Prisionero del Peligro (The Spanish Prisoner)

En el mercado de la confianza

Por Emiliano Fernández

Dejando de lado su período profesional primigenio dedicado exclusivamente al teatro y correspondiente a la década del 70, estadio en el que pulió su estilo verbal ciclotímico y entrecortado como dramaturgo, la carrera de David Mamet en el cine se dividió a partir de los 80 entre trabajos propios como director y guionista, sin duda sus mejores y más complejos, y una catarata de encargos en materia de firmar guiones para terceros o ceder obras a veces con resultados muy gratificantes y en otras ocasiones no tanto, films que como decíamos abarcan desde historias originales hasta adaptaciones de puestas teatrales precedentes del propio autor, pensemos para el caso en opus variopintos en línea con las recordadas El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson, El Veredicto (The Verdict, 1982), de Sidney Lumet, ¿Te Acuerdas de Anoche? (About Last Night, 1986), de Edward Zwick, Los Intocables (The Untouchables, 1987), de Brian De Palma, No Somos Ángeles (We’re No Angels, 1989), de Neil Jordan, El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, 1992), gran neoclásico de James Foley, Hoffa (1992), de Danny DeVito, Vania en la Calle 42 (Vanya on 42nd Street, 1994), de Louis Malle, American Buffalo (1996), de Michael Corrente, Al Filo del Peligro (The Edge, 1997), de Lee Tamahori, Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997), de Barry Levinson, Ronin (1998), de John Frankenheimer, Lansky (1999), de John McNaughton, Lakeboat (2000), de su también actor fetiche Joe Mantegna, Hannibal (2001), de Ridley Scott, Edmond (2005), de Stuart Gordon, y ¿Qué Pasó Anoche? (About Last Night, 2014), de Steve Pink. Ahora bien, el Mamet volcado a la dirección empezaría su devenir centrándose en los engranajes de la estafa y demostrando una maestría absoluta no sólo en la construcción de un suspenso enérgico y envolvente en pantalla sino además poniendo al descubierto hasta qué punto el maquiavelismo y las mentiras atraviesan prácticamente todas las facetas de la sociedad moderna porque el fariseísmo, las máscaras y la cultura del ventajismo capitalista todo lo cubren cual dialéctica de la avaricia apenas disimulada; planteo retórico que posteriormente se iría dejando de lado en favor de los thrillers vertiginosos, las epopeyas de espionaje, las propuestas de acción, las sátiras agridulces y hasta los retratos históricos, más algún que otro drama muy vinculado al “teatro filmado” en sintonía con la genial Oleanna (1994).

 

Dicho de otro modo, lo que comenzó con aquella legendaria Trilogía del Engaño, léase Casa de Juegos (House of Games, 1987), Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) y Homicidio (Homicide, 1991), derivó en otras epopeyas maravillosas pero pertenecientes a otro orden que a su vez fue ampliando el rango discursivo aunque paradójicamente ya casi sin volver a alcanzar las cúspides cualitativas de los comienzos profesionales de Mamet, hablamos de la citada Oleanna, Prisionero del Peligro (The Spanish Prisoner, 1997), El Honor de los Winslow (The Winslow Boy, 1999), Cuéntame tu Historia (State and Main, 2000), Un Plan Perfecto (Heist, 2001), Búsqueda Desesperada (Spartan, 2004), Cinturón Rojo (Redbelt, 2008) y Phil Spector (2013), todos trabajos atendibles que se ubican con tranquilidad entre lo mejor que ha dado el cine independiente norteamericano de las últimas décadas, una verdadera usina de propuestas cada día más lastimosas que de a poco pasaron de aquella querida idiosincrasia aguerrida y marginal de los 80 y 90 a mimetizarse a nivel identitario con el aparato mainstream tradicional durante el nuevo milenio al extremo de una patética indistinción a escala formal e ideológica, enorme mediocridad y chatura de por medio. Prisionero del Peligro, en especial, es quizás la mayor anomalía del período posterior de la carrera del director y guionista porque la susodicha sintetiza a la perfección por un lado el fetiche de siempre del amigo David con las estafas, esas que tan bien fueron exploradas en los relatos laberínticos de Casa de Juegos, Las Cosas Cambian y Homicidio, y por el otro lado la apertura estilística que sobrevino a partir de Oleanna en particular y la década del 90 en general, cubriendo los géneros y las preocupaciones ya nombradas y en esta oportunidad ubicándonos en un espectro retórico que va desde el cine de Alfred Hitchcock hasta la literatura de Franz Kafka. Del cineasta británico Mamet toma el motivo del falso culpable, el detenimiento en los detalles, los juegos con un MacGuffin bastante abstracto y misterioso y el recurso del protagonista común y corriente metido en una trama extraordinaria, y del célebre escritor checo recupera la angustia, el absurdo, la ansiedad, la culpa, el humor negro y la sensación de quedar atrapado en una burocracia demencial volcada a la abulia, la falta de definiciones claras y la martirización de los sujetos como si se tratase de muñecos sin vida alguna en manos de un purrete caprichoso e hiper sádico.

