Cabo de Miedo (Cape Fear)

Una lección de responsabilidad

Por Emiliano Fernández

Cabo de Miedo (Cape Fear, 1991), de Martin Scorsese, constituye un caso muy raro en el cine reciente porque hablamos de una remake que sin llegar a superar a la película original no sólo logra empardarla a nivel cualitativo sino que hasta ofrece una suerte de lectura maximizada y aggiornada, muy interesante sin dudas, de aquello ya visto: tanto la novela primigenia de John D. MacDonald, Los Verdugos (The Executioners, 1957), como el film previo de J. Lee Thompson, Cabo de Miedo (Cape Fear, 1962), giran alrededor de la figura de un villano de antología que ya en su época se diferenciaba de tantos colegas de la vileza por su sadismo exacerbado y el sustrato maniático de su obsesión revanchista, hablamos de Max Cady, en la primera propuesta cinematográfica compuesto por Robert Mitchum y en la segunda por un esplendoroso Robert De Niro, personaje que fue cambiando sutilmente de versión en versión aunque siempre conservando su necesidad visceral de destruir la vida de quien considera el culpable de su martirio carcelario y tragedias asociadas, Sam Bowden, primero interpretado por Gregory Peck y luego por Nick Nolte; en este sentido basta con pensar que en las páginas del libro Cady es un soldado que es descubierto por Bowden durante la Segunda Guerra Mundial mientras violaba a una muchacha en Australia, su destino bélico, y por ello es sentenciado a 14 años de reclusión con el testimonio central de Sam, en el opus de 1962, adaptado para la gran pantalla por James R. Webb, el señor sigue siendo un violador serial hiper misógino y degenerado aunque más cercano a un “artista de las estafas” -ya de raigambre civil- que sale de la cárcel luego de ocho años de planear una venganza lenta y dolorosa contra Bowden, una vez más la persona que interrumpió su ataque sexual y testificó en su contra en el juicio, y finalmente en el trabajo de Scorsese, a su vez escrito por Wesley Strick a partir de la novela de MacDonald y el guión anterior de Webb, el tremendo Max se convierte en un fanático religioso modelo white trash sureña que más que sólo pretender desquitarse con Bowden lo que realmente anhela es darle una lección de responsabilidad por sus actos, ya que de hecho en esta oportunidad Sam fue su abogado defensor en la paliza y violación a una adolescente de 16 años y decidió ocultar un informe que explicitaba el pasado promiscuo de la víctima, lo que podría haber ayudado a bajar la sentencia de 14 años de prisión y/ o incluso haber asegurado la absolución del reo.

 

Con el transcurso de las diversas décadas, ya desde el estreno de la exégesis de Thompson, Cabo de Miedo se transformó progresivamente en el thriller por antonomasia de acoso porfiado y alucinante porque literalmente no existe una historia tradicional por fuera de la esperable seguidilla de acciones y reacciones por parte de los dos bandos en pugna, todo a su vez por un lado recuperando motivos clásicos del acervo hitchcockiano como la familia de clase media en crisis, la figura disruptiva y amenazante que viene del exterior difuso, situaciones de tensión y puestas en escena empardadas al suspenso, cierta incompetencia o abulia por parte de las autoridades y una banda sonora electrizante del genial Bernard Herrmann, y por el otro lado trayendo a colación miedos eternos de la burguesía en sintonía con el domicilio violado, la reconversión en asesinos, la destrucción de la “casa modelo”, la violencia psicosexual contra los vástagos y la imprevista aparición en la puerta del hogar de alguien que viene a cobrar alguna deuda voluminosa del pasado que el jefe o la jefa de la parentela consideraban ya saldada o quizás -con mucha más frecuencia- olvidada bajo el peso del tiempo transcurrido. Más allá de la diferencia de base entre el film de 1991 y sus dos fuentes de cabecera, nos referimos a la novela y el opus anterior para la gran pantalla, eso de que el Bowden de Nolte, un jurista como aquel de Peck, no es un personaje tan inmaculado como sus homólogos previos ya que desde el vamos funciona como un hombre real que ha caído en la corrupción porque no sólo cometió prevaricato -resolución o acción de una autoridad o funcionario a sabiendas de que es injusta y contraria a la ley- sino que viene de serle infiel en una ocasión a su esposa, Leigh (Jessica Lange), y de coquetear con una posible reincidencia vía una secretaria del bufete donde trabaja, Lori Davis (Illeana Douglas), lo cierto es que la estructura narrativa ideada por MacDonald se mantiene en ambas realizaciones debido al hecho de que la venganza -o acto de justicia, como la ve el Cady de De Niro- termina prontamente tapada por la revancha símil contraofensiva ciega del letrado a través de una espiral de degradación moral en la que evidentemente siempre termina ganando el villano gracias al detalle de que embadurna con mugre esa máscara de perfección burguesa de la familia, lo que implica que ya nada volverá a ser como antes y que al abogado garantista lo consumió su instinto de verdugo, uno negado a conciencia.

