La Profecía (The Omen)

Infancia de un líder político

Por Emiliano Fernández

Cuando el productor Harvey Bernhard le encarga a Richard Donner dirigir La Profecía (The Omen, 1976), este último era un profesional consumado del medio audiovisual que venía trabajando desde principios de la década del 60 aunque sin aún conseguir destacarse dentro del ámbito tradicional del séptimo arte, en esencia acumulando en su haber una retahíla interminable de capítulos para múltiples series, seis films para televisión y tres películas estrenadas en salas que no vio prácticamente nadie, hablamos de X-15 (1961), Sal y Pimienta (Salt and Pepper, 1968) y Twinky aka Lola (1970). La realización que nos ocupa no sólo patentaría el estilo bombástico futuro del Donner ya mainstream, ese que puliría incluso más en su siguiente propuesta, Superman (1978), y que se concentraba en el desarrollo de personajes, en la fastuosidad de la puesta en escena y en las secuencias de acción o de suspenso en detrimento de la historia, la cual a su vez se reducía a una premisa hiper sencilla y sutiles variaciones a lo largo de la trama en cuestión, sino que en términos prácticos sería el mejor exploitation combinado -y con un presupuesto generoso, desde ya- de los dos blockbusters de terror por antonomasia de la época que legitimaron al género a ojos de los casi siempre ciegos ejecutivos de los grandes estudios hollywoodenses, El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, y si bien es cierto que La Profecía carece de aquella sutileza pesadillesca de la primera y de las adorables barrabasadas de la segunda tampoco se puede negar su eficacia y su ímpetu de complementación más que de renovación, específicamente explorando un terreno que no fue aprovechado por ninguna de las mencionadas, aquel de La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), joya de Mervyn LeRoy, la propuesta que inventó en la pantalla grande a los purretes del averno/ psicópatas/ sanguinarios que no demuestran mucha paciencia con los adultos tontuelos que los rodean y por ello prefieren sacárselos de encima ante la primera oportunidad en el antiguo y simpático arte del asesinato correctivo.

 

Así como el opus de Donner, escrito por David Seltzer a partir de una idea original de un Bernhard bien picarón adepto a la licuadora creativa, toma de El Bebé de Rosemary ese latiguillo de andar lidiando con el vástago de Mefistófeles en el ecosistema mundano, como si se tratase de un niñito del montón con “necesidades especiales” que sus padres adoptivos definitivamente no pueden satisfacer porque sobrepasan su capacidad prosaica de respuesta, y recupera de El Exorcista toda esa iconografía religiosa católica centrada en el hecho de estar preso de los designios demoníacos, aunque en esta oportunidad ironizando un poco al respecto porque gran parte del relato transcurre en Londres y parece que el anglicanismo anti papal se metió en el discurso fílmico ya que es nada menos que un cura católico, el Padre Spiletto (Martin Benson), el que le entrega el retoño de Belcebú al protagonista, el diplomático Robert Thorn (Gregory Peck), en realidad gran parte del devenir dramático en sí está basado en el clásico de LeRoy y adquiere la forma de un proto slasher sobrenatural que es lo mismo que aseverar que está inspirado en el giallo italiano de la época y en cierta reinterpretación algo remilgada/ modelo estadounidense industrial del acervo del terror gótico europeo y norteamericano Clase B de los años 60, ahora filtrado por el cientificismo nihilista y tecnocrático de la década del 70 y por supuesto sintonizando con la catarata de debacles del momento que tiraron abajo el “sueño americano” y dejaron todo servido para que la llegada del Anticristo se perciba a la vuelta de la esquina, nos referimos al Escándalo Watergate, el desastre mayúsculo de la Guerra de Vietnam, aquella Crisis del Petróleo, el radicalismo político, la derrota del hippismo, el desmantelamiento del Estado de Bienestar, el surgimiento con toda su fuerza del capitalismo especulativo contemporáneo, la crisis de la familia tradicional, la marcada merma de fieles en las iglesias cristianas, el declive de los sindicatos, la eclosión de lo new age baladí y especialmente el incremento de la pobreza, la desocupación, la inestabilidad laboral y el cruel racionamiento estatal vía el monetarismo.

