La Cinta Blanca (Das Weiße Band)

Las úlceras de la comunidad

Por Emiliano Fernández

Odiado por el público y la crítica idiotas, populacheras y antiintelectuales -esos imbéciles son legión hoy en día- y amado por los cinéfilos de corazoncito inconformista que adoran pensar más que sentir cuando se contempla una obra de arte, Michael Haneke en realidad es una figura bastante heterogénea ya que así como por un lado toda su producción puede considerarse coherente a nivel ideológico porque responde a sus preocupaciones de siempre como la alienación del sujeto en la sociedad contemporánea, la fetichización tecnológica, la fragmentación de la experiencia vivida, la construcción de burbujas narcisistas, el apego masivo a la banalidad cultural, las inequidades sociales del día a día en el capitalismo y la tendencia autovictimizante y/ o maquiavélica de la burguesía, por el otro lado el cineasta austríaco ha demostrado un devenir de lo más errático en términos de la calidad específica de los opus que ha venido entregando, por ello tenemos desde obras maravillosas como El Séptimo Continente (Der Siebente Kontinent, 1989), El Video de Benny (Benny’s Video, 1992), Horas de Terror (Funny Games, 1997), La Profesora de Piano (La Pianiste, 2001), Caché (2005), La Cinta Blanca (Das Weiße Band: Eine Deutsche Kindergeschichte, 2009), Amour (2012) y Final Feliz (Happy End, 2017) hasta trabajos bastante deslucidos, pobres o directamente fallidos en clara sintonía con 71 Fragmentos de una Cronología del Azar (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994), Código Desconocido (Code Inconnu, 2000), El Tiempo del Lobo (Le Temps du Loup, 2003) y Juegos Sádicos (Funny Games, 2007), esta última su innecesaria remake hollywoodense de Horas de Terror por más que el director y guionista se haya cansado de justificarla diciendo que el formato de thriller de invasión de hogar con un marco autoreflexivo calza mejor en un contexto norteamericano saturado por la desensibilización que imponen los medios de comunicación y su obsesión con las carnicerías, la violencia, el vilipendio y las refriegas en general. Dejando de lado su extensa y mediocre faceta televisiva, esa que en suma le sirvió como ensayo primigenio para los contados largometrajes que ha realizado desde fines de la década del 80, casi todas sus películas transcurren en el presente salvo el contexto apocalíptico semi hobbesiano de El Tiempo del Lobo, a la cual tranquilamente podemos situar en un futuro bien próximo, y salvo ese pasado tampoco tan lejano de La Cinta Blanca, esta última constituyendo una gran anomalía dentro de su carrera porque el ardid de viajar al período previo al estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial le permite adoptar un esencialismo humanista como perspectiva discursiva que combina su típico nihilismo en torno a la naturaleza envilecida del hombre con algo de esperanza de la mano del cariño de pareja y ese otro intra familiar.

 

Ubicada en un pueblo ficticio protestante del norte alemán, Eichwald, entre julio de 1913 y agosto de 1914, como decíamos la etapa previa e inmediatamente posterior al asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria por Gavrilo Princip en Sarajevo el 28 de junio de 1914 y la declaración de guerra del Imperio Austrohúngaro a Serbia, la historia en sí de La Cinta Blanca no tiene un desarrollo tradicional y funciona como un relato coral que gira alrededor de una serie de hechos de violencia y personajes varios como un estricto Pastor (Burghart Klaußner), su esposa (Steffi Kühnert) y los dos hijos mayores y adolescentes del clan, Martin (Leonard Proxauf) y Klara (Maria Dragus), el Médico viudo del lugar (Rainer Bock) y su amante y asistente, la Partera (Susanne Lothar), los dos hijos del matasanos, la púber Anna (Roxane Duran) y el pequeño Rudolf (Miljan Châtelain), el Barón y principal empleador de la región (Ulrich Tukur), su esposa, la Baronesa (Ursina Lardi), y uno de los hijos del clan, Sigi (Fion Mutert), el Administrador/ Capataz del anterior (Josef Bierbichler) y su mujer (Gabriela Maria Schmeide), el hijo con Síndrome de Down de la Partera, Karli (Eddy Grahl), un Campesino veterano al servicio del Barón (Branko Samarovski) y su hijo mayor, Max (Sebastian Hülk). Como en otros films del tremendo Haneke, aquí los hechos se encadenan pero ahora privilegiando el misterio de fondo y ofreciendo como narrador retrospectivo a un Profesor de Escuela que también interviene en el relato (Christian Friedel para la juventud, Ernst Jacobi para esa vejez en off), enamorado a su vez de una muchacha de 17 años, Eva (Leonie Benesch), flamante niñera de los críos de la Baronesa: el primer acontecimiento trágico es una suerte de atentado contra el Médico, a quien le colocan un cable tensado en el camino para que su caballo tropiece y caiga, luego la esposa del Campesino muere en el molino del Barón al pisar madera podrida y derrumbarse hacia el vacío, Sigi asimismo es torturado en el aserradero con golpes de vara sobre sus nalgas, el bebé del Administrador termina muy enfermo porque alguien dejó abierta la ventana del cuarto durante la noche helada, pronto un incendio voraz e intencional devora el granero del Pastor, el Campesino se suicida al quedarse sin trabajo porque Max destruyó la huerta del Barón ya que lo culpabiliza por el accidente fatal de su madre, Klara asesina con unas tijeras al ave mascota de su progenitor porque éste la castiga por haber gritado antes de la lección de teología para la confirmación de un grupo de adolescentes locales, Karli es secuestrado y torturado como Sigi pero en esta ocasión le apuñalan los ojos y finalmente uno de los hijos mayores del Administrador, Georg (Enno Trebs), le roba la flauta a Sigi y lo arroja a un arroyo, del cual lo rescata el hermano del anterior, Ferdinand (Theo Trebs).

