El Día de la Bestia

Un apocalipsis cojonudo

Por Emiliano Fernández

Para aquellos que crecimos en la década del 90 y estábamos inevitablemente empapados de primera mano en la cultura y el sentir del período El Día de la Bestia (1995), el segundo largometraje de Álex de la Iglesia después de Acción Mutante (1993) y el magistral corto Mirindas Asesinas (1990), ocupa un lugar muy especial en nuestro corazón cinéfilo no sólo porque terminó de revelar el talento de su director y guionista sino también debido a que sintetiza de manera cristalina tres factores o procesos históricos que ya para mediados de la década se percibían en distintos aspectos de la sociedad globalizada de aquella etapa, a saber: la película en primer lugar refleja la que quizás sea la mayor cúspide mundial en términos de popularidad y variedad/ riqueza -aunque no tanto de calidad, a decir verdad, ya que la susodicha era muy errática- del heavy metal, un género que había nacido a fines de los 60 con el primer hard rock y se había estancado durante la primera mitad de los 70 para finalmente volver a renacer en el segundo lustro de la década bajo los aires renovados del nihilismo del punk, derivando eventualmente en la nueva ola de los 80 y una subdivisión en una multiplicidad de subgéneros hermanados pero antagónicos como el trash, el glam, el power, el groove, el funk, el stoner, el black, el death, el gótico, el doom y el más exitoso de todos en los 90, el grunge; en segunda instancia la propuesta pone en primer plano la posibilidad ya materializada de un cine de género eficaz y profesional en castellano que no funcione como simple eco lastimoso imitativo de los productos del aparato hollywoodense y que responda a necesidades, particularidades y la idiosincrasia de los hispanoparlantes, promesa que a ciencia cierta sólo se cumpliría con la carrera del propio De la Iglesia y algún que otro colega ya que la mayoría de este nuevo cine de género de América Latina y España, superación concreta de los bodrios que solían entregar las diversas cinematografías cuando se proponían escaparle al acervo arty o reproducir el exploitation foráneo, terminó derivando en copias berretas del de por sí lamentable cine norteamericano de entonces; y finalmente la película se anticipaba a la psicosis del fin de milenio en relación a ese cambio apenas numérico de 1999 a 2000, génesis de paranoia y miedos de la más amplia naturaleza fundamentalmente centrados en un apocalipsis motivado por la eclosión de algún desastre provocado -o no- por los seres humanos y el risible colapso de todo el armazón energético/ estatal/ de servicios en función de la dependencia tecnológica para con las computadoras, aún lejos del fenómeno de los hombres homologados a celulares con patas de nuestros días.

 

Regresando al responsable máximo de la faena, lo que hace a De la Iglesia y su producción tan queribles y tan humanos es ese constante subibaja cualitativo que nos reenvía a otras épocas del séptimo arte en las que la profesionalidad del artesano y sus marcas autorales no siempre implicaban trabajos memorables sino que más bien empardaban al cine a cualquier otro oficio de la sociedad en el sentido de la dialéctica de jornadas gloriosas, algunas de medio pelo y otras ni siquiera ello. Así las cosas, su variopinta trayectoria puede dividirse entre trabajos excelentes en línea con la obra maestra que nos ocupa, Muertos de Risa (1999), La Comunidad (2000), Crimen Ferpecto (2004), Balada Triste de Trompeta (2010), El Bar (2017) y Perfectos Desconocidos (2017), otros correctos y no mucho más, pensemos en la ya citada Acción Mutante, Perdita Durango (1997), Las Brujas de Zugarramurdi (2013), Mi Gran Noche (2015) y La Habitación del Niño (2007), su entrega para el especial televisivo Películas para no Dormir basado en la legendaria Historias para no Dormir (1966-1968-1982), de Narciso Ibáñez Serrador, y finalmente los menos interesantes que sin embargo tampoco son descartables porque continúan superando por mucho a la basura impersonal e intercambiable que domina el entretenimiento masivo de prácticamente todo el planeta desde las postrimerías del Siglo XX hasta nuestro presente, ejemplos de estas odiseas semi fallidas del realizador vasco son 800 Balas (2002), Los Crímenes de Oxford (The Oxford Murders, 2008) y La Chispa de la Vida (2011), amén de un documental apenas simpático sobre Lionel Messi, Messi (2014), y de una serie reciente para HBO en la que pretendía abarcar mucho más de lo conveniente, la caótica y desproporcionada 30 Monedas (2020). Sin embargo El Día de la Bestia continúa conservando una personalidad muy propia, bien característica, dentro de la carrera de De la Iglesia no sólo porque representa una de sus joyas profesionales sino porque constituye su mejor trabajo dentro de la comarca de lo que podríamos definir como el horror puro y duro, ese que sobrevoló todo su derrotero como realizador y guionista, casi siempre más cerca de la comedia negra que del terror, recordemos para el caso que cuando el señor quiso retomar el género en términos más de “pureza formal” no consiguió llegar de nuevo a esta cima y prueba evidente de ello son La Habitación del Niño, Las Brujas de Zugarramurdi y la misma 30 Monedas, en la que incluso hizo todo lo posible -y de modo explícito- para recuperar el sustrato teológico, las conspiraciones, esa algarabía truculenta y las múltiples ironías de El Día de la Bestia.