 

Con su hijo muerto al nacer según la versión que le ofrece Spiletto en la maternidad, Thorn acepta la proposición del hombre de adoptar ilegalmente a un purrete huérfano sin decirle nada a su esposa, Katherine (aquella celestial y malograda Lee Remick), y así ambos se llevan al chiquitín desde Roma, antigua designación de Robert, hacia Londres, donde se desempeñará como embajador yanqui ante los británicos. En su quinto cumpleaños el nene, bautizado Damien (buena labor de Harvey Stephens), es testigo del suicidio de su niñera (Holly Palance, hija del gran Jack) cuando la mujer se ahorca desde lo alto del caserón de turno luego de ser inducida a ello por un rottweiler infernal, uno de los muchos canes en todo el globo que protegen al muchacho. Un tal Padre Brennan (Patrick Troughton) le advierte a Thorn sobre la naturaleza envilecida de Damien y hasta afirma que Katherine está embarazada y que tanto ella como el feto corren peligro porque la única preocupación del hijo adoptivo es heredar todo el poder de Robert, éste incluso un amigo de siempre del presidente norteamericano en funciones. Mientras la Señora Baylock (Billie Whitelaw) se aparece de la nada para reemplazar a la babysitter fallecida y adopta al mentado rottweiler, Brennan muere empalado por un pararrayos y la esposa del protagonista experimenta un aborto por una caída ocasionada por el mocoso, lo que lleva a ambos padres a considerarlo una fuerza diabólica evidente. Nuestro embajador no tarda en unirse a un fotógrafo, Keith Jennings (el querido David Warner), quien descubre augurios visuales de muerte en los retratos, para desentrañar el asunto viajando a Roma con vistas a interrogar a Spiletto, hoy un autista con la mitad del cuerpo quemada luego de un incendio que destruyó los registros públicos, y visitando la tumba de la madre original de Damien, un chacal hembra, y de su hijo sustituto, un cadáver infantil con el cráneo roto de un golpe. Después de escapar del campo santo en medio de un ataque de una jauría de rottweilers, Thorn se entera de que su esposa murió al ser arrojada desde la ventana de su cuarto de hospital, homicidio a cargo de la satanista devota de Baylock, y siguiendo los dichos del difunto Brennan se dirige junto a Jennings hacia Megido, en Israel, con el objetivo de hablar con un exorcista especializado en el Anticristo, Carl Bugenhagen (Leo McKern), quien le comunica que el signo del maligno es el número 666 y que debe matar al niño en una iglesia clavándole siete dagas ceremoniales para que su sangre se derrame sobre terreno consagrado. Negándose en un primer momento a extinguir la vida del muchacho, Robert cambia rápido de parecer cuando presencia la decapitación del fotógrafo mediante un afilado vidrio que sale expulsado de una camioneta, primero parada y luego en movimiento cuando el freno de mano se retira solo. El hombre encierra al can de negro, le corta parte del cabello a Damien, descubre que efectivamente tiene la “marca de la bestia”, 666, y a posteriori de despachar a Baylock, a la que revienta con un tenedor parrillero en su cuello, parte hacia una iglesia para finiquitar al joven, sin embargo es asesinado de un disparo por la policía momentos antes del sacrificio, derivando en la adopción del Anticristo por parte del mismo presidente estadounidense y su esposa. Lo primero que llama la atención a nivel formal es la partitura de Jerry Goldsmith, en simultáneo una de sus mejores bandas sonoras y uno de los soundtracks más variados y despampanantes que haya ofrecido todo el aparato hollywoodense, desde los momentos de dulzura utópica familiar, pasando por la acechanza inflada del horror mediante cuerdas o un mega vaivén orquestal, hasta llegar a aquella recordada Ave Satani, versión sacrílega de los cantos gregorianos para una hipotética misa negra que profundiza en esta idea de inversión apóstata/ blasfema/ impía que se mueve por detrás del relato, ilustrando el talante burlón de una crueldad que pone patas para arriba al núcleo solidario de la benevolencia, su enemiga acérrima en tiempos en los que la desconfianza y la animadversión juegan para la malicia.

