Frankenhooker

Putas adictas al crack que explotan

Por Emiliano Fernández

Lamentablemente a Frank Henenlotter muchas veces se lo suele pasar por alto cuando se explora la historia del cine indie de terror y esto tiene que ver con el doble hecho de que su carrera en sí estuvo cargada de una intensidad profundamente iconoclasta y para colmo se redujo a un puñado de años, que son aquellos en los que consiguió financiamiento para sus films, amén de un par de obras sueltas que responden a generosos saltos en el tiempo. Aquellos pocos que lo conocen, entre la fauna promedio de imbéciles fanáticos del cine de horror, apenas si identifican su película más conocida, Basket Case (1982), un trabajo simpático del underground yanqui pero que lejos está de situarse entre lo mejor de su filmografía, historia sobre un muchacho llamado Duane Bradley (Kevin Van Hentenryck) que llevaba a su hermano siamés Belial dentro de una canasta en una cruzada de venganza contra los médicos que los separaron, lo que por supuesto incluía una ristra de asesinatos símil slasher y hasta momentos de celos morbosos de parte de Belial cuando Duane se enamoraba de una bella señorita, Sharon (Terri Susan Smith). El film se transformó con el transcurso de la década del 80 en un clásico del exploitation y generaría dos secuelas bastante olvidables, Basket Case 2 (1990) y Basket Case 3 (1991), ya carentes del ímpetu visceral del opus original y más cercanas a lo inofensivo baladí, el homenaje directo a Freaks (1932), de Tod Browning, y el alegato social antidiscriminatorio en relación a todos los deformes en general, en última instancia permitiéndole a Henenlotter encarar las dos mejores películas de su carrera, Brain Damage (1988), parábola sobre las adicciones acerca de un joven, Brian (Rick Hearst), que le conseguía víctimas a un parásito inmundo azulado símil sanguijuela antropomorfizada, Aylmer, para que a cambio de cerebros frescos le clave un aguijón en la nuca y secrete en su cerebro una sustancia altamente adictiva que lo hacía alucinar, y Frankenhooker (1990), la mejor comedia en la carrera del director y guionista y una obvia variación con chispazos sexploitation de Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), la genial novela gótica de Mary Shelley.

 

Frankenhooker, de hecho, sería la última película ficcional valiosa de Henenlotter porque luego de un largo impasse regresaría con la muy floja Bad Biology (2008), producida y coescrita por el hiphopero R.A. the Rugged Man, algo así como un intento de reflexión trash en torno a la sexualidad humana a lo David Cronenberg y Clive Barker aunque de manera caótica, simplona y eventualmente frustrante, y en esencia se volcaría a su otra faceta profesional, la de historiador del séptimo arte especializado en horror y propuestas libidinosas delirantes de la Clase B de antaño, lo que nos dejaría con dos muy interesantes documentales del rubro, Herschell Gordon Lewis: The Godfather of Gore (2010), acerca de la figura del mítico realizador del título de Blood Feast (1963), Two Thousand Maniacs! (1964), Color Me Blood Red (1965), The Wizard of Gore (1970) y The Gore Gore Girls (1972), y That’s Sexploitation! (2013), un repaso muy exhaustivo por el softcore y el camp lujurioso a lo largo de gran parte del Siglo XX que a su vez se entroncaba con la labor de Frank en la editora/ distribuidora Something Weird Video, para la que trabajó rescatando muchos clásicos del exploitation internacional. La propuesta que nos ocupa recupera los latiguillos y obsesiones temáticas de Henenlotter, los cuales responden a las preocupaciones de siempre del body horror, y termina de desarrollar con éxito su interés en materia de conjugar los engranajes del terror volcado al shock con el humor negro y una contracultura terrorista que destruye las previsibilidades de la narración cristalina hollywoodense con el objetivo de suplantarla por un desenfreno irónico y perpetuamente provocador, pensemos para el caso en tópicos como la transformación corporal, el metabolismo enloquecido, las manías de la drogodependencia, los vínculos patológicos o directamente macabros con los semejantes, la paradigmática represión sexual y su contraparte, la promiscuidad a pura algarabía, la dialéctica de las traiciones superpuestas, el estatuto comunal de la belleza, la mediocridad de la existencia burguesa estándar, los miedos masculinos de impotencia y finalmente el amor cándido que resulta ser el más peligroso y posesivo al punto de asesinar.

