Todos a la Cárcel

Desde la memoria y el talego

Por Emiliano Fernández

El caso de la democracia española, edificada a partir de una cobardía absoluta luego de la muerte del execrable Francisco Franco en 1975, constituyó un verdadero mamarracho ya que fue sinónimo de un pacto de silencio, impunidad y olvido muy conveniente entre las diversas vertientes de la mafia política vernácula con vistas a que no sea juzgado ninguno de los múltiples crímenes cometidos por la dictadura desde su ascenso al poder en 1939, finalizada la Guerra Civil, hasta el fallecimiento del payaso reaccionario y descerebrado que gobernó al país con mano de hierro mediante una salvaje represión contra todo opositor político y toda voz disidente, estrategia que incluyó el secuestro, la tortura, la desaparición, el exilio forzado, el confinamiento en campos de concentración, la censura, el ahogamiento económico y las ejecuciones sumarias dentro y fuera del marco de la ley contra otrora militantes republicanos, minorías sociales, criminales comunes, contrincantes de índole ideológica, artistas y miembros de grupos terroristas como Euskadi Ta Askatasuna o ETA, organización orientada a la independencia del País Vasco y la formación de un Estado socialista que se desprenda del horrendo capitalismo nacionalcatólico del resto de España y su metamorfosis progresiva hacia la banalidad y el egoísmo de la sociedad de consumo. A diferencia de procesos de expiación social como los Juicios de Núremberg de 1945 y 1946, con motivo del juzgamiento de las barbaridades cometidas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, o aquel Juicio a las Juntas Militares de Argentina de 1985, castigo a los jerarcas castrenses a raíz de las masivas violaciones a los derechos humanos en ocasión del Proceso de Reorganización Nacional, los españoles encararon la Transición Democrática de 1976-1986 no sólo avalando las exenciones procesales de los funcionarios franquistas sino hasta continuando con sus políticas de represión sin que importe demasiado el nuevo marco institucional o ese cambio paulatino de conciencia de la comunidad simbolizado en las nuevas libertades y aquella primavera democrática, basta con recordar el financiamiento público durante los tristes gobiernos de Felipe González de los Grupos Antiterroristas de Liberación, un colectivo parapolicial que practicaba el terrorismo de Estado contra ETA.

 

El quid mismo de Todos a la Cárcel (1993), la anteúltima película de Luis García Berlanga, pasa por burlarse de aquella España de la consolidación democrática que por un lado seguía enterrando todo su pasado franquista y por el otro dejaba entrever algunos intentos bastante leves, aislados o directamente hiper cínicos de reivindicar a los militantes republicanos que lucharon contra el fascismo pero todavía sin prestarle nada de atención a las legiones de reprimidos y mancillados por la dictadura, suerte de reapropiación patética de la memoria popular con fines oportunistas por parte de gente que estuvo en estrecha vinculación y se llevó de maravillas con el régimen que después dijo condenar vía una jugada hipócrita en línea con el kirchnerismo argentino y sus ataques contra la dictadura militar que gobernó entre 1976 y 1983. La premisa de la película, de hecho, se resume en una fiesta/ mitin/ acto en una cárcel de Valencia organizada por una ONG denominada Paz y Libertad en supuesto homenaje a los presos de conciencia o detenidos políticos de la dictadura franquista, en realidad apenas una excusa por parte del inmundo grupo, compuesto por cierto por unos sinvergüenzas subvencionados por el Estado que pretenden gastar muchísimo menos de lo acreditado ante las autoridades públicas para quedarse con la diferencia, con el objetivo de posicionarse como una seudo vanguardia de centroizquierda a través de una pretendida cobertura televisiva del evento en tiempos de revisionismo histórico muy pero muy light, algo que se extiende hasta nuestros días en España mediante ese gesto insuficiente de la exhumación de 2019 del cadáver de Francisco Franco para ser trasladado desde el infame Valle de los Caídos, emblema de las mentiras del falangismo y su autobombo, hacia el más humilde Cementerio de Mingorrubio de Madrid. Así las cosas, todo asimismo se mezcla de manera caótica con el destino de un banquero corrupto con conexiones yanquis y en el Vaticano y pedido de captura internacional que se aloja en el presidio de turno, un tal Luigi Tornicelli (Rocco Walter Torrebruno Orgini alias Torrebruno), a quien el Centro Superior de Información de la Defensa o CESID, la mega agencia de inteligencia española, pretende liberar durante la fiesta para a su vez entregarlo a una CIA que garantizará su impunidad.