 

Más allá del espantoso sustrato autobiográfico que la realización en sí tenía para el inmenso Gregory Peck, el cual sentía mucha culpa por no haber podido evitar el suicidio de su hijo mayor Jonathan en 1975 a los 31 años de edad, algo que duplica fuertemente el martirio de su personaje en la película a través de la sombra incesante del filicidio, actor que además estuvo a punto de ser embajador yanqui en Irlanda bajo el gobierno demócrata de Lyndon Johnson, La Profecía, por sobre todas las cosas, está marcada por la lucha creativa entre la posición de Donner con respecto a la trama, prefiriendo favorecer una lectura algo ambigua que deje al espectador la posibilidad de creer o no en la maldad intrínseca del purrete, y su homóloga de Seltzer volcada a lo discursivo explícito, en este caso ponderando que esa seguidilla de muertes no tenía nada de accidental o fortuita y que de hecho Damien es el Anticristo, así es cómo en líneas generales ganó el guionista, apoyado por el productor, aunque también resulta innegable que hubo una especie de negociación al respecto porque por un lado tenemos una clara confirmación del trasfondo sobrenatural vía el personaje de Whitelaw y ese otro de Troughton, la primera una niñera mefistofélica hasta la médula y el segundo un cura locuaz y muy paranoico obsesionado con el demonio, y por el otro lado en ningún momento aparece esa típica pompa fantástica o descocada del género ya que el director impone un tono de thriller medido y seco de resonancias vulgares, con todas y cada una de las muertes pudiendo ocurrir en nuestra praxis por estupidez humana, sadismo tácito de la naturaleza o simple encadenamiento de sucesos símil destino tragicómico, planteo retórico que de manera involuntaria provocó una revolución ya que esta idea de Donner/ Seltzer/ Bernhard de compensar el carácter esquemático del relato con asesinatos artísticos y memorables sería ultra copiada a futuro por varias generaciones de realizadores que simplemente le agregaron sangre, gore ausente en La Profecía para bajar la calificación por edad del convite contentando a los organismos de censura de yanquilandia y del mercado internacional. En este sentido la secuencia más extrema del lote, la de la decapitación de Jennings, demuestra que aun sin derramar ni una gota de sangre se puede construir un hachazo sensorial de pura cepa, amén de que la película se mete con el tabú del infanticidio y para colmo juega con la herejía, como decíamos con anterioridad, de vilipendiar al credo católico desde el anglicanismo y encima servirse de una lectura evangélica demencial del cristianismo y de la Biblia que poco y nada tiene en común con el canon religioso estándar a la fecha, al punto de que muchos de los delirios del dispensacionalismo, principal fuente de conceptos para Seltzer y compañía, fueron a parar al sentido común cristiano del planeta gracias a la gigantesca popularidad del film de Donner, siendo el ejemplo más evidente la exégesis dispensacionalista del Apocalipsis acerca de un Anticristo que lejos de ser una metáfora se reduce a un hombre que gobernará el mundo como un dictador durante siete años antes de ser derrotado por Cristo en la batalla final, a lo que se suma la invención del guionista de un Anticristo como hijo de Satán cuando en la Biblia sólo se hace referencia a un seguidor bastante entusiasta del Príncipe de las Tinieblas. El mayor mérito de la película es de índole simbólica ya que estamos ante un producto maravilloso y muy adictivo de un mainstream que nunca se conforma con el minimalismo y tiende a lo ampuloso exagerado, aquí por fin derivando en un éxito artístico/ ideológico y generando que en vez de estar ante un bebé, un niño o un adolescente perverso cualquiera nos topemos con la infancia de un líder político promedio dispuesto a entregarse al maquiavelismo para llegar a lo más alto del poder global, perspectiva muy nihilista que se aleja de una definición de la política en tanto arena del bien común para reposicionarla dentro del egoísmo pancista y manipulador del que anhela dominio o capacidad de influencia sobre el prójimo como fin en sí mismo…

 

La Profecía (The Omen, Estados Unidos/ Reino Unido, 1976)

Dirección: Richard Donner. Guión: David Seltzer. Elenco: Gregory Peck, Lee Remick, David Warner, Billie Whitelaw, Harvey Stephens, Patrick Troughton, Martin Benson, Robert Rietty, Tommy Duggan, John Stride. Producción: Harvey Bernhard. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 9