El Abismo (The Abyss)

La desesperación de tocar fondo

Por Emiliano Fernández

Ya para la época de El Abismo (The Abyss, 1989) James Cameron había demostrado que era un director capaz de entregar tanques exitosos con un ritmo atrapante, personajes muy honestos, un sustrato técnico impecable e historias que podían ser refritos del pasado más o menos lejano pero contaban con personalidad propia y un quid aguerrido innegable, basta con considerar las fastuosas Terminator (The Terminator, 1984) y Aliens: El Regreso (Aliens, 1986), planteo que desde ya deja afuera a esa trasheada absoluta llamada Piraña II: Asesinos Voladores (Piranha II: The Spawning, 1981), en sí su debut como director luego de trabajar en efectos especiales, dirección de arte y diseño de producción, a pesar de que eventualmente fue despedido durante la filmación por el productor de la faena, Ovidio G. Assonitis, quien dirigió la propuesta él mismo. El Abismo fue una obra seminal dentro de la trayectoria del director y guionista porque puso en evidencia ya de manera definitiva que muchas de las características del film que nos ocupa habían llegado para quedarse de allí en más como emblemas futuros de la producción artística del canadiense, en sintonía con el obrerismo campechano, una subdivisión férrea aunque en simultáneo naturalista del marco narrativo, un militarismo que termina siendo negado y hasta parodiado, el interés por las escenas de acción apasionantes, un gigantismo y una meticulosidad que todo lo abarcan, la obsesión con los últimos avances de la tecnología, el perfeccionismo dictatorial en materia de las condiciones de rodaje, los conflictos con los actores, unas preproducción, filmación y postproducción que se alargan mucho más allá de la pautado, las sobreexigencias en lo que respecta al equipo técnico y por supuesto la manía insistente con las profundidades del océano y los enigmas que atesoran, algo que se remonta a una fascinación primigenia de su infancia y que en pantalla quedó reflejado no sólo en la presente película sino también en la archiconocida Titanic (1997) y en los interesantes documentales Fantasmas del Abismo (Ghosts of the Abyss, 2003), exploración acerca de la tragedia y los restos del RMS Titanic, y Criaturas de las Profundidades (Aliens of the Deep, 2005), un retrato de las dorsales mediooceánicas, una especie de montaña subacuática en constante actividad volcánica, y la misteriosa fauna que allí habita entre las sombras, a contrapelo de gran parte de la vida en el Planeta Tierra y completamente privada de luz solar aunque subsistiendo sin problemas.

 

La película en sí, una epopeya descomunal para finales de la década del 80 porque toda la acción transcurre en las fosas abisales y en sets de enormes proporciones, arrastró dos tipos distintos de dificultades que con el tiempo derivaron en la versión definitiva del film, la Edición Especial de 1992, a saber: en primera instancia están los problemas en cuanto a la realización, los cuales incluyeron la construcción de tanques y la reutilización de otros abandonados de plantas de energía nuclear, las múltiples fugas de agua al llenarlos, el rodaje en lagos subterráneos, los daños en equipos por la presión de las profundidades, las dificultades para lograr una iluminación que permita ver lo que ocurre y simule la negrura del abismo del título, el diseño vanguardista en trajes y micrófonos, la necesidad de varias cámaras de descompresión subacuática, la exigencia de períodos de filmación cortos para no enfermar, numerosos episodios de casi ahogamiento entre intérpretes y equipo técnico, el incesante trasporte de oxígeno para todos los involucrados en el opus, la claustrofobia y el aburrimiento en estos sets aislados submarinos, los daños por tormentas eléctricas, la aparición de algas que reducían la visibilidad, el ataque contra las anteriores mediante cloro que a su vez quemaba la piel y emblanquecía el cabello de los actores, la irritación de los protagonistas principales, Ed Harris y Mary Elizabeth Mastrantonio, las negativas de éstos a filmar determinadas escenas bien agitadas y finalmente los problemas para completar el proto CGI en materia de la postproducción; y en segundo lugar se ubican las tribulaciones que generaron la versión coartada que llegó a las salas cinematográficas en aquel 1989, nos referimos a la presión de la 20th Century Fox para bajar el metraje de las casi tres horas originales a 140 minutos con el objetivo de incluir más proyecciones por día, la decisión del propio Cameron de reducir un derrotero dramático que acumulaba varios cuasi desenlaces y muchas lecturas posibles, el poco o nulo interés de los protagonistas en eso de acompañar la campaña publicitaria y sobre todo la incapacidad de la Industrial Light & Magic de aquel tiempo para realizar o redondear con eficacia los efectos visuales requeridos, por ello luego del exitazo internacional de Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991) el cineasta aprovechó la tecnología craneada para la secuela de la película de 1984 y reincorporó la media hora faltante, restituyéndole todo su esplendor al film en su conjunto.

