A pesar de sus casi tres horas de duración y su estructura enrevesada y hasta por momentos laberíntica, Príncipe de la Ciudad (Prince of the City, 1981), sin duda una de las grandes joyas ocultas de la extensa filmografía de Sidney Lumet, es relativamente sencilla a nivel conceptual porque viene a complejizar el sustrato de “policías buenos y policías malos” de la propuesta anterior del director sobre la corrupción entre los uniformados neoyorquinos, Sérpico (1973), ahora imponiendo un manto de tonos grises a escala moral/ ética que va más allá del oficial inexperto, cristalino e impoluto, aquel señor del título en la piel de Al Pacino, denunciando a sus colegas sucios ya que el núcleo del relato en esta ocasión pasa precisamente por un representante de las fuerzas de represión públicas, el Detective Daniel Ciello (Treat Williams), confesando crímenes de variada envergadura desde el vamos y colaborando con animales también peligrosos e imprevisibles aunque de otra especie algo mucho distinta, por supuesto los fiscales del sistema judicial, para meter preso a cualquiera que no sea sus compañeros más próximos de la División Narcóticos de la Unidad de Investigaciones Especiales del Departamento de Policía de Nueva York, léase los también Detectives Dom Bando (Kenny Marino), Joe Marinaro (Richard Foronjy), Bill Mayo (Don Billett) y Gus Levy (Jerry Orbach), llamados irónicamente dentro del aparato policial y jurídico “príncipes de la ciudad” porque sus actividades no estaban supervisadas por otras instancias del poder estatal y así contaban con un gran margen de libertad para presentar sus casos bajo sus propios términos sin rendir cuentas a nadie. El guión del propio Lumet y Jay Presson Allen, segunda de cuatro colaboraciones al hilo después de la olvidable Dime lo que Quieres (Just Tell Me What You Want, 1980) y antes de las asimismo maravillosas Trampa Mortal (Deathtrap, 1982) y El Veredicto (The Verdict, 1982), se complementa con la oscura fotografía de Andrzej Bartkowiak y la música tenebrosa de Paul Chihara y está basado en un libro de no ficción de Robert Daley, Príncipe de la Ciudad: La Verdadera Historia de un Policía que Sabía Demasiado (Prince of the City: The True Story of a Cop Who Knew Too Much, 1978), a su vez inspirado en la figura de Robert Leuci (1940-2015), un policía con problemas de conciencia que pasó de arrestar a traficantes callejeros cuando joven a perseguir a los grandes distribuidores de los cárteles sudamericanos de drogas una vez que ingresó en la mentada Unidad de Investigaciones Especiales, donde suministraba drogas a informantes y robaba el dinero secuestrado a los narcos, lo que eventualmente lo llevó -a instancias de los míticos Frank Sérpico y David Durk, convencimiento solidario de por medio- a trabajar durante dos largos años llevando micrófonos ocultos para la Comisión de Investigación de la Supuesta Corrupción Policial o Comisión Knapp, donde a través de sus contactos en la fiscalía, Nick Scoppetta y Michael Shaw, comenzó a armar casos contra oficiales, muchos abogados y hasta empleados judiciales igualmente corruptos y pancistas.
El libro de Daley, señor que por cierto trabajó como comisionado adjunto de la policía de la Gran Manzana en el período en cuestión, los primeros años de la década del 70, y que también inspiró con sus escritos a Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), de Michael Cimino, y El Lado Oscuro de la Justicia (Night Falls on Manhattan, 1996), otra exquisita odisea de Lumet sobre el envilecimiento de los organismos estatales, es trasladado de manera magistral a la pantalla mediante una historia que es al mismo tiempo individual, ya que nunca abandona el accidentado derrotero de Ciello/ Leuci, y coral, debido al volumen de secundarios que se mueven alrededor del protagonista y su multifacética y ramificada investigación, todo cortesía por un lado de la enorme destreza del realizador en el campo de los psicodramas ultra realistas, siempre acerca de la justicia comunal, el caos citadino y la metáfora del individuo contra un sistema antropófago que no perdona a los díscolos o rebeldes, y por el otro lado de la inteligencia de Allen en materia de los diálogos y el fluir contradictorio -y por ello bien material y verosímil- de las relaciones entre los personajes, una de las pocas guionistas trabajando en el Hollywood de aquel entonces y una gran artista que venía de escribir películas estupendas como Marnie (1964), de Alfred Hitchcock, Los Mejores Años de Miss Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie, 1969), de Ronald Neame, Cabaret (1972), de Bob Fosse, Viajes con mi Tía (Travels with My Aunt, 1972), de George Cukor, y Funny