 

Muchas veces reducida a una metáfora alrededor del surgimiento o la cristalización del germen autoritario, perverso y demencial que con los años derivaría en el nazismo y/ o los distintos fascismos europeos y mundiales del Siglo XX y más allá, a decir verdad La Cinta Blanca, como bien lo explicita la Baronesa en la escena en la que le comunica a su marido que lo abandona por un banquero italiano, explora un típico ecosistema social moderno basado en la desconfianza, la maldad, la envidia, la indiferencia y la brutalidad porque los padres no dejan ni por un segundo de ejercer su dominio asfixiante sobre sus vástagos y éstos a su vez reproducen entre ellos los castigos recibidos en la cotidianeidad al punto de considerarlos sanciones explícitas contra esos adultos que los engendraron. Con la única excepción del Profesor de Escuela y su amada Eva, una joven que termina despedida por el Barón a raíz del episodio de Sigi y trabajando de aprendiz en una peluquería metropolitana lejos de Eichwald, a la espera de que se cumpla el plazo de un año fijado por su padre (Detlev Buck) para poder casarse con el maestro, prácticamente todos los personajes son una lacra inmunda tanto en lo que hace a su rol de verdugos como de víctimas patéticas de los acontecimientos que cocrearon y que legitiman a diario, basta con pensar en el carácter petulante y machista del Barón, en la soberbia lunática del Pastor y su costumbre de amarrar a Martin a su cama para que no se masturbe durante las noches y atarles al cuerpo del muchacho y Klara sendas cintas blancas para recordarles todo el tiempo la inocencia y pureza que se espera de ellos, en la tendencia del Administrador a golpear a sus hijos con ferocidad, en los maltratos verbales y humillaciones del Médico para con la Partera y los abusos sexuales a los que somete a su hija, Anna, en la cobardía del Campesino entrado en años tanto al momento de enfrentarse a su empleador como de buscar una solución cuando es expulsado por el terrateniente, optando por simplemente matarse al no conocer otra cosa que las labores agrícolas esclavistas para alimentar a su prole, y por supuesto en el sadismo con cara angelical del colectivo de niños errantes responsable del suplicio de los inocentes, léase Sigi, el bebé del Administrador y Karli, hablamos del grupillo encabezado por Klara y Martin, la primera una arpía todo terreno y el segundo un aparente frustrado sexual que coquetea con el suicidio debido a que ya no soporta el ambiente de represión autocrática y mojigatería oscurantista baladí. Si bien todos los personajes tienen nombre, en los créditos y los diálogos en general sólo los purretes son designados con apelativos fijos ya que los adultos son reducidos a su profesión cual lugar simbólico en la comunidad, planteo retórico que tiene que ver con una madurez negada por los mayores a pura estupidez y arrogancia.

 