 

El protagonista es Jeffrey Franken (James Lorinz), un joven inventor neoyorquino que trabaja de electricista, fue expulsado de tres universidades de la carrera de medicina por experimentos algo bizarros, creó un cerebro con un ojo que vive en una pecera, gusta de agujerearse el cráneo con un taladro para calmarse o inspirarse y tiene en el garaje de la casa de su madre (Louise Lasser) un laboratorio hiper equipado donde concibió un suero púrpura con estrógeno con el que revivió los insólitos sesos monoculares. El muchacho, quien se define a sí mismo como un “técnico bioeléctrico”, viene de engraparle el estómago a su novia obesa y afable, Elizabeth Shelley (Patty Mullen), cuya relación con el chiflado es condenada por la madre de la chica, la Señora Shelley (Joanne Ritchie), porque lo considera demasiado extraño. En el cumpleaños del Señor Shelley (J.J. Clark) todo deriva en tragedia cuando el padre de Elizabeth recibe de regalo una cortadora de césped a control remoto y la palurda de la novia del protagonista enciende el aparato y se para adelante, lo que genera que sea triturada de manera brutal, con todos sus miembros y sangre desperdigados sobre la familia y los invitados a la fiesta en cuestión. Jeffrey se roba la cabeza, un pie, un dedo y una mano de la occisa sin que nadie lo perciba y les lee poemas en su laboratorio entre bujías y turbinas enormes, comparte cenas románticas con ellos e incluso los tiene flotando en el suero en un congelador con vistas a “reconstruir” a su novia a través de la creación de un monstruo híbrido conformado por el torso y las extremidades de otras mujeres, al que planea revivir mediante los rayos de una próxima y potente tormenta eléctrica. Franken, para conseguir las partes adecuadas y ultra fetichizadas del cuerpo de la nueva Elizabeth, se dirige a la zona roja de la ciudad y allí conoce a una hermosa prostituta, Honey (Charlotte J. Helmkamp), que lo contacta con un proxeneta y dealer, el fisicoculturista Zorro (Joseph González), el cual marca a las putas de su establo con una “Z” en los hombros y las mantiene a raya suministrándoles crack para que siempre vuelvan por más. Luego de una especie de “concurso de belleza” entre nueve esplendorosas furcias, en el que mide, analiza y atesora los cuerpos de las mujeres en la habitación de un hotel mugroso y derruido, se arrepiente de su cruzada inexorablemente asesina, esa que planeaba llevar a cabo mediante una bolsa repleta de crack sintetizado e hiper mortal que hace explotar a los consumidores, no obstante Honey encuentra la droga y se la roba a un Jeffrey que no puede evitar que se la fumen en una orgía adictiva, histérica y lésbica -con la hilarante y recontra ochentosa Never Say No, de Roger Greenawalt y Clifford Lane, sonando de fondo- que desemboca en masacre cuando las meretrices estallan una por una de manera espontánea, tapizando con su sangre y sus entrañas todo el lugar. El científico loco de turno esquiva a Zorro, que termina noqueado por la cabeza desprendida voladora de Honey, se lleva las extremidades que considera utilizables y logra dotar de nueva vida a un engendro con la testa de Elizabeth, sin embargo éste no deja de repetir las frases de todas las putas antes de morir y pronto se escapa para prostituirse en la zona roja en busca de clientes, quienes también explotan al intimar con la señorita como un pelado muy gracioso que adora el aspecto freak de la chica (David Lipman) o un bobo que halla en el pasillo del hotel (Gregory Gilbert). Por el dato que le pasa un predicador callejero desquiciado (Jan Saint) Jeffrey se reencuentra con la mujer en un bar llamado Huevos Grandes luego de que Zorro, furioso porque el electricista lo dejó sin sus meretrices, le pegase una trompada en la cabeza a nuestra Frankenhooker y se la dejase colgando del cuello, después de lo cual se la lleva a su laboratorio y la revive con electricidad y pegándole la mollera con grampas, ya con la personalidad de la chica regresando al cien por ciento. El proxeneta lo sigue y decapita al joven con un machete pero termina siendo arrastrado al congelador por una retahíla de partes corporales deformes adictas al crack en la tradición de Belial y sus amigos, por lo que Elizabeth utiliza el suero de estrógeno con vistas a devolverle la vida a su amante utilizando la anatomía femenina disponible para el espanto de Franken, el cual queda con su cabeza en un cuerpo híbrido de distintas mujeres y gruñendo como el querido monstruo del libro decimonónico de Shelley.

