Todos aquellos colegas y asociados que conocieron de primera mano a Spencer Tracy lo señalaron no sólo como el mejor actor de su generación sino como uno de los mejores de la historia de Hollywood, un señor que aprendió el oficio muy de abajo, empezando en las tablas y el ecosistema específico de Broadway, para terminar desarrollando de a poco un estilo de actuación bastante medido y extraño para una época, léase mediados del Siglo XX, en la que predominaba la interpretación exagerada y ultra artificial/ en pose, hablamos de su “marca registrada” actoral vinculada al naturalismo, la honestidad humanista y una sensación de facilidad absoluta en lo que respecta a calzarse los zapatos del personaje de turno, lo que por cierto escondía el hecho de que Tracy era un profesional de hierro que se aprendía al dedillo sus diálogos y marcas y que no le gustaba ensayar porque se perdía, precisamente, esa chispa primigenia que sintetiza la verdad del momento y de la criatura a componer. A pesar de que toda su vida batalló contra el alcoholismo, el insomnio crónico, el sobrepeso, el tabaquismo, la moral puritana del período que le impedía divorciarse y hasta la sensación de culpa por la sordera de su hijo y por el abandono de su familia en la década del 30, el genial Spencer edificó una carrera fascinante en la que se destacan obras como Furia (Fury, 1936), de Fritz Lang, Los Enredos de una Dama (Libeled Lady, 1936), de Jack Conway, Capitanes Intrépidos (Captains Courageous, 1937), de Victor Fleming, Con los Brazos Abiertos (Boys Town, 1938), de Norman Taurog, Hacia Otros Mundos (Northwest Passage, 1940), de King Vidor, Edison, el Hombre (Edison, the Man, 1940), de Clarence Brown, El Fruto Dorado (Boom Town, 1940), otra de Conway, La Séptima Cruz (The Seventh Cross, 1944), opus de Fred Zinnemann, Treinta Segundos sobre Tokio (Thirty Seconds Over Tokyo, 1944), de Mervyn LeRoy, Mar de Hierba (The Sea of Grass, 1947), del gran Elia Kazan, El Estado de la Unión (State of the Union, 1948), de Frank Capra, La Costilla de Adán (Adam’s Rib, 1949), de George Cukor, El Padre de la Novia (Father of the Bride, 1950), de Vincente Minnelli, La Impetuosa (Pat and Mike, 1952), también de Cukor, y un recordado díptico aventurero a cargo de Edward Dmytryk, Lo que la Tierra Hereda (Broken Lance, 1954) y La Montaña Siniestra (The Mountain, 1956), entre muchas otras propuestas que demostraron de sobra su valía y enorme heterogeneidad como artista.
Ahora bien, entre la etapa inicial de su derrotero en la gran pantalla, aquella de 20.000 años en Sing Sing (20.000 Years in Sing Sing, 1932), del amigo Michael Curtiz, y El Castillo del Hombre (Man’s Castle, 1933), de Frank Borzage, y las postrimerías de su carrera, los años de Cosas de Mujeres (Desk Set, 1957), de Walter Lang, El Último Hurra (The Last Hurrah, 1958), de John Ford, El Diablo a las Cuatro (The Devil at 4 O’Clock, 1961), de LeRoy, La Conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962), de Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe, y la tetralogía con su querido Stanley Kramer, Heredarás el Viento (Inherit the Wind, 1960), Juicio en Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961), El Mundo Está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963) y Adivina Quién Viene a Cenar (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), Tracy fue mutando a nivel de su personalidad y paulatinamente se volvió más parco, maniático y apasionado en relación a la vida cotidiana y su profesión, por ello cuando llegó el momento de rodar la película que nos ocupa bajo las órdenes del imponderable John Sturges, la extraordinaria Conspiración de Silencio (Bad Day at Black Rock, 1955), el intérprete ya contaba con un manojo de tics y opiniones muy férreas que enmarcaban sin excepciones su idiosincrasia laboral, como por ejemplo no filmar casi nunca más de una única toma y no permitir primeros planos en serio si el actor consideraba que la película no los necesitaba, como en este caso. Sturges, que tenía una muy buena relación con Spencer al punto de que ya había filmado con él El Caso O’Hara (The People Against O’Hara, 1951) y volverían a trabajar juntos en ocasión de la recordada El Viejo y el Mar (The Old Man and the Sea, 1958), basada en la famosa novela corta de 1952 de Ernest Hemingway, consigue aquí uno de los mejores y más minimalistas desempeños de la excelsa trayectoria de Tracy, en esta oportunidad componiendo a un inolvidable veterano de la Segunda Guerra Mundial, John J. Macreedy, que ha perdido su brazo izquierdo y a finales de 1945 se baja de un tren en el pueblito rural de Black Rock, despertando de inmediato la curiosidad malsana de todos los lugareños porque hacía cuatro años que la formación ferroviaria no se detenía en la estación, el mismo período de tiempo transcurrido desde la desaparición de un japonés llamado Komoko que pretendió asentarse como agricultor en la zona durante la fiebre racista y xenófoba norteamericana de la época.