 

Todo gira en torno a Joe Ross (Campbell Scott), un ingeniero anteojudo al servicio de una compañía ignota que inventó/ descubrió una fórmula matemática, bautizada “el proceso”, que le permitiría a la empresa en cuestión multiplicar exponencialmente sus ganancias controlando el mercado a nivel planetario en detrimento de unos poderosos competidores japoneses. El hombre se traslada a una isla ficticia del Mar Caribe, St. Estèphe, para un encuentro corporativo en el que, amparado por su jefe, el Señor Klein (Ben Gazzara), y el abogado de la compañía, su además amigo George Lang (Ricky Jay), les presenta las ganancias potenciales a unos inversores/ financistas mientras se acerca a una flamante y afable secretaria que está allí para asistir a todos, Susan Ricci (Rebecca Pidgeon). En la isla también conoce a una agente del FBI, Pat McCune (Felicity Huffman), y a un millonario llamado Jimmy Dell (Steve Martin) que desea comprarle su cámara de fotos debido a que sin darse cuenta lo retrató en el fondo cuando estaba con una supuesta princesa casada con un amigo suyo, generando que Ross opte por regalarle la cámara y así nazca una amistad. De vuelta en Nueva York, Jimmy promete presentarle a Joe a su bella hermana jugadora de tenis pero siempre ocurre algo que impide el encuentro y para colmo el millonario le abre una cuenta bancaria en Suiza cual chascarrillo eventual, lo insta a firmar una membresía en un club exclusivo y exacerba la desconfianza que Ross de por sí siente hacia Klein y su falta de precisiones acerca de un hipotético bono monetario por la fórmula, lo que deriva en el descubrimiento del protagonista de que todo forma parte de un timo con diversas facetas ya que tanto Dell como la supuesta agente del FBI a la que recurre para denunciarlo, aquella McCune de St. Estèphe, son piezas del mismo engaño para sustraerle un cuaderno con la única copia del proceso en un supuesto encuentro en un carrusel con Jimmy y su abogado, quienes nunca se aparecen. Tanto la policía como su jefe piensan que les vendió la fórmula a los japoneses, por la cuenta en el exterior y el trozo de papel que firmó sin mirar y resulta ser un pedido de asilo político en Venezuela, país sin tratado de extradición con Estados Unidos, y sólo Ricci confía en él a pesar de que también pretenden endilgarle el asesinato de Lang. La muchacha lo ayuda a escapar de la ley y lo lleva a Boston para tratar de regresar a la isla en pos de identificar a Dell vía los videos de vigilancia del hotel.

 

