Paul Muni, nacido Frederich Meshilem Meier Weisenfreund en lo que en la actualidad es Ucrania, comenzó y finalizó su carrera en su verdadera pasión, el teatro, y precisamente en el período intermedio encontramos su recordada producción cinematográfica, trayectoria por cierto bastante extraña por lo reducida para el dilatado promedio de los actores que trabajan en Hollywood, por el poder del que supo gozar cortesía del apego que le tenían los jerarcas de los grandes estudios y en especial por su carácter de intérprete vanguardista que llevó al extremo su preocupación por el realismo de impronta camaleónica y su obsesión con la investigación previa de primera mano en lo que concierne a cada rol, sobre todo en el caso de los papeles biográficos/ basados en sucesos verídicos/ vinculados a determinadas figuras históricas, todo por supuesto mucho antes del célebre “método” del Actors Studio neoyorquino basado a su vez en el Sistema Stanislavski o estructura experimental para la actuación a partir de la reproducción sincera de emociones previas. Las dos películas que lanzaron la carrera de Muni fueron Cara Cortada (Scarface, 1932), de Howard Hawks, y Soy un Fugitivo (I Am a Fugitive from a Chain Gang, 1932), de Mervyn LeRoy, preludio celestial para una andanada de clásicos que incluyó a Corazón Mexicano (Bordertown, 1935), de Archie Mayo, Louis Pasteur (The Story of Louis Pasteur, 1936), de William Dieterle, La Buena Tierra (The Good Earth, 1937), de Sidney Franklin, La Vida de Émile Zola (The Life of Émile Zola, 1937) y Juárez (1939), ambas también de Dieterle, Canción Inolvidable (A Song to Remember, 1945), de Charles Vidor, Ángel en mi Espalda (Angel on My Shoulder, 1946), otro opus de Mayo, Embarque a Medianoche (Imbarco a Mezzanotte, 1952), de Joseph Losey, y Esclavo del Deber (The Last Angry Man, 1959), de Daniel Mann. De toda esta retahíla de obras memorables es sin duda Soy un Fugitivo la gran joya de la corona del actor porque es una realización poderosísima que no ha perdido nada de su vigencia y cuyos frenesí, naturalismo y desesperación calzan de manera perfecta con el objetivo discursivo de base, léase la denuncia en torno a la brutalidad del acervo carcelario y a un sadismo estatal que parece burlarse de modo tácito de esa pretendida “reinserción social” de los presos, misión que queda en la nada porque las cadenas y barrotes funcionan como un ámbito de profesionalización delictiva y odio fanático contra la ley y sus esbirros.
Como hizo antes y haría después en relación a Franz Schubert, Napoléon Bonaparte, Al Capone, Louis Pasteur, Émile Zola, Benito Juárez, Pierre-Esprit Radisson y Józef Ksawery Elsner, en esta ocasión Muni vuelve a encarnar a un personaje, hoy por hoy James Allen, inspirado en un individuo de carne y hueso, Robert Elliott Burns, un trabajador itinerante y veterano de la Primera Guerra Mundial con agudo estrés postraumático que fue engañado para participar en un robo y sentenciado a diez años de prisión en Georgia, lo que en el sur de los Estados Unidos de aquella época equivalía a condiciones infrahumanas vinculadas a jornadas laborales eternas, muy poca comida, palizas incesantes, enfermedades varias y una esclavitud al servicio del entramado institucional y sus caprichos, por ello se escapa del martirio y se transforma en redactor y editor de una revista de Chicago, en Illinois, pero su mujer de entonces, Emily Del Pino Pacheco, a quien en un principio le había alquilado una habitación y de la que años después pretendió divorciarse para volver a contraer nupcias con Lillian Salo, lo denuncia a las autoridades y así fue apresado y devuelto a Georgia bajo la falsa promesa de que no lo regresarían a los trabajos forzados, algo que no se cumplió y como todos los intentos de libertad condicional derivaron en ninguneo el hombre una vez más se fugó aunque ahora dirigiéndose a Nueva Jersey durante la Gran Depresión, donde escribió sus memorias, ¡Soy un Fugitivo de un Grupo Encadenado de Georgia! (I Am a Fugitive from a Georgia Chain Gang!), serializadas en 1931 en la revista True Detective Mysteries y publicadas como libro en 1932, autobiografía fundamental en lo que respecta al desmantelamiento del sistema carcelario de mano de obra esclava y en materia de lograr la libertad de Burns luego de nuevamente ser detenido en Newark y su sentencia conmutada por el tiempo cumplido bajo el yugo del Estado. La película, adaptación del derrotero del fugitivo y militante humanista en contra de esta colección de barrabasadas, respeta en gran medida el periplo real del protagonista y le permite a Muni, quien se entrevistó en repetidas ocasiones con el propio Burns, explorar la angustia detrás de semejante suplicio de nunca acabar y el miedo y la esperanza de las víctimas del atolladero de la hipocresía social en lo que atañe a la reclusión de los delincuentes y las vejaciones a las que se los somete cual laberinto kafkiano de la pérdida de la dignidad y esta desaparición de la propia identidad.