Macreedy, quien comienza precisamente a interrogar a casi todos acerca de Komoko y su granja, Adobe Flat, se gana la animosidad del telegrafista Hastings (Russell Collins), el cual se siente consternado porque nadie le avisó que iba a parar el tren y le comunica que no hay taxis en la minúscula metrópoli, del recepcionista del único hotel del paraje, Pete Wirth (John Ericson), quien le miente afirmando que no hay habitaciones disponibles, del sheriff local, Tim Horn (Dean Jagger), un alcohólico bastante patético que no lo ayuda en nada, y sobre todo de Reno Smith (Robert Ryan), un poderoso terrateniente de la zona que detesta a los nipones luego del Ataque a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y de la Batalla de Corregidor del 5 y el 6 de mayo de 1942, llegando incluso a atosigar a John a través de sus dos esbirros/ perros falderos favoritos, los temibles Héctor David (Lee Marvin) y Coley Trimble (Ernest Borgnine), el primero presentándose en su cuarto de hotel para amenazarlo y luego destrozando el motor de un automóvil que le ofrece a Macreedy el veterinario y funebrero del lugar, Doc Velie (Walter Brennan), y el segundo llegando incluso a sacarlo de la carretera al chocarlo desde atrás cuando consigue alquilarle un jeep a la bella hermana de Wirth, la encargada de un taller mecánico Liz (Anne Francis), junto con el médico las únicas dos personas de Black Rock que no se muestran hostiles y/ o distantes ante el recién llegado. Mientras que Smith y los suyos tratan de averiguar infructuosamente acerca de Macreedy mediante un detective privado de Los Ángeles, Nick Gandi, el protagonista hace lo propio en Adobe Flat y pronto descubre que la otrora casa de Komoko está reducida a escombros y cenizas por un incendio, que el japonés halló agua en un terreno en apariencia estéril y que hay flores silvestres en las inmediaciones, indicando que está parado sobre una tumba. El asunto va trepando en intensidad anímica porque resulta evidente que John no se irá fácilmente y que Reno lo engaña cuando dice que Komoko fue trasladado a uno de los campos de concentración para japoneses de aquellos años, provocando que Trimble ataque al manco en el restaurant de Sam (Walter Sande), ganándose una paliza por la destreza en judo del visitante. Después de intentar comunicarse en vano con la policía por teléfono y telegrama, el personaje de Tracy se entera por boca del veterinario y el recepcionista de que pretenden matarlo sin más para que nadie sepa del cruento asesinato del campesino japonés.
Conspiración de Silencio por un lado retoma la denuncia de izquierda en torno a la triste complicidad popular de A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, esa misma que Sturges a posteriori recuperaría para la también estupenda El Último Tren de Gun Hill (Last Train from Gun Hill, 1959), y por el otro lado critica tanto la caza de brujas hiper cobarde del macartismo, en este caso de modo fundamentalmente solapado, como la política bélica delirante de las cúpulas gubernamentales yanquis de confinar a los nipones en suelo norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, sin que importe si eran ciudadanos o no y cuál fuese su generación en materia de su rango migratorio, en campos de concentración horrorosos y precarios a lo largo de años en los que se violaron de manera sistemática los derechos humanos vía condiciones opresivas, discriminación, mucho odio, militarización compulsiva y prejuicios raciales de todo tipo que amargaban la existencia de los reos. La película es también una conjunción prodigiosa y francamente insólita para su época de western, film noir y obra de suspenso ya que gran parte del relato se basa en el doble misterio de fondo, nos referimos primero a la identidad y el propósito en Black Rock de Macreedy, un jubilado por la pérdida de su brazo en combate que fue salvado en esas refriegas en Italia contra los nazis por el hijo de Komoko al extremo de que le dieron una medalla y el hombre simplemente deseaba entregársela al padre del muchacho fallecido, y segundo a los “pormenores” del homicidio del japonés, quien al encontrar agua en Adobe Flat, propiedad de Reno, enfureció al dueño de los terrenos ya que se creía un ser superior pensando que estaba engañando al asiático porque nunca podría plantar nada sin el oro líquido, así cuando después de Pearl Harbor lo rechazaron en el examen físico de la oficina de reclutamiento Smith y su grupo de borrachines -llenos de alcohol y de chauvinismo- se propusieron acosar a Komoko prendiéndole fuego la morada y luego acribillándolo cuando salió ardiendo en llamas desde dentro de su hogar, enterrándolo allí mismo en un crimen del que además formaron parte Sam, Pete, Coley y Héctor. Otra factor muy interesante del convite es que piensa la escala de reacciones o culpabilidades/ responsabilidades