 

El sacerdote vasco Ángel Berriatúa (Álex Angulo), perteneciente al Santuario de Aránzazu, es un catedrático de teología que lleva 25 años estudiando el Apocalipsis de San Juan, el Evangelista, y descubrió que el susodicho es un criptograma cuya solución se basa en la transcripción numérica del texto, la cual genera una fecha que el protagonista homologa con el fin del mundo, el 25 de diciembre de 1995, por ello le pide ayuda a un cura de mayor edad (Saturnino García) que inmediatamente termina muriendo cuando se le cae encima una enorme cruz. Convencido de que Madrid será la sede de una hecatombe que comienza con la llegada del Anticristo, sobre todo por la fuerte ola de delincuencia, secuestro de niños, profanaciones de tumbas y represión estatal que padece la capital del país, sumado al accionar de un grupo de extrema derecha que bajo el eslogan de “Limpia Madrid” tiene por fetiche prender fuego a menesterosos, extranjeros y vagabundos varios, Berriatúa arriba en ómnibus a la metrópoli la noche del 23 de diciembre con la intención de pecar todo lo posible para acercarse a los satanistas y descubrir el lugar exacto del nacimiento del hijo del maligno, por ello le roba las pocas limosnas a un mendigo, le saca la billetera y le niega la extremaunción a un accidentado, se consagra a escuchar heavy metal en un walkman mientras recorre las calles, empuja a un mimo hacia el vacío de una estación de metro, se lleva una valija roja de un viajante, raya la pintura de automóviles estacionados y en esencia se obsesiona con mantener contactos con posibles adeptos de Lucifer como un tipo que reparte volantes (Javier Manrique), quien le entrega uno sobre una conferencia acerca de las profecías de Michel de Nôtre-Dame alias Nostradamus, o el empleado gordinflón de una disquería especializada en metal, José María (Santiago Segura), quien le recomienda una pensión familiar, la de su parentela, para pasar la noche luego de que el hilarante cura pecador le mostrase un trozo de papel con una lista de bandas supuestamente infernales, Napalm Death, Iron Maiden y AC/DC, y el metalero le entregase un cassette con un demo de una agrupación de la que es fanático, Satánnica. En la pensión lo recibe la empleada de turno, Mina (Nathalie Seseña), cuya violenta e insoportable jefa, Rosario (Terele Pávez), es la progenitora de José María, y así antes de irse a dormir el religioso fuma un cigarrillo por primera vez en su vida y se quema las plantas de los pies marcándose en ambos una cruz. Berriatúa le pega con una plancha en la cabeza al encargado de seguridad de una librería (Enrique Villén) y roba un libro de un charlatán televisivo que hace las veces de conductor de La Zona Oscura, un programa de adivinación, ciencias ocultas y esoterismo para las masas, el italiano Ennio Lombardi alias Profesor Cavan (Armando De Razza), el cual deduce sabrá cómo convocar a Mefistófeles para que le diga el sitio del nacimiento del Anticristo. En la pensión se reencuentra con José María, quien se quiere coger desde hace tiempo a la putona/ inocentona de Mina, y conoce al abuelo nudista y ya senil del metalero (el mítico doble de escenas de riesgo Manuel Santamaría alias Ray Pololo), quien se pasea con la pija al aire adelante de todos, y pronto el cura y su flamante amigo y compinche se ponen manos a la obra para secuestrar a Cavan cuanto antes y obligarlo a realizar el ritual de pacto demoníaco luego de un programa en el que presenta un exorcismo realizado por él mismo sobre un niño poseído de once años, Juan Carlos Cruz (Jimmy Barnatán). Ángel sigue a Lombardi hasta su lujoso y bizarro departamento y lo golpea con la maza de un gong, atándolo después a un gato ornamental mesopotámico y torturándolo a bastonazos recurrentes hasta que accede a realizar la ceremonia sacrílega, la cual incluye dibujar un pentágono en el suelo y conseguir una daga, un hongo como los psicotrópicos que lleva siempre consigo José María y una copa con cuatro hostias consagradas y ungidas en la sangre de una doncella. Primero considera utilizar la hemoglobina de Susana (Maria Grazia Cucinotta), la amante de Cavan que cae de repente en el lugar y también termina como rehén, pero como ya dejó de ser virgen hace rato el sacerdote marcha a buscar la sangre de Mina, a quien droga con un ansiolítico en el café en una situación que lo lleva a asesinar a Rosario al empujarla por sobre la baranda y hacia el vacío de la escalera después de que la veterana, viuda de un miembro de la Guardia Civil, le disparase con una escopeta en una oreja y lo persiguiese a golpes por toda la pensión. Con el arma de por medio Cavan acepta llevar a cabo el pacto y efectivamente se aparece Belcebú bajo la forma de un macho cabrío que se para en dos patas, no obstante Berriatúa sigue sin saber la localización del “gran evento gran” y apenas si tiene entre sus manos un mensaje burlón del Diablo, “esto no es un juego”, producto de la quema del papel con el acuerdo con el paladín del averno. La policía se presenta por el secuestro de Lombardi y los tres huyen a través de un cartel luminoso de Schweppes pero un ataque de risa del psicótico de José María genera que el conductor televisivo caiga sobre un techo intermedio, lo que lleva al cura a obsesionarse primero con un conferenciante argentino sobre Nostradamus (Daniel Cicare) y luego con el recital de unos Satánnica que en realidad son Def Con Dos, autores además del disfrutable leitmotiv homónimo de cierre, provocando un tiroteo en el que mueren acribillados unos actores que interpretaban a los Reyes Magos y a posteriori una paliza en el Infierno, el boliche de turno, cuando le saca el colgante plateado de un macho cabrío a una metalera embarazada. Cavan logra contactarse con el dúo a través de la TV y le pasa el dato a Ángel de que la firma de Satanás es equiparable a la Puerta de Europa o Torres KIO, dos célebres edificios de oficinas inclinadas por aquella época aún en construcción, y así se enfrentan a las huestes del maligno, aquellos fascistas inmundos de Limpia Madrid, en una batalla en la que José María muere arrojado desde las alturas, Lombardi termina con quemaduras de tercer grado en la mitad del cuerpo y el clérigo acumula más cicatrices que pecados cometidos en esta Nochebuena en estado salvaje, amén de la muerte del Anticristo, su padre y sus secuaces.

