Al Morir la Noche (Dead of Night)

Vocación homicida sublimada

Por Emiliano Fernández

Las antologías han sido una de las grandes instituciones del cine de terror de la segunda mitad del Siglo XX en adelante por la sencilla razón de que permiten sintonizar con un amplio surtido de fanáticos con gustos y pareceres distintos en lo que atañe a qué resulta aterrador, qué despierta apenas una mínima sensación de incomodidad transitoria y qué mueve más hacia la risa que a ese miedo tan anhelado cual Santo Grial del género, desde los primeros clásicos modernos en sintonía con Tales of Terror (1962), de Roger Corman, Black Sabbath (I Tre Volti della Paura, 1963), de Mario Bava, Kwaidan (1964), de Masaki Kobayashi, Torture Garden (1967), de Freddie Francis, Spirits of the Dead (Histoires Extraordinaires, 1968), de Federico Fellini, Louis Malle y Roger Vadim, The House That Dripped Blood (1971), de Peter Duffell, Asylum (1972), de Roy Ward Baker, The Vault of Horror (1973), otra de Baker, Tales from the Crypt (1972), también del loco Francis, From Beyond the Grave (1974), de Kevin Connor, Trilogy of Terror (1975), de Dan Curtis, y The Uncanny (1977), de Denis Héroux, pasando por exponentes famosos de las décadas del 80 y 90 símil Creepshow (1982), de George A. Romero, Nightmares (1983), opus de Joseph Sargent, Twilight Zone: The Movie (1983), de Joe Dante, George Miller, John Landis y Steven Spielberg, Cat’s Eye (1985), de Lewis Teague, Two Evil Eyes (Due Occhi Diabolici, 1990), de Romero y Dario Argento, Tales from the Darkside: The Movie (1990), de John Harrison, Body Bags (1993), del dúo de John Carpenter y Tobe Hooper, Tales from the Hood (1995), de Rusty Cundieff, y Campfire Tales (1997), de Matt Cooper, David Semel y Martin Kunert, hasta faenas mucho más recientes como Three Extremes (Sam Gang 2, 2004), de Fruit Chan, Takashi Miike y Park Chan-wook, Trick ‘r Treat (2007), de Michael Dougherty, V/H/S (2012), de Ti West y otros nueve cineastas, All Hallows’ Eve (2013), de Damien Leone, Tales of Halloween (2015), de Darren Lynn Bousman y un pelotón de diez realizadores más, Southbound (2015), de Roxanne Benjamin y otros siete directores, Ghost Stories (2017), de la dupla de Jeremy Dyson y Andy Nyman, Nightmare Cinema (2018), de Dante, Alejandro Brugués, Mick Garris, Ryûhei Kitamura y David Slade, y The Mortuary Collection (2019), de Ryan Spindell; todas obras que demostraron cuánto bien le hace al género el remate furioso extrapolado del cuento corto del enclave literario ya que gran parte de la eficacia en la comarca de los sustos y los gritos depende de la originalidad, fuerza o visceralidad de ese último golpe a las entrañas o al intelecto del espectador circunstancial.

 