 

Sirviéndose de un guión fascinante firmado por él mismo y su hijo Jorge Berlanga, en el que cada escena abarca subescenas o diversas situaciones, chistes e ironías en simultáneo, el realizador construye una genial “no historia” sustentada en el desarrollo de personajes y centrándose en representantes paradigmáticos de la sociedad y las elites hegemónicas latinas en general: gran parte del metraje se consagra a Artemio Bermejo (José Sazatornil), empresario malhumorado y con una prótesis peneana que se dedica a la venta e instalación de sanitarios y que representa a la pequeña burguesía acomodaticia y siempre bordeando la miseria porque su motivación para asistir al mitin, el cual incluye aperitivos, pasar una noche en una celda, un partido de fútbol, algo de música y discursos solemnes para unas cámaras de televisión que tardan en llegar, se reduce a poder conversar con otro invitado, el esquivo Subsecretario de Cultura Sanitaria (Francisco Merino), para conseguir que le paguen un trabajo que le adeudan desde hace ya dos años, a lo que se suma el Director del presidio (Agustín González), quien se acuesta con un travesti y detenido por narcotráfico llamado Vanessa (David Delfín) a espaldas de la insoportable de su esposa, Chus (Chus Lampreave), el banquero maquiavélico Muñagorri (Juan Luis Galiardo), el cual entró al lugar para sobornar al Director con la meta de que facilite la huida de Tornicelli, el actor Alcaraz (Eusebio Lázaro), un gay de izquierda que se la pasa denunciando a tres bailarinas morenas cubanas anticastristas que supuestamente además son monjas, un cura comunista llamado Padre Rebollo (José Luis López Vázquez), quien fallece durante la noche en una celda compartida con algunos de los personajes citados, la dupla organizadora del evento, Quintanilla (José Sacristán) y Matilde (Marta Fernández Muro), ambos en una relación sentimental y la segunda pidiéndole una coima a Bermejo para hacer de intermediaria ante el Subsecretario, el reo Pajarito (Guillermo Montesinos), obsesionado con evadir las rejas como sea, el presidiario veterano Modesto (Manuel Alexandre), un demente deseoso de comer a montones y trincarse a las bellas cubanas, y el Ministro (Joaquín Climent), ese alto funcionario del régimen que llega para ultimar los detalles de la fuga del banquero italiano.

 

