Antes de alcanzar cierta notoriedad dentro del ámbito hispanoparlante como provocador altisonante gracias a ese clásico del trash porno español intitulado Las Edades de Lulú (1990) y de trepar a la fama de alcance global mediante aquella combinación de erotismo, autodestrucción, utopías domésticas de ascenso social y detalles mórbidos y hasta a veces surrealistas característica de la denominada Trilogía Ibérica, compuesta por Jamón Jamón (1992), Huevos de Oro (1993) y La Teta y la Luna (1994), Bigas Luna rodó en inglés una de las películas de terror más extrañas e interesantes de la década del 80, Angustia (1987), trabajo que por un lado retoma la conjunción de realidad y ficción en el contexto mundano de una sala cinematográfica de Demonios (Dèmoni, 1985), de Lamberto Bava, y por el otro lado sería muy influyente a futuro en el campo del metahorror que pone al cine a dialogar con el cine para pensar cuánto influye nuestra praxis cotidiana más banal en lo acontecido en la pantalla y viceversa, en un espectro en ocasiones sumamente irónico que va desde lo conceptual cinéfilo clásico ultra enriquecido de Scream (1996), de Wes Craven, hasta la literalidad de nulas ideas novedosas de Al Morir la Matinée (2020), opus de Maximiliano Contenti, típico exponente del mimetismo contemporáneo -en este caso en relación al giallo italiano de los 70- y la preponderancia del estilo por sobre la sustancia o la trama valiosa en sí. Ahora bien, en realidad la propuesta de Luna mucho no tiene que ver con los resortes retóricos paradigmáticos de la comarca de los gritos y los sustos porque sinceramente al director y guionista mucho no le interesaban y en esencia el señor estaba atravesando una fase de transición entre aquellos retratos lúgubres del ecosistema social tragicómico catalán de sus primeras películas, léase Bilbao (1978), Tatuaje (1978) y Caniche (1979), y la etapa posterior del desenfado sensual que abre Las Edades de Lulú, constituyendo Angustia la mejor por lejos de las tres obras que enmarcaron esta metamorfosis profesional, hablamos además de la cuasi sátira religiosa Renacer (1981), su primer y fallido experimento en el campo del terror, y la también deficitaria y olvidada Lola (1986), melodrama con chispazos de thriller que ya prefiguraba todos los fetiches temáticos y formales por venir del cineasta.
La película arranca con la peculiar historia de un oftalmólogo y cirujano ocular de mediana edad llamado John Pressman (Michael Lerner) que vive con su madre semi enana, Alice Pressman (Zelda Rubinstein), una dupla que cría palomas y caracoles en un vínculo filial/ maternal muy simbiótico al extremo de que la mujer suele hipnotizar a su vástago y ambos comparten una ligazón telepática fundamentalmente controlada por Alice, gran fetichista de los ojos y por ello siempre dispuesta a manipular a John, un miope y diabético que está perdiendo de a poco la vista, para que mate a distintas presas humanas con el objetivo de extirparles con un escalpelo los globos oculares, limpiarlos con agua de toda sangre y luego conservar el singular par de trofeos en formol dentro de una colección hogareña. Después de reventar a una burguesa insoportable que se quejaba de unos lentes de contacto (Isabel García Lorca) y a su marido (José M. Chucarro), y de una sutil sesión de hipnosis familiar bastante perturbadora con arrebatos alucinatorios, Pressman entra en una sala de cine donde comienza a matar sistemáticamente con el bisturí a los distintos espectadores, los cuales a su vez están viendo El Mundo Perdido (The Lost World, 1925), gran clásico de aventuras y fantasía del período mudo dirigido por Harry O. Hoyt y basado en la novela homónima de 1912 de Arthur Conan Doyle, no obstante todo resulta ser parte de un film llamado La Mami (The Mommy) y justo en el mismo momento en el que el oftalmólogo se atrinchera dentro de la sala para que los espectadores no puedan escapar, por cierto contradiciendo el mandato materno psíquico de que vuelva al hogar, un asesino sin nombre (Ángel Jové) desata su furia vía una pistola con silenciador primero contra los empleados del complejo cinematográfico y a posteriori contra el público común y corriente. Mientras el homicida reproduce la trama en pantalla y también se parapeta en el lugar, un chiflado que vio un montón de veces La Mami y cree que el personaje de Rubinstein es en serio su progenitora, dos amigas adolescentes quedan a merced de esta toma de rehenes tácita, la susceptible al horror Patty (Talia Paul), ahora transformada en víctima en potencia del psicópata, y la más valiente y fría Linda (Clara Pastor), la cual puede salir del complejo y pedir ayuda policial.
