Verano Asesino (L’Été Meurtrier, 1983) es una de esas tantas películas que son populares en Francia y Europa en general pero poco conocidas en el resto del globo, indudablemente una de las joyas de la primera y mejor etapa de la carrera de la celestial Isabelle Adjani, aquellas maravillosas décadas del 70 y 80 que nos regalaron clásicos como La Historia de Adela H. (L’Histoire d’Adèle H., 1975), de François Truffaut, El Inquilino (Le Locataire, 1976), de Roman Polanski, El Conductor (The Driver, 1978), de Walter Hill, Nosferatu, el Vampiro (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), de Werner Herzog, Quartet (1981), de James Ivory, Posesión (Possession, 1981), de Andrzej Zulawski, Todo Fuego, Toda Llama (Tout Feu, Tout Flamme, 1982), de Jean-Paul Rappeneau, Antonieta (1982), de Carlos Saura, Una Mujer Inquietante (Mortelle Randonnée, 1983), de Claude Miller, Subway (1985), de Luc Besson, y Camille Claudel (1988), de Bruno Nuytten. La propuesta es también la evidente obra maestra de su realizador, Jean Becker, quien tuvo una trayectoria media extraña porque empezó a dirigir en los 60, todavía bajo la sombra de su mucho más famoso padre, Jacques Becker, aquel genio de En un Suburbio de París (Casque d’or, 1952), Grisbi (Touchez pas au Grisbi, 1954), Los Amantes de Montparnasse (Les Amants de Montparnasse, 1958) y El Agujero (Le Trou, 1960), para eventualmente dejar pasar 17 años sin volver a situarse detrás de cámaras hasta la presente Verano Asesino, en términos prácticos su regreso antes de un nuevo impasse de más de una década que lo llevaría a otra vuelta aunque ahora en los 90, Elisa (1995), catalizador a su vez de un ritmo de trabajo ya menos espaciado y más constante en el nuevo milenio del que surgieron obras muy dignas en línea con La Fortuna de Vivir (Les Enfants du Marais, 1999), Jardines Espantosos (Effroyables Jardins, 2003), El Jardinero (Dialogue avec mon Jardinier, 2007), Deja de Quererme (Deux jours à Tuer, 2008) y Mis Tardes con Margueritte (La Tête en Friche, 2010), entre otros dramas y comedias que recuperaron el dejo elegante y sutilmente fatalista del cine francés de otros tiempos, mucho más fructíferos y atractivos que los de hoy en día.
El guión de Sébastien Japrisot, basado en su novela homónima de 1977, señor que supo colaborar y/ o inspiró traslaciones del papel a la gran pantalla a cargo de gente como Costa-Gavras, Jean Herman, René Clément, Anatole Litvak, Just Jaeckin, Jean-Pierre Jeunet, Iain Softley y Joann Sfar, transcurre en 1976 en una pequeña ciudad del sur de Francia y se centra en Eliane Wieck alias “Elle” (Adjani), una hermosa joven de 20 años que se muda al lugar junto a su madre, Paula Wieck Devigne (María Machado), una inmigrante alemana, y su padre adoptivo, Gabriel Devigne (Michel Galabru), un paralítico confinado a una silla de ruedas a posteriori de aparentemente haberse caído de una escalera. La chica comienza una relación con el mecánico local, el también bombero voluntario Fiorimonto/ Florimond Montecciari alias “Pin-Pon”, el cual a su vez vive con su madre ama de casa, Madame Montecciari (Jenny Clève), la hermana sorda de la anterior, Nine alias “Cognata” (Suzanne Flon), y sus hermanos Mickey (François Cluzet), un transportista y ciclista amateur, y Boubou (Manuel Gélin), en edad escolar y muy estudioso. Lo que Florimond, quien trabaja en el garaje de Henri alias “Enrique IV” (Roger Carel), no sabe es que el plan de Eliane va mucho más allá de primero meterse en su casa en calidad de novia y luego casarse con él mintiéndole al decirle que está embarazada, ya que lo que realmente pretende la mujer es vengarse de toda la parentela debido a que el padre del muchacho, un italiano ya fallecido, aparentemente violó y torturó a Paula dos décadas atrás a lo largo de una noche con otros dos cómplices, Leballech (Jean Gaven) y su cuñado Touret (Max Morel), tres hombres que en 1955 estaban en camino a entregar un voluminoso órgano/ piano antiguo en la casa del clan Montecciari. Eliane, una joven ciclotímica, enajenada y algo infantil que sabe que uno de los violadores es su progenitor real, piensa que asesinando a los responsables del ultraje recuperará el vínculo afable de antaño con Gabriel, a quien un día golpeó salvajemente con una pala en la cabeza hasta dejarlo paralítico cuando de adolescente le besó una pierna mientras la chica estaba cortando unos árboles con una motosierra y arriba de una escalera.
