El Hombre con Visión de Rayos X (X: The Man with the X-Ray Eyes)

El voyeurismo patológico

Por Emiliano Fernández

Toda la primera fase de la carrera del genial Roger Corman, léase la década del 50 y los primeros años de los 60 hasta llegar a la película que nos ocupa, El Hombre con Visión de Rayos X (X: The Man with the X-Ray Eyes, 1963), se puede dividir en tres grupos centrales de películas según la calidad, el cariño y el tiempo que el señor le dedicó a cada una de ellas: después de olvidarnos a conciencia de unas cuantas obras primerizas/ de formación o hasta fallidas, en primera instancia tenemos megaclásicos de la Clase B más efervescente y adorable como El Día del Fin del Mundo (Day the World Ended, 1955), El Conquistador del Espacio (It Conquered the World, 1956), El Ataque de los Cangrejos Gigantes (Attack of the Crab Monsters, 1957), La no Muerta (The Undead, 1957), La Mujer Avispa (The Wasp Woman, 1959), La Última Mujer en la Tierra (Last Woman on Earth, 1960), La Criatura del Mar Encantado (Creature from the Haunted Sea, 1961) y El Terror (The Terror, 1963), en segundo lugar vienen los trabajos intermedios y ya más interesantes como Emisario de Otro Mundo (Not of This Earth, 1957), La Ley de las Armas (Machine-Gun Kelly, 1958), La Vida de un Gángster (I Mobster, 1959) y La Torre de Londres (Tower of London, 1962), y en tercera instancia están las joyas de siempre que siguen encandilando a tantos cinéfilos desde entonces, films en línea con Un Cubo de Sangre (A Bucket of Blood, 1959), La Caída de la Casa Usher (House of Usher, 1960), La Tiendita del Horror (The Little Shop of Horrors, 1960), El Pozo y el Péndulo (Pit and the Pendulum, 1961), Entierro Prematuro (Premature Burial, 1962), El Intruso (The Intruder, 1962), Cuentos de Terror (Tales of Terror, 1962) y El Cuervo (The Raven, 1963). Tranquilamente puede decirse que El Hombre con Visión de Rayos X es la gran obra maestra de ciencia ficción de Corman, un género que el señor no solía trabajar en términos estrictos porque en general se especializó en un cóctel que supo incluir al terror de monstruos, las faenas barrocas de época, comedias negras, westerns, el film noir del hampa, aventuras, fantasía, epopeyas bélicas, películas de motociclistas y hasta algún que otro drama profundamente serio como la hoy legendaria El Intruso, protagonizada por un jovencísimo y brillante William Shatner en una historia de vanguardia sobre violencia racial y los primeros operadores políticos/ sociales/ discursivos de la modernidad, agentes maquiavélicos que hacen del odio el lenguaje estándar comunal.

 

Basándose en una idea propia que generó un guión de Ray Russell, conocido por Entierro Prematuro, El Barón Sardonicus (Mr. Sardonicus, 1961), de William Castle, y El Íncubo (The Incubus, 1981), de John Hough, y Robert Dillon, aquel de La Vieja Casa Oscura (The Old Dark House, 1963), de Castle, Carne Viva (Prime Cut, 1972), de Michael Ritchie, Contacto en Francia II (French Connection II, 1975), de John Frankenheimer, Río Violento (The River, 1984), de Mark Rydell, Revolución (Revolution, 1985), de Hugh Hudson, Vuelo a la Gloria (Flight of the Intruder, 1991), de John Milius, Ruby Cairo (1992), de Graeme Clifford, y Despertando a la Muerte (Waking the Dead, 2000), de Keith Gordon, Corman en esta ocasión recupera latiguillos de películas pasadas y los pule de manera francamente maravillosa y muy astuta, pensemos para el caso en el experimento bizarro que sale mal, un protagonista ambicioso o más bien cegado por el poder y/ o la curiosidad, una maldición física o psicológica arrastrada a lo largo del tiempo en tanto semi enfermedad/ adicción, una racha de homicidios o crímenes varios producto de ese egoísmo cercano a la locura, la infaltable fuga desesperada de las autoridades que dan caza sin jamás detenerse, los detalles por momentos místicos o hasta filosóficos, la caída en desgracia como pesadilla de la burguesía o de los sectores dominantes, el parasitismo anodino y desalmado de buena parte de la sociedad norteamericana y la figura del adalid marginado hecho y derecho que debe encarar su existencia por fuera de los confines de la sociedad tradicional, sometiéndose a penurias automortificantes que no dejan mucho espacio para los sueños profesionales o fastuosos del pasado remoto o quizás la juventud. Aquí el eje del relato es el Doctor James Xavier (Ray Milland), un médico que está investigando la posibilidad de ampliar el rango óptico del ser humano mediante unas gotas experimentales de color amarillo que creó a partir de continuas investigaciones financiadas por una fundación que le exige progresos a cambio de seguir aportando dinero, por ello envía a la bella Doctora Diane Fairfax (Diana Van der Vlis) para reclamar informes acordes con el capital invertido. La mujer presencia un experimento con un pequeño simio de laboratorio al que se le coloca las mentadas gotas, pudiendo primero ver colores ocultos pero luego muriendo de una insuficiencia cardíaca provocada por la incapacidad del cerebro del animal para filtrar la información cromática.