Luna no sólo juega con los distintos planos de esta realidad que es ficción que es realidad para cada uno de sus diferentes protagonistas, el esquema de nosotros viendo Angustia, los espectadores viendo La Mami, los personajes de esta última viendo El Mundo Perdido y los del opus de Hoyt sintiéndose fascinados ante un brontosaurus y al mismo tiempo corriendo despavoridos tanto en la selva amazónica como en Londres, sino que apuesta de lleno a una sincronía entre las diversas debacles de estas dimensiones que parecen superpuestas aunque en verdad se contienen las unas a las otras cual matrioshka del séptimo arte, así es cómo el pináculo del peligro histérico de El Mundo Perdido, aquel del último acto metropolitano, coincide con sus momentos equivalentes en La Mami y en la mismísima Angustia porque el realizador piensa al cine, como a la cultura en general, en tanto un régimen de influencias caóticas que sin embargo tratan de ser reguladas por los sujetos desde su intimidad, quienes les otorgan sentido de la mejor manera posible al punto de extraer placer de ello, como en el caso de Linda, o sentirse realmente mal ante la violencia y barrabasadas que desfilan por la pantalla, la opción en recepción simbolizada en Patty, señorita que incluso padece los coletazos de la hipnosis de Alice sobre John a través de nauseas, yendo al baño y hasta rompiendo en llanto ante la desesperación y esa ansiedad contagiada. La visceralidad de la experiencia creativa, otro de los grandes fetiches de siempre de Bigas, también aparece mediante la metáfora de los ojos como un tesoro que merece ser robado y conservado, por ello ese ciego en cámara lenta, Pressman, anda extirpando globos oculares dentro de la oscuridad de la sala cual vientre materno que le restituye lo faltante o en franco declive, la vista, a lo que se suma por supuesto el fuerte Complejo de Edipo de fondo a lo Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y el rollo del voyeurismo símil Peeping Tom (1960), de Michael Powell, ambos además apareciendo mediante la alegoría de los caracoles y la costumbre de la madre de homologar a su hijo oftalmólogo con el pequeño molusco que se esconde en su concha en espiral cual útero, a su vez referencia al sustrato narcótico de la pulsión de muerte y lo prohibido en el marco de la decadencia claustrofóbica fetichizada.
Resulta curioso que Luna, un director muy amigo de “revisitar” sus pasiones a lo largo de toda su trayectoria, no haya retomado nunca más de manera explícita al terror a pesar de que Angustia se transformó con los años en una de las obras de culto ineludibles del género, más aún considerando que el catalán regresó sin cesar al universo de la Trilogía Ibérica desde Bámbola (1996) en adelante aunque sin jamás recuperar el frenesí y el desparpajo de aquel trío de realizaciones, pensemos para el caso en las erráticas y algo mucho olvidables La Camarera del Titanic (1997), Volavérunt (1999), Son de Mar (2001), Yo soy la Juani (2006) y Di Di Hollywood (2010). La película asimismo nos regala la interpretación más despampanante, tan precisa como lunática y arrebatadora, de dos actores maravillosos que jamás fueron aprovechados del todo por un mainstream que se dedicó a encasillarlos, la estupenda Zelda Rubinstein, célebre por su Tangina de Poltergeist (1982), de Tobe Hooper, y habiendo participado también vía roles muy secundarios en Frances (1982), de Graeme Clifford, Se Busca Novio (Sixteen Candles, 1984), de John Hughes, y Los Locos Addams (The Addams Family, 1991), de Barry Sonnenfeld, y el genial Michael Lerner, famoso en especial por su Jack Lipnick de Barton Fink (1991), de los hermanos Joel y Ethan Coen, y con papeles varios en su haber en El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson, Los Reyes de la Noche (Harlem Nights, 1989), de Eddie Murphy, Fuga de Absolom (No Escape, 1994), de Martin Campbell, Asesinatos en la Radio (Radioland Murders, 1994), obra de Mel Smith, Cuerpos Perfectos (The Road to Wellville, 1994), de Alan Parker, Celebrity (1998), de Woody Allen, El Arte de la Seducción (Art School Confidential, 2006), del querido Terry Zwigoff, Un Hombre Serio (A Serious Man, 2009), otra maravilla de los Coen, y La Vida en Tiempos Difíciles (Life During Wartime, 2009), de Todd Solondz. Angustia, con su ritmo narrativo cansino y su predilección por las truculencias en primer plano, es una de las grandes exploraciones en torno al poder de sugestión del cine y cuánto puede afectar en intelectos a priori evidentemente perturbados o con una latencia problemática preocupante, algo que incluye al demente incontrolable en la piel de Jové y a esa adepta a la victimización crónica en la anatomía de Paul, poniendo en interrelación los desvaríos de atracción para con la pantalla del primero y aquellos otros de repulsión y alejamiento de la segunda, es por ello que el homicida muere asesinado por la policía luego de disparar a la imagen de John, el cual provocó sin proponérselo que los otros uniformados, los de La Mami, acribillasen por accidente a una Alice que se acercó al cine para tratar de detener a su hijo en este suicidio tercerizado, y es por ello que Patty pasa de imaginarse que el oculista le clava en un ojo su escalpelo a conjugarlo en su mente en los segundos finales, ya en el hospital y supuestamente a salvo tanto del loquito real, el de la pistola con silenciador, como de su doppelgänger ficticio, el aficionado al bisturí. Luna aquí traza un recorrido histórico fascinante con eje en los monstruos sociales, desde aquella inocencia de los relatos de dinosaurios vivos de Hoyt y Doyle hasta el sustrato rebuscado del séptimo arte moderno, éste simbolizado en el cirujano con una conexión incestuosa/ telepática con su madre y un antojo de globos oculares, contraposición del patetismo de la paradójica praxis cotidiana de la ficción, la de la eficacia gélida de las armas de fuego y su correlato psicológico trastornado, esa ilusión que termina siendo más real que la realidad…
Angustia (España, 1987)
Dirección: Bigas Luna. Guión: Bigas Luna y Michael Berlin. Elenco: Zelda Rubinstein, Michael Lerner, Talia Paul, Ángel Jové, Clara Pastor, Isabel García Lorca, Nat Baker, Edward Ledden, Gustavo Gili, José M. Chucarro. Producción: Pepón Coromina. Duración: 85 minutos.