 

Mientras que por un lado la película retoma un motivo paradigmático del cine de género desde tiempos remotos, ese sacrificio que empezó siendo desinteresado y de a poco fue mutando hacia la comarca del antihéroe, de allí el sustrato socarrón de la premisa de base con un religioso supuestamente consagrado al bien común de impronta cristiana pero recayendo por necesidad en una andanada de conductas algo “reprobables” como todas las que desfilan por la pantalla, por el otro lado el film logra la colosal proeza de conjugar la ironía contracultural de fondo desde la arquitectura del horror clásico demoníaco aunque sin dejarse llevar por lo que podría haber sido el lugar común, léase un relato desaforado en el que el cura protagonista derivase en caricatura del reprimido sexual y/ o beato peligroso típico de la Iglesia Católica, un esquema retórico/ narrativo/ ideológico en el que domina, como afirmábamos con anterioridad, ese terror gloriosamente fundamentalista a lo Clase B que le permite asomarse por la ventana a una sátira que le escapa al simple o redundante trasfondo piadoso para hablarnos de las sociedades multiculturales, fragmentadas y por demás complejas de nuestros días; en especial si consideramos que el hippismo de los 60 quedó en el olvido o mutó en una new age baladí e inofensiva de psicólogos, curanderos, manuales de autoayuda, yoga, dietas y veganos de cartón pintado, el nihilismo de los 70 y toda su violencia terminó licuándose en el cinismo posmoderno de las burbujas hogareñas burguesas y masas de pobres sumisos y aquel consumismo ochentoso marca registrada, ya en última instancia, devino en un marketing cada día más tecnocrático, biopolítico y maquiavélico manipulador que recopila datos sobre los sujetos como si se tratase de tesoros o la llave misma al intelecto de los vasallos atomizados de las cúpulas capitalistas, cuya ambición y egoísmo sólo se equipara a un eficientismo berretón que siempre trastabilla en el ridículo de la praxis concreta, lejos de los mapas actitudinales que trazan a partir de la información fría orientada a la publicidad, a la segmentación y a la influencia sobre los colectivos comunales. No es para nada una casualidad que en El Día de la Bestia, ejemplo sublime de la cultura subversiva de su tiempo y aquella escena alternativa de los años 90, los villanos sean unos plutócratas delirantes, sádicos, xenófobos, antipobres y racistas de extrema derecha que son tranquilamente homologables a la llegada del mentado Anticristo, unos súbditos de Mefistófeles que parecen funcionar como un augurio de los nuevos partidos políticos del nuevo milenio y esos nuevos “líderes” del campo empresario, militar y neopopulista estafador que ocuparían de a poco las principales administraciones del planeta cual chiste sin gracia en torno al hecho de que el ser humano siempre se encarga de que las cosas estén aún peor que antes y que la espiral de degradación social/ económica/ cultural/ estatal no tenga un límite prefijado. Más allá de su maravilloso desarrollo y la serie de escenas memorables como la introducción en la iglesia, los créditos iniciales con la llegada a Madrid, el primer encuentro con José María y su querido latiguillo “qué fuerte”, la secuencia del robo del libro de Cavan, los diversos episodios en el departamento del embaucador de televisión, las intervenciones de la pechugona hermosa de Maria Grazia