ante el delito cometido, desde la indiferencia pusilánime del grueso de los habitantes del pueblito bucólico, pasando por el sentimiento de culpa bien pasiva del sheriff, quien se la pasa siendo humillado por Smith y eventualmente abandona Black Rock para regresar a último minuto, hasta llegar a la angustia redentora de la abulia inicial de Velie y de la condición de secuaz activo de Pete, amén por supuesto de los energúmenos al mando del oligarca, los personajes de los magníficos y jóvenes Borgnine y Marvin, monstruos sagrados del séptimo arte como Robert Ryan y el propio Spencer. El sustrato ultra masculino del film no pide perdón para nada ya que incluso se denuncia la hipocresía femenina y el carácter peligroso de las mujeres, basta con pensar en este sentido que el entregador de John en la secuencia del desenlace es nada menos que el único personaje femenino de todo el relato, Liz, en un principio asomándose como una posible figura auxiliar con respecto al veterinario, en eso de ponerse del lado del forastero, para luego decantar en una arpía espantosa al servicio de un Smith que es su amante y para colmo la mata sin piedad siguiendo el razonamiento de un John que supo predecir que tanta paranoia, tanta xenofobia y tanto código de silencio generarían que el mandamás pase a cargarse uno a uno a sus cómplices para sentirse seguro otra vez, como antes del homicidio de Komoko símil “segunda fundación” de una ciudad consumida por la apatía. La madurez del guión de Millard Kaufman, basado en un borrador previo de Don McGuire que a su vez se inspiró en el cuento corto Mal Tiempo en Honda (Bad Time at Honda, 1947), de Howard Breslin, examina la siempre sutil metamorfosis de Macreedy, quien salta de la autocompasión por la pérdida del brazo izquierdo a fortalecerse ante la amenaza de muerte de Smith, y para colmo incluye una suerte de reflexión alrededor del estatuto de aislamiento orgulloso del Oeste semi desértico estadounidense, ya que en una sublime escena Reno le aclara a John que de vez en cuando aparecen intrusos como él que vienen con alguna perspectiva foránea pretendiendo modificar el sustrato rústico de la región, juzgado invariable y característico por sus pobladores, por ello para el historiador este rincón del planeta es ejemplo del Viejo Oeste, para el escritor del Salvaje Oeste y para el empresario del Oeste Subdesarrollado con destiño de explotación y rauda rapiña, planteo que enfatiza también la paradoja de la cultura capitalista moderna pretendiendo destruir aquella cultura del colono anglosajón de antaño que se niega a todo movimiento migratorio posterior porque se siente dueño de la tierra que lo rodea ya que para ello masacró a los aborígenes que lo precedieron en esta comarca, borrándolos de la memoria popular de la misma forma en la que anhela erradicar -aunque ahora sin conseguirlo nunca más del todo, a pesar de la animadversión baladí del vulgo y de la administración pública- a cualquier colectivo externo considerado competencia en términos de la supremacía final sobre la zona en cuestión. En simultáneo padre de los westerns crepusculares, de un mundo endogámico y claustrofóbico que llega a su fin por la utopía mentirosa del progreso, y de los modernos, esos centrados en la actualidad pero reproduciendo la arquitectura dramática prototípica del género, Conspiración de Silencio se acopla a tantas otras odiseas de resistencia individual de Hollywood porque la maestría narrativa de Sturges, asistido por cierto por las exquisitas fotografía de William C. Mellor y música de André Previn, sirve a la implacable justicia, sin duda representada en el cóctel molotov que recibe Reno en el desenlace, y permite una reconciliación -muy traumática pero reconciliación al fin- entre la tozudez del protagonista, un veterano que ya no tiene nada que perder, y la mínima chispa de resistencia al poder que aún sobrevive en Black Rock, simbolizada sobre todo en Doc Velie y en segunda instancia en el sheriff y el recepcionista, por ello el gesto de entregarle la medalla del vástago de Komoko al funebrero, siendo padre e hijo dos héroes en sus respectivos ámbitos de batalla, equivale a un reconocimiento al sano inconformismo y la necesidad de ser más respetuosos ante el distinto y dejar de generalizar o particularizar a partir de reglas/ esquemas/ pareceres que no siempre son aplicables ni mucho menos se condicen con una realidad en la que el canibalismo fraternal y esta iconografía del miedo siempre se pagan de una forma u otra…
Conspiración de Silencio (Bad Day at Black Rock, Estados Unidos, 1955)
Dirección: John Sturges. Guión: Millard Kaufman. Elenco: Spencer Tracy, Robert Ryan, Walter Brennan, Ernest Borgnine, Lee Marvin, Dean Jagger, John Ericson, Russell Collins, Anne Francis, Walter Sande. Producción: Dore Schary. Duración: 81 minutos.