No obstante es precisamente su padre adoptivo quien le confiesa que él ya mató a los tres responsables verdaderos del ataque cuando ella tenía nueve años, unos tales Pamier (Patrice Melennec), Fiero (Jacques Nolot) y Rostollan (Yves Afonso) que jamás entregaron el piano en la casa del padre de Florimond, algo que hicieron después los inocentes Leballech y Touret, un dúo que quedó pegado al asunto por la pista del órgano, único detalle concreto que recuerda Paula de aquella noche del espanto interminable. El descubrimiento del malentendido conduce a la muchacha a una neurosis y es internada en un neuropsiquiátrico pero la tragedia no termina allí porque la chica antes le había dejado dicho a su maestra de antaño, una lesbiana que está locamente enamorada de ella llamada Mademoiselle Dieu (Evelyne Didi), que si algo le pasase los responsables son unos Touret y Leballech que la violaron repetidamente y la indujeron a la prostitución incluso después de casada, algo que llega a los oídos del mecánico y así desencadena que tome una escopeta y se cargue a los dos hombres, los cuales en suma no tuvieron nada que ver con la violación de la madre de Elle. Becker no sólo aprovecha con gran perspicacia esta interesante combinación de thriller de venganza, sexploitation contenido, odisea de claustrofobia agreste y melodrama de ultraje sino que consigue la rara proeza de imponer un tono profundamente naturalista y distendido tanto durante la primera parte de la historia, esa que incluso pareciera acercarse a la comedia romántica tradicional vía los entretelones de esta “pareja dispareja”, como en los actos posteriores, ya más volcados a los géneros y estilos citados y oscureciendo el devenir de Eliane en consonancia con su agenda oculta y su comportamiento cada vez más y más errático al punto de fugarse de su propia boda y ensimismarse en los preparativos de la revancha hasta que todo su mundo y/ o equilibrio psicológico tambaleante se vienen abajo con la revelación en boca de Gabriel, lo que termina de explicitar las razones detrás del aislamiento intra familiar de Devigne -más allá del detalle de que la chica le partió la cabeza a palazos porque pensó que pretendía violarla- y de la relación semi incestuosa y compensatoria entre el personaje de Adjani y su madre Paula, ésta aún dándole el pecho cual nena atrapada en una infancia tácita eterna en la que su belleza parece funcionar como una coraza que la protege/ defiende de sus traumas arrastrados desde pequeña y como un contrapeso comunal en materia de su miopía, una que oculta como puede en el día a día evitando llevar anteojos que la podrían “afear”, y de su hilarante facilidad para con los cálculos matemáticos, destreza que sinceramente no le sirve para nada y la lleva de sopetón a preferir mostrar el culo y las tetas en público antes que cordialidad hacia terceros, como bien deduce Nine, su única verdadera amiga dentro del hogar de los Montecciari. Con muchos e interesantes soliloquios por parte de Elle, Florimond y la tía sorda, los cuales construyen cierto trasfondo de estructura narrativa coral que justifica los 133 minutos del metraje, Becker desparrama flashbacks y flashforwards para jugar con las previsibilidades de una epopeya entre erótica, freak y visceral de esta envergadura, faena que humaniza con paciencia y sabiduría a los personajes para que cada minucia sume al verosímil de cabecera.
