A Ilse Koch (1906-1967) se la recuerda tanto por los abusos sexuales y torturas contra los prisioneros de los campos de concentración de Buchenwald y de Majdanek, donde era supervisora en nombre de las SS, como por su costumbre de elegir, asesinar y desollar a prisioneros con tatuajes para construir pantallas de lámpara con la piel de sus víctimas. La mujer había sido seleccionada por Heinrich Himmler, uno de los jerarcas máximos del nazismo, para que se case con su ayudante, Karl Otto Koch, señor que eventualmente se transformaría en jefe sucesivo de los campos de exterminio de Esterwegen, Sachsenhausen, Buchenwald y Majdanek y con el tiempo llamaría la atención de las propias autoridades nacionalsocialistas, las cuales lo terminarían fusilando por una catarata de delitos que se centraban en su posición de dominio absoluto en los campos e incluían robo de propiedades de los prisioneros, violaciones, malversación de fondos públicos y un sinfín de asesinatos de cautivos y hasta de un doctor nazi para evitar que los mandamases supiesen que Koch había contraído sífilis. Ilse, por su parte, se entretuvo primero en Buchenwald, entre 1937 y 1941, y luego en Majdanek, entre 1941 y 1943, con llamados “experimentos médicos” que le ganaron fama de sádica y el apodo de “La Bruja de Buchenwald”, sin embargo evadió una y otra vez una condena firme por parte de los nazis, los gobernantes militares interinos yanquis y la administración posterior de Alemania Occidental o República Federal de Alemania por la falta de pruebas sobre la principal acusación contra su persona, léase el fetiche con esas lámparas de piel tatuada que de seguro fueron destruidas como aseveraron varios testigos durante los procesos jurídicos, ya que jamás se encontraron objetos de esa clase símil la colorida colección que tanto atesoraba el necrofílico Ed Gein, inspiración a su vez para Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, y El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), de Jonathan Demme. Los propios germanos por fin sentenciaron a cadena perpetua a la mujer en 1951 y así la cobarde se suicidó tiempo después ahorcándose con unas sábanas en su celda, fémina que además decía que el gustito por la piel humana tenía que ver con un descabellado estudio sobre la relación entre criminalidad y tatuajes.
Si bien para un selecto grupo de cinéfilos el nombre de Ilse Koch está vinculado a aquella comandante gigantona y adusta (Shirley Stoler) de Pascualino Siete Bellezas (Pasqualino Settebellezze, 1975), obra maestra de la sátira dramática de influjo neorrealista de Lina Wertmüller, para la fauna fanática del naziexploitation, en cambio, su vida y derrotero durante el período previo y toda la Segunda Guerra Mundial son sinónimos absolutos de la otra célebre película que la psicópata que nos ocupa supo inspirar post mortem, Ilsa: La Loba de las SS (Ilsa: She Wolf of the SS, 1975), de Don Edmonds, epopeya trash visceral por antonomasia de aquel glorioso cine under de las décadas del 60 y 70 y una realización canadiense que levantó polémica a montones en su tiempo y por supuesto unos cuantos billetes en taquilla, al punto de que rápidamente se sucedieron tres secuelas con la misma actriz en el rol protagónico, la deliciosa Dyanne Thorne, aunque sin ninguna correlación entre los distintos eslabones más allá de la repetición del personaje y la fórmula narrativa ganadora, hablamos de las inferiores aunque también entretenidas Ilsa: La Hiena del Harén (Ilsa: Harem Keeper of the Oil Sheiks, 1976), otra de Edmonds, Greta: La Mujer Bestia (Greta: Haus ohne Männer, 1977), de Jesús Franco, e Ilsa: La Tigresa de Siberia (Ilsa: The Tigress of Siberia, 1977), de Jean LaFleur. Con los asentados en Canadá André Link y John Dunning como financistas verdaderos en las sombras, aquí el productor David F. Friedman, un veterano del exploitation y socio habitual del demente de Herschell Gordon Lewis, “El Padrino del Gore”, en esencia duplica el esquema de una propuesta anterior suya, Campo de Concentración Número 7 (Love Camp 7, 1969), de Lee Frost, pero abandonando los ingredientes de espionaje del relato y puliendo a nivel formal y actoral el convite para darle un look de profesionalidad y de un presupuesto mucho mayor al verdadero, planteo que resultó exitoso ya que las torpezas y deficiencias de la anterior hoy por hoy desaparecen y lo que tenemos es una suerte de mixtura entre los clásicos hollywoodenses de campos de exterminio, el sexploitation sadomasoquista desvergonzado de entonces, el splatter circense del amigo Herschell y las propuestas de mujeres en prisión de The Big Doll House (1971) y The Big Bird Cage (1972), ambas dirigidas por Jack Hill y protagonizadas por Pam Grier.
