Como todo país que se quedó atascado en la matriz de pensamiento protestante, Estados Unidos tiende a tener una actitud conservadora en materia del sexo y a mostrarse, en contraposición, como amante de la violencia y las armas por un chauvinismo esencial algo descerebrado que viene arrastrado desde la etapa colonial, las guerras de independencia y la Guerra Civil propiamente dicha en pos de unificar bajo una misma bandera a las regiones españolas, francesas y británicas del otrora territorio de los indígenas. La industria cultural en general y Hollywood en particular siempre aprovecharon y exacerbaron este sustrato identitario nacional optando por esquivar los componentes sexuales de los relatos, salvo excepciones como el período del Nuevo Hollywood de fines de la década del 60 y todos los 70, y por ponderar/ celebrar/ explotar una representación pasteurizada de la violencia que no se condice con la realidad porque en la pantalla la agresividad, la aflicción, las heridas y las muertes no generan más que efectos pasajeros en los involucrados porque forman parte de un combo retórico y estético vinculado a la espectacularidad y a toda esa pompa inflada de imágenes pretendidamente arrebatadoras o en frenesí que funcionen como un parque de diversiones en donde la velocidad y los planteos narrativos simplistas sean el gancho para unas mayorías juzgadas estúpidas y pueriles desde el vamos. A diferencia de toda esta concepción, las propuestas Clase B de antaño -aunque no las de nuestros días, porque son casi tan insípidas, castradas y pasatistas como sus homólogas del mainstream- ofrecían una interpretación más rica e inconformista de la vehemencia incontrolable que funcionaba en consonancia con dos variantes del acervo underground, la primera propensa a llevar al extremo al mainstream más violento, fundamentalmente para trabajar desde la hipérbole del entretenimiento cierto sustrato autoparódico que en los blockbusters está implícito o muy camuflado, y la segunda tendiente a volcar el asunto hacia la violencia real que deja marcas imborrables en el cuerpo y el intelecto de los individuos, a lo que se suma un concepto adicional hermanado a una muerte u óbito trágico que verdaderamente se sienta como tal en el entorno inmediato del fallecido y no se supere dentro de los cinco minutos posteriores como en el mainstream y su dialéctica de seguir matando y matando vía aventuras donde los sujetos son números sin real importancia como estaciones en medio de un recorrido en donde el rasgo central es la fugacidad del movimiento raudo cercano al olvido bien palurdo.
Exhausto al Amanecer (Deadbeat at Dawn, 1988), escrita, dirigida y protagonizada por el ídolo de la Clase B más enérgica y descocada Jim Van Bebber, es un claro ejemplo de película indie hasta la médula que combina algo de aquella exacerbación socarrona de la corriente under que lleva a las fórmulas hollywoodenses hasta sus últimas consecuencias, por un lado, y mucho de la rama semi opuesta centrada en eso de desparramar hecatombes verídicas y devastadoras que pongan al dolor irreparable, los cuerpos destrozados y hasta ese sadomasoquismo tácito conceptual arriba de la mesa, por el otro lado, lo que genera un cóctel molotov en verdad exquisito y muy pocas veces visto. En este sentido el opus de Van Bebber es quizás la mejor película de la historia sin presupuesto a la vista y con la paradoja de evidentemente haber sido planeada al dedillo, sin esa clásica improvisación que vemos en tantas oportunidades en muchos exponentes del trash, el camp y el cine gonzo, por ello llama poderosamente la atención el talento del señor para arreglárselas sin grandes recursos y encarar la filmación a lo largo de cuatro años a partir de un préstamo bancario inicial que supuestamente estaba destinado a pagar su segundo año de educación universitaria, movida que desde ya le agrega valentía y locura al trasfondo de la producción en su conjunto y a la figura en concreto del creador máximo. El film combina elementos de las epopeyas de pandillas, de las faenas de violación y venganza/ rape and revenge, de las historias de romances truncos, de los melodramas familiares de padres abandónicos e hijos fugados, de los policiales negros símil corrupción, traiciones y antropofagia metropolitana a todo trapo, de las heist movies de cadencia entre delirante y colectiva, de las odiseas de reconstitución identitaria a partir de una crisis que bordea lo terminal, de los dramas de adictos reventados en plan autodestructivo, de un cine de acción cargado de un insólito misticismo protector que se opone a la crueldad asfixiante de las calles, de la comedia mordaz aunque sin caer en las barrabasadas infantiloides permanentes de Troma Entertainment y finalmente -y en relación con lo anterior- del querido terror desproporcionado amigo del gore cual manantial efervescente que niega las mariconadas y cursilerías del mainstream sirviéndose de litros y litros de sangre y de muchas extremidades y cuerpos lacerados que dejan huella entre las víctimas y heridos, enfatizando no sólo la brutalidad de fondo sino su enorme vitalidad al abrazar la indefectible situación de acercarnos a la muerte a medida que avanza el metraje.