 

Bowden vive en una casona de New Essex, en Carolina del Norte, junto a su bella esposa Leigh y su hija de 15 años Danielle (Juliette Lewis), y trabaja en Broadbent & Denmeyer, bufete que le permite una vida muy holgada pero no lo salva de la liberación de Cady, un analfabeto en 1977 que con los años aprendió a leer y hasta actuó como su propio abogado al punto de apelar en vano su condena, acceder a los documentos del caso y eventualmente descubrir el mentado informe sobre la víctima, panorama que lleva a reclamarle al otrora abogado defensor los 14 años desperdiciados, el haber sido violado en el presidio y el hecho de estar apartado de su propia hija, quien no lo reconocería porque su madre le dijo a la chica que murió cuando cayó preso. Cual ping-pong de las agresiones superpuestas, Max molesta al clan en un cine que proyectaba Adorable Criatura (Problem Child, 1990), de Dennis Dugan, se sube a la medianera de la residencia -con fuegos artificiales de fondo- y luego encara al abogado arriba de su auto sacándole las llaves de la ignición y después en la calle, donde Sam intenta sin éxito sobornarlo para que deje de seguirlo, provocando que comience a averiguar con su colega letrado Tom Broadbent (Fred Thompson) sobre algún medio legal para frenarlo, movida que se corta de golpe cuando el psicópata envenena al perro de la familia, Ben. El acoso queda en manos del Teniente Elgart (Mitchum), el cual descubre que el ex presidiario tiene 30 mil dólares en el banco de la venta de la finca de su madre fallecida, y luego de un arresto y un empujón en un desfile de Bowden contra Cady éste seduce, viola y golpea a Davis y le arranca con los dientes su mejilla derecha. Sam se pelea con Elgart por no poder hacer nada sin la palabra condenatoria de Lori, quien prefiere evitar la humillación pública y profesional de relatar el abuso, y por ello contrata a un detective privado, Claude Kersek (Joe Don Baker), quien rápidamente es descubierto por el criminal mientras lo seguía. La siguiente jugada de Cady es hacerse pasar por profesor de teatro ante Danielle para seducirla desde su inocencia y ponerla de su parte, logrando generar más disputas entre la parentela ya que Sam asimismo se vio obligado a comentar a su esposa acerca del amor platónico que compartía con Davis. Mancillada la integridad psicológica de la muchacha, Bowden amenaza en un bar a Max -sin saber que éste estaba grabando la conversación- y así lo manda a golpear por tres matones que contrató Kersek.

 

