Emperador del Polo Norte (Emperor of the North Pole)

Guerra sobre rieles

Por Emiliano Fernández

Totalmente incomprendida al momento de su estreno porque la mayoría de los paparulos prejuiciosos de la crítica y el público esperaban de Robert Aldrich una película de acción tradicional y no tenían ni la más remota idea acerca de lo que el mismo título podría llegar a implicar, Emperador del Polo Norte (Emperor of the North Pole, 1973), precisamente, alude a un chiste muy conocido de la época y de los padecimientos de la Gran Depresión a través del cual los vagabundos se autosatirizaban -y se burlaban de las competencias intra gremio de los nómadas menesterosos, a sabiendas de que el enemigo siempre es el esbirro repugnante de esas autoridades que los acosan- diciendo que el mejor de ellos llegaría a ser el gobernante supremo de un páramo gélido y estéril como el mencionado. No obstante la película no se concentra exclusivamente en el devenir de los trotamundos desesperados producto de la Crisis del 29 ya que el otro gran tópico de turno son los trenes en tanto doble sinónimo de un desplazamiento que trae consigo posibilidades de cambio tanto hacia lo positivo como hacia lo negativo, en primera instancia, y de una velocidad que simboliza la rapidez con la que se nos va la vida, en segundo lugar, motivo ya utilizado por el séptimo arte en mayor o menor medida en realizaciones de suspenso y/ o film noir como La Dama Desaparece (The Lady Vanishes, 1938), de Alfred Hitchcock, Pacto Siniestro (Strangers on a Train, 1951), también de Hitchcock, Crimen en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974), de Sidney Lumet, La Captura del Pelham 1-2-3 (The Taking of Pelham 1-2-3, 1974), de Joseph Sargent, El Amigo Americano (Der Amerikanische Freund, 1977), de Wim Wenders, Transiberiano (Transsiberian, 2008), de Brad Anderson, y Creep (2004), de Christopher Smith, comedias en línea con El Maquinista de La General (The General, 1926), de Clyde Bruckman y el inefable Buster Keaton, El Expreso de Chicago (Silver Streak, 1976), de Arthur Hiller, Tira a Mamá del Tren (Throw Momma from the Train, 1987), de Danny DeVito, y Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007), de Wes Anderson, y hasta propuestas de intrigas, melodrama y catástrofes variopintas como por ejemplo El Expreso de Shanghai (Shanghai Express, 1932), de Josef von Sternberg, Pánico en el Puente (The Cassandra Crossing, 1976), de George P. Cosmatos, Escape en Tren (Runaway Train, 1985), de Andrey Konchalovskiy, Snowpiercer (2013), de Bong Joon-ho, e Invasión Zombie (Busanhaeng, 2016), del también surcoreano Yeon Sang-ho.

 

El film constituye el reencuentro de Aldrich, Lee Marvin y Ernest Borgnine, quienes habían coincidido en la también majestuosa Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), y en sí resulta un poco más difícil de clasificar que las cuatro películas precedentes del legendario realizador, todas representantes de las principales vertientes que tomó la carrera de tres décadas de Aldrich, hablamos de La Venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), típico western hiper realista y crudo del señor, La Pandilla Grissom (The Grissom Gang, 1971), neo policial negro igual de áspero e inconformista, Así Nacen los Héroes (Too Late the Hero, 1970), epopeya bélica brutal con algunos puntos en común con Doce del Patíbulo, y El Asesinato de la Hermana George (The Killing of Sister George, 1968), melodrama muy irónico acerca del mundo del espectáculo que a rasgos generales recuerda a Intimidad de una Estrella (The Big Knife, 1955), ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962) y La Leyenda de Lylah Clare (The Legend of Lylah Clare, 1968), opus lamentablemente poco visto con Borgnine, Kim Novak y Peter Finch e igual de interesante. Emperador del Polo Norte por un lado funciona como otra faena gloriosamente amarga, violenta, despiadada y bien sádica de un Aldrich que cuando filmaba una odisea masculina al cien por ciento no se andaba con sonseras, mariconadas, simplificaciones, romanticismos o cualquier otra estupidez orientada a contentar al público femenino promedio, gran fetiche de siempre de Hollywood en materia de introducir/ forzar en el relato elementos foráneos que sólo crean sensación de artificio oportunista cual monstruo de Frankenstein digno del marketing de la retahíla de detalles caprichosos que supuestamente satisfacen a cada sector del público, y por el otro lado es la alegoría política más evidente del señor porque, como se encargó de explicitar durante el estreno ante el fracaso rotundo de taquilla de la mano del conservadurismo social estándar, estamos ante un combate ideológico/ dialéctico/ filosófico entre un representante del establishment, Shack (Ernest Borgnine), conductor estrella de una formación del Ferrocarril de Oregón, el Pacífico y el Este, la Número 19, y un campeón de la contracultura vernácula de los marginados, el Número 1 (Lee Marvin), vagabundo que responde a las agresiones y entabla una reyerta en la que los discursos se internalizan y lo que queda frente a nuestros ojos es una lucha abierta y sin cuartel sobre rieles en la que el laconismo, la astucia y las herramientas al paso dominan una praxis cual campo de batalla.

