Si la dupla de Alexandre Bustillo y Julien Maury surgió como representante de cierto extremismo francés, con el tiempo se fue volviendo aliada de un cine más trash, sin la intelectualidad ni la solemnidad de algunos directores de aquel movimiento; lo del tiempo igual es relativo, porque ya en À l’intérieur (2007) había decisiones raras como la de esos planos malísimos de adentro de la panza de esa madre a la que cagan a palos durante hora y media. Algo de las decisiones medio infantiles que siempre tienen sus películas ya estaban desde el principio. Y son justamente esas decisiones medio chotas las que le dan un plus, tal vez porque dejan entrever su libertad como realizadores, y en las que se percibe el cariño que los directores tienen por el género desde pibes; cariño que ya había explotado cuando Bustillo escribía en la mítica revista francesa Mad Movies, años en los que conoció a Maury. Bustillo es un director anclado en su infancia y la historia de Kandisha (2020) surge como consecuencia de eso. Empezó a trabajar la idea a partir de sus recuerdos, de las historias que le contaban sus amigos marroquíes en un barrio parisino sobre un demonio con cuerpo de mujer y piernas de cabra. “Cuando hablábamos de miedos, todos -grandes y chicos- decían que Aicha Kandicha era a lo que más le temían”, contó Bustillo en una entrevista.
Parece que la figura mitológica surgió de un personaje real, una especie de puta espía que durante la ocupación del norte de África seducía a soldados portugueses para que se distrajeran y puedan ser atacados más fácilmente por las tropas marroquíes. Los directores actualizaron el mito para representarlo en una zona de monoblocks de los suburbios parisinos, donde Kandisha ya no aparece para luchar contra el imperialismo, o al menos no en la diégesis, aunque tal vez pueda leerse eso si pensamos en la vuelta a Francia de los realizadores (su película anterior fue Leatherface, en 2017) y la independencia de la propuesta con relación al subgénero que aborda, generalmente ligado a Estados Unidos y a la religión católica. Kandisha está acá para matar a todos los tipos; podría ser una de horror con alegoría feminista, casi rape and revenge fantástica; pero los directores, que siempre usan mujeres de protagonistas, no parecieran estar para complacer a ciertas voces de la coyuntura ni comulgar con los excesos discursivos o la cultura de la cancelación muchas veces alentada desde algunos sectores del feminismo más radical. De hecho, Kandisha primero mata a un tipo golpeador y violador, después sigue por sus amigos (hasta acá podríamos pensar en la destrucción de la complicidad) pero después termina matando a cualquier chabón sólo por su condición de hombre. En ese desvío se puede entrever una crítica a ciertas ideas de grupos feministas radicales (generalmente también transfóbicos y misándricos) o a las posturas exageradas de este momento de la revolución feminista; de todos modos, todo eso pasa por un subtexto que no pareciera interesarle mucho a la dupla que dirige y escribe; estamos ante un cine que no pretende definir realidades sociopolíticas sino más bien jugar con ellas.
El relato empieza con planos generales hechos con drone, mostrando los bloques de edificios típicos de los suburbios de París; pero no sólo están ahí como planos generales de establecimiento sino porque esa altura y esos techos van a tener una función narrativa más adelante. La cámara continúa con el grupo de chicas y chicos protagonistas tomando algo en un bar, hasta que finalmente llegan a un edificio abandonado que será la primera locación en la que los planos tengan esa oscuridad -por momentos casi total- marca de agua de la dupla tanto como la violencia explícita y el uso de efectos analógicos. De hecho, la simpática demonia Kandisha, que va cambiando de forma a medida que come hombres, termina siendo una gigante con patas de cabra que es en efecto el cuerpo real de uno de los tipos más altos de Francia. El espacio, aunque teñido por los edificios, es tan irreal como esa demonia patas de cabra; casi no hay adultos y la dinámica es la que imponen los adolescentes, sello del slasher, otro subgénero del que la dupla bebe junto al horror asiático de espectros y el mencionado subgénero de posesiones. Hay apariciones a lo Candyman (aunque quedan más como cliché de género que referencia) y un chistecito con una remera de Ramones y los que usan remeras de bandas que no escuchan, elementos que siguen la línea de lo lúdico como ese cuerpo que en un momento se parte en dos, chispazos donde la película cobra vida, incluso más que en cualquier otra obra de Bustillo y Maury, dos infantes más eternos que terribles.
Kandisha (Francia, 2020)
Dirección y Guión: Alexandre Bustillo y Julien Maury. Elenco: Mathilde Lamusse, Suzy Bemba, Samarcande Saadi, Mériem Sarolie, Sandor Funtek, Walid Afkir, Félix Glaux-Delporto, Nassim Lyes, Dylan Krief, Bakary Diombera. Producción: Guillaume Lemans, Delphine Clot y Wassim Béji. Duración: 85 minutos.