Memorias del Subdesarrollo

Una islita muy chiquitica

Por Emiliano Fernández

El Nuevo Cine Latinoamericano de la década del 60 fue el resultado de una conjunción de diversos factores y tendencias de la época que incluyen la influencia tardía del neorrealismo italiano, la banalización del acervo audiovisual mediante la televisión, el peso discursivo de la flamante Nouvelle Vague, el acartonamiento hollywoodense promedio, la crisis del formato cinematográfico latinoamericano clásico de los melodramas, las comedias y los musicales, la Revolución Cubana de 1959, la aparición de grupos guerrilleros y colectivos armados en todo el continente, el desarrollismo como perspectiva ideológica/ política/ económica, el hippismo planetario de fines de la década, el surgimiento o consolidación de líderes populistas, el accionar nefasto de la Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency o CIA) en materia de proponer y financiar muchos Golpes de Estado, el modelo que ofrecía el Mayo Francés de 1968, una mayor conflictividad social en todo el mundo, los estudios sociológicos sobre el neocolonialismo de tipo económico/ financiero, los interrogantes que surgían en materia de la identidad híbrida y el mestizaje en general del continente, un fortísimo cuestionamiento al rol imperialista de Estados Unidos, el Primer Mundo y los organismos de crédito internacionales, el éxtasis que producían los sueños revolucionarios socialistas entre la juventud y finalmente la necesidad de luchar contra las elites oligárquicas vernáculas de cada nación y el ciclo de dictaduras hiper fascistas que barrían los regímenes democráticos a lo largo de la América hispanoparlante. Más allá de diversos realizadores y guionistas como Glauber Rocha, Leonardo Favio, Carlos Diegues, Fernando Birri, Raúl Ruiz, Manuel Antín, Fernando “Pino” Solanas, Nelson Pereira dos Santos, Lautaro Murúa, Joaquim Pedro de Andrade, Rodolfo Kuhn, Miguel Littín y en parte Leopoldo Torre Nilsson, uno de los padres indudables del heterogéneo movimiento fue el cubano Tomás Gutiérrez Alea, uno de los fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), una entidad gubernamental ejemplar en el marco latinoamericano porque en vez de sólo ensalzar los ideales de la Revolución Cubana también se dedicó desde su nacimiento a señalar la persistencia de problemas típicos del Caribe y toda la franja sur del continente como la miseria, las frustraciones de toda índole, la inestabilidad de las administraciones civiles y militares y la dependencia para con las potencias del exterior, ahora en el contexto de la extenuante Guerra Fría entre los Estados Unidos y esa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que colapsaría sin más en 1991.

 

Las dos películas fundamentales de la primera etapa de la carrera de Gutiérrez Alea son La Muerte de un Burócrata (1966) y Memorias del Subdesarrollo (1968), obras unidas por el análisis de la persistencia de la separación clasista luego del derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista y asimismo divididas por el hecho de que cada una se especializa en una de las grandes obsesiones de siempre del realizador, hablamos de la burocratización y el subdesarrollo: la primera trabaja desde la sátira el sustrato kafkiano enrevesado de la Revolución mediante la historia de un hombre, Juanchín (Salvador Wood), al que los esbirros estatales vuelven loco para exhumar el cadáver de su tío con el objetivo de extraer un carnet que terminó dentro del féretro, requisito sine qua non para tramitar la pensión a la que tiene derecho la viuda (Silvia Planas), y la segunda realización adopta la perspectiva opuesta, en este caso el andamiaje de un drama con chispazos de collage film posmoderno/ godardiano/ vanguardista sesentoso que gira alrededor de la crisis existencial, la intimidad maltrecha, los devaneos y la sensación de estar perdido por parte de un burgués símil personaje de un film de Alain Resnais, Sergio Carmona Mendoyo (Sergio Corrieri), que en 1961 fue abandonado solo en La Habana por sus padres y su esposa Laura (Yolanda Farr), todos flamantes exiliados anticastristas en Miami cuando ya se sentían las penurias del embargo económico y financiero estadounidense a Cuba, el cual en su faceta armamentista venía desde antes de la Revolución y se agudizó en 1960 en respuesta a las expropiaciones de las compañías norteamericanas por el gobierno socialista; todo a su vez en un período de tiempo muy particular que va desde la Invasión de Bahía de Cochinos del 15 al 19 de abril de 1961, un intento de Golpe de Estado financiado y orquestado por la CIA que derivó en desastre para los amigos de yanquilandia, y la denominada Crisis de los Misiles entre el 14 y el 28 de octubre de 1962, un verdadero “tire y afloje” que dejó al planeta muy cerca de un holocausto nuclear por la movida de los rusos de trasladar a Cuba muchas tropas y misiles balísticos de alcance medio como venganza por la instalación de parte de Estados Unidos de proyectiles nucleares en Turquía, nación limítrofe con la URSS, situación que provocó una serie de negociaciones a último minuto entre los líderes máximos de ambos Estados, Nikita Jrushchov y John F. Kennedy, para evitar el conflicto bélico inminente que en buena medida dejaron de lado a Fidel Castro, poniendo de relieve cuánto de peón de los dos imperios tenía el mítico líder cubano, quien no deseaba el desmantelamiento del arsenal.