 

Como casi siempre sucede en el cine de Cameron, el relato es minúsculo y responde al arco paradigmático de aquel folletín de aventuras que hace foco sobre un cuidadoso desarrollo de personajes y secuencias monumentales de tensión, peligro y combates o persecuciones. Todo comienza cuando un submarino nuclear norteamericano, el USS Montana, se topa con un objeto sumergido no identificado cerca de la Fosa de las Islas Caimán, choca contra una formación rocosa y se inunda por completo al punto de quedar varado en el lecho oceánico, lo que genera una operación militar de rescate vía un pelotón que llega en dos helicópteros al buque privado petrolífero Benthic, a su vez conectado a una plataforma de extracción en las profundidades bautizada Deepcore y comandada por el capataz Virgil “Bud” Brigman (Harris). Con la idea de encarar una misión de salvamento utilizando de base improvisada el barco, un grupo de soldados encabezados por el Teniente Hiram Coffey (Michael Biehn) baja a la Deepcore junto con la ingeniera que diseñó la plataforma, Lindsey (Mastrantonio), a su vez ex pareja de Bud, en medio de la llegada de un poderoso huracán y un incremento de los delirios bélicos con los soviéticos durante las postrimerías de la Guerra Fría. Una vez que la comitiva mixta de militares y obreros comprueban la muerte de la tripulación del Montana, Coffey recibe órdenes de su superior, DeMarco (J. Kenneth Campbell), y roba un minisubmarino para recuperar y armar una ojiva nuclear como medida preventiva ante la escalada con los rusos, sin embargo retrasa el urgente desacople con el Benthic y cuando el huracán llega para quedarse destruye una grúa conectada a la plataforma y la arrastra hacia el abismo, matando a parte de los lúmpenes subacuáticos. El segundo acto involucra una serie de contactos con la mentada civilización extraterrestre oceánica, la cual controla el líquido a gusto, cuenta con biotecnología símil robots y tiene una fisonomía a mitad de camino entre las mantarrayas y el look etéreo de los aliens spielbergianos, lo que desde ya el loquito fascista de Coffey, para colmo sufriendo paranoia por el síndrome nervioso de alta presión, interpreta como una probable amenaza roja y por ello pretende detonar la ojiva en las profundidades de la ciudad/ nave de los extraterrestres. Luego de un enfrentamiento submarino y la defunción del villano, el personaje de Harris baja para desactivar la bomba, que estaba varada en una fosa, y es rescatado a último minuto por las misteriosas criaturas.

 