El eje del relato es Goose (el propio Van Bebber, por entonces un veinteañero), experto en artes marciales y manejo de nunchakus y líder de una pandilla de Dayton, en el Estado de Ohio, llamada Los Cuervos/ The Ravens, quien está de novio con una muchacha adepta al ocultismo y muy preocupada por la posibilidad de que lo terminen matando en las calles, Christie (Megan Murphy), a su vez una chica que se escapó de su casa después de que falleció su madre en una decisión que la dejó sin contacto alguno con su hermana menor, Sandy (Carol Lee). Danny (Paul Harper), el jefe sádico y misógino de la otra gran banda de jóvenes criminales de la ciudad, Las Arañas/ The Spiders, mantiene un enfrentamiento a muerte con nuestro antihéroe que lo lleva primero a intentar violar a Christie, luego a desquitarse con violencia con su supuesta e ignota novia y finalmente a pactar un duelo con cuchillos en un cementerio local que deriva en cortes en una mejilla y una mano de Goose y otros más en un hombro y la frente de Danny, a quien derrota momentos antes de que los seguidores de ambos comiencen a sacar armas de fuego y de que llegue la policía por el griterío a raíz de la ferocidad burbujeante. Luego de curarse las heridas y robar una moto, Goose protagoniza una discusión con una Christie que se sale con la suya y logra que el hombre abandone a Los Cuervos, no obstante el todavía muy resentido Danny manda al departamento de la pareja a un par de rufianes, Stubby (Bill Stover) y el ultra desquiciado Bonecrusher (Marc Pitman), para que se carguen al enemigo, pero como no lo encuentran porque salió a vender un generoso volumen de cocaína deciden golpear salvajemente a la chica con palos de golf hasta que su rostro queda irreconocible y sus intestinos terminan a la intemperie. Goose halla el cadáver, lo tira en un compactador de basura y se marcha al hogar derruido de su padre (Charlie Goetz), un veterano de la Guerra de Vietnam y hoy borracho y heroinómano al que le termina entregando todo el dinero de la venta narco. Después de casi ser golpeado en una pelea por una puta de bar, Iris (Maureen Allisse), y de tocar fondo robándole whisky a un pordiosero y cayendo en las drogas, es rescatado de un suicidio de un balazo en la cabeza por Keith (Ric Walker), el flamante líder negro de Los Cuervos, quien lo convence de regresar a la pandilla para asaltar un camión blindado con cien mil dólares en complicidad con Danny y todas Las Arañas, pero luego del atraco éstos traicionan y matan a Los Cuervos vía una aparatosa carnicería y Goose huye con el dinero.
