Gran parte de la fama profundamente tétrica que arrastran las ferias y carnavales itinerantes en Estados Unidos se debe a un sideshow o espectáculo secundario que acompañaba a esa colorida combinación de artistas circenses, music hall, vodevil, linterna mágica, chispazos de burlesque y diversos comerciantes y atracciones relacionados con los parques temáticos, nos referimos al llamado geek show o número del salvaje, rutina muy popular durante el Siglo XIX y la primera mitad del Siglo XX en suelo norteamericano que se metería en el subconsciente del país al nivel de que la expresión se sigue utilizando hasta el día de hoy para designar a un acto horroroso pero aceptado por el vulgo o una experiencia humillante para el protagonista de turno aunque de lo más fascinante o entretenida para el público morboso ocasional. Los propietarios de la feria buscaban a un alcohólico o drogadicto lo suficientemente desesperado como para matar gallinas con una hoja de afeitar simulando que las destrozaba con sus dientes ante los espectadores, todo a cambio de comida, una botella diaria de alcohol o una dosis de heroína y un lugar donde dormir, no obstante con el tiempo siempre llevaban las cosas al extremo amenazando al pobre infeliz con despedirlo para traer a un “verdadero geek” y así lograban que el desafortunado empiece a hacer lo que ellos querían desde el vamos, léase revolcarse en su propio excremento y efectivamente matar a gallinas y serpientes arrancándoles la cabeza con su boca para a posteriori beber su sangre, todo en un contexto en donde la esclavitud para con la bebida o los narcóticos garantizaban una sumisión que por supuesto traía como consecuencias algo indeseadas la enajenación del sujeto y su eventual suicidio, momento en el que el ciclo de la explotación comenzaba una vez más. William Lindsay Gresham fue un loco lindo que vivió durante la primera parte del siglo pasado y que escuchó de este cruel mecanismo de los carnavales para conseguirse números símil freak shows durante la Guerra Civil Española, donde combatió en las Brigadas Internacionales del bando republicano, generando la novela que quedaría para siempre identificada con los geek shows y el costado menos luminoso y más sórdido de los protoespectáculos de masas en Estados Unidos, Callejón de la Pesadilla (Nightmare Alley, 1946), ejemplo claro de hasta qué punto los representantes y productores le chupan la vida y la cordura a los artistas y cuánto de ficción lastimosa y de estafas todo terreno hay detrás de cada representación volcada a lo desconocido o al supuesto misterio.
El libro sintetiza y anticipa muchas de las obsesiones autobiográficas que marcaron la vida y el ideario de Gresham como por ejemplo los oficios múltiples de los marginales, el matrimonio que fracasa, el alcoholismo cual condena de nunca acabar, la psicología como un placebo rubricado por la ciencia, los números vinculados a la magia y la adivinación, la metamorfosis hacia la religión organizada, la destrucción del éxito de antaño y finalmente un suicidio más o menos explícito que viene como triste colofón de todo lo anterior y las frustraciones generadas, a lo que se suma el fetiche del señor para con la vida itinerante de las ferias más tétricas que incluyen geek shows, tema al que además le dedicó un segundo libro aunque de no ficción, Monstruo a Mitad de Camino: Una Mirada Desinhibida al Resplandeciente Mundo de los Carnavales (Monster Midway: An Uninhibited Look at the Glittering World of the Carny, 1954). Sin embargo en la novela el motivo del geek forma parte de una fábula de degradación más englobadora homologada al engaño en un rubro hermanado, el de los ilusionistas y adivinadores, el cual a su vez está vinculado al fetiche adicional de Gresham con el célebre Harry Houdini, a quien le dedicó el libro Houdini: El Hombre que Atravesó los Muros (Houdini: The Man Who Walked Through Walls, 1959). Hollywood tardó prácticamente nada en adaptar Callejón de la Pesadilla porque el actor Tyrone Power, toda una estrella taquillera de entonces, leyó el volumen de inmediato e instó al jerarca de la 20th Century Fox, Darryl F. Zanuck, a que comprase los derechos porque vio en el protagonista, Stanton “Stan” Carlisle, una oportunidad de interpretar a un personaje complejo que le permitiese escapar del encasillamiento mainstream al que había sido sometido, casi siempre trabajando en faenas románticas o de aventuras. Power no se equivocó y por ello la traslación resultante se impone como una curiosidad rotunda dentro del ámbito del film noir ya que estamos frente a una realización, dirigida por Edmund Goulding a partir de un guión de Jules Furthman, que contó con un presupuesto bastante holgado, figuras de renombre y el amparo de un aparato productivo que solía condenar a los exponentes del rubro a una Clase B de pocos recursos y actores desconocidos para el gran público, amén del hecho de que la película sigue al libro con fidelidad y apenas si opta por cambiar sutilmente el desenlace aunque manteniendo una circularidad narrativa nihilista y un sustrato agridulce absolutamente insólito para el Hollywood más ampuloso del período.
