit the Wind, 1960), exégesis del mismo macartismo mediante los ataques de la derecha religiosa contra la teoría de la evolución de Charles Darwin, Juicio en Núremberg (Judgment at Nuremberg, 1961) y La Nave del Mal (Ship of Fools, 1965), sobre las causas y consecuencias del fascismo/ nazismo y las complicidades populares de turno, No serás un Extraño (Not as a Stranger, 1955) y El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963), acerca del individualismo y la avaricia tanto profesional como capitalista estándar, y Adivina Quién Viene a Cenar (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), clásico absoluto sobre la intolerancia racista promedio en yanquilandia. Ahora bien, casi una década antes de esta última Kramer entregó un pequeño tesoro de la cinematografía mundial intitulado Fuga en Cadenas (The Defiant Ones, 1958), obra maestra del director acerca de dos convictos, uno negro llamado Noah Cullen (Sidney Poitier) y otro blanco de nombre John “Joker” Jackson (Tony Curtis), que se ven obligados no sólo a convivir sino a tomar en conjunto decisiones cruciales para su supervivencia por el simple hecho de que están encadenados el uno al otro y huyendo de las autoridades a lo largo y ancho del sur más descerebrado de Estados Unidos, planteo que trae a colación todo lo que puede llegar a ofrecer un motivo narrativo tradicional cuando se lo utiliza con fines discursivos de barricada, aquí un integracionismo terrorista para aquellos años de plomo.
Kramer, quien por cierto comenzó su carrera en su faceta exclusiva de productor y así supo entregar convites hoy míticos como El Triunfador (Champion, 1949), de Mark Robson, Vivirás tu Vida (The Men, 1950), de Fred Zinnemann, Cyrano de Bergerac (1950), de Michael Gordon, A la Hora Señalada (High Noon, 1952), también de Zinnemann, El Francotirador (The Sniper, 1952), de Edward Dmytryk, El Salvaje (The Wild One, 1953), de Laslo Benedek, y El Motín del Caine (The Caine Mutiny, 1954), otra de Dmytryk, aquí echa mano de un guión minimalista y perspicaz de Nedrick Young y Harold Jacob Smith que empieza cuando un camión de traslado de presidiarios termina volcando durante la noche al esquivar de golpe otro camión que venía por el carril contrario de la ruta, incidente que de inmediato es utilizado para huir por Jackson, condenado de cinco a diez años por robo a mano armada y con un suplemento de cinco más por atacar a un guardia, y Cullen, con una condena de cárcel de diez a veinte años sin libertad condicional por agresión e intento de homicidio. Más allá de toda esa esperable coyuntura racista que se mezcla en las discusiones que protagonizan, ambos comprenden desde el inicio que si no quieren arrastrar el cadáver del otro deben ayudarse mutuamente y así deciden dirigirse al norte para tratar de subirse a un tren que transporta trementina/ aguarrás, todo mientras el caucásico salva al negro de ahogarse en un río caudaloso, los dos colaboran para salir de un pozo de arcilla y cazar una rana, Cullen le devuelve después el favor a Jackson colocándole un cataplasma de barro sobre la muñeca lastimada e infectada por el grillete y a posteriori nuevamente se ven en aprietos cuando son capturados al ingresar en un almacén de un pueblo en pos de comida y alguna herramienta para cortar las cadenas, situación que deriva en una turba con ganas de linchar encabezada por un energúmeno del montón, Mack (Claude Akins), que sólo retrocede gracias a la intervención de un veterano de corazoncito humanista, Sam (el querido Lon Chaney Jr.), el cual eventualmente los deja en libertad porque él mismo fue un presidiario y hoy se siente identificado con el dúo de fugitivos desesperados por sobrevivir.