 

El maravilloso guión de Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes, basado en la novela de 1965 de este último, nos muestra mediante flashbacks y flashforwards, soliloquios en off y narración tradicional, mucha complacencia y tercera persona, la vida previa y posterior de Sergio en relación a su soledad, un intelectual cuasi cuarentón, bastante cínico, de cadencia europea y con delirios de escritor que vive de rentas y adora formar parte de la intelligentsia cubana, señor de muy buen pasar económico que de joven solía concurrir regularmente a prostíbulos hasta que conoció a una chica celestial llamada Ana (Gilda Hernández), con la que deseaba casarse en Nueva York, provocando que sus padres le regalasen una mueblería y así todo se diluyó con el tiempo al punto de que tuvo que conformarse con Laura, una burguesa histérica y caprichosa del montón de la que gustaba burlarse hasta que la fémina se cansó y lo abandonó mitad porque ya no lo soportaba y mitad por el contexto político agitado. Mientras que en ocasiones charla con -y eventualmente ve partir de Cuba a- su mejor amigo Pablo (Omar Valdés), otro espécimen de clase media espantado por el socialismo y en especial la ausencia de repuestos para su automóvil por el embargo yanqui, el protagonista en suma se dedica a fantasear con su empleada doméstica Noemí (Eslinda Núñez), una boba protestante sumida en el cristianismo y la represión sexual, y a comenzar una relación con una adolescente de 16 años que desea ser actriz de cine y responde al nombre de Elena (Daisy Granados), una muchacha muy linda y vivaz pero de la que con el transcurso de las jornadas se aburre porque la emparda al subdesarrollo de la isla en su conjunto, condición que según Sergio tiene que ver con el carácter voluble, la ignorancia política, el desinterés artístico, la falta de compromisos a largo plazo, la mediocridad simplista, la impaciencia, el conservadurismo y la propensión a ser posesiva, superficial e infantil en sus manías del día a día, por ello precisamente la abandona de improviso sin darse cuenta de que todos los rasgos señalados se le vienen encima cuando primero su hermano matón (René de la Cruz) y a posteriori los progenitores de la chica pretenden que se case con ella porque la desvirgó y ahora no sirve para nada. La familia de Elena opta por cambiar de posición y lo acusa judicialmente de haberla violado o por lo menos de estupro, no obstante los encargados de juzgar al burgués en los tribunales de justicia lo terminan declarando inocente porque resulta evidente que la relación fue consensuada, la acusación es por despecho y todo forma parte de la histeria católica estándar de todo el continente.

 