Allen regresa de la Primera Guerra Mundial ya cansado de la rutina desabrida del ejército y con la idea de abandonar su puesto tedioso como administrativo en la fábrica de zapatos del Señor Parker (Reginald Barlow) y con el objetivo de empezar a trabajar en la construcción y algún día convertirse en ingeniero, su verdadera vocación, una que descubrió al formar parte del Cuerpo de Ingeniería del enjambre castrense. El hombre en un principio retoma el trabajo de antaño para contentar a su madre (Louise Carter) y su hermano predicador, el Reverendo Robert Allen (Hale Hamilton), sin embargo con el tiempo deja atrás su vida sedentaria y empieza a recorrer el país en busca del sustento. Luego de manejar una grúa en Boston, probar suerte en Nueva Orleans, manejar un camión en Oshkosh e intentar vender en vano una condecoración belga de guerra en St. Louis, James efectivamente termina vagando, desnutrido y sin rumbo fijo en el Estado de Georgia, donde conoce en un refugio para menesterosos a un tal Pete (Preston Foster), quien lo manipula para que lo acompañe a un restaurant por una hamburguesa supuestamente gratis pero el extraño de repente saca un revólver y asalta el lugar, terminando muerto en una balacera con la policía que provoca una insólita sentencia de una década de trabajos forzados para su cómplice involuntario. Con cadenas en sus pies y siendo objeto de maltratos diarios, el protagonista comprende el martirio del sistema carcelario del sur, basado en alimentos siempre lamentables, vigilancia, sesiones de castigos, cero atención médica y trabajos pesados eternos como picar roca o levantar/ cambiar vías ferroviarias, por ello huye ayudado por los datos de un prisionero veterano, Bomber Wells (Edward Ellis), y un negro forzudo que golpea sus grilletes con un mazo, Sebastian T. Yale (Everett Brown). Luego de llegar en tren a Chicago consigue trabajo en la Compañía de Ingeniería Triestatal, en la que va subiendo posiciones de a poco a lo largo de los años siguientes mientras empieza una relación con su muy posesiva casera, Marie Woods (Glenda Farrell), quien eventualmente se entera de su condición de fugitivo, por una carta de su hermano que lee en secreto, y lo chantajea para que se case con ella, pague sus múltiples gastos y hasta le consienta sus infidelidades. El hombre se enamora de otra mujer, Helen (Helen Vinson), y cuando le pide el divorcio a Marie ésta lo denuncia y así termina arrestado y siendo objeto de una traición porque el Estado le promete el indulto si regresa a Georgia y cumple una sentencia de 90 días, algo que jamás acontece y por ello vuelve a huir a pura ansia de libertad secuestrando un camión junto a un Wells que recibe un disparo durante la persecución resultante, terrenos accidentados y mucha dinamita de por medio utilizada para cerrar caminos y volar un puente, alegoría paradigmática del film en esto de la degradación de un hombre que pasa del anhelo de construir rutas de contacto a verse obligado a destruirlas sin más. Consciente de que no puede confiar en toda la lacra institucional porque ésta pretende vengarse por cómo dio a conocer en público, hablando con periodistas, las espantosas condiciones de vida en los “grupos encadenados” del aparato carcelario/ explotador del sur estadounidense, Allen se transforma en delincuente real como bien le aclara a Helen en la última y legendaria escena de la película, cuando se presenta ante ella de noche en un garaje, un año a posteriori de la huida, para despedirse ya definitivamente y aclararle entre penumbras que ahora no tiene otra opción que el robo para subsistir y para continuar escapando de la ley, atrapado entre la paranoia, la desesperación, la miseria, la falta de paz y amigos y la estrategia de esconderse de día y viajar de noche.