Los recuerdos trastocados, las confusiones, los enigmas identitarios, la negación y el odio dirigido hacia determinadas personas sin certeza absoluta de su culpabilidad son todos elementos que se mezclan en la psiquis de la protagonista y en la convulsionada trama de capas discursivas superpuestas, por ello la sexualidad a flor de piel del relato y de la misma Eliane tienen un dejo caprichoso, lúdico, liberador y cercano a una anarquía empardada a la promiscuidad y el cotilleo permanente por parte de los habitantes del pueblo cual enjambre de reprimidos sexuales que no pueden creer -ni saben cómo aceptar- el sustrato putón de la muchacha, “extranjera” que viene a desarmar sensibilidades pero también a destruir esa calma previa a la tormenta. Tomando como propia la cruzada de venganza que debería ser de su abúlica madre, esa de la que se retroalimenta a escala emocional porque ambas son víctimas de aquella violación del pasado, la joven se siente culpable del ataque reflejo contra su padre adoptivo así como el susodicho resiente el malentendido que generó los palazos contra su persona, por ello jamás contó la verdad y privilegió la versión centrada en la caída de la escalera como detonante de su paraplejia. Florimond, por otro lado, al igual que su contraparte femenina, Mademoiselle Dieu, es el idiota secundario que termina implicado en todo este entramado de dolor y enojo acumulados sin siquiera proponérselo, y en este sentido es fundamental la presencia de una actriz arrebatadora como Adjani porque su Eliane debe justificar el huracán de pasiones a su alrededor: se sabe que la intérprete había rechazado el rol de Conchita, el que iría a parar a Carole Bouquet y Ángela Molina, en Ese Oscuro Objeto del Deseo (Cet Obscur Objet du Désir, 1977), de Luis Buñuel, debido a la necesidad de desnudos y en un principio lo mismo ocurrió en ocasión de Verano Asesino hasta que finalmente cambió de parecer porque ya se había arrepentido seriamente de su negativa anterior al vivenciar la película resultante de Buñuel, una obra maestra, y efectivamente en el opus de Becker su anatomía se pasea campante por una infinidad de gloriosas escenas que justifican toda la locura que despierta en la localidad semi bucólica de turno y en los distintos varones y mujeres que caen bajo su raudo encanto. A diferencia de tantas otras películas similares de desquite exacerbado por un daño sufrido, Verano Asesino no fetichiza la supuesta precisión del vengador autodestructivo o la indiferencia de las autoridades ya que el ataque desde el vamos nunca fue denunciado por vergüenza y miedo a la xenofobia hacia la germana y aquí en esencia el doble filo de la violencia se extiende al círculo cercano y lejano de nuestra vigilante, Eliane Wieck, la cual resulta más peligrosa por su ignorancia e inestabilidad mental que por lo poco que sabe de la ignominia en sí o por su ímpetu homicida. El maravilloso pulso retórico, entre onírico y en extremo sórdido, paradigmático del cine galo y funcional a esta utopía de la venganza reparadora, también queda en evidencia en el leitmotiv, Tres Pequeñas Notas Musicales (Trois Petites Notes de Musique, 1961), una genial canción de Georges Delerue y Henri Colpi en la voz del gran Yves Montand que formó parte de la banda sonora de Una Larga Ausencia (Une Aussi Longue Absence, 1961), otra joya de Francia pero en este caso dirigida por Colpi…
Verano Asesino (L’Été Meurtrier, Francia, 1983)
Dirección: Jean Becker. Guión: Sébastien Japrisot. Elenco: Isabelle Adjani, Alain Souchon, Suzanne Flon, Jenny Clève, María Machado, Evelyne Didi, Jean Gaven, François Cluzet, Manuel Gélin, Michel Galabru. Producción: Christine Beyout. Duración: 133 minutos.