Muchas veces se habla de Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), ambas de Steven Spielberg, o La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, cuando se pretende buscar un origen no muy remoto para los blockbusters modernos, aunque sinceramente los tanques de la década del 80 en adelante cada día se alejarían más y más del formato familiero de corazón blando de Spielberg y también del retro western espacial de Lucas. Con el transcurso de los años quedaría muy en evidencia que el mainstream intentaría infructuosa e incesantemente reproducir el éxito de Superman (1978), dirigida por Richard Donner y producida por una sociedad conformada por Pierre Spengler, Alexander Salkind y el hijo del anterior Ilya Salkind, los tres financistas o testaferros o intermediarios ante grandes estudios yanquis de manera intermitente. El proyecto tuvo una de las génesis más complicadas de la época porque nació de una idea de 1973 de Ilya, junto con su padre un verdadero par de chantas que eran conocidos por haber producido El Proceso (Le Procès, 1962), de Orson Welles, Barba Azul (Bluebeard, 1972), de Edward Dmytryk, y el díptico de Los Tres Mosqueteros (The Three Musketeers, 1973) y Los Cuatro Mosqueteros (The Four Musketeers, 1974), películas de Richard Lester que empezaron siendo una sola y que los Salkind decidieron partir en dos durante la postproducción ya que no llegaban a finiquitarla para la fecha de estreno prepautada con la 20th Century Fox en una jugada que les significó dividendos jugosos en taquilla y una serie de juicios por parte del elenco y el equipo técnico, quienes habían firmado contrato para un único film. Luego de asegurarse los derechos del personaje creado por Jerry Siegel y Joe Shuster en 1938 vía una larga negociación con DC Comics, los productores contrataron como director a Guy Hamilton, célebre por cuatro entregas de la saga de James Bond/ 007 protagonizadas primero por Sean Connery y luego por Roger Moore, y le encargaron el guión a Mario Puzo, aquel de El Padrino (The Godfather, 1972) y El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), ambas coescritas junto al realizador de turno, Francis Ford Coppola, con vistas a duplicar el formato de producción de 2×1 de las traslaciones de las novelas de Alejandro Dumas y rodar en simultáneo el original y su secuela inmediata, una propuesta comercial tan vanguardista como bastante arriesgada para su época, planteo que generó un mamotreto infilmable de 500 páginas lleno de detalles cómicos porque definitivamente el amigo Mario no se tomaba muy en serio que digamos al personaje titular de los cómics, cuya fama era tan inmensa y tan enquistada en el sentido común norteamericano e internacional que cada mortal tenía su propia interpretación de él.
A posteriori de encargarles reescrituras a Robert Benton y el matrimonio compuesto por David y Leslie Newman, una verdadera colección de inútiles que en esencia reemplazaron los chistes bobos de Puzo por otros chistes incluso más bobos, siendo el más famoso el de Superman persiguiendo la cabeza ultra calva del archivillano, Lex Luthor, para terminar descubriendo que había atrapado al sujeto equivocado, nada menos que aquel Telly Savalas personificando a Theo Kojak, Spengler y los Salkind tuvieron que prescindir del británico Hamilton porque no podía regresar al Reino Unido ya que le debía una buena suma de dinero al fisco inglés. Es en este momento en que contratan a Donner, profesional televisivo de una extensa trayectoria que venía del exitazo de La Profecía (The Omen, 1976), el cual decidió empezar prácticamente de cero tanto en materia del guión, para lo que contrató al responsable real de las palabras filmadas, Tom Mankiewicz, quien sin embargo no recibió crédito en el litigio correspondiente con el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos por la presencia de todos los escritores previos, como en lo que atañe a la sede del rodaje en sí para los interiores y decorados más complejos, en términos prácticos mudando todo desde Cinecittà, en esencia porque los sets y efectos especiales estaban estancados y para colmo Marlon Brando, el cual interpretaría a Jor-El, el padre de Superman, no podía rodar en Italia por una ridícula persecución judicial por obscenidad en relación a Último Tango en París (Ultimo Tango a Parigi, 1972), de Bernardo Bertolucci, hacia Pinewood Studios, ya con el magnífico Gene Hackman como Luthor, quien venía de ganar el Oscar como Mejor Actor por Contacto en Francia (The French Connection, 1971), de William Friedkin, y el por entonces desconocido Christopher Reeve en la versión adulta del rol protagónico, apenas habiendo participado con anterioridad en algunas series de televisión y en la película S.O.S. Submarino Nuclear (Gray Lady Down, 1978), de David Greene. El carácter de mierda de Donner y la táctica de verdugueo de Spengler y los Salkind de presionarlo diciéndole que se estaba pasando de presupuesto y estaba retrasado en el plan de rodaje, cuando jamás tuvo un presupuesto fijo ni un plan de rodaje en sí por el volumen del proyecto y la necesidad de pedirle más y más dinero a Warner Bros., el estudio asociado, provocaron que las tensiones trepen a los cielos, que se decida parar el rodaje de la continuación y terminar la propuesta original y que los productores traigan en calidad de mediador a Richard Lester, quien a su vez aceptó el rol de productor en las sombras sólo para cobrarles a los Salkind el dinero que le debían por el díptico de Dumas, de hecho los había demandado en diversos países sin conseguir sacarles nada porque se mudaron de Costa Rica a Panamá y de Panamá a Suiza.