Aquí Mamet piensa a la codicia capitalista no sólo mediante la creciente identificación/ amalgama entre los puntos de vista de Ross y Klein, empleado y patrón aunque también socios tácitos ya que únicamente ellos dos poseen la llave de la caja fuerte que guarda el cuaderno con la fórmula matemática, o a través de este movimiento de pinza ultra pancista y calculador en el que termina cayendo el desprevenido de Joe, con los responsables en las sombras ganándose su confianza de manera pretendidamente “natural” y cercándolo al imponerle tanto al supuesto amigo devenido en enemigo, el enigmático Jimmy, como al hipotético representante institucional o tercera parte sin intereses de por medio, McCune y su equipo farsesco de “no agentes federales”, sino asimismo mediante un individualismo de cadencia utópica y bastante miserable que se percibe en la dimensión romántica del relato, basta con considerar que el propio protagonista sabotea una y otra vez su relación con la secretaria, Susan, quien evidentemente está interesada en él, para ponerle todas las fichas en esta apuesta tácita al paquete “más completo” que se aparece en el horizonte sentimental de la mano de la manipulación sistemática de Ross a instancias de Dell, nos referimos por supuesto a la hermana de Jimmy, la tal Señorita Da Silva, no sólo una hipotética ricachona sino una hembra de tipo deportivo y escultural, así somos testigos de cómo el personaje de Scott menosprecia -o por lo menos pone en pausa- el vínculo servido en bandeja con la proletaria de oficina en pos de la quimera de conquistar a la burguesa de buen pasar que en verdad no existe y termina siendo una anciana que nada tiene que ver con lo prometido por el embaucador de Martin. El nihilismo socarrón del realizador incluso va un paso más allá del acervo cáustico hitchcockiano o kafkiano y señala la soledad absoluta de Ross al privarlo además de la solidaridad de Klein, el artífice plutocrático del fraude, y hasta de la misma Susan, otra pata cómplice de las estratagemas del mercado de la información, el espionaje industrial y la certidumbre jactanciosa de un ego hecho añicos por obra y gracia de este atolladero de mentiras superpuestas en el que el peón no descubre hasta el último instante su condición y su destino nefasto, orientado a sucumbir para que los depredadores más grandes de la cadena del dinero social se enriquezcan aún más. Esta idea de fondo de la avaricia como un fin en sí mismo, que habilita cualquier traición a puro maquiavelismo oportunista, en pantalla se da la mano con los diálogos filosos de siempre de Mamet y la profusión de citas y aforismos por parte de personajes que utilizan al lenguaje fragmentado, subrepticio y plagado de dobleces como una especie de alquimia indescifrable que dice una cosa pero en realidad significa otra, generalmente su opuesto exacto en consonancia con esta lógica de fondo del cofrade que de repente nos clava un puñal en la espalda o el pobre bobalicón que puede resultar muy bueno para los números y en simultáneo ser un desastre a la hora de “leer” las verdaderas intenciones de quienes tiene sonrientes a su alrededor al punto de comprar humo a montones de parte de falsos amigos, salvadores, mecenas, figuras de autoridad, casamenteros, lacayos e intereses románticos del montón. Más allá de viejos y/ o futuros conocidos de David como Ricky Jay, su esposa Rebecca Pidgeon y secundarios en línea con los queridos J.J. Johnston y Jack Wallace, llama la atención la esplendorosa presencia en el elenco de genios como Ben Gazzara, Campbell Scott y un Steve Martin que vuelve a ratificar aquello de que los actores cómicos suelen componer con maestría a villanos hechos y derechos de antología, detalle que lamentablemente no puede extenderse a los intérpretes dramáticos que pretenden saltar a la comedia, tantas veces desencadenando trabajos desabridos, olvidables o hasta ridículos en el peor sentido del término. Desde unas elegancia e inteligencia ya casi extintas en el cine contemporáneo, sustentadas en la delicada fotografía de Gabriel Beristain y la melancólica música de Carter Burwell, Mamet analiza los callejones sin salida de la comunidad ventajista actual, simbolizados en esa referencia del título original en inglés a la antigua estafa del “prisionero español”, en la que sirviéndose de las vanidad y rapacidad consuetudinarias se le saca dinero a los crédulos con la promesa de mayores fortunas o una vagina apetitosa, y pone en primer plano la necesidad de defenderse de los atropellos pelando los colmillos ya que en el mundo de hoy en día el benefactor/ compasivo/ bondadoso es considerado por casi todos un idiota del cual valerse, algo que queda representado en la reconversión que experimenta el protagonista de hombre virtuoso y desinteresado a lo boy scout a un ser que sucumbe ante la desconfianza y la sed de una venganza que siempre se parece a la justicia, pensemos en el pedido de Ricci a Ross del desenlace para que la ayude, arrestada por los alguaciles a la par de Dell, y recibiendo a cambio una ironía cual regaño como si se tratase de una nena chiquita que se portó mal y debe ser castigada, “temo que tendrás que pasar un tiempo en tu cuarto”, lo que genera una sonrisa de indisimulable felicidad por parte de la fémina porque por una vez parece que el ingenuo aprendió la lección y en la próxima farsa no se dejará manipular tan fácilmente…

 

Prisionero del Peligro (The Spanish Prisoner, Estados Unidos, 1997)

Dirección y Guión: David Mamet. Elenco: Campbell Scott, Steve Martin, Ben Gazzara, Ricky Jay, Rebecca Pidgeon, Felicity Huffman, Jack Wallace, J.J. Johnston, Ed O’Neill, Clark Gregg. Producción: Jean Doumanian. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 10