Ahora bien, pocos cinéfilos y amantes del horror en general saben que la película que sentó las bases del formato de la colección de relatos audiovisuales del espanto fue la británica Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), producida por los míticos Ealing Studios y dirigida por Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer, film que entre los conocedores rankea en punta como uno de los mejores exponentes del andamiaje de las antologías tanto por la calidad de las historias como por su enorme influencia a posteriori y el marco englobador que los directores han sabido darle a los cuentos, léase un interesante popurrí de sueños, ficciones recreativas y crónicas de incidentes que les ocurrieron a los personajes dentro de un bucle temporal destinado a repetirse incesantemente cual pesadilla de un durmiente que no consigue despertar de su mazmorra onírica/ subconsciente/ etérea. Repasemos un poco la carrera de cada director de la antología: Cavalcanti fue un brasileño errante especializado en documentales que trabajó mucho en Europa y cuyas únicas dos películas ficcionales conocidas fueron la presente y They Made Me a Fugitive (1947), un clásico menor del film noir; Crichton es sin duda el más célebre del lote porque dirigió varias de las comedias por las que fueron conocidos mayormente los Ealing Studios en su época como Hue and Cry (1947), The Lavender Hill Mob (1951) y The Titfield Thunderbolt (1953), señor que se perdió su desembarco en Hollywood al ser echado por Burt Lancaster de Birdman of Alcatraz (1962), la cual terminaría siendo dirigida por John Frankenheimer, y que regresaría en los 80 de la mano de John Cleese y la querida A Fish Called Wanda (1988); Dearden fue un artesano hoy algo mucho olvidado que generó trabajos muy dignos y heterogéneos como el musical All Night Long (1962), la epopeya de aventuras Khartoum (1966), las comedias The Smallest Show on Earth (1957), The League of Gentlemen (1960) y The Assassination Bureau (1969), los policiales negros/ thrillers The Blue Lamp (1950), Sapphire (1959), Woman of Straw (1964) y The Man Who Haunted Himself (1970), y su obra maestra Victim (1961), sobre la demonización de la homosexualidad en Gran Bretaña; y finalmente Hamer fue un hombre torturado por su alcoholismo y su condición de gay en tiempos castradores, en el Reino Unido valorado gracias a su serie de películas criminales, hablamos de Pink String and Sealing Wax (1945), It Always Rains on Sunday (1947), Kind Hearts and Coronets (1949), The Long Memory (1953) y The Scapegoat (1959), amén de un par de comedias bien tontuelas, Father Brown (1954) y School for Scoundrels (1960).

 