Resulta francamente increíble que en medio de esta multiplicidad de inconvenientes y de peleas a muerte Donner no sólo haya logrado completar la propuesta sino que incluso haya negociado hasta el eventual triunfo su idea de épica mitológica, seria y hasta hipnótica de aventuras a lo David Lean en la que el mentado comic relief no termine engullendo a la faena en su conjunto ni llevándola al terreno del absurdo lastimoso, justo como ocurriría a posteriori en la muy dispareja Superman III (1983), producto de un Lester que asimismo se hizo cargo de la dirección del segundo eslabón, la disfrutable aunque híbrida Superman II (1980), y que pretendía reconciliar al nacido en Krypton con el tono humorístico tontuelo de sus clásicos del pasado en línea con Algo Gracioso Sucedió Camino al Foro (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, 1966) y sus dos exquisitas colaboraciones con The Beatles, Anochecer de un Día Agitado (A Hard Day’s Night, 1964) y ¡Socorro! (Help!, 1965). Tomando como base la versión extendida televisiva de 188 minutos, sin duda la más completa y meticulosa conocida, la primera hora está dividida en dos partes que funcionan como un prólogo general, la primera consagrada a retratar en simultáneo la expulsión de los criminales General Zod (Terence Stamp), Ursa (Sarah Douglas) y Non (Jack O’Halloran), antagonistas fundamentales de Superman II, a la Zona Fantasma por organizar un intento de Golpe de Estado y la soledad de Jor-El en su denuncia ante el Consejo de Krypton sobre el “detallito” de que el planeta estallará en 30 días, debido a la influencia destructora de su todopoderoso sol rojo, y la segunda centrada en la llegada en una cápsula espacial de Kal-El, nombre originario del vástago del personaje de Brando y Lara (Susannah York), al Planeta Tierra y en concreto al pueblito rural de Smallville, en Kansas, donde siendo un bebé es adoptado por una pareja de veteranos que no pudieron tener hijos propios, la del granjero Jonathan Kent (Glenn Ford) y su esposa Martha (Phyllis Thaxter), no obstante el hombre eventualmente muere de un ataque al corazón y el conocido como Clark Kent (Jeff East en su exégesis adolescente) se marcha al Ártico después de descubrir en el granero de su hogar adoptivo un fragmento de cristal verde flúo que lo acompañó en el periplo por el universo y al que arroja contra la vastedad del hielo, generando que la famosa Fortaleza de la Soledad, de una arquitectura repleta de cristales tubulares símil Krypton, emerja desde la tundra gélida. La historia principal comienza con la mudanza de Clark a una Metrópolis que es Nueva York maquillada y su flamante trabajo de periodista en el diario Daily Planet, en el que tiene de jefe al impetuoso Perry White (Jackie Cooper) y de compañeros al joven fotógrafo Jimmy Olsen (Marc McClure) y a la también redactora Lois/ Luisa Lane (Margot Kidder), una workaholic todo terreno y señorita bastante soberbia que se transforma en el interés romántico del protagonista en la piel de Reeve a pesar de que, como casi todos salvo Olsen, lo ningunea a más no poder o directamente lo maltrata sirviéndose de un cinismo que desconoce las buenas intenciones, el respeto, la caballerosidad y la infinita paciencia de Kent para con mortales que a veces resultan insoportables al nivel de la exasperación, por ello su identidad secreta se condice con las dos razones que le ofrece Jor-El para justificar el “perfil bajo”, eso de tener una vida privada lejos de la sobreexplotación humana y evitar que los enemigos puedan lastimar a sus seres queridos. En esta oportunidad Luthor, junto con su secuaz Otis (Ned Beatty) y su novia/ cómplice Eve Teschmacher (Valerie Perrine), vive en una mansión subterránea construida en el metro de