Ánimas Trujano

El agua puerca no quita la sed

Por Emiliano Fernández

Si para el público en general resulta casi imposible recordar a cualquier actor asiático por la distancia cultural, esa vagancia típica del advenedizo de pocas luces y la clara confusión en materia de rostros y nombres, en el caso de los cinéfilos de ley, esos que supuestamente hacen un esfuerzo un tanto mayor para tener presentes a intérpretes conocidos o repetidos, el asunto no mejora sustancialmente porque esa misma diferencia simbólica/ idiomática/ estética/ cultural opera de manera decisiva hasta el punto de que toda obra memorable oriental cuenta con el rango de anomalía o excepción a ojos de los también despistados en cuestión. Por otro lado, los que estamos acostumbrados a ver cine asiático de toda la vida sí conocemos a muchos actores pero resulta indudable que el intérprete de ojos rasgados más famoso en Occidente es, fue y será Toshirô Mifune, un profesional realmente excelente que quedó prendido de la memoria emotiva de los amantes del cine porque fue el actor fetiche de la primera etapa de la carrera de Akira Kurosawa, el cineasta que popularizó el acervo oriental en todo el mundo a mediados del Siglo XX. La sociedad entre el director y Mifune estaba basada en una amistad que arranca en la década del 40 y finiquita a mediados de los 60 no tanto por razones particulares vinculadas a una clásica batalla de egos sino por el distanciamiento profesional que trajo el tiempo, con Kurosawa volcándose a propuestas más ambiciosas que las de los comienzos y con el actor sucumbiendo ante las entendibles ansias de estrellato internacional, amén del carácter perfeccionista del realizador y diversos problemas personales y económicos que ambos atravesaron durante los 60 y los hicieron tomar caminos separados luego de 16 joyas en conjunto que marcaron a generaciones y generaciones de espectadores de todo el planeta, hablamos de El Ángel Ebrio (Yoidore Tenshi, 1948), Duelo Silencioso (Shizukanaru Ketto, 1949), El Perro Rabioso (Nora inu, 1949), Escándalo (Shubun, 1950), Rashomon (1950), El Idiota (Hakuchi, 1951), Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), Crónica de un Ser Vivo (Ikimono no Kiroku, 1955), Trono de Sangre (Kumonosu-jo, 1957), Donzoko (1957), La Fortaleza Oculta (Kakushi-toride no San-akunin, 1958), Los Canallas Duermen en Paz (Warui Yatsu hodo yoku Nemuru, 1960), Yojimbo: El Guardaespaldas (Yojinbo, 1961), Sanjuro (Tsubaki Sanjuro, 1962), El Cielo y el Infierno (Tengoku to Jigoku, 1963) y Barbarroja (Akahige, 1965), último eslabón de una comunión artística irrepetible como pocas del séptimo arte.

 

Ahora bien, los esfuerzos del intérprete por posicionarse como actor internacional fueron muy erráticos y abarcaron desde obras estupendas en sintonía con Grand Prix (1966), de John Frankenheimer, Infierno en el Pacífico (Hell in the Pacific, 1968), de John Boorman, El Sol Rojo (Soleil Rouge, 1971), de Terence Young, Traficantes de Poder (Winter Kills, 1979), de William Richert, y la recordada miniserie Shogun (1980), creada por James Clavell para la NBC, hasta films entre dignos, desparejos y deficitarios como por ejemplo Tigre de Papel (Paper Tiger, 1975), de Ken Annakin, Midway (1976), de Jack Smight, 1941 (1979), de Steven Spielberg, La Espada de Bushido (The Bushido Blade, 1981), de Tsugunobu Kotani, El Desafío (The Challenge, 1982), también de Frankenheimer, y La Sombra del Lobo (Shadow of the Wolf, 1992), de Jacques Dorfmann y Pierre Magny. Lo más curioso del caso es que su trabajo más bizarro por fuera del Japón rankea en punta entre lo mejor de su carrera, hablamos de Ánimas Trujano (1961), también conocida como El Hombre Importante, película mexicana dirigida por Ismael Rodríguez y escrita por el realizador, Ricardo Garibay y Vicente Oroná Jr. a partir de una novela de Rogelio Barriga Rivas, La Mayordomía (1951), una epopeya que junto con la citada Infierno en el Pacífico constituye una de las más grandes cúspides profesionales de Mifune, desde ya incluyendo sus convites nipones y no sólo los encarados a la par de Kurosawa sino otros varios en línea con La Espada del Mal (Dai-bosatsu Tôge, 1966), de Kihachi Okamoto, y Rebelión (Jôi-uchi: Hairyô tsuma Shimatsu, 1967), de Masaki Kobayashi. El film que nos ocupa es una fábula moral fascinante que se mueve en la frontera entre el realismo descarnado y un tono sutilmente farsesco símil comedia negra o sátira social que tiende a la hipérbole para precisamente aprovechar el histrionismo, la ciclotimia y la visceralidad de un genio de la actuación como el amigo Toshirô, aquí doblado a la perfección por Narciso Busquets e insólitamente componiendo al indígena mexicano del título, un hombre supersticioso, vago, pendenciero, borracho, soberbio, jugador, putañero, caprichoso, mantenido por su familia, adepto a golpear a sus críos y su mujer, siempre tendiente a dilapidar los ahorros del hogar y por sobre todas las cosas un tanto mucho loquito y deseoso de ser respetado y admirado aunque sin jamás darse cuenta de que debería realizar alguna acción desinteresada para que el grueso del vulgo, ese del cual pretende ganarse su volátil cariño, efectivamente lo quiera.