Carlisle (Power) es un presentador secundario de una feria dentro del espectáculo de Zeena Krumbein (Joan Blondell), una adivinadora que le hace al público escribir preguntas en trozos de papel para luego quemarlos y decirles a los presentes qué escribieron, en esencia un embuste basado en apartar algunos interrogantes, pasárselos a su esposo Pete (Ian Keith) y hacer que éste se los escriba en una pizarra que ella ve de modo subrepticio a espaldas de los espectadores. Stan está fascinado con el geek del carnaval ambulante, al cual nunca vemos, y se pregunta cómo puede un ser humano caer tan bajo, consiguiendo de respuesta de Zeena que es un tema delicado porque los susodichos son los que atraen más público y ponen en juego la dignidad de los artistas, muchos de los cuales prefieren no trabajar en una feria que los incluya dentro del programa/ cartel. El forzudo del lugar, Bruno (Mike Mazurki), tiene una relación amistosa pero hiper posesiva con su compañera de trabajo, una chica joven y muy linda que responde al nombre de Molly (Coleen Gray), de boca de la cual Carlisle se entera que el matrimonio Krumbein solía representar en teatros de vodevil un show de adivinación de alto perfil y muy exitoso basado en un código compartido secreto en el que por palabras, números y entonación vocal una persona le dice a la otra a la distancia qué dice el papel de turno para que el supuesto ilusionista lo reproduzca con los ojos vendados ante una audiencia de crédulos. Stanton comienza un romance con Zeena para tratar de obtener el código aunque su interés real es Molly, lo que lo lleva a pedir en vano que le revele el secreto y a matar de manera accidental a Pete al confundir una botella de whisky con una de metanol utilizada para quemar papel, un borracho que perdió su fama y carrera por las infidelidades de su mujer, atrapada a su vez en el sentimiento de culpa y siempre proponiéndose ingresarlo en algún tipo de rauda rehabilitación para alcohólicos. El protagonista reemplaza al fallecido y así Krumbein decide pasarle el código para recuperar aquel número de antaño con la asistencia de Molly, pero la alegría del éxito dura poco ya que Bruno obliga a Stan a casarse con la chica una vez que la desflora, encima metiéndole los cuernos a Zeena. El hombre utiliza la oportunidad para dejar atrás definitivamente la feria y probar suerte con su flamante esposa, con la que consigue una enorme fama en Chicago como un mentalista en shows para la alta burguesía, El Gran Stanton. Todo llega a un nuevo nivel cuando Carlisle conoce a una psicóloga más despiadada y maquiavélica que él, Lilith Ritter (Helen Walker), quien tiene por vicio grabar las sesiones con sus pacientes de la elite metropolitana al punto de conocer todos sus secretos, por ello Stan opta por pasar de la simple adivinación al espiritismo símil profeta de una cuasi religión sirviéndose de los datos que le suministra Ritter, con la que comienza un affaire platónico. La primera víctima importante es una veterana de gran fortuna, Addie Peabody (Julia Dean), y el segundo en caer en la trampa de la hipotética destreza para hablar con personas muertas y queridas es Ezra Grindle (Taylor Holmes), un millonario que muta de escéptico total en un converso al entregarle a Stanton un sobre con 150 mil dólares para construir un templo y prometerle que le comprará una estación de radio con el objetivo de que empiece a predicar. El asunto, de todos modos, se complica ya que Grindle desea que Carlisle materialice a una mujer que murió hace 35 años y de la que aún sigue enamorado, Dory, anhelo que resulta ser su perdición porque llegado el momento Molly, la encargada de representar al espíritu a la distancia, se sale de personaje al ver a un Ezra quebrado emocionalmente, provocando que el supuesto nigromante deba escapar de inmediato para evitar el ridículo comunal de ser denunciado como un fraude por los mismos periódicos que antes celebraban su popularidad entre una fauna privilegiada que se dividía entre detractores y auspiciantes/ devotos. Lilith para colmo muestra sus dientes al quedarse con los 150 mil dólares y entregarle un sobre con apenas 150 billetes de un dólar, amenazándolo con categorizarlo como chiflado delirante y con exponerlo ante las autoridades porque tiene una grabación de una sesión en la que él le confesó que mató a Pete de manera involuntaria y todavía siente culpa por ello. Molly y Stanton se separan y éste deriva en un vagabundo menesteroso adepto al alcohol que derrapa convirtiéndose en el geek bien grotesco de una feria a cambio de bebida y un sitio para dormir, donde de casualidad Molly lo encuentra, ella también trabajando en el carnaval, y se compromete a cuidarlo de allí en más en una relación de espejo con respecto a aquella del inicio entre los asimismo atormentados/ derrumbados/ infelices Zeena y Pete.