Lady (1975), de Herbert Ross. En esta oportunidad la Comisión Knapp se llama Comisión Chase y Scoppetta y Shaw son rebautizados Richard Cappalino (Norman Parker) y Brooks Paige (Paul Roebling) respectivamente, dos asistentes de la fiscalía de distrito para quienes el protagonista comienza a trabajar llevando micrófonos escondidos en reuniones candentes con diletantes varios del hampa y las instituciones gubernamentales a posteriori de tocar fondo en sus prácticas ilegales al golpear y romperle la nariz a un pobre adicto a la heroína, José (José Ángel Santana), para robarle algo de droga y dársela a su vez a un soplón de su nómina y junkie tontuelo con síndrome de abstinencia. Daniel se centra en un detective corrupto, Carl Alagretti (Tony DiBenedetto), y un mafioso especializado en drogas y muchos sobornos, Dave DeBennedeto (Ron Karabatsos), sin embargo la pesquisa encubierta termina llamando la atención de un fiscal de mayor rango de Washington D.C., Santimassino (Bob Balaban), el cual pretende apresar a un agente sucio de la DEA, Marcel Sardino (Cosmo Allegretti), y a otro detective, Gino Mascone (Carmine Caridi), este último incluso suicidándose ante la manipulación de los esbirros judiciales para que cambie de bando, de la mafia de las drogas a esa mafia judicial, si no desea ser expuesto como un uniformado ladrón y adepto a venderse al mejor postor. Ciello les termina comentando a sus compañeros más cercanos sobre su colaboración con la fiscalía antes de ser puesto bajo protección a cargo del agente Tug Barnes (Lane Smith), ya con su vida en evidente peligro.
Lumet analiza a pura perspicacia y sin un gramo de corrección política las paradojas del asunto y el punto muerto en el que termina el delator y su entorno a medida que las cartas se van desplegando y cada partícipe hace su propio juego: tanto Cappalino como Paige son rápidamente ascendidos dentro de la pirámide procesal pero Ciello se va quedando cada vez más solo porque primero se transforma en un títere de las diversas causas que generan las grabaciones de las charlas non sanctas con los miembros del gigantesco sindicato criminal y luego comienza a trastabillar a nivel psicológico a pesar del apoyo de su esposa Carla (Lindsay Crouse) y sus hijos pequeños al punto de perder un poco la cordura por tamaña presión polirubro, incluso es asesinado su querido tío perteneciente a la mafia, Nick Napoli (Ronald Maccone), quien una vez le salvó la vida ante un posible homicidio de Alagretti y DeBennedeto y hasta le avisó de un contrato sobre su cabeza por su condición de soplón; no obstante su mayor problema se reduce a los dichos de un agente afroamericano apodado El Rey (Robert Christian), quien afirma que Daniel desparramó heroína entre múltiples adictos, aceptó sobornos, se quedó con dinero ajeno y hasta se hizo de tres automóviles a instancias del negro, acusaciones que se vienen abajo cuando El Rey no logra pasar una prueba de polígrafo aunque sí manchan el prestigio del principal testigo de un montón de causas paralelas contra abogados, funcionarios, oficiales y delincuentes, especialmente considerando que al empezar la faena el detective sólo reconoció -en plan de condonación tácita- tres actos de mala conducta en sus once años de policía, algo que desde el vamos nadie le creyó pero que resurge al llevar todos estos casos a tribunales bajo la lupa de fiscales que no desean mancharse ante los jueces por problemas de credibilidad y que van desde el amistoso Burano (Lance Henriksen) hasta el bien desalmado George Polito (James Tolkan), éste obsesionado con presentar cargos contra Ciello a pesar de que ello implicaría descartar su trabajo de dos años desenmascarando a los cómplices de la vasta red de corrupción institucional de la Gran Manzana y de parte del andamiaje administrativo del país. Mientras que un tal Detective Raf Álvarez (Tony Page) reconoce haberse quedado con droga para venderla y aceptado sobornos de narcos para dejarlos en libertad, implicando a Gus Levy ante Polito como una forma de ensuciar a Daniel por elevación, otro fiscal cercano al personaje de Williams, Mario Vincente (Steve Inwood), logra que el susodicho acepte su participación en muchos más ilícitos que los previamente reconocidos, como quedarse con 46 mil dólares en una redada contra unos narcos colombianos y dejarlos que salgan de Estados Unidos bajo fianza, lo que provoca el suicidio de Bill Mayo cuando lo nombra junto a Levy, Joe Marinaro y Dom Bando. El fiscal nacional Charles Deluth (Peter Michael Goetz) decide no presentar cargos contra Ciello en función de su sacrificio pero también para que se mantengan en pie las causas que generó su labor como informante.