 

Vale aclarar desde el vamos que la película no posee una historia tradicional de por sí sino que toma la forma de una serie de viñetas que van pintando la personalidad del protagonista y el callejón sin salida que él solito se construyó a escala de su vida privada y pública. Así las cosas, la odisea comienza con la ignota enfermedad y muerte del hijo más pequeño de Trujano, señor casado con Juana (Columba Domínguez), una fémina muy trabajadora que siempre lo respalda a pesar de la catarata de vejaciones a la que la somete junto al clan en su conjunto, y padre de cuatro vástagos más, dos hembras de corta edad, una adolescente, la bella Dorotea (Titina Romay), y el varón restante, Pedrito (Pepe Romay). Allí luego de una procesión y el entierro se acostumbra comenzar con el velatorio, el cual incluye alcohol, danza y un ambiente de fiesta que celebra la vida del difunto y no simplemente llora su muerte, pero el egoísmo de Ánimas lo lleva a sentir celos de Tadeo (Antonio Aguilar), una figura respetada en la aldea en cuestión del Estado de Oaxaca que recientemente fue nombrada Mayordomo por el párroco del pueblo, un título que equivale al de organizador y financista de una retahíla de festividades populares, tanto sacras como profanas, que se llevan a cabo a lo largo del año entre la comunidad aborigen, las Mayordomías, siendo de hecho el Mayordomo el hombre de mayor solvencia moral y económica a la vista de todos porque coordina las misas, los banquetes, los fuegos artificiales y los bailes asociados con el mezcal y las flores. Luego de una pelea termina expulsado del funeral de su hijo por belicoso y hasta rechazado por su amante, la prostituta del lugar, Catalina (Flor Silvestre), quien incluso prefiere a Tadeo. Su esposa lo convence de trabajar en la mezcalera del latifundista vernáculo, El Español (Eduardo Fajardo), cuando pierde su poco dinero a las cartas apostando con un tendero/ almacenero (Luis Aragón), no obstante hace que echen a toda su parentela cuando descubre que Dorotea tuvo sexo con el joven hijo del oligarca, Belarmino (Juan Carlos Pulido), catalizador de un episodio violento en el que le clava un rastrillo en el estómago al muchacho y a otro hombre al extremo de que lo sentencian a un año de prisión. Necesitados de 1500 pesos para la fianza, la mujer y su familia trabajan en simultáneo prácticamente todo ese año para juntar el dinero pero a último momento, cuando faltaba un mes para que se cumpliese la condena, Juana opta por comprar un terreno que ella había heredado de su padre y Trujano malvendió, dilapidando a posteriori el capital resultante. Dorotea queda embarazada del encuentro con Belarmino y nace un nene bien blanquito símil colono/ criollo que no se parece en nada a los indígenas, lo que lleva a la chica a dejarle el crío a su madre y marcharse con un pretendiente que hasta hace poco tiempo Juana rechazaba, Carrizo (Jaime J. Pons), un joven analfabeto adepto al vino que no trabaja y pone de condición para llevarse a la adolescente precisamente abandonar al purrete para no caer en el ridículo social por el temita del color de piel. Ánimas sale libre y se entera de que su mujer prefirió la tierra por sobre el marido y así recupera el dinero, golpea a la hembra y se va con la meretriz, con quien se la pasa de juerga en juerga hasta que pierde todo en una pelea de gallos, incluyendo por supuesto una Catalina que se esfuma rápidamente. Trujano experimenta un colapso nervioso y se ofrece a pactar con Belcebú pero debe conformarse con un supuesto encantamiento de un brujo ocasional (José Chávez) que le birla un puñado de gallinas y no le resuelve sus múltiples problemas existenciales, esos que nuevamente pretende solucionar vía otro manotazo de ahogado, en este caso vendiéndole el bebé a El Español, quien desea criar otro vástago y le entrega un manojo de billetes que el protagonista a su vez destina a postularse como el próximo Mayordomo. Ya situado en la posición de liderazgo que tanto anhelaba, se da cuenta de que a pesar de los cuantiosos gastos de las Mayordomías nadie lo quiere de verdad y el pueblo en su conjunto lo ningunea, por ello arma un nuevo escándalo y cuando se marchaba con Catalina su esposa la mata clavándole un hierro puntiagudo en el abdomen. Ánimas por fin aprende la lección, bajo consejo de su compadre (Amado Zumaya), y opta por el sacrificio haciéndose cargo del asesinato para salvar a Juana y corriendo a entregarse a las autoridades debido a que sabe que podría arrepentirse porque ya conoce de primera mano el infierno carcelario.

