La figura de Giacomo Girolamo Casanova (1725-1798), trotamundos, perpetuo charlatán y libertino por antonomasia de la Europa en crisis de su tiempo, trae a colación la lucha entre el conservadurismo político/ militar y la transgresión social/ artística porque así como el señor era un gran defensor de los privilegios de una aristocracia a la que por origen no pertenecía debido a que deseaba con locura formar parte de ella y gozar de sus derechos y prerrogativas, asimismo se la pasó siendo expulsado de prácticamente todos los círculos ricachones del Viejo Continente por su tendencia a acostarse con hembras que ya estaban ocupadas o que pertenecían a autoridades con las que no convenía meterse si se pretendía seguir en libertad o hasta conservar la vida. Su condición de escritor y aventurero todo terreno se amalgamaba con otras tantas profesiones y títulos que solía autoadjudicarse sin más como por ejemplo los roles de historiador, jurista, diplomático, filósofo, matemático, inventor, economista, agente secreto, violonchelista y gran sibarita consumado que supo toparse en sus múltiples periplos con gente como Benjamin Franklin, Wolfgang Amadeus Mozart, Lorenzo da Ponte, Jeanne-Antoinette Poisson alias Madame de Pompadour, Johann Wolfgang von Goethe, Catalina II de Rusia, el General Aleksandr Suvórov, Jean-Jacques Rousseau, François-Marie Arouet alias Voltaire y hasta Federico II de Prusia, amén de rencillas con otros bribones adorables como el recordado Conde de Saint Germain y el Conde Alessandro di Cagliostro, dos masones y cortesanos acomodaticios cíclicos al igual que nuestro adalid aunque más volcados al ocultismo. Símbolo de la decadencia de la República de Venecia (697-1797), la ciudad-estado donde nació, después de un milenio de poderío económico y naval, cayendo primero ante Napoleón Bonaparte y luego pasando a formar parte del Imperio Austríaco y del Reino de Italia, Casanova sintetiza a la perfección los conflictos entre el Antiguo Régimen sustentado en la nobleza y los privilegios de cuna, por un lado, y la transición entre las Edades Moderna y Contemporánea con la Revolución Francesa (1789-1799) como proceso de cambio sin duda determinante, por el otro lado, esquema novedoso que instauró progresivamente gobiernos representativos de base popular sin la figura del dux o dogo, el dirigente máximo de Venecia, aquel de un complejo sistema administrativo -a mitad de camino entre las autocracias y un aparato electoral con sorteos incluidos- que Giacomo adoraba sin llegar a vislumbrar del todo que estaba camino a su ocaso por la metamorfosis del feudalismo en raudo capitalismo y el ascenso de la burguesía al poder estatal en detrimento de las monarquías de títulos nobiliarios y fortunas heredadas.
Casanova escribió muchísimo a lo largo de su vida y si bien su obra literaria abarca cartas, panfletos políticos, refutaciones oportunistas varias, análisis historiográficos, soliloquios contra la alquimia y la superstición, diatribas en defensa de las mujeres, una vanguardista y hoy legendaria novela fantástica intitulada Ikosameron (1787), tratados algo delirantes de matemática y antologías de aforismos filosóficos, en realidad al querido pícaro se lo recuerda por Historia de mi Vida (Histoire de ma Vie), memorias que concibió en francés entre 1789 y 1798 vía un larguísimo manuscrito mientras trabajaba de bibliotecario en el castillo del Conde de Waldstein en Bohemia, en la hoy República Checa, trabajo que se publicaría de manera póstuma en 1822 y que quedó inconcluso por su fallecimiento, por ello no abarca toda la vida de Giacomo y se detiene el 14 de septiembre de 1774 cuando aún restaban más de dos décadas de aventuras por compilar. Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, 1976), la interpretación del monumental Federico Fellini de la existencia y la época en la que le tocó vivir al libertino, toma algunos episodios aislados de Historia de mi Vida, en la actualidad considerado uno de los libros más detallados y ricos en materia del retrato de las costumbres del Siglo XVIII ya que el autor se explaya por igual en hábitos de amos y sirvientes, para construir un lienzo muy complejo y de impronta profundamente alegórica en torno a dos de las grandes obsesiones temáticas de la etapa adulta del director y guionista, hablamos en primera instancia de la decadencia atemporal de la hegemonía plutocrática pública y su corrupción, simbolizada en pantalla en una retahíla de bacanales vacuos, hedonistas, caprichosos y estupidizantes, y en segundo lugar del período de transición entre el Antiguo Régimen de características absolutistas explícitas y nobiliarias a toda pompa y esa fase posterior, que en mayor o menor medida se extiende hasta nuestros días, en la que el ejercicio del poder se invisibiliza progresivamente a caballo del ascetismo racionalista y tecnocrático burgués, etapa en la que las orgías y el sadismo de los poderosos pasan al ámbito privado de la vida con el objetivo manifiesto de dar una imagen popular de eficiencia y pulcritud cual modernismo proto psicologista que se contrapone a la carne flagelada de la Edad Media y aquellos estadios intermedios de la Edad Moderna, hipocresía de base representada desde ya en el mismo Casanova y muy a su pesar ya que tenía en gran estima a los aristócratas en vías de extinción, un hombre que se mostraba refinado y muy culto en público porque deseaba ser respetado por su intelecto pero en esencia era conocido por sus destrezas amatorias, por su gran promiscuidad y por el renombre de sus conquistas.