Esta noción insistente de la película de equiparar en complejidad psicológica a niños y a adultos, convirtiendo a los primeros en espejos metafóricos de los segundos, no sólo niega el sustrato mediocre típico del mainstream a la hora de representar a la infancia, volcado, precisamente, a pavadas utópicas de simpleza, inocencia y pureza como si los adultos repugnantes posteriores surgieran de repente por generación espontánea, sino que además se vincula a cómo en términos concretos se manifiestan el poder y la influencia en las sociedades humanas, sobre todo a través de la ponderación ciega y vacua de los líderes, la plutocracia, el entretenimiento bobo y reglamentos y conductas consuetudinarias varias al servicio del statu quo que siempre favorecen la apatía, el conformismo, la insensatez, el no discernimiento/ pensamiento crítico, la evasión de la realidad y una idea de superioridad moral basada en la ortodoxia y en la repetición eterna de lo mismo, nada menos que esa autocomplacencia que niega al prójimo distinto y por ello provoca que se lo pretenda capar para transformarlo en otro monigote descerebrado del montón que se parece a los otros monigotes descerebrados del montón. No obstante, como decíamos con anterioridad, hoy por hoy no todo son palazos mortales contra el quid sumiso y al mismo tiempo pedante de hombres y mujeres ya que la rebeldía, por lo menos aquella de tipo conceptual, se asoma mediante el punto de vista del forastero pensante insertado en el enclave claustrofóbico y manteniendo su independencia, la pareja del docente y su novia, quienes a pesar de también responder a los mandatos ineludibles del puritanismo del período pueden cortarse solos cual entes autónomos a condición de eventualmente exiliarse en Vösendorf para dejar atrás esa prisión llamada Eichwald, a lo que se suma un gesto tierno y muy poco frecuente en el cine del austríaco como el de la secuencia en la que uno de los hijos pequeños del Pastor, Gustav (Thibault Sérié), le regala a su padre un pajarito herido que había rescatado y cuidado para reemplazar al asesinado por Klara porque lo nota muy triste, instante en el que el clérigo por fin se ablanda un poco por el detalle desinteresado del mocoso para con un patriarca, dictador hogareño y consejero de almas temerosas de Dios que por cierto no quiere hacerse cargo del hecho de haber concebido a monstruos cuando en las postrimerías del metraje el Profesor de Escuela lo encara con la retahíla de “coincidencias” alrededor de la presencia recurrente de sus vástagos y otros niños en las escenas de los crímenes y lugares aledaños, haciéndolo en parte responsable a él también porque al fin y al cabo el pedagogo convive tanto tiempo con los niños como sus propios progenitores. Mediante la bella fotografía de Christian Berger, la clásica ausencia de música extra diegética y un narrador omnisciente muy a lo Stanley Kubrick que sin embargo no puede resolver del todo el enigma de tantos sucesos interconectados y en simultáneo algo aislados, Haneke en esta oportunidad da vuelta el estereotipo de siempre de los católicos como sinónimos de familias numerosas y de los calvinistas y luteranos en tanto ejemplos de un clan un poco más medido al momento de reproducirse como conejos, por ello nos muestra de manera constante a parentelas con muchos hijos tanto entre la elite capitalista como entre los sectores pauperizados, e incluso desarma la hipocresía de unos adultos que cuando desaparecen sus hijos los lloran como si fuesen la “luz de la vida” pero cuando los tienen enfrente no los soportan al extremo de ningunearlos, maltratarlos o molerlos abiertamente a golpes, panorama que queda muy en evidencia al comparar el apego fanático de la Baronesa para con Sigi después de la sesión de tortura con la crianza tercerizada del desfile de niñeras y criados y con alguna que otra secuencia esclarecedora como aquella inicial en la que reta al purrete por su sola presencia en la mansión y en la misma habitación en la que la hembra ciclotímica ensaya en su piano una composición de Franz Schubert acompañada en flauta por el Tutor de la prole de la ricachona (Michael Kranz), asimismo eje de su rabia de burguesa histérica y caprichosa. La Cinta Blanca relaciona a la religión y el capitalismo con un sistema tiránico, que no acepta objeciones y castiga sin piedad a los miembros díscolos de la sociedad, y considera al ámbito de las supersticiones y el inconsciente como una especie de canalización solapada de anhelos íntimos, deseos de redención o sentimientos tácitos de culpa, pensemos en el detalle de Erna (Janina Fautz), hija adolescente del Administrador, confesándole al docente que soñó primero que uno de sus hermanos abría una ventana de la pieza del bebé y éste enfermaba, como efectivamente ocurrió, y que algo horrible le pasaría a Karli, otra profecía que se materializa en nuestra praxis comunal y lleva al personaje del estupendo Friedel a denunciar a la púber ante la policía, así dos detectives (Michael Schenk y Hanus Polak Jr.) se consagran a torturarla verbalmente para que diga quién le contó acerca del proyecto de martirizar al retrasado mental, ese vástago cual peso muerto de la masoquista de la Partera. Al amalgamar el retrato ambicioso de época, un racconto implícito de sutiles resonancias existencialistas bergmanianas y un manejo brillante del suspenso que supera por mucho a lo realizado por el director en sus opus centrados en la contemporaneidad, la película logra penetrar en las úlceras sociales que suelen ser barridas debajo de la alfombra para construir en cambio quimeras huecas y sumamente anodinas que desde ya no resuelven ninguno de los problemas de fondo porque romantizan a los mocosos y exculpan a los adultos, así los psicópatas de gran altura preparan el ruedo para que sus homólogos enanos algún día los reemplacen en un encadenamiento de generaciones y generaciones en el que casi nadie parece aprender del todo las lecciones y el espanto de antaño persiste bajo nuevos ropajes y flamantes estratagemas que profundizan la inequidad mientras que progresivamente ofrecen una supuesta mayor libertad que no es más que egoísmo disfrazado, equiparado al dinero y dispuesto a canibalizar a cualquiera que se ponga en el camino de su voluntad y jactancia…

 

La Cinta Blanca (Das Weiße Band: Eine Deutsche Kindergeschichte, Alemania/ Austria/ Francia/ Italia/ Canadá, 2009)

Dirección y Guión: Michael Haneke. Elenco: Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leonie Benesch, Ulrich Tukur, Ursina Lardi, Burghart Klaußner, Maria Dragus, Leonard Proxauf, Rainer Bock, Susanne Lothar. Producción: Stefan Arndt, Daniel Goudineau, Laurent Hassid, Veit Heiduschka, Jörn Klamroth, Heinrich Mis, Margaret Ménégoz, Andrea Occhipinti y Bettina Reitz. Duración: 146 minutos.

Puntaje: 10