Príncipe de la Ciudad sintetiza a la perfección el estilo y las preocupaciones de cabecera de Lumet ya que en primera instancia podemos decir que la película está dividida en macro escenas con pocos cortes que permiten no sólo el lucimiento del elenco sino que los propios intérpretes transmitan aquella intensidad prototípica del cine del realizador a través de los diálogos, los gestos y la postura física, secuencias prodigiosas de desarrollo de personajes basadas en el trabajo colaborativo y su tendencia a ensayar y pulir el devenir dramático al dedillo antes del rodaje en sí, y en segundo lugar se hace evidente el regreso de uno de los tópicos cruciales que siempre obsesionaron al director y guionista, hablamos del suplicio existencial de antihéroes heterogéneos que buscan con desesperación admitir su propia culpa o señalarla cuando la ven en individuos de su coyuntura inmediata a nivel laboral/ profesional/ familiar/ barrial/ social/ institucional, aquí yendo mucho más allá de la simple denuncia del acervo mainstream estándar para complejizar el asunto señalando la estrategia maquiavélica de determinados engendros del aparato judicial y la rama legal en general en pos de usar la penitencia ajena para fines egoístas que terminan convirtiendo al artífice de la purga en un victimario a ojos sociales que delató a sus compañeros, algo que es así pero que no puede no vincularse a los beneficios en materia de “limpieza estatal y policial” que el acto trajo consigo. El film, perteneciente al ciclo de Lumet sobre los distintos aspectos de la corrupción social e idiosincrásica, uno que abarca las citadas Sérpico, El Veredicto y El Lado Oscuro de la Justicia como también Poder que Mata (Network, 1976), El Precio del Poder (Power, 1986), Preguntas sin Respuestas (Q & A, 1990), Declárenme Culpable (Find Me Guilty, 2006) y hasta la suprema Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto (Before the Devil Knows You’re Dead, 2007), entre muchas otras películas, además indaga en la hipocresía de fondo del sistema legal mediante el brillante soliloquio de Álvarez ante los fiscales, cuando les dice que ellos pretenden condenas pero tienen leyes estúpidas sobre registros, incautaciones y escuchas que les atan las manos a uniformados que saben que siempre después tendrán que cometer perjurio en el estrado porque la única forma de sacar de circulación a los narcotraficantes es robándoles su dinero, de allí que se lo terminen quedando ellos mismos a espaldas del aparato estatal que los sostiene porque éste tiende a dejarse influir por los poderosos y su riqueza, esos que compran a fiscales, jueces y hasta a prestamistas de fianzas. En parte “lavándole la cara” a los oficiales vía la inmolación de Ciello, claro ejemplo de uno de los poquísimos gremios que suelen autopurgarse de manera estrepitosa y en público, Lumet construye otra obra maestra aunque sin estrellas rutilantes y amparándose en especial en un Treat Williams impecable sólo conocido por entonces por sus papeles en Hair (1979), de Milos Forman, y 1941 (1979), de Steven Spielberg, un actor menospreciado en general que aquí descuella a más no poder poniendo en primer plano los pros y los contras de esta actitud de Daniel de sacar los trapitos al sol en lo que atañe a las irregularidades que le permitieron llevar una existencia muy holgada, en contraposición a la humildad de otros representantes del Departamento de Policía de Nueva York, y limpiar su conciencia exteriorizando sus ofensas aunque en simultáneo sin jamás poder contener las consecuencias de ello, esas que van desde el progresivo abandono de los fiscales después de promesas iniciales de auxilio y protección hasta su reconversión del desenlace en un instructor gris resistido por algunos estudiantes y la misma muerte -material y simbólica- de sus estimados compañeros y amigos de la Unidad de Investigaciones Especiales, una que encabezaba y de la que se sentía orgulloso por sus éxitos en materia de incautaciones de kilos y kilos de droga y arrestos y que eventualmente él mismo termina desarticulando con sus confesiones acerca de las fechorías por debajo de la mesa, enfatizando que la traición y la expiación muchas veces van juntas como dos caras de una única y desoladora moneda…
Príncipe de la Ciudad (Prince of the City, Estados Unidos, 1981)
Dirección: Sidney Lumet. Guión: Sidney Lumet y Jay Presson Allen. Elenco: Treat Williams, Jerry Orbach, Richard Foronjy, Don Billett, Kenny Marino, Carmine Caridi, Tony Page, Norman Parker, Paul Roebling, Bob Balaban. Producción: Burtt Harris. Duración: 167 minutos.