 

Como decíamos previamente, Frankenhooker no sólo es la obra maestra de Henenlotter en lo que a comedia se refiere sino su mejor película a secas, superando incluso a Brain Damage porque ésta todavía arrastraba los problemas narrativos habituales del cineasta en materia de baches en el relato, escenas demasiado extensas de manera gratuita y en general un montaje a veces algo escuálido y/ o con puntos muertos, ofreciéndonos en cambio una faena que exuda coherencia y que de principio a fin atrapa al espectador eventual por su ritmo vertiginoso, su imaginación sardónica y desfachatada, la colección de delirios de toda índole que nos presenta, su muy atractiva relectura del acervo artístico frankensteniano, la naturalidad con la que introduce el dejo erótico sexploitation en la trama y sobre todo por su valentía a la hora de arremeter contra temáticas delicadas como la drogodependencia, las putas, la marginalidad metropolitana y los experimentos científicos poco éticos en pos de satisfacer tanto la soberbia del responsable de cabecera como sus caprichos personales más lunáticos, aquí representados en la obsesión con traer de regreso a su amada desde el Más Allá. La película fue la primera sindicalizada de Frank y por ello tuvo que lidiar con las exigencias del Screen Actors Guild (SAG), el Sindicato de Actores de Cine de Estados Unidos, lo que provocó que el gremio le mandase a burguesas comunes y corrientes para hacer de furcias y como las taradas no querían desnudarse no tuvo más remedio que recurrir a putas reales de la zona roja neoyorquina para diversas escenas que ameritaban carne a la intemperie, entre las que por supuesto se destacan las féminas que interpretaron al establo de yeguas de Zorro, léase Angel (Jennifer Delora), Crystal (Lia Chang), Amber (Kimberly Taylor), Anise (Susan Napoli), Chartreuse (Heather Hunter), Snow (Gittan Goding), Sugar (Vicki Darnell), Monkey (Sandy Colosimo) y la citada Honey de la playmate Helmkamp alias Charlotte Kemp, casi todas con alguna experiencia en la industria pornográfica y sin problema alguno al momento de quitarse la ropa, las cuales por cierto fueron sindicalizadas a la fuerza a pura hilaridad por el Screen Actors Guild. A diferencia de los opus previos y posteriores de Henenlotter, Frankenhooker está muy bien interpretada por los tres actores principales, hablamos de la celestial Patty Mullen, una famosa modelo de Penthouse que saltó al cine con la presente y la hoy olvidada Doom Asylum (1988), un slasher ultra enajenado de Richard Friedman, ese Joseph González que se luce como el caricaturesco Zorro, hipérbole en la praxis fílmica que nos reenvía a la otra única actuación del señor, precisamente en Brain Damage componiendo a aquel musculoso con el que Brian se topaba en la ducha y que se salvaba por poco de ser atacado por Aylmer, lo que desde ya satisface de sopetón el apego del director por incluir referencias a sus realizaciones anteriores, y el inefable James Lorinz, un gran intérprete que aquí aprovecha con inteligencia su cara de bonachón perversito y que supo participar vía papeles menores en obras variopintas como Street Trash (1987), de J. Michael Muro, Last Exit to Brooklyn (1989), de Uli Edel, King of New York (1990), de Abel Ferrara, RoboCop 3 (1993), de Fred Dekker, Mr. Wonderful (1993), de Anthony Minghella, The Jerky Boys (1995), de James Melkonian, Bridge of Spies (2015), de Steven Spielberg, The Transfiguration (2016), de Michael O’Shea, y The Irishman (2019), de Martin Scorsese. El guión de Frank y Robert Martin, colaborador en la historia de Basket Case 3 y editor histórico de Fangoria, legendaria revista del campo del horror y la fantasía más truculenta, emplea de maravillas los soliloquios del protagonista cual esquizofrenia apenas disimulada y con pretensiones racionalistas magistralmente absurdas, lo que se complementa a la perfección con todas las excentricidades de nuestro antihéroe, Jeffrey, y la misma premisa de esta gloriosa epopeya farsesca de ultratumba, eso de revivir al ser querido luego de un accidente espantoso y ridículo sirviéndose de la anatomía de unas prostitutas adictas al crack que terminan explotando cuando obtienen lo que quieren, metáfora masoquista que se extiende al protagonista porque es su creación la que lo asesina a nivel conceptual homologándolo a una hembra, ser endiosado aunque con el que nunca se desearía intercambiar lugares, deliciosa denigración social de por medio…

 

Frankenhooker (Estados Unidos, 1990)

Dirección: Frank Henenlotter. Guión: Frank Henenlotter y Robert Martin. Elenco: James Lorinz, Patty Mullen, Joseph González, Charlotte J. Helmkamp, Louise Lasser, Kimberly Taylor, Jennifer Delora, Lia Chang, David Lipman, Joanne Ritchie. Producción: Edgar Ievins. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 9