Metrópolis y es un magnate inmobiliario que se la pasa comprando terrenos desérticos en California con la idea de reprogramar un misil nuclear para que caiga sobre la Falla de San Andrés y provocar el hundimiento de la Costa Oeste de Estados Unidos, dejándolo a él como único dueño de las nuevas y lucrativas tierras que bordearán el Océano Pacífico. Clark, que ya anda salvando a la humanidad como su álter ego forzudo, volador y con visión de rayos X, ese Superman amigo de las calzas azules y la capa roja bien vistosa, es temporalmente vencido por el villano cuando le cuelga de su cuello una cadena con kryptonita, un fragmento del planeta destruido del alienígena que llegó como meteorito a la Tierra y fue a parar a un museo de Adís Abeba, en Etiopía, hacia donde viajó el tremendo Lex para robar el único material que debilita al mesías cósmico por una radiactividad que sólo afecta a los naturales de Krypton, raza definitivamente en vías de extinción. Más allá del recordado leitmotiv musical de John Williams y del gran cúmulo de profesionales que trabajaron en el diseño de producción, la dirección de arte, la decoración de sets, el vestuario, el maquillaje y los practical effects, sobresale el delicado y apacible desempeño en fotografía de Geoffrey Unsworth, un inglés que supo trabajar al mando de creadores talentosos y diversos en sintonía con Roy Ward Baker, Stanley Kubrick, Bob Fosse, Alan J. Pakula, John Boorman, Sidney Lumet, Blake Edwards, Vincente Minnelli, Richard Attenborough, Michael Crichton, Roman Polanski, Stanley Donen, Michael Winner, Rudolph Maté, Wolf Rilla y el ya mencionado Lester.
Cada una de las decisiones artísticas tomadas por el tándem de Donner y Mankiewicz, éste como decíamos antes trabajando a partir de una trama original hiper sencilla de Puzo, se transformaría en estereotipo a futuro en manos de un aparato hollywoodense obsesionado con tratar de recuperar algo de la magia de la epopeya aventurera de 1978, cuyo encanto popular indeleble, ya transcurridas tantas décadas desde aquel estreno, se explica por una narración clasicista hasta la médula y por el simple hecho de que el film incluye elementos para todos los gustos, así es cómo los fanáticos de la ciencia ficción e incluso del horror admirarán el diseño de producción emblanquecido de Krypton de los lúgubres Pinewood Studios británicos, aquellos cinéfilos apegados a los relatos de aprendizaje/ bildungsroman/ coming of age suelen reconocer los méritos del segmento en Smallville símil americana ingenua/ algo quimérica de mediados del Siglo XX de Norman Rockwell y finalmente los adeptos al cómic en sí pueden deleitarse con la estupenda estructuración dramática del arco narrativo principal, ese que arranca en Metrópolis y se traslada en el final a una California donde se despliega el grueso de unos efectos especiales revolucionarios para entonces, la mayoría sustentados en miniaturas, hermosas pinturas mattes, superposiciones, animaciones muy sutiles y una infinidad de artilugios artesanales complementarios en verdad gloriosos. Ahora bien, otros dos factores muy importantes en la llegada general y el respeto que ha sabido cosechar la película se condicen con el inteligente manejo retórico de las metáforas cristianas y familiares, en este sentido en primera instancia conviene pensar la perspectiva eminentemente masculina del convite y la influencia de la figura paterna en la construcción identitaria del personaje titular, primero de manera tácita mediante el fallecido Jor-El, quien le prohíbe a su hijo intervenir en la historia humana, y después de forma ya explícita con la presencia de Jonathan y el mismo Jor-El cuando se aparece como holograma en la Fortaleza de la Soledad cual precepto primordial en diferido, éste