Como si se tratase de una exégesis lunática, episódica, ultra imaginativa, ampulosa y de un mal gusto carnavalesco de obras insignia de la convivencia en campos de prisioneros y el planeamiento de las raudas fugas reglamentarias a lo Infierno 17 (Stalag 17, 1953), de Billy Wilder, El Puente sobre el Río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), de David Lean, Kapò (1960), de Gillo Pontecorvo, y El Gran Escape (The Great Escape, 1963), de John Sturges, Ilsa: La Loba de las SS respeta el formato de siempre de un prisionero carilindo, en esta oportunidad un estudiante rubio nacido en Alemania y criado en Estados Unidos, Wolfe (Gregory Knoph), llegando en 1945 a un “infierno en la tierra” hecho prisión, ahora el campo de concentración especializado en experimentos aberrantes encabezado por Ilsa (Thorne), nuestra fräulein comandante que considera que las mujeres son la salvación del Tercer Reich -y de la madre patria en general- porque pueden soportar más dolor que los hombres, por ello se consagra a torturar de maneras horribles a las detenidas para probar su hipótesis mientras satisface su hipersexualidad/ ninfomanía acostándose con los machos más atractivos y luego castrándolos cuando acaban antes de que ella tenga su orgasmo, ciclo que se quiebra con Wolfe ya que, como en un momento le comenta al compañero de presidio y ya capado Mario (Tony Mumolo), posee la capacidad de eyacular a voluntad y resistir el agite promedio de la cópula con la vampiresa sexual. Mientras que Ilsa se divierte torturando durante días y días el pobre cuerpo de Anna (Maria Marx), fémina que no emite quejido ni gemido alguno, y se acuesta encantada con Wolfe, éste empieza una relación romántica con otra cautiva, Rosette (Jacqueline Giroux), y ayuda a Mario a planificar una huida masiva que se desata luego de la visita y partida de un General del régimen (Richard Kennedy), el cual se muestra muy complacido con los “descubrimientos” de la comandante y por ello la incentiva a que le regale una lluvia dorada en la intimidad de su habitación. El estudiante ata a la dominatrix en su cama y da rienda suelta a la revuelta y la fuga con su amante al no poder convencer a sus secuaces de no matar a las tropas nazis luego de que los prisioneros toman posesión del campo, revolución después desbaratada cuando las SS en retirada matan a todos para no dejar evidencias de su accionar a los Aliados, incluida Ilsa.