El guión fue escrito por John Baines y Angus MacPhail y tiene por contexto general un periplo englobador dirigido por Dearden y centrado en una casa campestre propiedad de Eliot Foley (Roland Culver) y su esposa (Mary Merrall), quienes invitan por un fin de semana al arquitecto Walter Craig (Mervyn Johns) para que prepare los planos con el objetivo de agregar dos habitaciones más al inmueble. Craig de inmediato experimenta un déjà vu porque soñó durante la noche previa no sólo con la residencia y sus dueños sino con sus invitados de turno, un cónclave variopinto de amigos y conocidos de los Foley que incluye a Joan Cortland (Googie Withers), una mujer muy hermosa, el Doctor Van Straaten (Frederick Valk), psiquiatra y gran escéptico de todo lo sobrenatural o supersticioso, Hugh Grainger (Anthony Baird), un piloto de carreras de mediana edad, y Sally O’Hara (Sally Ann Howes), una simpática adolescente. Si bien el arquitecto se muestra consternado porque puede predecir los eventos del futuro hogareño inmediato y hasta sabe que algo horrible le ocurrirá al psiquiatra en algún momento, el resto de los presentes se muestra distendido y se dedica a narrar esos sueños, hechos o fábulas que derivan en los cuentos principales de la antología. El Conductor del Coche Fúnebre (The Hearse Driver), también de Dearden y basado en El Conductor del Ómnibus (The Bus-Conductor, 1906), de E.F. Benson, es narrado en primera persona por un Grainger que choca en una carrera y luego se la pasa viendo al personaje del título (Miles Malleson), el cual lo reclama como la parca hasta que al final opta por no subirse a un micro y así se ahorra un accidente fatal en las calles de Londres. La Fiesta de Navidad (The Christmas Party), de Cavalcanti sobre una historia original de MacPhail, corresponde a una divagación nocturna de una Sally que juega a las escondidas en una mansión inglesa con un adolescente llamado Jimmy Watson (Michael Allan) y otros niños más chicos, descubriendo un pasadizo hacia una habitación secreta donde se topa con el fantasma de un purrete asesinado por su hermanastra en 1860, Francis Kent, a quien consuela para luego enterarse del asuntillo. El Espejo Embrujado (The Haunted Mirror), de Hamer a partir de una trama de Baines, es un relato de Cortland alrededor de la metamorfosis progresiva hacia la locura de su futuro esposo, Peter (Ralph Michael), a quien le regala por su cumpleaños un espejo antiguo que perteneció a un tal Francis Etherington, quien fue pisoteado por su caballo y se volvió un inválido amargado y confinado a su cama que acusó de infidelidad a su esposa, un día la estranguló y después se suicidó adelante del espejo cortándose el cuello, por ello su presencia se traslada a Peter y el objeto refleja sin cesar aquella habitación de 1836 donde ocurrió todo, ahora con Joan desarticulando la maldición al romper el espejo cuando su marido pretendía asesinarla. La Historia del Golfista (The Golfer’s Story), de Crichton e inspirada en La Historia de un Fantasma Inexperto (The Story of the Inexperienced Ghost, 1902), de H.G. Wells, es un cuento narrado por Foley sobre dos supuestos amigos suyos, George Parratt (Basil Radford) y Larry Potter (Naunton Wayne), golfistas fanáticos que se enamoran de la misma mujer, Mary Lee (Peggy Bryan), y por ello deciden jugar un partido para resolver el dilema pero George hace trampa para ganar y Larry, creyéndose perdedor, se suicida caminando lo más tranquilo dentro de un lago para luego regresar de entre los muertos y exigirle a Parratt que abandone a la fémina, algo a lo que accede aunque ahora es Potter quien termina maldito porque no puede salir de la dimensión terrenal ya que olvidó los movimientos de manos para ello cual truco de un mago, situación que se resuelve cuando George descubre por accidente la combinación y desaparece, dejándole a la mujer al muy feliz Larry. Finalmente El Muñeco del Ventrílocuo (The Ventriloquist’s Dummy), dirigida por Cavalcanti sobre una historia original de Baines, toma la forma de un relato que desconcierta a su principal testigo de antaño, el incrédulo Van Straaten, el cual ofició de psiquiatra para la defensa en un caso judicial en el que, precisamente, un ventrílocuo llamado Maxwell Frere (Michael Redgrave) es acusado de haberle disparado a un colega, Sylvester Kee (Hartley Power), por aparentes celos profesionales a raíz de que el muñeco que utilizaba en sus shows, el tétrico Hugo, parece tener vida propia y hasta se supone que deseaba abandonarlo en pos de Kee, periplo que se desarrolla ante nuestros ojos -cual exposición indirecta y sujeta a posibles cuestionamientos- a partir de la declaración institucional en papel de la víctima y que culmina cuando el presidiario “mata” a Hugo en su celda ahogándolo con una almohada y destrozándole el rostro con pisotones aunque sin poder sacárselo de encima, porque Frere comienza a hablar como el muñeco y así pierde su personalidad humana ya para siempre.

 

