Faraón (Faraon)

Las arenas del poder

Por Martín Chiavarino

Desde el Renacimiento el Antiguo Egipto y su época de esplendor, una civilización desaparecida bajo las arenas del tiempo y la historia, ha despertado el interés de aventureros, arqueólogos, antropólogos e historiadores a tal punto que el estudio del Antiguo Egipto tiene hoy su nombre propio, Egiptología. Ni siquiera las grandes potencias han dejado pasar la posibilidad de adentrarse en los misterios de Egipto y quedarse con parte del botín de los faraones, y por supuesto, la literatura y el cine no han dejado de hincar sus colmillos en los elixires de su magnificencia.

 

Para el escritor polaco Bodeslaw Prus, autor de la novela Faraón (Faraon, 1897), la historia de la vigésima dinastía egipcia tenía muchas similitudes con el colapso de la Comunidad del Reino de Polonia y el Ducado de Lituania a fines del Siglo XVIII, cuestión que carcomía al nacionalismo polaco, subyugado por los imperios circundantes. En su novela, marcada por un lenguaje vítreo y poético, Prus recrea las disputas de poder entre el Faraón y sus acólitos por un lado y el clero por el otro, y las conspiraciones alrededor de la frágil avenencia con el Imperio Asirio y Fenicia, en medio de la decadencia de una de las civilizaciones más fastuosas que la humanidad haya conocido.

 

El cine no se quedó atrás en la obsesión por el Antiguo Egipto, atraído por las pirámides, monumentos, tumbas, descubrimientos y maldiciones. La década del cincuenta del Siglo XX vio surgir grandes films épicos que tenían a Egipto y a los faraones como centro, pero fue en la década del sesenta que la manía egipcia explotó con superproducciones de Hollywood que cautivaron a los espectadores con la majestuosidad de una civilización plena de misterios.

 

Faraón (Faraon, 1966) se enmarca dentro de esta moda de adentrarse en estos arcanos, pero es un film atípico del género. No solo porque fue realizado en la Polonia socialista del Pacto de Varsovia y porque constituyó un suceso cinematográfico en su país, sino más bien porque se adentra en la civilización egipcia en su decadencia, en sus disputas internas y en sus contradicciones, con una mezcla de poesía y realismo socialista inusuales que revelan las posibilidades del cine para construir puentes entre el pasado y el presente.

 

El film se inicia con una escena alegórica de dos escarabajos, símbolo del Dios Sol y de la metamorfosis, luchando por un pedazo de excremento. A continuación, el ejército egipcio comandado por el sucesor al trono tiene una grave disputa con el representante del clero que sugiere desviar la marcha militar para no molestar a los escarabajos, lo que genera que un pobre hombre que había excavado un canal se suicide cuando su obra es destruida por el ejército. El joven e impetuoso hijo del soberano Ramsés XII (Andrzej Girtler), llamado Lycon y futuro Ramsés XIII (Jerzy Zelnik), confirma así su mortal decisión de enfrentarse con el poder religioso en un conflicto que se extenderá durante todo el film.

 

En su marcha por el desierto, Ramsés XIII conoce a una joven mujer judía, Sarah (Krystyna Mikolajewska), a la que toma por amante y con la que engendra un hijo. A pesar de la oposición a la unión de la madre de Lycon, Nikotris (Wieslawa Mazurkiewicz), el Sumo Sacerdote dedicado a Amón, Herhor (Piotr Pawlowski), la convence de que el vástago del soberano egipcio puede ser el lazo entre Egipto y las comunidades israelíes dispersas y que a través de este niño pueden llegar a controlarlas y reinar sobre ellas estableciendo una alianza duradera que les permita mejorar su posición dentro del delicado equilibrio de poder entre Asiria, Egipto y Fenicia. Pero las intrigas se suceden sin descanso. Un enfermo y anciano Ramsés XII fallece, Ramsés XIII toma una nueva amante, la bella sacerdotisa Kama (Barbara Brylska), rompiendo con las tradiciones, y así las conspiraciones se aceleran, la aquiescencia del clero se resquebraja, la popularidad del joven soberano aumenta considerablemente, las arcas siempre parecen medio vacías y la guerra se cierne sobre Egipto. Sarah y su hijo son desterrados, cuando Ramsés descubre los planes de Herhor para su retoño, y asesinados después mientras el soberano emprende una campaña bélica para someter a unos rebeldes libios. Mientras tanto el Príncipe de Fenicia, Hiram (Alfred Lodzinski), logra convencer a Ramsés XIII de que los sacerdotes egipcios han firmado un tratado ominoso con Asiria e incita al soberano a iniciar una guerra contra el poderoso Imperio Asirio para beneficio de Fenicia. Ramsés XIII, un rey vanidoso y engreído, amado por su pueblo, al que le regala dinero, colmado de odio contra el clero y deseoso de construir su propio legado, alienta todos los planes que tengan como objetivo derribar o delimitar el poder de los sacerdotes de Amón, mientras éstos le recuerdan que todos los monarcas que los han desafiado no han vivido demasiado tiempo ni dejado un legado duradero.