Cucinotta, por cierto gozando de gran fama internacional a raíz de El Cartero (Il Postino, 1994), de Michael Radford, la cruenta arremetida en la pensión para sacarle sangre a Mina, aquella invocación diabólica, la fuga vía el cartel de Schweppes, todas las persecuciones y masacres subsiguientes y desde ya el excelso remate en la Puerta de Europa; el film de por sí se destaca por incorporar elementos propios del devenir español, como por ejemplo el esperpento o humor grotesco de cadencia berlangiana o almodovariana, los dos padres simbólicos del amigo Álex, y otros ajenos que se hacen muy evidentes en materia de una claustrofobia citadina en donde el mal es una sensación omnipresente que sólo se puede anular formando parte de él y saboteándolo desde adentro aunque a costa de la cordura, la paciencia, la disposición sexual y hasta los afectos cercanos de un adalid social que deriva en misántropo extremo, algo que sin dudas remite a la Trilogía de los Departamentos de Roman Polanski, hablamos de Repulsión (1965), El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968) y El Inquilino (Le Locataire, 1976), a lo que se agrega un epílogo de victoria parcial y muy melancólica cercano al ideario del gran John Huston, en sintonía con El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948) y El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), porque los dos antihéroes sobrevivientes, Berriatúa y Lombardi, se quedan en soledad, transformados en mendigos, extrañando al metalero y sin poder comentarle a nadie acerca de su valentía en semejante epopeya en pos de evitar un apocalipsis cojonudo y avasallador, con el presentador de TV para colmo siendo testigo del canibalismo de los medios de comunicación al enterarse de ese eventual reemplazo delante de cámaras en la piel de José Miguel Monzón Navarro alias El Gran Wyoming, quien luego se luciría en Muertos de Risa y el extraordinario debut como director de Segura, Torrente, el Brazo Tonto de la Ley (1998). Resulta innegable la fuerza e inventiva de la fotografía de Flavio Martínez Labiano y del guión de De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría, su socio de siempre, sin embargo es el desempeño del elenco quien le da una pátina de paradójica humanidad a estos tres chiflados filtrados por el ácido de la contracultura más efervescente, empezando por el genial Segura, pasando por el medido y brillante Angulo y finiquitando en un Armando De Razza que ya había colaborado con otro gigante del acervo español, Carlos Saura, en ¡Ay, Carmela! (1990). El carácter camaleónico del mal engendrado por los seres humanos y su contracara, una solidaridad anarquista entre los marginados y apóstatas más lúcidos del enjambre social, constituyen las dos facetas de una aventura tan enajenada como apasionante que le escupe en el rostro a tantas faenas navideñas bobas, descafeinadas y/ o mediocres para oligofrénicos que no conocen otra cosa que el mainstream escapista…

 

El Día de la Bestia (España/ Italia, 1995)

Dirección: Álex de la Iglesia. Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría. Elenco: Álex Angulo, Santiago Segura, Armando De Razza, Terele Pávez, Nathalie Seseña, Maria Grazia Cucinotta, Saturnino García, El Gran Wyoming, Ray Pololo, Enrique Villén. Producción: Claudio Gaeta, Andrés Vicente Gómez y Antonio Saura. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 10