LeRoy fue un director prolífico y muy heterogéneo del Hollywood Clásico que conoció el éxito con una trilogía criminal protagonizada por Edward G. Robinson, léase El Pequeño César (Little Caesar, 1931), Sed de Escándalo (Five Star Final, 1931) y Dos Segundos (Two Seconds, 1932), para luego ampliar su rango artístico y sus diversos colaboradores a través de propuestas variopintas como Tres Vidas de Mujer (Three on a Match, 1932), Las Insaciables (Gold Diggers of 1933, 1933), La Divina Gloria (Page Miss Glory, 1935), El Puente de Waterloo (Waterloo Bridge, 1940), De Corazón a Corazón (Blossoms in the Dust, 1941), La Senda Prohibida (Johnny Eager, 1941), En la Noche del Pasado (Random Harvest, 1942), Madame Curie (1943), Treinta Segundos sobre Tokio (Thirty Seconds Over Tokyo, 1944), Mujercitas (Little Women, 1949), Mundos Opuestos (East Side, West Side, 1949), ¿Quo Vadis? (1951), Señor Roberts (Mister Roberts, 1955), La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), No Hay Tiempo para Sargentos (No Time for Sergeants, 1958), El Diablo a las Cuatro (The Devil at 4 O’Clock, 1961) y Gypsy (1962), amén de faenas no acreditadas en las que intervino de una forma u otra en sintonía con El Caballero Adverse (Anthony Adverse, 1936), Ellos no Olvidarán (They Won’t Forget, 1937) y El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), en la que asimismo ofició de productor general. El señor, que ya había trabajado con Muni en las dignas El Mundo Cambia (The World Changes, 1933) y Hola, Nellie (Hi, Nellie, 1934), exprime al máximo el sustrato realista de la labor del intérprete y se luce con una capacidad de resumen a nivel narrativo que muchos colegas deberían tomar de ejemplo para no alargar innecesariamente tantos convites similares con una marcada línea política antiatropellos estatales, películas que tantas veces se olvidan o dejan de lado la verosimilitud enraizada en lo humano y en el despliegue visual minimalista que requiere la historia para concentrarse en cambio en peroratas verbales interminables, situaciones de manual o actuaciones apesadumbradas tendientes al melodrama procesal barato. El guión de Howard J. Green y Brown Holmes, con la colaboración de Sheridan Gibney, todos artesanos infatigables del período, indaga en la crueldad de un sistema policial/ jurídico/ carcelario que se despacha con toda su ferocidad contra los “ladrones de gallinas” como Allen/ Burns, a los que transforma en criminales de carrera, y definitivamente deja impune a las mafias sociales, políticas, económicas, informativas y culturales, esas que casi nunca terminan en prisión y mucho menos con los reos comunes y corrientes, así estos pobres diablos además de la privación de su libertad y de su autoestima deben comerse castigos adicionales como el hacinamiento, el hambre, los golpes y la alienación de las rutinas y del disciplinamiento exacerbado. Este fetiche de las cadenas por parte de los fascistas del entramado público se unifica en Soy un Fugitivo con temáticas como las crisis económicas sin fin del capitalismo, el crecimiento del aparato represivo, la mediocridad de los empleos burgueses del rubro servicios y el olvido que padecen los veteranos a instancias de un Estado que los usa como carne de cañón y luego los arroja a su suerte con las heridas físicas y psicológicas sin cerrar. A caballo de un ritmo frenético y una visceralidad vanguardista que resultó central a la hora de dar de baja los trabajos forzados en los 50, la faena es todo un clásico del film noir de fugas carcelarias, supervivencia en modo incógnito y denuncia para con la faceta depredadora de un gobierno cobarde y mentiroso que ataca sin piedad a sus rehenes, superando de hecho en iniquidad al peor transgresor encerrado tras las rejas…
Soy un Fugitivo (I Am a Fugitive from a Chain Gang, Estados Unidos, 1932)
Dirección: Mervyn LeRoy. Guión: Howard J. Green, Brown Holmes y Sheridan Gibney. Elenco: Paul Muni, Glenda Farrell, Helen Vinson, Preston Foster, Edward Ellis, Hale Hamilton, Louise Carter, Everett Brown, Reginald Barlow, Allen Jenkins. Producción: Hal B. Wallis. Duración: 92 minutos.