 

Todo transcurre en 1933, en el punto más candente de la Gran Depresión provocada por la especulación financiera sin control y el papel preponderante de Estados Unidos dentro de la economía internacional, cuando los desempleados y mendigos recorrían el país de punta a punta en busca de comida, trabajo y un lugar donde dormir, siendo perseguidos no sólo por la policía sino por los conductores del ferrocarril dentro de la clásica falta de solidaridad del reino del capitalismo salvaje, yanquilandia, donde obedecer los reglamentos de las elites de la exclusión resulta más importante que ayudar al que sufre, amén de esa paradigmática crueldad de los palurdos del vulgo que con un gramo de poder ya se sienten gigantes y dan rienda suelta a persecuciones que homologan a cacerías humanas a lo deporte símil hobby atroz. En el prólogo, precisamente, Shack, quien gusta de servirse de martillos, cadenas y pernos enormes atados a sogas, golpea brutalmente en la nuca a un pobre vagabundo que se había subido a su tren y estaba comiendo un sándwich y ve con una sonrisa en su rostro cómo cae en las vías y es partido en dos por las ruedas de la formación en movimiento. El personal a cargo del tremendo psicópata/ jefecito, léase el guardafrenos Cracker (Charles Tyner), el carbonero de color Coaly (Harry Caesar) y el maquinista Hogger (Malcolm Atterbury), le tienen miedo a Shack por su sangre fría, temperamento irascible, arranques homicidas y sobre todo fama de jamás haber permitido que alguien se suba a su tren sin pagar el boleto, minucia muy sardónica porque el suyo es un convoy de cargas, no de pasajeros, por ello sus subalternos lo miran con mucho temor al igual que los otros colegas de la línea de Oregón. El Número 1, por su parte, es una leyenda dentro del sindicato de los menesterosos del raíl y un ladrón crónico de gallinas y pavos que se lleva para alimentarse y/ o dar de comer a sus hambrientos correligionarios, señor que se sube al tren del maldito conductor y que termina encerrado en un vagón por culpa de un muchacho bien tarado y presuntuoso, Cigaret (Keith Carradine), quien delata su escondite al seguirlo a bordo y para colmo pretende quitarle un ave que el veterano cuida como un gran tesoro. El trotamundos prende fuego la paja del piso con la meta de escapar y amargarles la vida a los empleados del ferrocarril, así al llegar a la estación terminal rompe las paredes del vagón y genera un comportamiento imitativo del joven que pasa a atribuirse la proeza de haber viajado impune en el convoy de Shack, engaño que enfurece al Número 1 y lo impulsa a redoblar la hazaña.

 