El ecosistema simbólico del film de Edmonds, un actor reconvertido en director consagrado al exploitation y aquí entregando su única película en verdad potable, es de puro nihilismo sin escapatoria porque no sólo recupera la peor dimensión del sexo, aquella de las luchas de poder por hegemonizar al otro, sino que incluso ofrece una representación de la humanidad volcada a la eterna frustración/ angustia/ insatisfacción en sintonía con el desenlace de El Diablo en la Señorita Jones (The Devil in Miss Jones, 1973), de Gerard Damiano, ahora reemplazando a aquel averno condenatorio perpetuo de la ninfómana del título (Georgina Spelvin) y el impotente enajenado delante de ella (el propio Damiano) con un centro de experimentación controlado por soldados varones pero dominado por mujeres en el que prácticamente todos los hombres de valía son castrados y las ninfas carne de cañón para que la feminazi original, Ilsa, pruebe paradójicamente su hipótesis sobre una superioridad congénita femenina que desde ya tiene que ver con el suplicio de la maternidad en el cuerpo y el intelecto de las potenciales hembras encintas. Esta partición conceptual del universo erótico, entre putos tácitos y putas que sólo sirven para ser reventadas, está representada desde la arquitectura dramática y sobre todo visual del porno soft, sin penetraciones pero con un desfile interminable de secuencias repetitivas que siguen, precisamente, la dinámica repetitiva del coito y las vejaciones cotidianas en pos de enaltecer a nuestra diosa adicta a la sensualidad utópica a lo pulsión de muerte, el personaje de la pechugona Thorne, actriz de Las Vegas y gran reina consumada del trash que santifica escenas legendarias del gore, la algarabía maquiavélica y el delirio como la de la castración del inicio, la de la violación en grupo y asesinato de una cautiva, la de los latigazos contra un hombre y una mujer por parte de dos graciosas secuaces de la comandante en topless, el primer encuentro de cama entre Wolfe e Ilsa, la secuencia del consolador con picana para las vaginas de las prisioneras, esa de la cámara de presión con el segundón de la patrona del campo y otro castrado simbólico, Binz (George “Buck” Flower), la de la bañera con agua hirviendo, la del ménage à trois entre Wolfe y las colaboradoras de Ilsa, la del supositorio en llamas adentro de la anatomía de Anna, la del simpático muestrario de atrocidades ante el General (una cirugía vaginal bien innecesaria y sin anestesia, gusanos con tifus en una herida de otra interna, algo de pus gangrenado insertado en un brazo sangrante y finalmente la exhibición de lo que queda de Anna después de haberle sacado un ojo y destrozado pezones, vagina, ano y el resto del cuerpo), el episodio de la cena con el trozo de hielo derritiéndose para que ahorque de a poco a otra mártir colgada del techo vía una soga que corona la mesa, el mítico momento de la lluvia dorada de la fräulein comandante sobre el General y todo el remate retórico en su conjunto con las masacres y fusilamientos entrecruzados para colmo en cámara lenta a lo Sam Peckinpah, amén del instante preciso de la voladura de los sesos de Ilsa mediante un disparo en su lecho, metáfora también de un sustrato antropófago capitalista general que no sólo abarca a las barrabasadas cometidas por las conchudas sobre las conchudas sino la espiral de crímenes -sexuales y clásicos/ homicidas/ de tortura- de los nazis para con los propios nazis, pensemos en este sentido que ella se encuentra atada en la cama cuando un colega nacionalsocialista la ejecuta cual víctima de su lujuria sin freno, por un lado, y de su dedicación a las causas hermanadas e intolerantes, extasiadas y fanáticas -desde su punto de vista y el de otras chifladas más- del feminismo y el nazismo, por el otro lado. Como en muchas odiseas mondo anteriores y posteriores, tanto en el rubro del shockumentary como de sus primos hermanos los inmundos “cannibal films”, el núcleo de la faena se reduce a un retrato contradictorio de una vileza humana que se pretende condenar al mismo tiempo que se la aprovecha a toda pompa en pantalla para construir un tren fantasma que espante al espectador remilgado estándar y despierte el morbo del público de estómago más fuerte, dejándonos en suma con una de las más recordadas y eficaces maratones under del pavor y el erotismo que por suerte supera por mucho sus paradojas ideológicas de fondo mediante las buenas actuaciones del elenco, el encanto involuntario del esquemático guión de John C.W. Saxton alias Jonah Royston, el excelente trabajo en maquillaje y efectos especiales de Joe Blasco y Wayne Beauchamp y el carisma todo terreno -y las tetas descomunales, por supuesto- de Dyanne Thorne, una de esas actrices ultra valientes de antes que no le hacían asco a casi nada al extremo de permanecer indeleble como icono popular en la memoria de generaciones y generaciones de cinéfilos, justo lo contrario a esas amargas de la actualidad que hacen de la frigidez, el conservadurismo, el pudor naif y la mediocridad sus banderas…
Ilsa: La Loba de las SS (Ilsa: She Wolf of the SS, Canadá, 1975)
Dirección: Don Edmonds. Guión: John C.W. Saxton. Elenco: Dyanne Thorne, Gregory Knoph, Tony Mumolo, Maria Marx, Richard Kennedy, George “Buck” Flower, Nicolle Riddell, Jo Jo Deville, Sandy Richman, Rodina Keeler. Producción: David F. Friedman. Duración: 96 minutos.