No sólo el talento narrativo de Gutiérrez Alea es mayúsculo sino también su maestría a la hora de combinar diferentes registros en pos de homologar aquellos tumultuosos 60 y el sentir del protagonista en tanto representante individual del desconcierto general, así nos topamos con planteos documentales vía fotos, periódicos e imágenes de televisión y cine, intervenciones de Brigitte Bardot, Marilyn Monroe y Ernest Hemingway, múltiples instantes verídicos callejeros, montajes acerca de los procesos legales como consecuencia de la Invasión de Bahía de Cochinos, tomas reales de las provocaciones bien pusilánimes de los yanquis desde detrás del alambrado de la infame Base Naval de Guantánamo, las ya mencionadas fantasías libidinosas con Noemí, reflexiones metadiscursivas mediante sobreimpresiones, miradas nostálgicas a cámara y la repetición de imágenes cual ciclo infinito de lo mismo en el arte, una extraordinaria secuencia rodada en la casa cubana de Hemingway, otra en torno a una legendaria mesa redonda sobre la conexión entre literatura y subdesarrollo protagonizada por David Viñas, René Depestre, Gianni Toti, Salvador Bueno y el propio Edmundo Desnoes, un montaje en ocasión del discurso de Kennedy por la Crisis de los Misiles y finalmente un epílogo que muestra la militarización de La Habana con motivo de los preparativos para la guerra. La película celebra en parte la perspectiva crítica e irónica polirubro de Carmona Mendoyo en relación a la melancolía burguesa fascistoide de los días de Batista, cuando Cuba era el casino, el prostíbulo y el ámbito por excelencia del lavado de dinero de Estados Unidos, sin embargo también lo condena al tacharlo de insensible y sádico voyeurista, algo que puede apreciarse cuando arroja desde el balcón de su voluminoso departamento el cuerpo de uno de sus canarios o cuando utiliza su telescopio o registra con un grabador y luego escucha las peleas que tiene con su esposa al extremo de provocarle un ataque de nervios de tanto verduguearla, amén de su hipocresía oportunista y su falta de respeto ante quien se supone que es su mejor amigo, Pablo, al que acusa de cretino en uno de sus soliloquios mientras lo ve partir de Cuba con su mujer en los momentos posteriores a la Invasión de Bahía de Cochinos, para él un ejemplo de la sandez y la codicia exacerbada de una clase media que desprecia al pueblo sin jamás poder verse en el espejo de la comunidad y asumir su parte de culpa en el atolladero del subdesarrollo arrastrado a lo largo de décadas y décadas, incluso cayendo en la lastimosa cobardía de abandonar el territorio cual ratas imperialistas pronorteamericanas de influjo caricaturesco.

 

A diferencia de las sonseras de ese relativismo neoliberal contemporáneo que considera a la estabilidad como el estado por antonomasia del capitalismo y por ello ve a sus repetidas crisis como interrupciones accidentales/ coyunturales de lo que de por sí es el destino utópico de la humanidad cual emporio del libre mercado y la explotación consuetudinaria, los análisis del subdesarrollo latino y del Tercer Mundo en general de las décadas del 60 y 70, en cambio, consideraban al desequilibrio como el estado natural de las sociedades capitalistas precisamente por la lucha de clases, el neocolonialismo y la disputa en torno a los medios de producción, a lo que se sumaba una crítica de corte esencialista por parte del statu quo de la intelectualidad burguesa de entonces que hablaba de determinados rasgos identitarios de los países en cuestión que ayudaban a esta inmovilidad, decadencia o posición relegada dentro del escenario internacional, características que pueden leerse como eufemismos de aquellos factores juzgados perniciosos por nuestro protagonista, el cual mediante el sincericidio del narrador se los adjudicaba a la muchacha con la que salía, Elena, metáfora con patas del pueblo sumiso cubano y latino a nivel macro. Dicho de otro modo, Sergio reúne en una sola persona a los ciudadanos que propugnaban al contexto de la Guerra Fría como responsable del subdesarrollo, a aquellos otros que ponían el acento en las miserias del capitalismo y a esa tercera pata discursiva que denunciaba la mediocridad lambiscona de las elites oligárquicas nacionales por su rol de cómplices en el saqueo que padecían los pueblos a instancias del todopoderoso capital foráneo, uno que fue mudándose desde la producción y el trabajo tradicional hacia la especulación financiera como fuente de riquezas. El personaje del genial Sergio Corrieri ataca y se burla del lumpenproletariado y de las clases media y alta de Cuba, los primeros por su triste analfabetismo político y los segundos por su soberbia como si se tratase de una aristocracia local que se lava las manos de absolutamente todo y prefiere condenar desde la cómoda distancia los sucesos de turno. Justo como en La Muerte de un Burócrata, Gutiérrez Alea en Memorias del Subdesarrollo vuelve a recurrir a la fotografía de Ramón F. Suárez y la música de Leo Brouwer para edificar una obra maestra del cine latinoamericano de unas complejidad y potencia siempre exquisitas, film que se sirve de las contradicciones que dispara “una islita muy chiquitica”, en palabras de Pablo, para pensar los callejones sin salida del progreso tan deseado aunque eternamente pospuesto cual horizonte quimérico de los subyugados al que nunca se llega…

 

Memorias del Subdesarrollo (Cuba, 1968)

Dirección: Tomás Gutiérrez Alea. Guión: Tomás Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes. Elenco: Sergio Corrieri, Daisy Granados, Eslinda Núñez, Omar Valdés, René de la Cruz, Yolanda Farr, David Viñas, René Depestre, Gianni Toti, Salvador Bueno. Producción: Miguel Mendoza. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 10