 

La película de Rodríguez, un cineasta muy prolífico que comenzó trabajando en la Época de Oro del cine mexicano y tuvo de actor fetiche al malogrado Pedro Infante, intérprete legendario del país azteca que moriría en un accidente aéreo en 1957, recupera el tópico indígena, los arrebatos melodramáticos y la coyuntura de la aridez y la pobreza de Oaxaca de su otra obra conocida en el circuito cinéfilo internacional, Tizoc: Amor Indio (1957), film que ganó el Globo de Oro a Mejor Película Extranjera y por el que Infante se llevó el premio a Mejor Actor en el Festival de Cine de Berlín de la mano de su maravillosa interpretación del aborigen del título. El realizador reconoció que de estar vivo Infante hubiese sido el protagonista de Ánimas Trujano, en suma aprovechando la situación para ambicionar sin límite alguno y ofrecerle el rol protagónico a un Mifune muy requerido que venía de rodar el exitazo Yojimbo: El Guardaespaldas y pronto retornaría al Japón para la secuela de la anterior, Sanjuro, intérprete que quedó fascinado con la cultura mexicana, la visión y la rigurosidad de Rodríguez y un personaje que se entroncaba con el apego de Toshirô de siempre hacia los antihéroes y los seres atormentados en una etapa en la que Hollywood, por ejemplo, todavía seguía preso de las fórmulas escapistas más acartonadas, delirantes y vetustas fascistoides, por ello la industria estadounidense reconoció el carácter rupturista y “exótico” de la faena y decidió ponderarla con nominaciones respectivas al Oscar y al Globo de Oro en la categoría de Mejor Película Extranjera. El film recupera dos motivos paradigmáticos del arte y el cine en particular, nos referimos en primera instancia al parasitismo intra familiar en plan de metáfora para con el todo social, por ello la espiral de autodegradaciones de Trujano se contagia primero a su clan y luego a una comunidad que lo rechaza cual cáncer que pide a gritos ser extirpado de una buena vez, y en segundo lugar a la idea plutocrática de comprar el respeto, el prestigio o el cariño de los semejantes como si el dinero fuese en serio sinónimo de sinceridad y no de la hipocresía pancista de quien ve una oportunidad de sacarle unos morlacos a un bobo con billetes y monedas en sus bolsillos, típica conducta de la burguesía para con sus amos de las cúpulas sociales pero no tanto de las clases populares que priorizan sus afectos por sobre el vil metal, por ello los aldeanos no caretean un amor o una deferencia que no sienten y prefieren explícitamente ningunear al insoportable de Ánimas, un ingenuo que “compra” la mentira de clase media de turno y piensa que repartiendo dinero se ganará la consideración de unos iguales a los que avergonzó con su autovictimización cíclica, sus rabietas y su orgullo inflado al nivel de funcionar en la praxis familiar y regional como un dictador payasesco al que nadie admira ni teme, eje más de indiferencia que de odio como le aclara su compadre en los minutos finales del metraje. Es el personaje de Zumaya el que sintetiza la filosofía de la película a través de dos proverbios que reproduce para tratar de convencer al protagonista de que no se sienta derrotado durante las Mayordomías y en especial no se fugue otra vez con Catalina, “el agua puerca no quita la sed” y “los burros del mismo pelo siempre andan trotando juntos”, lo que viene a simbolizar por un lado su adicción al alcohol, el juego, el sexo extramatrimonial, el narcisismo patético y los placebos religiosos o fantásticos, como por ejemplo los santos, el agua bendita, un imán, los rezos o hasta los sortilegios o rituales demoníacos, y por el otro lado la tendencia de Trujano a juntarse con otros parásitos sociales como él, en este caso la prostituta que siempre corre detrás del macho con más efectivo o poder sin que le importe en lo más mínimo quién sea en cada momento. La carga alegórica del guión, asimismo apuntalada en la gloriosa fotografía de Gabriel Figueroa y el excelente desempeño del resto del elenco, pone en interrelación el masoquismo del adalid de la bohemia bucólica y tontuela de Mifune y cierto sadismo que recorre de punta a punta el relato y que queda en primer plano en las golpes a Juana y Pedrito, la avanzada furiosa contra Belarmino y aquel arañazo en la espalda que le dedica a la traicionera de Catalina, amén de una circularidad narrativa que abre y cierra el periplo con sendas muertes, la del principio del inocente y muy trágica y la del desenlace orientada a una purga que elimina al indeseable, Ánimas, al tiempo que le da una segunda oportunidad a escala ética prosaica…

 

Ánimas Trujano (México, 1961)

Dirección: Ismael Rodríguez. Guión: Ismael Rodríguez, Ricardo Garibay y Vicente Oroná Jr. Elenco: Toshirô Mifune, Columba Domínguez, Flor Silvestre, Pepe Romay, Titina Romay, Amado Zumaya, José Chávez, Eduardo Fajardo, Antonio Aguilar, Juan Carlos Pulido. Producción: Ismael Rodríguez. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 10