Sin duda alguna el núcleo fundamental del relato pasa por el anuncio público dentro de las comunidades hermanadas de los vagabundos y los siervos de la línea ferroviaria estatal, a través de leyendas escritas en tanques de agua a la vista de todo el mundo, de que el Número 1 se subirá al tren del conductor en su viaje hacia Portland, la ciudad más populosa de Oregón, promesa símil reto que dispara la expectativa de los admiradores de uno y otro y una multitud de apuestas cara a cara, por teléfono y hasta mediante el telégrafo entre la fauna del raíl. Los menesterosos logran abrir un candado de una palanca de cambio de vías y así tuercen el rumbo de la formación de Shack para que se vea obligado a detenerse en medio de una densa niebla matutina y se arruinen sus planes de ir a toda velocidad con vistas a respetar el horario prefijado y eliminar la posibilidad de que el Número 1 se suba a un vagón, lo que ocurre de todas formas aunque a muy duras penas porque el conductor pretende golpearlo con una cadena y Coaly le apunta a la cara con una manguera de vapor de alta presión de la locomotora, provocando que el vagabundo de inmediato se defienda desenganchando el convoy en una movida que retrasa más el viaje y pone en peligro a todos porque otro tren, uno de correo con diez pasajeros, pronto llegará por la misma vía. El conductor evita por poco el choque de frente trasladando la formación a un ramal muerto, sin embargo la enemistad y la competencia siguen a pleno porque el veterano se esconde a bordo en una tubería de metal y allí se topa con un Cigaret que continúa con la idea de seguirlo para copiar sus pasos y aprender. Shack logra bajarlos mediante el truco del perno con la soga, golpeándolos tanto con el metal como con las piedras mientras viajan en lo bajo de un vagón, y ambos terminan cayendo hacia el pasto porque el Número 1 se agarra de una manija semi destruida y el muchacho recibe un martillazo en la cara de parte del conductor. Ambos engrasan una vía para poder subirse a un tren de pasajeros y en Salem el Número 1 roba un pavo ante la mirada de un policía bobalicón (Simon Oakland), al que ridiculiza haciéndolo aullar como un perro y dándole de beber whisky casero, luego de lo cual le roban la ropa a unos fieles protestantes en medio de un bautismo y se suben de nuevo a la Número 19 de Shack, quien vuelve a probar la tortura del perno provocando que el veterano accione el freno del convoy, llevando a la muerte a Cracker, quien se rompe la cabeza contra una ventana, y a quemarse a Coaly, el cual cae de espalda contra la caldera.

 

Gran parte del maravilloso ideario detrás del convite está sintetizado en aquella querida frase del personaje de Marvin dirigida al resto de los pordioseros y homeless asentados en el campamento hiper precario de Salem, “estos son indicios de los tiempos que corren: el gobernador del Estado puede robar, pero un hombre decente no, y para colmo tenemos un policía que no bebe”, exégesis no sólo de la picardía callejera irremplazable del Número 1 sino de la injusticia y desproporción lunática de fondo en materia del acoso que sufren los ladrones de gallinas -expresión coloquial que aquí adquiere una urgente literalidad- en detrimento de la basura política, económica y social que nos gobierna a nivel cotidiano, ese establishment responsable de la Gran Depresión como catástrofe puntual del capitalismo y asimismo de todo el sistema de marginación comunal/ cultural que permite por un lado la generación incesante de masas de indigentes y por el otro lado su instantánea expulsión de las fronteras de la sociedad con vistas a seguir manteniendo esa mentira de siempre en el horizonte simbólico, la del “sueño americano” y el enriquecimiento mágico futuro como si la pirámide plutocrática no existiese y cada sector no estuviese estrictamente separado del resto como bolsones de privilegio en medio del mar de los desahuciados. En este sentido, tranquilamente se puede pensar a la Crisis de 1929, cuyos efectos son retratados en pantalla a través de este canibalismo maquillado entre pobres que podrían unirse en vez de desearse recíprocamente el fracaso o quizás la muerte, como una retroalegoría de la por entonces en boga Crisis del Petróleo de 1973, provocada por la decisión de la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo de no venderle más crudo a las naciones que habían apoyado a Israel durante la Guerra de Yom Kipur (6-25 de octubre de 1973), en esencia un embargo que incluía a Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental que destruyó uno de los grandes hitos de la cultura norteamericana, aquellos automóviles gigantescos que eran el orgullo individualista de los yanquis al punto de dejarlos semi castrados cuando la escasez de petróleo, la dependencia para con el crudo y la inflación resultante obligaron a las fábricas de las automotrices a sustituirlos cuanto antes por unidades más pequeñas que no consumiesen tanto combustible, semejantes en términos macros a los modelos europeos y asiáticos hasta ese momento ninguneados, por ello los coches están ausentes en el opus de Aldrich y sólo vemos a ese exponente por antonomasia del transporte público, el ferrocarril.