En el comienzo de la faena los organizadores de un carnaval veneciano, evento plagado de máscaras, góndolas y hasta un corte de listón por el dux de turno, intentan elevar de las aguas del Gran Canal una enorme cabeza monárquica femenina con su corona, símbolo de la ciudad-estado en su conjunto, pero la empresa falla y el busto vuelve a sumergirse en lo que las autoridades y el pueblo interpretan como un mal augurio. Casanova (Donald Sutherland), que está entre el público de tamaño fracaso, recibe un mensaje para que viaje en bote hacia una villa abandonada en un islote y allí tener un encuentro sexual con una monja ultra putona, la Hermana Maddalena (Margareth Clémenti), amante del embajador francés, el voyeurista De Bernis, quien observa el encuentro desde el ojo de un pez de una pintura mural y no muestra interés alguno ante un discurso de Giacomo en el que se vende como un experto en ingeniería, literatura, política, economía, alquimia y adivinación. Mientras rema de regreso al continente es arrestado por esbirros varios del Tribunal de la Inquisición, quienes lo juzgan y lo encierran por su libertinaje -aunque disfrazándolo de acusaciones de magia negra, posesión de libros prohibidos y ser autor de escritos heréticos- en una celda minúscula de Piombi o Prisión de los Plomos que despierta sus recuerdos de días más felices, como cuando tenía de amante a una burguesa modista masoquista adepta a que le den latigazos en el culo, Giselda (Daniela Gatti), relación que a su vez le permitió acostarse con una hilarante empleada de la anterior, la muda, pálida y frígida Anna Maria (Clarissa Mary Roll), una chica que se vive desmayando y a la que venían “curando” con permanentes sangrías hasta que Casanova le quita lo melancólico crónico en la cama. El protagonista eventualmente logra escapar del presidio a través del techo del calabozo y se abre camino hacia un exilio en la nobleza parisina, donde conoce a Madame D’Urfé (Cicely Browne), una anciana desquiciada fanática de la astrología que considera que después de tener una sesión de sexo ritual con Giacomo podrá reencarnar en un bebé varón que vivirá por siempre, para lo cual el amante recluta a Marcolina (Clara Algranti), la pareja de su hermano y ex clérigo (Nicholas Smith), con vistas a lograr una erección viéndole el trasero a la muchacha mientras fornica con la veterana. A posteriori conoce al “amor de su vida”, Henriette (Tina Aumont), una mujer que viajaba disfrazada de hombre al lado de un capitán húngaro (Donald Hodson) y de la cual se enamora, algo poco habitual en él, en la mansión del Marqués Du Bois (Daniel Emilfork), no obstante luego de una larga noche de pasión la fémina se marcha sin explicación alguna con un tal Señor D’Antoine (Hans van de Hoek).