La estrategia narrativa empleada por el canadiense en El Abismo sería revolucionaria en términos mainstream por la sencilla razón de que desencadenaría a posteriori una catarata de películas hollywoodenses semejantes que ya no se conformarían nunca más con una sola amenaza a lo aquel humilde exterminador de Arnold Schwarzenegger de Terminator o los xenomorfos impiadosos cual ejército de ocupación de Aliens: El Regreso, basta con pensar que la presente película multiplica los núcleos de angustia como un parque de diversiones descocado que lleva a la hipérbole la fórmula del cine catástrofe de la década del 70 o el péplum de los 50 y 60, así por un lado tenemos los interrogantes sin resolver que disparan los muchachos luminosos y azulados del fondo marítimo, a quienes se les está acabando la paciencia frente a la estupidez conflictiva de la humanidad y por ello amenazan con destruir a toda la civilización con olas colosales a menos que aflojemos con el apocalipsis nuclear a la vuelta de la esquina, y por el otro lado está la amenaza mundana de efectivamente una Tercera Guerra Mundial entre los yanquis y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ese huracán que inusualmente no recibe nombre femenino y hasta es materia de chistes al respecto, Frederick, una locura que pasa a estar simbolizada en la desorientación, los temblores, la excitación y la intolerancia del personaje de Biehn, un militarismo ochentoso imperialista que sobrepasa por mucho al susodicho y se mueve como un manto de odio y miedo por detrás de toda la faena, y finalmente las mismas inclemencias del agua, de las profundidades y de un aislamiento que le pega duro a escala psicológica y anímica a todos los obreros y militares; lo que además trae a colación el gustito de siempre de Cameron por los vínculos emocionales trágicos tanto por su fetiche apenas disimulado con el melodrama como en función de las necesidades del lenguaje narrativo hollywoodense de la pompa de una debacle más grande que la vida misma, en pantalla simbolizada en las excelentes escenas de la casi muerte de Lindsey producto de un ahogamiento concienzudo al quedar atrapada con su ex en un minisubmarino inundado, provocando su reanimación por parte del exaltado Bud en la Deepcore, y la del rescate de este último de su óbito gracias a la intervención de esos alienígenas paternalistas para con la pueril y necia humanidad aunque asimismo bondadosos y sensatos, típico deus ex machina de la ciencia ficción aventurera.

 

Cameron vuelve a demostrar su capacidad de resumen, su talento para el manejo/ balance de obras convulsionadas y su apego por el sustrato biosintético, recordemos la apariencia e implementos de las criaturas extraterrestres, y por la iconografía dramática condensada en objetos o seres muy específicos, como por ejemplo el anillo de casamiento que aún lleva en su mano izquierda Brigman a pesar de la separación y ese ratón blanco que siempre acarrea en sus hombros otro de los proletarios, Alan “Hippy” Carnes (Todd Graff), dos símbolos del sacrificio y del cariño latente o explícito, la terrorífica ojiva nuclear que el pelotón de Coffey rescata del submarino y después deja armada para “regalársela” a los rusos y/ o los bichos celestiales acuosos, representación intra relato de la capacidad destructiva y muy caprichosa de unos bípedos que parecen jamás aprender la lección, y esos aliens que pasan a sintetizar la esperanza que abre lo desconocido en una especie como la humana que necesita tanto de sueños sobre un futuro mejor como de una buena patada tácita en el culo por su idiotez y su falta de respeto hacia la naturaleza, precisamente por ello el final nos ofrece a la nave nodriza/ metrópoli de estas mantarrayas tuneadas emergiendo desde el abismo hacia la superficie y alzando a todos los buques civiles y militares y a la plataforma petrolera dentro del clásico planteo ecologista radical del canadiense, propio de un castigo implícito contra los hombres tercerizado vía las insólitas criaturas inteligentes del mar. La música de Alan Silvestri y la fotografía de Mikael Salomon son muy buenas pero como siempre en el caso de Cameron en verdad sobresalen la simpleza suprema de los diálogos y el estupendo trabajo del trío protagónico, unos Harris, Mastrantonio y Biehn a los que se nota llevó hasta el colapso nervioso como el buen sádico perfeccionista que es, aquí citando a Friedrich Nietzsche en eso de la curiosa mirada de respuesta que nos entrega un abismo vivificado al cual nos asomamos, bajándole los humos al personaje histérico femenino de turno, Lindsey, a través del sarcasmo de Lisa “Una Noche” Standing (Kimberly Scott), gran piloto de vehículos sumergibles, y en suma construyendo una odisea ampulosa y adictiva como pocas que influiría en los diseños de la saga comenzada con Avatar (2009) y marcaría un antes y un después en los blockbusters de perspectivas cruzadas acerca de la compulsión de la humanidad con tocar fondo y luego desesperarse hasta encontrar una rauda solución…

 

El Abismo (The Abyss, Estados Unidos, 1989)

Dirección y Guión: James Cameron. Elenco: Ed Harris, Mary Elizabeth Mastrantonio, Michael Biehn, Todd Graff, Kimberly Scott, J. Kenneth Campbell, Leo Burmester, John Bedford Lloyd, J.C. Quinn, Christopher Murphy. Producción: Gale Anne Hurd y Van Ling. Duración: 170 minutos.

Puntaje: 10