 

Basado muy a lo lejos en El Camino (The Road, 1907), memorias de John Griffith London alias Jack London, y en El Rastro del Vagabundo (The Trail of the Tramp, 1913) y De Costa a Costa con Jack London (From Coast to Coast with Jack London, 1917), ambos textos de Leon Ray Livingston, un dúo que acumulaba un vasto conocimiento de primera mano en lo que atañe a la existencia errante de los menesterosos, el guión de Christopher Knopf, conocido además por A 20 Millones de Millas de la Tierra (20 Million Miles to Earth, 1957), de Nathan Juran, Los Justicieros del Oeste (Posse, 1975), de Kirk Douglas, y La Patrulla de los Inmorales (The Choirboys, 1977), también de Aldrich, aprovecha al máximo el sustrato absurdo de la competencia encarnizada y muy salvajona, un esquema identitario profundamente masculino vinculado a la autoafirmación por la degradación del otro, e incluso juega a puro sarcasmo y perspicacia con el eventual título que ganaría aquel vagabundo que llegue hasta Portland en el tren de Shack, “Emperador del Polo Norte”, una recompensa en simultáneo hueca, ya que implica arriesgar la vida para una legitimación comunal que de seguro no amerita semejante sacrificio, y asimismo valiosa para ambos contrincantes, el agente de la sedición eterna, el Número 1, y el exponente de una juventud pancista y acomodaticia que juega a dos puntas para sacar el mayor beneficio sin importar si es cómplice de los oligarcas asesinos y/ o cofrade de los marginados que apuestan a sobrevivir, Cigaret, todo debido a que coronarse como jerarca de los trotamundos funciona también como un acto de terrorismo contra el andamiaje farsesco del poder capitalista que aglutina privilegios en tiempos de miseria, hambre y desempleo. Lee Marvin está perfecto como el iconoclasta consumado de la mugre contracultural y Keith Carradine cumple en su rol de payaso soberbio y cínico que merece que lo arrojen del tren porque tiende a no ayudar a quienes lo han auxiliado en el pasado, como cuando el Número 1 lo rescata del suplicio del perno para que a posteriori el joven decida no devolverle el favor al veterano, sin embargo es Ernest Borgnine quien se luce en serio con otro de sus villanos ultra hijos de puta capaces de toda bajeza con tal de respetar sus fetiches u obsesiones procedimentales/ doctrinarias/ viscerales; aunque vale aclarar que el realizador introduce un muy interesante relativismo en la dura contienda del desenlace -tracción a martillos, cadenas, palos de madera, los puños y hasta un hacha- ya que allí los dos, Shack y el Número 1, cuentan con sucesivas oportunidades para matarse mutuamente sin más y ambos optan por obviarlas con la meta de continuar una lucha en la que los extremos se retroalimentan y por ello mismo se necesitan para subsistir en tanto existencias amparadas en el desprecio absoluto al contrario y homologadas a una cruzada en pos de vencerlo aunque sin nunca finiquitar del todo el combate, prometiéndose cíclicamente un nuevo match ulterior por más que el glorioso triunfo del adalid de la resistencia indica que el corazoncito del director siempre estará del lado de aquellos que plantean una pelea sincera contra la autoridad y no el conformismo obediente de los amigos de la patética gerencia o la patronal explotadora. Emperador del Polo Norte, film que estuvo cerca de ser dirigido primero por Martin Ritt y luego por nada menos que Sam Peckinpah, constituye una anomalía dentro de las aventuras y las guerras sobre rieles gracias al hecho de que combina bestialidad formal con un corazón enorme en materia de aquella enseñanza que Marvin trata de transmitir al idiota de Carradine, “nunca intentes sujetarte al tren si no estás seguro de poder aguantar y si alguna vez lo sueltas, te arrollará”, genial metáfora que puede extrapolarse a muchas otras cosas y fases de la vida…

 

Emperador del Polo Norte (Emperor of the North Pole, Estados Unidos, 1973)

Dirección: Robert Aldrich. Guión: Christopher Knopf. Elenco: Lee Marvin, Ernest Borgnine, Keith Carradine, Charles Tyner, Malcolm Atterbury, Simon Oakland, Harry Caesar, Hal Baylor, Matt Clark, Elisha Cook Jr. Producción: Stanley Hough. Duración: 120 minutos.

Puntaje: 10