Cady no sólo se carga a los hombres, armados con caños y cadenas, sino que hasta deduce que el abogado está viéndolo todo escondido detrás de un gigantesco contenedor de basura a pura pusilanimidad, optando por burlarse aunque sin hacer nada más al respecto. El inefable acosador da vuelta la situación cuando contrata a un criminalista de alto perfil, Lee Heller (Peck), para insólitamente conseguir una orden de restricción de 500 yardas contra Bowden por las intimidaciones del letrado y la paliza cortesía de sus sicarios tercerizados, movida que es rubricada por un juez tan fanático religioso como Cady y Heller (Martin Balsam), dejándole como último recurso a Sam el simular un abandono repentino del hogar en New Essex para defenderse en Raleigh frente a un raudo comité de ética, citado por el personaje de Peck, lo que le permitiría matar a Cady bajo legítima defensa en el caso de que ose ingresar a la morada familiar para violar o asesinar a Leigh y Danielle aprovechando la supuesta ausencia del patriarca del derecho impoluto. Luego de simular que toma un avión hacia Raleigh asegurándose de que el enemigo lo vea en el aeropuerto, Bowden, las dos mujeres y Kersek esperan el ingreso en el hogar por parte del demente y amparándose en un sistema improvisado de alarma que remite a aquel de La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963), clásico de Mario Bava, ahora con un hilo de pescar atado a ventanas y puertas de la vivienda y a su vez en conexión con un simpático oso de peluche, el cual al moverse indicaría la violación del hogar. El ángel vengador estrangula con una cuerda de piano a la sirvienta latina del hogar, Graciela (Zully Montero), se pone su ropa y así sorprende al detective privado, quien termina con la cabeza destrozada de un disparo mientras pretendía evitar ser asesinado. Aduciendo el principio de fuerza mayor el letrado abandona el lugar del crimen, llama a Elgart para avisar sobre los cadáveres y se marcha a la casa flotante de la familia, por supuesto atracada en el río Cabo de Miedo y sin saber que Cady viajó con ellos colgado debajo del vehículo gracias a su cinturón y las esposas que le sacó a Kersek. Luego de asearse y alquilar un bote, Max sorprende en la noche a Bowden, lo ata, corta la soga que sujeta el navío al muelle y justo cuando estaba por comenzar a violar a la madre y la hija frente al padre, Danielle lo rocía con bencina para encendedores mientras encendía un habano, desencadenando el enfrentamiento final.

 

Además de las citas a los opus de Dugan y Bava, Scorsese cuela un clip televisivo de Lo que el Cielo nos da (All That Heaven Allows, 1955), del querido Douglas Sirk, y se sirve de prodigiosas miniaturas a lo Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog, para la maravillosa secuencia marítima del desenlace con la casa flotante navegando sin control por las aguas en medio de una tétrica tormenta nocturna, amén del detalle de recurrir a los primeros CGIs para algunas tomas del rostro y el cuerpo en llamas de De Niro por la bencina. La música foránea, un ingrediente fundamental en el cine del realizador neoyorquino y mucho más a partir de la faena inmediatamente previa, Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), aquí no es tan importante como el acervo literario y su riqueza; pensemos para el caso que en materia musical tenemos el video pasajero de Been Caught Stealing (1990), de Jane’s Addiction, y la canción que Max le reproduce por teléfono a Danielle para cortejarla y ganarse rápido su confianza, Do Right Woman, Do Right Man (1967), de Aretha Franklin, mientras que en lo que atañe a las referencias literarias en primera instancia está Mira hacia Casa, Ángel: Una Historia de la Vida Enterrada (Look Homeward, Angel: A Story of the Buried Life, 1929), primer libro del excelso Thomas Wolfe y la novela que la adolescente lee con pasión y que es tachada de reduccionista por Cady porque el personaje protagónico, Eugene Gant, es una representación del propio Wolfe símil roman à clef que cree que yéndose de la casa familiar ya basta para escapar del contexto mediocre habitual y conocerse a sí mismo, por ello incita en la joven una curiosidad artística/ filosófica/ sexual/ rebelde por la obra de Henry Miller, padre espiritual de la fauna beatnik, de quien ya había leído Trópico de Cáncer (Tropic of Cancer, 1934) al igual que el protagonista de Después de Hora (After Hours, 1985), aquel Paul Hackett en la piel de Griffin Dunne, con el psicópata logrando que Danielle se interese en la denominada Crucifixión Rosa (Rosy Crucifixion), formada por Sexus (1949), Plexus (1953) y Nexus (1959), llegando incluso a pasarle un ejemplar de Sexus a espaldas de sus padres. El complejo fluir ideológico del villano también alude a Johann Scheffler alias Angelus Silesius y Así Habló Zaratustra (Also Sprach Zarathustra, 1885), de Friedrich Nietzsche, en un único movimiento que apuntala su voluntad individual superadora y a la vez fagocitadora de todos los devaneos tradicionales en torno a las divinidades del vulgo.