Dejando atrás las representaciones teatrales homosexuales del jorobado Du Bois, Giacomo cae en la depresión porque Henriette dejó dicho que no debe buscarla ya que hoy responde a un importante personaje de la corte europea y D’Antoine es sólo un emisario, así las cosas termina en Londres a merced de dos arpías, Madame Charpillon (Carmen Scarpitta) y su hija (Diane Kurys), quienes le roban una maleta e indirectamente lo llevan a considerar el suicidio ingresando en las aguas del Río Támesis, momento en el que se arrepiente al observar a una mujer gigante, Angelina (Sandra Elaine Allen), acompañada por dos enanos que la cuidan y con los que trabaja en una gran feria ambulante repleta de contorsionistas, cuerpos pintados, mimos, músicos payasescos, carruseles tracción a caballos y hasta una sirena símil ballena con poderes místicos, Mouna, adentro de la cual se proyectan dibujos pornográficos terroríficos con eje vaginal de la mano de una linterna mágica surrealista diseñada por el genial Roland Topor. Después de luchar en una pulseada con Angelina y pagarle a uno de los enanos para espiarla mientras se baña en un barril con los liliputienses, Casanova reanuda su viaje y termina en Roma, donde conoce al Papa Clemente XIII (Luigi Zerbinati) y participa de una competencia sexual con el cochero presumido Righetto (Mario Gagliardo), al servicio del Príncipe Del Brando (Gennarino Pappagalli), en el palacio de Lord Talou (John Karlsen), embajador inglés, de la que sale victorioso por mayor cantidad de orgasmos en una hora cogiendo con Romana (Veronica Nava), mujer de un Del Brando que promovió el reto. En Berna, Suiza, es engañado por la bella Isabella (Olimpia Carlisi), hija de un célebre entomólogo, el Doctor Moebius (Mario Cencelli), pero como consuelo se suma a una orgía con una ninfómana germana jorobada (Angelica Hansen) y una troupe de actores encabezada por la rellenita Astrodi (Marika Rivera) en la Posada de los Moros, en Dresde, Alemania, ciudad en la que a su vez se topa con su madre (Mary Marquet) luego de una función de Orfeo y Eurídice (Orfeo ed Euridice, 1762), de Christoph Willibald Gluck, la cual le recrimina haberla abandonado muchos años atrás. Su último encuentro amatorio es con una muñeca mecánica llamada Rosalba (Leda Lojodice) en medio de otro intento de que se lo tome en serio -esta vez como arquitecto y botánico experimental- en medio de la anarquía de la corte de Württemberg, entre clavicordios ensordecedores y una tortuga de las Galápagos, fase previa a su retiro en Bohemia y sus batallas con el mayordomo Faulkircher (Reggie Nalder) y su joven ayudante Viderol (Dan van Husen), quienes pegan con mierda en la pared del baño del palacio un dibujo de Giacomo incluido en su novela Ikosameron.
Se sabe de sobra que Fellini en un principio tenía una muy mala opinión de la estampa de dandy de Casanova y hasta le adjudicaba una incapacidad extrema para amar a nadie que no sea él mismo, algo hasta cierto punto común dentro de la nobleza narcisista de su tiempo y su lectura pasatista y antojadiza de una sensualidad y una cópula que casi nunca llevaban al vínculo romántico monogámico perdurable, sin embargo con el trascurso del rodaje -y sobre todo después de la filmación de la estrambótica escena con la monja y De Bernis- el realizador comenzó a simpatizar con Giacomo y lo que podría haber sido otro retrato del declive aristocrático y/ o fascista símil las otras obras del período más barroco del cineasta, léase Satiricón (Satyricon, 1969), Roma (1972), Amarcord (1973), Ensayo de Orquesta (Prova d’Orchestra, 1978), La Ciudad de las Mujeres (La Città delle Donne, 1980) e Y la nave va (E la nave va, 1983), se transforma en un retrato humanista y nostálgico alrededor de esta paradoja existencial del protagonista, nos referimos a su pretensión de prestigio comunal y aceptación dentro de una clase dirigente endogámica que jamás le terminó de abrir las puertas porque lo consideraba un extranjero símil curiosidad cultural recreativa, contradicción que asimismo abarca esta fascinación hacia la “vida fácil” de la nobleza y su desprecio paralelo para con el sustrato más pueril, chabacano y palurdo de los pasatiempos aristocráticos que le impedían demostrar su valía como intelectual y lo condenaban a su otra faceta, la más requerida, la del amante insaciable que homologa placer y ese devenir intercambiable de las hembras a ojos de los machos. Fellini explora con mano maestra este talante femenino del campeón del erotismo y las conquistas ya que sus diatribas en favor del gremio mujeril, tanto a nivel del respeto que merece como de la no cosificación por fuera del lecho privado, tienen que ver con alegatos de autodefensa vía una identificación con las féminas porque él también padecía el problemilla de no ser escuchado como si todo lo que dijese fuese menos importante que su rostro, cuerpo o lo que tenía entre las piernas, planteo que unifica el instinto de cacería masculino, ese que lleva a renunciar a la hembra en cuestión por cualquier otra que pase por delante, y la conciencia de una discriminación semejante a la que arrastran las mujeres a instancias de toda una sociedad -no sólo de los hombres- que entroniza la belleza o la capacidad de seducción como regiones apartadas de la inteligencia del polemista lúcido con algo valioso para decir, así como unas buenas tetas y un buen culo anulan por prejuicio al intelecto la fama de “máquina sexual” de Casanova socaba una y otra vez su respetabilidad en círculos civiles tanto cortesanos como vulgares.