 

La tensión entre el soberano y el clero aumenta hasta que finalmente estalla cuando Ramsés XIII lanza al pueblo a asediar el laberíntico palacio fortaleza en el que los sacerdotes custodian el oro de Egipto. El conocimiento astronómico y astrológico y la apelación a las tradiciones y las supercherías religiosas logran disolver la muchedumbre asustada por un Eclipse, símbolo de la cólera divina. La conjura de Ramsés XIII contra el clero fracasa y su mejor amigo y aliado, Tutmosis (Emir Buczacki), es traicionado y asesinado cuando intenta arrestar al Sumo Sacerdote Herhor, acusándolo de traición. Ramsés XIII termina también asesinado como una víctima más de sus desmedidas ambiciones y de su falta de visión en un Egipto en pleno declive que ve caer una dinastía más.

 

Una de las escenas más icónicas del film es la de la batalla entre los seguidores de Ramsés XIII, dirigidos por éste, contra los rebeldes en una cruzada que acentúa el carácter subjetivo del conflicto al situar la cámara en el lugar de los soldados que marchan hacia el crudo combate, una muerte posible, con parsimonia y estoicismo, para adentrarse después en la brutal acometida. La escena da cuenta de la ferocidad de los combates, del sinsentido de la guerra y de la imposibilidad de encontrar algún tipo de heroísmo en un conflicto bélico en el campo de batalla.

 

Una de las grandes decisiones del genial realizador polaco Jerzy Kawalerowicz fue la de filmar con una estética de claroscuros limitando los colores brillantes, pero enfatizando el dorado, que representa el oro, la riqueza de Egipto que se disputaban el Faraón, el clero y los comerciantes.

 

El film fue principalmente filmado en el desierto de Uzbekistán, en ese momento parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y parcialmente en Egipto y cuenta con actuaciones extraordinarias de actores que tendrán un gran éxito en la cinematografía polaca, como el protagonista Andrzej Girtler y la bella Barbara Brylska, e intérpretes ya consagrados como Wieslawa Mazurkiewicz y Alfred Lodzinski, en una superproducción increíble para la época. Sin duda alguna también llama la atención que los actores polacos interpreten sus papeles pintados de negro simulando su tonalidad egipcia mientras hablan polaco, una decisión estética típica de la época que enfatiza el compromiso del film con el realismo de la propuesta cinematográfica.

 

Faraón pone así en conflicto los tres ejes de la política moderna, el interés económico de los comerciantes que se enriquecen con las guerras y los conflictos, el clero que mantiene su poder en base al control de las tradiciones y los ritos, esas que hegemonizan la eternidad, y en el medio el Faraón, que debe decidir entre ser un engranaje más del sistema o romper con el equilibrio reinante para crear una nueva era de gloria y convertirse en un símbolo para el futuro, con el riesgo de caer en desgracia. Con un guión del propio Kawalerowicz junto a Tadeusz Konwicki, Faraón es una metáfora universal imperdible sobre el poder que nos interpela aún hoy, siglos más tarde, aún vagando por el desierto de las mismas ideas y los mismos conflictos en un eterno retorno que se remite sin lágrimas ni remordimientos.

 

Faraón (Faraon, Polonia, 1966)

Dirección: Jerzy Kawalerowicz. Guión: Jerzy Kawalerowicz y Tadeusz Konwicki. Elenco: Jerzy Zelnik, Wieslawa Mazurkiewicz, Barbara Brylska, Krystyna Mikolajewska, Ewa Krzyzewska, Piotr Pawlowski, Leszek Herdegen, Stanislaw Milski, Kazimierz Opalinski, Andrzej Girtler. Producción: Ludwik Hager. Duración: 152 minutos.

Puntaje: 10