Como decíamos anteriormente, sorprende el muy buen nivel cualitativo de Exhausto al Amanecer considerando las dificilísimas condiciones de producción -nadie es profesional y la faena se rodaba en intervalos de otros trabajos en pos del pan de cada día- y la falta de experiencia previa de los miembros del elenco y el equipo técnico, destacándose en especial el fluir documentalista de la fotografía del también productor Mike King y el espectacular y altisonante desempeño de Van Bebber, Paul Harper, Marc Pitman, Ric Walker y la misma Megan Murphy. El protagonista, director y guionista, y editor y encargado del maquillaje, los efectos especiales y los geniales stunts, desparrama sangre a borbotones y filma con bastante sapiencia tanto los encarnizados enfrentamientos como las escenas más reposadas e idílicas, transiciones de por medio que suele encarar a través de un repetido efecto a lo caleidoscopio que le agrega un manto de esoterismo surrealista a la película por influencia del único personaje que apunta a detener las masacres, Christie, suerte de perspectiva externa de los hechos que termina arrastrada hacia el núcleo de los conflictos callejeros de poder cual huracán centrípeto que no perdona a nadie al punto de asesinar al entorno íntimo de los involucrados por más que éstos intenten que la dimensión espiritual prevalezca sobre la materialidad más urgente o una psicología presa de las meadas territoriales, el narcisismo comunal y otros planteos darwinistas semejantes. Todo indica desproporción en el trabajo de Van Bebber, desde los soliloquios extasiados de Bonecrusher y esa paliza de Danny a su novia embarazada hasta los graffitis obscenos y/ o agresivos omnipresentes, las continuas puteadas, las manos deshechas, las ceremonias rituales al momento de matar o despedirse de alguien y ese comensal lunático de un restaurant que desea que le sirvan el desayuno a Dios, detalles que ponen en interrelación de manera constante a la pobreza, la criminalidad, las drogas, el desenfreno, los ataques cruzados y el olvido para con los marginados de la sociedad burguesa estándar y del Estado, los cuales prefieren barrer todos los problemas del capitalismo hambreador bajo la alfombra de los barrios bajos y los gigantescos cordones empobrecidos de las metrópolis modernas antes que lidiar con ellos en serio. Jugando con la furia del cine de acción pomposo de los 80 pero ensuciándolo para anular su banalidad y estupidez caricaturesca, el amigo Jim no sólo supera a todos esos bodrios artys de ayer y hoy que importan la estructura dramática de Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1597), de William Shakespeare, en el contexto de las pandillas y las tribus urbanas sino que nos regala una reinterpretación certera y astuta del motivo ancestral de la redención, en esta ocasión tomando la forma de la idea de Goose de entregarle a Sandy el dinero robado del camión de caudales como forma de compensarla por la muerte de Christie, lo que además habilita una de las mejores y más fascinantes luchas finales del cine de su época, cuando el protagonista se enfrenta solo contra Las Arañas, termina decapitando a Bonecrusher y es arrastrado por Danny con un brazo atrapado dentro de la cabina de un automóvil, batalla campal que incluye nunchakus, golpes con vigas de madera, shuriken alias estrellas ninja, dedos arrancados con los dientes, una infinidad de puntazos en los riñones y hasta aquel legendario cuello destruido del mandamás de Las Arañas a instancias del poderío de las manos de Goose. Van Bebber rodaría a futuro varios cortos interesantes como Roadkill: The Last Days of John Martin (1994) y My Sweet Satan (1994) y hasta algún que otro videoclip para Pantera y Necrophagia, ambas encabezadas por Phil Anselmo, no obstante jamás volvería a ofrecer un largometraje tan arrollador como Exhausto al Amanecer porque su otro trabajo en el rubro, la de todos modos interesante La Familia Manson (The Manson Family, filmada en 1996/ 1997 y estrenada en 2003/ 2004), está mucho más cerca a una previsibilidad que mezcla el exploitation tradicional con el montaje videoclipero y la pretensión de shockear a lo Saló o los 120 Jornadas de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), de Pier Paolo Pasolini, aunque sin nunca llegar a ese nivel y pasándolo todo por un prisma de hippismo trasnochado en espiral hacia la demencia. La minúscula obra maestra que nos ocupa, amparándose de una historia más sencilla y vulgar, retrata sin romantizaciones la violencia cotidiana y pone en primer plano la sensación de cansancio que deja el vivir en este mundo y sobrellevar las diferentes pruebas a las que nos somete de modo crónico para pagar nuestra estadía de un día más, todo mientras la vertiginosidad se hace carne y las familias -las heredadas de la infancia y las construidas cuando adultos- se deshacen al ritmo del soundtrack ominoso y estrafalario de Ned Folkerth y Mike Pierry…
Exhausto al Amanecer (Deadbeat at Dawn, Estados Unidos, 1988)
Dirección y Guión: Jim Van Bebber. Elenco: Jim Van Bebber, Paul Harper, Megan Murphy, Ric Walker, Marc Pitman, Maureen Allisse, Bill Stover, Charlie Goetz, Julia Reichert, Carol Lee. Producción: Mike King. Duración: 80 minutos.