La majestuosa artificialidad de las imágenes y de la puesta en escena, apuntaladas en los excelentes trabajos de Giuseppe Rotunno en fotografía, Danilo Donati en dirección de arte, Gabriella Borzelli en peinados, Giannetto De Rossi y Fabrizio Sforza en maquillaje y Donati y el propio Fellini en el diseño de vestuario, vuelve a ser sinónimo de la búsqueda incansable de la verdad por parte del director en el trasfondo más grotesco y exacerbado de la vida mundana, negación de un realismo burgués dominante en el mainstream que achata el registro dramático y le quita esa exuberancia onírica que tanto apreciaba Federico, no sólo un artista sin igual sino un experto en la proeza inconmensurable de balancear una superficie visual/ sensorial/ anímica suntuosa y una dimensión interior o psicológica mucho más reposada e insegura que se esconde detrás del maquillaje y la nariz prominente del glorioso Sutherland, de esos mares de bolsas de polietileno y de esas caóticas coyunturas palaciegas en donde las fiestas ad infinitum -en simultáneo anodinas y alucinadas- son una constante, por ello detalles como las exquisitas composiciones a lo cajita musical de Nino Rota y los chispazos de melancólica soledad son tan necesarios en su rol de contrapesos de tanta voluptuosidad condenada a desaparecer junto al Antiguo Régimen y la juventud del antihéroe. Exégesis antropomorfizada por antonomasia de aquella transición desde el modernismo hacia la Edad Contemporánea, el Giacomo de Fellini es un ser bipartito que nunca alcanza la paz y se sumerge en una verborragia amatoria fúnebre porque no sólo representa a todos los varones, nunca conformes al cien por ciento con la compañera de turno, sino que sabe perfectamente que el trabajo y/ o la mujer ideal no existen y que la derrota en última instancia siempre será parcial o agridulce, así en el desenlace la Condesa de Waldstein (Majorite Belle) lo ningunea cuando se queja de Faulkircher y Viderol y los invitados del castillo se burlan mientras recita poesía, debiendo soportar humillaciones hasta en la vejez pero por lo menos desempeñándose como bibliotecario y con una mínima comodidad; a lo que se suma el mítico sueño también de las postrimerías del relato, ese en el que por fin regresa a Venecia, ve la cabeza monárquica del comienzo en el fondo de un lago, no puede tocar a ninguna de sus amantes pasadas reaparecidas y justo antes de subir a un carruaje dorado decide reproducir un vals que supo bailar con Rosalba, la autómata, aunque ahora sin movimientos y ambos abrazados y girando sobre su eje, delicioso símbolo de la perfección utópica anhelada que ahora se transforma en el preámbulo del óbito cual visión invertida de aquella algarabía de la genitalidad representada en los movimientos hiper afectados de los involucrados al coger y en ese gracioso pájaro mecánico que cobraba vida al momento del sexo, rito repetitivo si los hay que lejos de estar fetichizado como en el porno o anulado como en el mainstream o el cine arty gélido aquí pasa a ser ridiculizado y homenajeado en un único movimiento retórico, ideológico y estético en tanto una faceta más de la vida como cualquier otra, presta a esclavizar o a dejarse dominar en un juego de relaciones de poder en el que del mismo modo en que el coito poliniza al amor, quizás en su versión ilusoria/ idealizada, asimismo estructura la sociedad estamental mediante la sutil determinación de esos regímenes del placer que se cuecen en privado y se filtran sin cesar en el ágora vía sublimaciones. Las orgías de la película, ejemplos de un arte macabro a lo pulsión de muerte que sin embargo no renuncia al sustrato circense vitalista de la existencia y su deterioro empardado al absurdo, también pueden ser entendidas como ceremonias de liberación relativa en medio de un contexto encorsetado en donde la centralización de las decisiones es absoluta y el fetiche con hacerse y conservar privilegios suele ser asfixiante…
Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, Italia, 1976)
Dirección: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini y Bernardino Zapponi. Elenco: Donald Sutherland, Tina Aumont, Cicely Browne, Carmen Scarpitta, Clara Algranti, Daniela Gatti, Margareth Clémenti, Olimpia Carlisi, Leda Lojodice, Sandra Elaine Allen. Producción: Alberto Grimaldi. Duración: 155 minutos.