 

Ya desde las primeras escenas se establece las dos características fundamentales del periplo narrativo a través del claro énfasis sobre la obsesión de Xavier por ampliar el conocimiento humano en el campo de la visión, llegando a abarcar todo lo que nuestro aparato óptico no cubre, y el carácter acumulativo de las gotas en lo que atañe a trastocar el quid de los ojos de manera automática sin que medie un tiempo de ajuste por parte del andamiaje cognitivo, detalle que el protagonista comprende pero que decide obviar -al igual que el fallecimiento del primate- precisamente por este fetiche fanático extasiado con chequear los resultados lo más rápido posible y para colmo en primera persona, utilizándose como conejillo de indias en contraposición a tantos colegas que tercerizan cobardemente la fase experimental. Así las cosas, James hace que un amigo, el Doctor Sam Brant (Harold J. Stone), le coloque las gotas y rápidamente comienza a ver a través de los objetos y de la misma ropa y hasta la piel de las personas, lo que genera que el encargado de decidir el destino de los fondos de la fundación, el Señor Bowhead (Morris Ankrum), le retire el apoyo a pesar de que tanto Fairfax como Brant respaldan la investigación y el ahora autosacrificio de Xavier. James vuelve a la práctica médica al servicio de otro amigo, el Doctor Willard Benson (John Hoyt), no obstante se gana la fama de excéntrico e imprevisible cuando utiliza su visión de rayos x para descubrir un diagnóstico erróneo en una nena que será sometida a una cirugía de corazón (Vicki Lee), llegando a cortarle una mano a Benson con un bisturí para que se retire y lo deje realizar la operación. Si bien el doctor de hecho salva la vida de la chica, pronto todo se va al demonio cuando James empuja por la ventana a un Sam que pretendía inyectarle un tranquilizante porque se convirtió en adicto a las gotas y está obsesionado con seguir usándolas tanto para aprender a controlar el rango de visión que posibilitan como para continuar penetrando superficies más allá de lo concebible, faena que lo transforma en fugitivo de la ley y por ello termina trabajando como adivino en una feria bajo el apodo de Mentalo, luego derivando en curandero bajo la asistencia de una sanguijuela que hace de representante, Crane (Don Rickles, un comediante de stand-up que aquí salta a la comarca dramática), del que escapa cuando se reencuentra con Diane para después dirigirse a Las Vegas con vistas a obtener dinero para profundizar la investigación y así controlar sus ojos.

 

Combinando algo de la visceralidad de la aparatosa metamorfosis de La Mujer Avispa, la dependencia macabra de Un Cubo de Sangre y La Tiendita del Horror y mucho del espíritu de aquellos monstruos grotescos del espacio o del Planeta Tierra de sus opus primigenios, el realizador crea un convite inusitadamente abstracto para su trasfondo formal promedio y hasta se puede aseverar que los juegos lumínicos, caleidoscópicos y con los zooms, las formas, las aureolas y las superposiciones de la fotografía de Floyd Crosby, representación subjetiva y avant-garde del punto de vista cuasi surrealista de Xavier, anticipan a sus homólogos de Archie R. Dalzell de El Viaje (The Trip, 1967), ya en este caso en el campo de lo decididamente hippón/ alucinógeno/ metafísico/ psicodélico/ drogón más exagerado y volcado a los sketchs oníricos. Corman exprime la heterogénea música incidental de Les Baxter, un colaborador asiduo del cineasta, evita toda pompa sobreexplicativa mainstream y utiliza su estilo minimalista y austero para combinar el martirio externo, léase la rauda persecución y demonización de James por parte de esas autoridades a las que les importa un comino los progresos científicos, y el suplicio interno, su propensión masoquista a seguir utilizando las gotas hasta que ya es muy tarde porque el cerebro está tan dañado que los efectos colaterales parecen irreversibles, como poder ver a través de sus propios párpados y no poder disfrutar de la oscuridad o el sueño reparador casi nunca, metáfora por supuesto de la incapacidad del ser humano en general a la hora de seguir el ritmo de unos avances tecnológicos que no respetan para nada el necesario período de adaptación vital e incluso tienden a imponerse y esclavizar a los bípedos al punto de que éstos aceptan como “estado natural de la vida” a las constricciones y pautas muchas veces superfluas, bobas o vanas de la industria tecnológica y aledañas. La tecnodependencia moderna, somatizada en el relato mediante esta sensibilización extrema de la vista que se transforma en la esclavitud simbólica de ver constantemente al resto de los mortales sin espacio para el repliegue hacia la quietud y la seguridad de la propia intimidad, esa fuera del alcance de las intromisiones foráneas y sus estupideces, funciona como una esplendorosa alegoría acerca de la cultura del voyeurismo patológico mediado por la técnica, en su momento limitado a la televisión y hoy más vigente que nunca por la infinidad de emisores y receptores de la web planetaria.