La película se aleja a conciencia de las sutilezas cáusticas del período de oro de Berlanga, aquel coronado por las extraordinarias Bienvenido, Mister Marshall (1953), Plácido (1961) y El Verdugo (1963), y del surrealismo de Tamaño Natural (Grandeur Nature, 1974) y la fábula paródica correspondiente a La Vaquilla (1985), para recuperar algo de la sátira más tradicional de la Trilogía de la Familia Leguineche, compuesta por La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982), y en síntesis para exacerbar la mordacidad del sustrato retórico promedio y volcarlo hacia una dimensión más explícita y gloriosamente chabacana aunque sin jamás perder la inteligencia, la meticulosidad y la estructura más o menos coral de antaño, esquema discursivo que fue bastante malentendido en su época, léase las décadas del 80 y 90, porque la presente realización fue englobada a puro simplismo a instancias del público y la crítica junto a las inferiores Moros y Cristianos (1987) y París- Tombuctú (1999) como claro exponente de un declive artístico pronunciado que no fue tal sino más bien una readecuación estilística a una etapa de mayor libertad y menos necesidad de metáforas y de metonimias al momento de sopesar la tragicómica idiosincrasia del pueblo español, lo que desde ya generó obras quizás menos ingeniosas y sutiles pero no por ello poco valiosas dentro del acervo anárquico y siempre despampanante del legendario director y guionista. Todos a la Cárcel, título que hace referencia al lema de este festejo en la prisión cargado de fariseísmo, desarma las redes de corrupción política, social, cultural, mediática y económica homologando el carácter esperpéntico de los sujetos con la reproducción ad infinitum de la avaricia, las mentiras, el revanchismo, la violencia, la falta de solidaridad, el cinismo, la estupidez y necedad, las prebendas, la mediocridad, la inoperancia, el hedonismo y sobre todo la connivencia entre el Estado, la banca, los líderes políticos de los regímenes bipartidistas, el empresariado, los funcionarios públicos de rango intermedio y las potencias imperiales como Estados Unidos, siempre dispuestas a meter la cola cual Diablo que con su capacidad de influencia comercial/ armamentística suele torcer todas las situaciones a su favor para así proteger a sus socios de ese capitalismo parasitario.

 

Desde el principio con Artemio viajando en el auto con su esposa, su nieta, su cuñado y un insólito jubilado bosnio que la mujer adoptó por sus vínculos autoindulgentes con la curia, el pederasta Ludo (Luis Ciges) que no deja de toquetear a la nena, hasta el desenlace de la mano de un muy gracioso motín ya que a pesar de que los reos hacen de asistentes en la fiesta no reciben ni paella ni cabezas de langostinos, incluso con la llegada de un Inspector (José Sancho) en el momento en el que sodomizan al Ministro y Tornicelli finalmente sale del talego simulando que toma de rehén a Artemio, el cual a posteriori termina condenado por complicidad en la huida cual perejil y compartiendo encierro con un Muñagorri que mató y enterró a su esposa en el jardín de su mansión, la propuesta nos ofrece un verdadero huracán de ideas y escenarios humorísticos muy imaginativos que ridiculizan sin piedad las frustraciones y esa memoria histórica selectiva de una comunidad española que la iba de civilizada, eminente y/ o evolucionada con respecto al pasado ultra cuadrado y retrógrado del franquismo aunque a condición de no juzgarlo en nada ni generar una autocrítica real que permita asignar en serio responsabilidades, desencadenando de sopetón que todas las supuestas mejorías sociales o culturales terminen deslegitimadas porque fueron de hecho edificadas a partir de los cimientos de la negación y la falta de castigo por los horrores de la dictadura. Desde ya que el film también subraya las injusticas de la plutocracia mediante la figura del banquero italiano, un preso vip con mazmorra de lujo y múltiples caprichos que recibe en bandeja de plata por parte de todos los lambiscones a su alrededor, desde el Director hasta el Ministro y pasando por su par Muñagorri, no obstante la importancia de Bermejo dentro del relato sitúa en primer plano que el señor viene a simbolizar al español promedio conservador de los 90 hasta el presente, en esencia un tarado que cayó preso durante el franquismo mientras instalaba unos retretes en la parroquia del Padre Rebollo, que tiene a una bruja santurrona por esposa, que considera que todos son pelmazos y/ o mariquitas y que siempre está dispuesto a tranzar con el poder bajo cualquier circunstancia, ya sea recibiendo un crédito o vendiendo su empresa a los adalides máximos de la usura…

 

Todos a la Cárcel (España, 1993)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y Jorge Berlanga. Elenco: José Sazatornil, Juan Luis Galiardo, Joaquín Climent, Agustín González, José Sacristán, Manuel Alexandre, Luis Ciges, Marta Fernández Muro, Chus Lampreave, José Luis López Vázquez. Producción: Pepe Ferrándiz, Fernando de Garcillán y José Luis Olaizola. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 9