Si bien Al Morir la Noche no inventó en términos prácticos el formato de la antología cinematográfica moderna, ese privilegio le corresponde a los dos clásicos del rubro de Julien Duvivier, la comedia dramática Tales of Manhattan (1942) y la odisea ya con toques fantásticos Flesh and Fantasy (1943), las cuales asimismo desencadenarían la estructura más macro de O. Henry’s Full House (1952), de Henry Hathaway, Howard Hawks, Henry King, Jean Negulesco y Henry Koster, lo cierto es que el opus de Crichton y compañía ayudaría de manera decisiva a imponer la partición retórica estándar a futuro dentro de un género como el terror que abrazó con todo el formato gracias a la catarata de películas que encararía la empresa británica Amicus Productions durante los años 70, nos referimos por supuesto a las nombradas de Francis, Duffell, Baker y Connor, y en segundo lugar gracias al trabajo de otros pioneros como Corman, Bava y Kobayashi más el éxito inesperado de aquella Creepshow de Romero con un gran guión de Stephen King, suerte de renacimiento posmoderno de una bella fórmula que asimismo se remonta al acervo de Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft, los cómics de la primera mitad del Siglo XX y las propuestas ómnibus paradigmáticas del cine italiano de las décadas del 50 y 60. Todos los latiguillos por venir se dan cita en la epopeya que nos ocupa: en el relato englobador tenemos la típica pugna entre una razón científica arrogante representada por Van Straaten y un saber animista popular simbolizado en el resto de la concurrencia, El Conductor del Coche Fúnebre juega con el futuro cliché de las premoniciones y una muerte antropomorfizada que viene a “saldar cuentas” con algún listillo que escapó a su destino de finado, La Fiesta de Navidad, incluso con su brevedad y/ o capacidad de resumen, funciona como la quintaesencia de las ficciones sobre esos fantasmas que quedan atrapados en las moradas donde fueron faenados cuando gozaban de una entidad corporal tradicional, El Espejo Embrujado parece ser el episodio que más impactó al genial Rod Serling porque gran parte de los capítulos de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964) exploran este formato de “horror o fantasía alrededor de objetos malditos”, en esta oportunidad con el espejo haciendo las veces de una alegoría acerca de la enajenación, el abuso doméstico y una suerte de celos reencarnados, La Historia del Golfista, por su parte, no sólo sintetiza el humor inglés por el que fueran conocidos los Ealing Studios sino que anticipa el recurso de casi siempre incluir un episodio de tono cómico para relajar la angustia promedio del lote de relatos en cuestión, aquí para colmo explorando el tópico de la perfidia entre amigos y además basándose en los personajes de Charters (Radford) y Caldicott (Wayne) de La Dama Desaparece (The Lady Vanishes, 1938), de Alfred Hitchcock, una dupla de obsesivos del cricket que demostraría ser muy popular y por ello el asunto derivaría en múltiples apariciones del dúo de actores reproduciendo sus personajes -aunque con otros nombres y otras características, para evitar ser demandados por plagio- en el teatro, la radio y diversas películas de los años 40, y El Muñeco del Ventrílocuo, sin duda el cuento más celebrado y recordado de todos, analiza un desdoblamiento psicopático de la personalidad y coquetea con los muñecos del averno, a la par recuperando el encanto freak de The Great Gabbo (1929), de James Cruze y Erich von Stroheim, y marcando de modo evidente a films posteriores como por ejemplo Devil Doll (1964), de Lindsay Shonteff, Magic (1978), de Richard Attenborough, Poltergeist (1982), de Hooper, Dolls (1987), de Stuart Gordon, Child’s Play (1988), de Tom Holland, Pin (1988), de Sandor Stern, Puppet Master (1989), de David Schmoeller, Love Object (2003), de Robert Parigi, Dead Silence (2007) y The Conjuring (2013), ambas de James Wan, y The Boy (2016), obra de William Brent Bell, más la citada Trilogy of Terror, varias de las realizaciones de Amicus y una infinidad de capítulos de shows televisivos en sintonía con Doctor Who, Night Gallery, The Simpsons, Tales from the Crypt, The X-Files y tres míticos episodios de La Dimensión Desconocida, The Dummy (1962), Living Doll (1963) y Caesar and Me (1964). Al Morir la Noche incluso descuella por su originalidad en el cierre del abanico narrativo, cuando de repente se corta la luz en la casa y efectivamente descubrimos que Craig cuenta con una vocación homicida que sublima en la ficción de los sueños porque no deja pasar la chance de estrangular al psiquiatra con su corbata, provocando una secuencia pesadillesca con rasgos de todos los cuentos previos que lo conduce a despertarse exaltado en el hogar que comparte con su esposa (Renée Gadd), donde recibe la llamada telefónica de un Foley que sin darse cuenta lo condena a eventualmente sucumbir ante sus impulsos asesinos en esa granja del inicio que borra el límite entre verdad e inconsciente…

 

Al Morir la Noche (Dead of Night, Reino Unido, 1945)

Dirección: Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer. Guión: John Baines y Angus MacPhail. Elenco: Mervyn Johns, Roland Culver, Mary Merrall, Googie Withers, Frederick Valk, Sally Ann Howes, Miles Malleson, Ralph Michael, Basil Radford, Naunton Wayne. Producción: Michael Balcon. Duración: 103 minutos.

Puntaje: 10