El sustrato ideológico detrás del film, uno decididamente de vanguardia para su tiempo porque hablamos de una etapa histórica en la que a nivel social todavía estaba en ciernes el movimiento por los derechos civiles, ese que recién explotaría con todo durante la década del 60, pasa por la certeza de que todos tenemos heridas de diversa envergadura que se traducen en odio o por lo menos amargura, ingredientes que a su vez se canalizan hacia chivos expiatorios de tipo social que por supuesto sólo benefician al sistema de producción capitalista, aquí en su vertiente agropecuaria, esclavista y semi industrializada, panorama claustrofóbico en el que para eliminar/ anular la animadversión bien ridícula de fondo hace falta conocerse y escuchar de verdad al prójimo, suerte de cataplasma espiritual antirracista que propone el opus de Kramer y que de hecho constituye el único remedio realmente valioso y efectivo al momento de dejar atrás las idioteces en torno al supremacismo blanco y la suspicacia demonizadora mutua de cotillón, en esencia latiguillos internalizados desde niños cual conductivismo aplicado a animales para que se comporten de determinada forma ante la presencia del “enemigo” seleccionado a dedo por los más poderosos de la estructura plutocrática de base comunal. Así las cosas, a medida que ellos se conocen nosotros como espectadores los conocemos a ellos: a Noah lo condenaron por golpear furiosamente a un acreedor que quería cobrar y que lo amenazó con un arma, y hasta es padre de familia y tiene un hijo chiquito y una granja, y Joker por su parte trabajó estacionando coches en un hotel de lujo y luego como mecánico especializado en las transmisiones, todo hasta que se cansó de la miseria que recibía a cambio y empezó a robar al punto de transformarse en un asaltante crónico pero de los de minucias, nunca un “pez gordo” con la capacidad de dar un gran golpe y descansar de la vida delictiva por un tiempo. Poitier y Curtis están perfectos y el factor principal es que entre ellos existe una excelente química actoral con la destreza suficiente para irradiar compañerismo o quizás amistad cuando es preciso y convencernos de la desconfianza y la aversión recíproca en cuestión cuando la secuencia así lo requiere.
Gran parte del derrotero dramático está concentrado en las penurias de índole física que ambos personajes deben atravesar, sin embargo la dimensión verbal e idiomática también está trabajada a la perfección porque luego de la típica utilización denigratoria inicial por parte del blanco hacia el afroamericano de la palabra “nigger”, descubrimos que hay otras expresiones que molestan a los personajes y que no tienen nada que ver con el factor racial sino con injusticias y desacuerdos doctrinarios dentro del contexto comunitario, laboral, religioso y/ o familiar donde solían moverse, pensemos para el caso en el odio de Jackson hacia el remate habitual de tantos intercambios, “gracias”, término que relaciona a lo que se veía obligado a decir al recibir cada auto en el hotel antes de estacionarlo, lo que le parecía un claro despropósito que minaba su autoestima ya que él era quien les hacía un favor a los ricachones al aparcar sus vehículos aunque era forzado a responder con un “gracias, señor”, a lo que se suma el desprecio que siente Cullen hacia la expresión “compórtate”, repetida sin fin por su esposa en función de su sumisión cristiana y el triste miedo a ser amonestada tanto dentro como fuera de la comunidad negra, incluso cuando estafaban con la cosecha a su marido o lo dejaban incomunicado dentro del presidio, impronta pasiva símil “buen esclavo” que la mujer para colmo le enseñó al vástago de ambos, lo que Noah considera una verdadera tragedia porque estando recluido y lejos de su hijo éste aprenderá la filosofía abúlica de la hembra para luego aplicarla en su vida adulta. En lo que atañe a las fuerzas de represión detrás de los fugitivos, allí asimismo encontramos una divergencia de opiniones como en el caso del fascista Mack y el piadoso y comprensivo Sam, nos referimos al Sheriff