 

El Hombre con Visión de Rayos X, faena ejemplar de nuestra disciplina fisgona y comercial por antonomasia, el cine, apela además a ironizar sobre el sustrato plutocrático del medio artístico y de la temática en cuestión de la mano del episodio con Crane, estafa ilusoria prosaica en la que el protagonista pasa de adivinar la identidad de los miembros del público a brindarles un diagnóstico detallado de sus problemas de salud, algo a lo que el hombre accede aceptando la faceta circense de una destreza que en un principio parecía celestial y luego muta en una pesadilla paulatina que se alimenta de las ansias irrefrenables de conocer los misterios de la creación para acumular un poder que permita aprender, fundar y hacer cosas inimaginables; por ello la fábula divina asimismo interviene en el planteo retórico no sólo en los desvaríos mesiánicos del inicio del médico, los cuales van mutando a lo largo del relato hacia la conciencia de que sólo somos hombres con sus miserias y limitaciones a flor de piel, sino también en materia del mítico desenlace, cuando huyendo del casino de Las Vegas en medio de un ataque de histeria por la desconfianza de los esbirros del lugar Xavier roba un auto, es perseguido por un helicóptero policial y termina estrellándose por su paradójica ceguera ultra luminosa y colorida, llegando a pie a una capilla con un pastor cristiano (John Dierkes) que lo invita a arrancarse los ojos porque éstos son sinónimo del pecado, del Diablo, de lo innombrable, de aquello que lo llevó de a poco a la locura, a tener que usar lentes oscuros envolventes y a perder el azul de sus ojos para pasar del dorado y el negro al totalmente negruzco del final del metraje. Milland, por entonces todo un veterano que ya había trabajado con Corman en Entierro Prematuro, se luce en los chispazos de comedia, como la recordada escena del baile nudista tracción a aquel twist sesentoso y la secuencia en la que dos pícaros del público de la feria (Jonathan Haze y el querido Dick Miller) se proponen denunciar el “truco” detrás del acto de Xavier, y por sobre todas las cosas transmite a la perfección el lirismo fatalista de la condición autobuscada de James, esa que lo lleva a ver “esta ciudad como si no hubiera nacido y se levantara hacia el cielo con dedos de metal, miembros sin carne, vigas sin pivotes, letreros colgando sin soporte, alambres oscilando sin postes, una metrópoli no nacida aún, su carne disuelta en un ácido de luz, una ciudad de muertos”, panorama que llega a lo cósmico lovecraftiano cuando ante el predicador afirma ser testigo de “grandes tinieblas que sobrepasan al tiempo y van más allá de la oscuridad, una luz que brilla y muta y en el centro del universo el ojo que nos observa a todos”. El mismo criterio aplicado a la fase previa a El Hombre con Visión de Rayos X puede trasladarse a la etapa posterior, partiendo de obras en verdad estupendas como El Palacio Encantado (The Haunted Palace, 1963), La Máscara de la Muerte Roja (The Masque of the Red Death, 1964), La Tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1964), La Masacre de San Valentín (The St. Valentine’s Day Massacre, 1967) y Frankenstein Perdido en el Tiempo (Frankenstein Unbound, 1990), siguiendo con trabajos de calidad intermedia como la citada El Viaje, Los Ángeles Salvajes (The Wild Angels, 1966) y Mamá Sangrienta (Bloody Mama, 1970), y finiquitando el periplo con propuestas simpáticas pero accesorias o algo secundarias en sintonía con La Invasión Secreta (The Secret Invasion, 1964), Gas-s-s-s (1970) y El Barón Rojo (Von Richthofen and Brown, 1971), todas realizaciones que como la presente traen a colación lo mucho que puede hacerse con pocos o directamente nulos recursos materiales cuando hay talento involucrado y un anhelo de incesante movimiento creativo, sin duda los dos rasgos esenciales del devenir profesional del inmenso Corman…

 

El Hombre con Visión de Rayos X (X: The Man with the X-Ray Eyes, Estados Unidos, 1963)

Dirección: Roger Corman. Guión: Robert Dillon y Ray Russell. Elenco: Ray Milland, Diana Van der Vlis, Harold J. Stone, John Hoyt, Don Rickles, Morris Ankrum, John Dierkes, Dick Miller, Jonathan Haze, Vicki Lee. Producción: Roger Corman. Duración: 79 minutos.

Puntaje: 10