último repitiendo su mandato y el primero en sí contradiciendo al anterior afirmando que el arribo de Clark al Planeta Tierra obedece a un propósito específico que el muchacho debe determinar por cuenta propia, por ello hacer el bien viene a representar no sólo la faceta benigna de la humanidad sino lo mejor que pudo aprender de sus dos padres, el biológico y el adoptivo, lo que por supuesto implica que este Jesucristo extraterrestre es vástago directo de Dios/ Jor-El, quien expulsa al Demonio/ Zod del Paraíso/ Krypton hacia el Infierno/ Zona Fantasma, y de un José de Nazaret humilde y sensato en la anatomía del genial Glenn Ford, quien en suma termina ganando la pulseada ideológica porque cuando Lane efectivamente muere, atrapada en su automóvil durante los terremotos del remate narrativo, el señor de la enorme S en su pecho desobedece la prohibición de Jor-El y hace retroceder el tiempo para salvarla al volar a toda velocidad en sentido contrario a la rotación de la Tierra. La dimensión negativa del ser humano está representada tanto en Luthor, un capitalista hediondo dispuesto a vender hasta a su madre por un par de morlacos más, como en las mujeres que movilizan a nuestro Kent, primero aquella Lana Lang (Diane Sherry Case) de Smallville, que prefiere mantenerse fiel a sus amigos del jet set educativo antes que al eterno marginado de Clark, y luego la misma Lois, una fémina por demás ambiciosa que pide a gritos que se le mienta en la cara porque lo único que acepta es a un Príncipe Azul utópico y no a los machos de carne y hueso y llenos de defectos de la vida prosaica, de allí que Kent la enamore como Superman por más que el grueso de su existencia lo pasa como el periodista, una criatura tranquila, afectuosa y siempre desapercibida por su sinceridad y cierta torpeza emocional adrede en el reino del maquiavelismo, la plutocracia y el canibalismo metropolitano. Donner aquí no sobreexplica absolutamente nada, ni el conocimiento científico del personaje del sublime Brando ni la aparición del cristal verde flúo ni los cambios mágicos de ropa de Clark, y para colmo le permite a la sexy Perrine lucirse como el único personaje femenino interesante, recordemos que ella escapa del presidio porque ayuda a Superman quitándole la kryptonita del cuello para que salve a su madre de una muerte segura por las debacles provocadas por su novio calvo, incluida una atracción innegable para con el contrincante que abarca un beso. Al limitar el humor slapstick al Otis de Beatty y denunciar el sustrato frágil y caprichoso del sibarita del mal hiper presuntuoso de Hackman, el director edifica un hito del primer cine de superhéroes y/ o inspirado en cómics, el único valioso que también incluye a los trabajos en el rubro en cuestión de Tim Burton, Warren Beatty y Christopher Nolan, y conserva la integridad del adalid de la justicia porque en esta ocasión el inefable camino del héroe es de resonancias piadosas cristalinas y está vinculado a las familias fragmentadas/ compuestas/ recauchutadas de la modernidad, de este modo el padre muta en el hijo y el hijo en el padre mediante esa transferencia simbólica intergeneracional que todos llamamos cultura, hoy metamorfoseada en virtualidad espacial que arriba a un mundo bello repleto de conflictos…
Superman (Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá/ Suiza/ Francia/ Panamá, 1978)
Dirección: Richard Donner. Guión: Tom Mankiewicz, Mario Puzo, Robert Benton, David Newman y Leslie Newman. Elenco: Marlon Brando, Gene Hackman, Christopher Reeve, Ned Beatty, Jackie Cooper, Glenn Ford, Margot Kidder, Valerie Perrine, Susannah York, Terence Stamp. Producción: Pierre Spengler, Alexander Salkind, Ilya Salkind y Richard Lester. Duración: 188 minutos.