Max Muller (Theodore Bikel), quien encabeza la búsqueda con tranquilidad y sin permitir que la clásica horda de rastrillaje confunda la cacería de animales con una homóloga hipotética de seres humanos, y el Capitán Frank Gibbons (Charles McGraw), un esbirro de la Policía Estatal adepto a la “mano dura”, a incorporar más y más fuerzas a la búsqueda, a lanzarle los perros más feroces a los fugitivos y a no perder ni una maldita hora para acortar el tiempo que los separa de los reos y atraparlos sí o sí sin que le importe en lo más mínimo la integridad física de los fugados y de toda la gente a su cargo, entre oficiales y ciudadanos chiflados con armas que se incorporan a la misión. El último acto del film recupera con acento nihilista un motivo paradigmático del cine bélico a lo La Gran Ilusión (La Grande Illusion, 1937), de Jean Renoir, el momento en que Joker y Noah -justo cuando estaban rompiéndose la cabeza en una pelea, para ser más exactos- se topan con un niño llamado Billy (Kevin Coughlin), quien los lleva hacia una granja en la que vive con su bella madre (Cara Williams), una mujer solitaria y melancólica que fue abandonada por su marido hace ocho meses y que se enamora a primera vista de Jackson, sin duda uno de los personajes más complejos del lote porque la fémina a la vez que inspira piedad por su dejo sexy taciturno, propio de alguien que anhela salir de la comarca donde nació para conocer algo más antes de que sea tarde, también es capaz de decisiones muy cuestionables como el hecho de pretender marcharse de repente con John, abandonar a Billy en el hogar de su hermano/ el tío del chico y encima condenar a muerte al negro indicándole un camino para llegar al tren atravesando un pantano con ciénagas de arenas movedizas, sinónimos de un atajo hacia un raudo encuentro con la parca. Otro de los puntos altos de la experiencia es el desenlace porque simboliza a la perfección la simpleza y eficacia del esquema retórico sin sermones insoportables ni subrayados cargados de redundancia, pensemos en el detalle del blanco en búsqueda del negro para advertirle luego de recibir un balazo por parte del purrete, quien a su vez defendía a su progenitora de la ira de Joker, así es cómo ya arriba del tren el negro le devuelve una vez más el favor al caucásico quedándose con él cuando ve que no puede saltar a bordo por su herida, uno de los momentos más sublimes de la historia del cine porque indica que no sólo se consolidó la comunión entre ambos hombres sino que hasta Muller comprende en silencio que no representan peligro alguno, el negro sosteniendo al blanco y cantando una canción que hasta ese momento le enervaba la vida, Long Gone, de W.C. Handy y Chris Smith, en una esplendorosa versión a cappella por parte del genial Poitier. Fuga en Cadenas, la cual sería objeto de innumerables imitaciones posteriores siendo quizás las mejores y más imaginativas las dos de principios de los 70 correspondientes al blaxploitation, La Cosa de Dos Cabezas (The Thing with Two Heads, 1972), de Lee Frost, y Encadenadas (Black Mama White Mama, 1973), de Eddie Romero, esquiva toda autocondescendencia y no crea héroes impolutos símil Hollywood Clásico y/ o los del patético acervo políticamente correcto e higiénico de nuestros días, más bien todo lo contrario porque nos habla de personas reales y bien paradójicas -recordemos la exquisita secuencia de la charla nocturna presexo entre la mujer y Jackson- que a veces lamentan la soledad y desamparo a los que pueden estar condenados pero la mayoría del tiempo miran hacia adelante pensando que mañana representa un nuevo reto ya que la gracia de la vida está en perseguir quimeras del placer antes de que finalmente nos topemos con la muerte…
Fuga en Cadenas (The Defiant Ones, Estados Unidos, 1958)
Dirección: Stanley Kramer. Guión: Nedrick Young y Harold Jacob Smith. Elenco: Tony Curtis, Sidney Poitier, Theodore Bikel, Charles McGraw, Lon Chaney Jr., King Donovan, Claude Akins, Lawrence Dobkin, Kevin Coughlin, Cara Williams. Producción: Stanley Kramer. Duración: 96 minutos.