 

Esta permanente noción de fondo vinculada al carácter cuasi sobrenatural del torturador, violador, pederasta y homicida -todo tapado de tatuajes cristianos de índole mesiánica, capaz de soportar palizas brutales, dispuesto a viajar cientos de kilómetros debajo de una camioneta y sin siquiera inmutarse ante las quemaduras por agua hirviendo o una bengala derritiéndose en su mano- calza perfecto con la propuesta estética y retórica de un Scorsese que en vez de sólo apelar al suspenso clásico minimalista de Thompson, ese que a su vez funcionaba como una exégesis más dura y macabra del cine de Alfred Hitchcock porque optaba por eliminar los apuntes cómicos y/ o el romanticismo edulcorado del legendario realizador, se decide por un planteo narrativo más frondoso y cercano al terror efervescente en estrecha vinculación con las películas de impronta histérica, donde todos los personajes exudan ciclotimia, están al borde de un ataque de nervios y no son precisamente modelos de nada porque cada uno de ellos cuenta con sus miserias y debilidades (Sam es el típico burgués cobarde que sólo explota cuando es llevado al extremo, Leigh no puede vivir sin él por más que lo desprecia ya que le fue infiel cuando cohabitaban en Atlanta y finalmente Danielle, la narradora de semejante periplo, continúa poniendo en duda los dichos de sus padres acerca de la disposición violenta y ultra desoladora de Cady, cuyo abuelo manejaba serpientes en la Iglesia Pentecostal y cuya abuela bebía estricnina, hasta que se topa con los cadáveres de Graciela y Kersek en la cocina del hogar del clan). Escenas gloriosamente semi caricaturescas y volcadas hacia el morbo, la desproporción y el gore como la del ataque a Lori, la de la charla erotizante en el colegio, la de la paliza en el callejón, la de los dos asesinatos en la Residencia Bowden y todo el final en su conjunto refuerzan la idea de estar frente a una mezcla freak de montaña rusa y tren fantasma en la que cualquier cosa puede ocurrir, incluso aprovechando mucho más el contexto marítimo del último acto que en el film de 1962, ese que por cierto no está presente en la novela de MacDonald y que aquí deriva en otra secuencia en éxtasis y pegada a la idiosincrasia católica scorsesiana promedio vía un Max metamorfoseado en profeta de aquella verdad punitiva de los cielos, citando el Infierno (1304), de Dante Alighieri, hablando de repente en lenguas y cantando sin más un himno sacro, On Jordan’s Stormy Banks I Stand, mientras se hunde en las aguas luego de ser esposado al barco por el abogado y golpear el navío una roca, abriéndose/ destrozándose el casco inmediatamente. Ayudado por el excelente desempeño del elenco, la fotografía del gran Freddie Francis y sus pinceladas símil negativo, la estupenda edición de Thelma Schoonmaker, los créditos diseñados por el mítico Saul Bass y la reutilización y adaptación del soundtrack original de Herrmann -más varias composiciones descartadas de Cortina Rasgada (Torn Curtain, 1966)- por parte de Elmer Bernstein, el director se saca el gustito cinéfilo del regreso de Peck, Mitchum y Balsam, todos en bandos opuestos porque hasta este último supo componer en la faena de Thompson al jefe de policía simpatizante de Bowden, Mark Dutton, y en suma edifica un cuento de hadas para adultos de imágenes muy poderosas sobre la pesadilla de mundos íntimos deshechos y la obligación de responder por nuestros actos sin que importe cuán certeros los consideremos, dejando entrever que por cada acción siempre existe alguien que ve afectada su vida al extremo de luego pretender una “indemnización acorde” que puede ser en dinero, libertad, humillaciones o sangre…

 

Cabo de Miedo (Cape Fear, Estados Unidos, 1991)

Dirección: Martin Scorsese. Guión: Wesley Strick. Elenco: Robert De Niro, Nick Nolte, Jessica Lange, Juliette Lewis, Joe Don Baker, Robert Mitchum, Gregory Peck, Martin Balsam, Illeana Douglas, Fred Thompson. Producción: Barbara De Fina. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 10