La realización de Goulding, un profesional que compartía muchos detalles con el guionista Furthman porque ambos venían trabajando desde el cine mudo, se pasearon por todos los géneros habidos y por haber y estaban atravesando la etapa final de sus carreras en el séptimo arte, esas que finalizarían durante los 50, retoma de una manera muy perspicaz y original una de las grandes obsesiones de la cultura estadounidense, cuna precisamente del capitalismo más desalmado y de corte imperialista, hablamos de la ambición desmedida que desencadena no sólo la autodestrucción sino la debacle en casi todo el círculo afectivo cercano de la persona en cuestión, un esquema que Callejón de la Pesadilla (Nightmare Alley, 1947) explora brillantemente porque consigue enfatizar con naturalidad el hecho de que en el criterio consensuado del darwinismo social siempre habrá un depredador más grande y peligroso que nosotros, sin que verdaderamente importe el estrato que hayamos alcanzado dentro de la pirámide plutocrática y/ o esa influencia política/ comunal/ religiosa/ cultural/ simbólica más laxa. Krumbein comienza el relato denigrada al rol de espectáculo de feria a posteriori de haber gozado de las mieles del éxito masivo en teatros de categoría pero en simultáneo esperando obtener una pequeña fortuna por el mentado código en tiempos en los que los magos, videntes, ilusionistas y adivinadores están por todos lados y la competencia es brutal, por ello resulta tan doloroso que ese tesoro de dignidad subjetiva caiga en manos de un amigo de la traición y la vieja “habilidad” de trepar a costa de todo y todos como Carlisle, de hecho una personalidad más dominante que la de Mademoiselle Zeena, tal su seudónimo escénico, quien sabe convertirse de un maestro de ceremonias intercambiable con cualquier otro a gran protagonista de un número que asimismo pasa de espectáculo de oráculo y vaticinios farsescos de autoayuda a rito semi sacro de impronta sobrenatural, mágica y hasta ocultista. El encanto lúgubre e impiadoso del film incluso complejiza este canibalismo tácito porque en última instancia sitúa a ambos personajes en el rol de pobres diablos comparados con la figura más perniciosa de todas, Ritter, cuya condición de psicóloga y femme fatale al servicio de la oligarquía de Chicago la transforma en una adalid institucional rubricada por el poder y con un grado de impunidad con el que Stanton y Zeena sólo pueden soñar, ejemplo fulminante de la soberbia, egoísmo, tenacidad y perfidia entrecruzada de ese discurso dominante que adopta la peor faceta de la ciencia, específicamente la tecnocrática y vinculada al cientificismo, para autolegitimarse en la colección de barrabasadas que comete a diario, a su vez representadas en pantalla en la perversión/ gustito de la “chamán moderna” de grabar en secreto a sus pacientes como si se tratase de una conjunción de autoridad divina y fetiche posmo con la vigilancia y el control de los sujetos a partir de la acumulación incesante de información, datos y minucias de diversa índole acerca de su vida privada. En la película el poder sobre el otro se traduce en el conocimiento del perfil particular en tanto retrato de la presa, justo como ocurre en la sociedad de la información de nuestros días a través de la infatigable indexación de datos mediante Internet destinada a la manipulación del prójimo y garantizar su sometimiento cual animal domesticado mediante un engaño conductivista. La película además supera el marco de relato moral clásico a lo cuento de hadas para adultos ya que pone en entredicho vía el realismo sucio la superficie reluciente de un arte y/ o entretenimiento popular que gusta de pensarse elevado, importante o perfecto en su montaje pero que a diario incluye atrocidades como los geek shows de antaño o esos equivalentes conceptuales del presente, pensemos en la pompa hueca escapista del mainstream o en el amarillismo y el periodismo partidista de hoy en día. A diferencia de gran parte del film noir, el opus de Goulding ofrece un trabajo actoral muy parejo y en verdad excelente, destacándose lo hecho por el inefable Power, quien dota de un humanismo contradictorio desesperado a Carlisle, y el estupendo desempeño de Walker, Blondell, Gray, Keith y el querido Mike Mazurki como Bruno, ejemplo de la rusticidad conservadora aunque solidaria de la Gran Depresión. Entre escenas magníficas como las del tarot de Zeena y aquella en la que Stan se apalabra a un alguacil rural (James Burke), la película indaga en un envilecimiento por codicia y poder que no sólo lleva a la ruina sino que enloquece y nos deja a merced de los psicópatas más perversos del enclave público, diletantes de un ventajismo ultra nefasto que se entremezcla con la ceguera, el espionaje, la publicidad, la ensoñación y la prestidigitación más burda…
Callejón de la Pesadilla (Nightmare Alley, Estados Unidos, 1947)
Dirección: Edmund Goulding. Guión: Jules Furthman. Elenco: Tyrone Power, Joan Blondell, Coleen Gray, Helen Walker, Taylor Holmes, Mike Mazurki, Ian Keith, James Burke, Julia Dean, Chet Brandenburg. Producción: George Jessel. Duración: 111 minutos.