La carrera de Claude Lelouch, casi siempre volcada al humanismo romántico y a cierta experimentación con los engranajes narrativos/ retóricos/ formales, abarca más de seis décadas y va desde grandes clásicos del cine francés como La Aventura es la Aventura (L’Aventure, c’est l’Aventure, 1972), Una Dama y un Canalla (La Bonne Année, 1973), Toda una Vida (Toute une Vie, 1974), Los Unos y los Otros (Les Uns et les Autres, 1981) e Itinerario de un Niño Mimado (Itinéraire d’un Enfant Gâté, 1988) hasta propuestas más recientes y bastante potables en sintonía con Los Miserables (Les Misérables, 1995), Y Ahora… Señoras y Señores (And Now… Ladies and Gentlemen, 2002), Crimen de Autor (Roman de Gare, 2007) y Uno + Uno (Un + Une, 2015), no obstante resulta indudable que su película más conocida en los ámbitos local/ galo e internacional -y definitivamente una de las mejores de las muchas que filmó a lo largo y ancho de su derrotero profesional- es Un Hombre y una Mujer (Un Homme et une Femme, 1966), film que ha sido idealizado por generaciones y generaciones de cinéfilos tanto por sus méritos, en esencia vinculados al hecho de haber sabido capturar el zeitgeist de su tiempo en materia de las utopías de la década del 60 del entendimiento humano definitivo y la capacidad de cambio de la juventud y de no repetición de viejos vicios parasitarios del pasado inmediato, como por corolarios y características en cuanto a la recepción concreta entre el público, la crítica y los caprichosos jerarcas de los certámenes competitivos de entonces que se le escapaban de las manos a la película en sí, pensemos que el film fue muy exitoso en gran parte de los mercados de todo el planeta, una locura desde el punto de visto del cineasta porque hasta ese momento se la había pasado luchando por acuerdos de distribución y destruyendo los negativos de sus realizaciones por pura angustia y dolor, y además ganó a la par el Oscar a Mejor Película Extranjera y la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes y encima desencadenó un hit mundial que con el tiempo se transformaría en una de las canciones fundamentales de la historia de la música compuesta especialmente para el séptimo arte, nos referimos por supuesto al tema titular con música de Francis Lai y letra de Pierre Barouh, interpretado en pantalla por el adorable dúo de Nicole Croisille y Pierre Barouh, joya eterna del rubro del acompañamiento sonoro y hasta la contextualización dramática de la trama en cuestión.
El guión de la faena, escrito por Lelouch y su socio habitual Pierre Uytterhoeven, tiene su origen en una anécdota que pinta de pies a cabeza el sustrato pasional del director y las muchas frustraciones laborales que padeció en la fase primigenia de su trayectoria, ya que debido al fracaso a la hora de hallar un distribuidor para Los Grandes Momentos (Les Grands Moments, 1966), secuela conceptual de la mínimamente exitosa Una Chica y los Fusiles (Une Fille et des Fusils, 1965), dio un extenso paseo nocturno en coche y terminó en la localidad costera de Deauville, ubicada en la región la Normandía, donde durmió adentro del vehículo hasta que el amanecer lo sorprendió con una mujer caminando por la playa con su hija y un perro, detalle que constituyó el puntapié de la historia en general de la propuesta. Tres son los pivotes cruciales que conforman la peculiar arquitectura de Un Hombre y una Mujer, en primera instancia tenemos un dejo formal emparentado con la Nouvelle Vague más cercana al Cinéma Vérité, algo que puede identificarse en la profusión de segmentos sin diálogos, la técnica de los flashbacks recurrentes y disruptivos y sobre todo el lirismo construido a partir de la mundanidad y una fotografía que salta del color al blanco y negro y a las diversas e hipnóticas escenas en tonos sepias, en segundo lugar está la experiencia como técnico polirubro del realizador porque supo ser documentalista, publicitario y director de scopitones, un antepasado freak del videoclip que se reproducía en máquinas con una pantalla símil televisor que se asemejaban a aquellas antiguas gramolas o jukebox, aparatejo hiper bizarro que tuvo su cúspide de popularidad en Francia durante la década del 60 al punto de que el señor dirigió a artistas heterogéneos del período como por ejemplo Dalida, Claude François, Les Chats Sauvages, Sheila, Johnny Hallyday, Sylvie Vartan, Jeanne Moreau y Claude Nougaro, y en tercera instancia está la pasión de siempre de Lelouch por el automovilismo que desembocaría en un legendario corto de ocho minutos a toda velocidad y sin cortes en un Mercedes-Benz 450SEL 6.9 por las calles de la capital francesa durante un domingo a la mañana, Rendezvous (C’était un Rendez-vous, 1976), protagonizado por el propio Lelouch detrás del volante y eje a su vez de una remake muy pobre bajo la asistencia de la escudería Ferrari e intitulada Le Grand Rendez-vous (2020), ahora centrada en Mónaco en lugar de París y con el joven Charles Leclerc como piloto.
Anne Gauthier (Anouk Aimée) es una supervisora de guiones que enviudó cuando su marido Pierre (el nombrado Barouh), un doble de riesgo, murió delante de ella durante el rodaje de una epopeya bélica con numerosas cargas explosivas, lo que la dejó sola con su pequeña hija Françoise (Souad Amidou), del mismo modo Jean-Louis Duroc (Jean-Louis Trintignant), un piloto de carreras, se convirtió en progenitor soltero cuando su esposa Valérie (Valérie Lagrange) se suicidó como producto de un colapso nervioso en el contexto de un accidente casi fatal de su marido, que lo dejó un tiempo en coma y lo condujo a ser sometido a una prolongada cirugía, en las 24 Horas de Le Mans, la carrera de resistencia por antonomasia de Francia y una de las más célebres del planeta, por ello cría en calidad de viudo a su vástago de corta edad Antoine (Antoine Sire) y tiene a una amante ocasional a la que no le presta mucha atención que digamos (Yane Barry). Tanto Françoise como Antoine asisten a un internado en Deauville que es visitado todos los fines de semana por sus respectivos padres, por ello un día a la noche la directora del colegio (Simone Paris) presenta mutuamente a Anne y Jean-Louis con el objetivo de que el segundo lleve en su coche a la primera hasta la capital, donde ambos viven, debido a que Gauthier perdió sin darse cuenta el último tren de regreso a París. La química surge entre ambos, él la invita a compartir otro viaje a Deauville y ella le pasa su número de teléfono, el mítico Montmartre 15-40, así el siguiente fin de semana almuerzan al mediodía todos juntos, los dos mayores y los dos menores, y a posteriori comparten un paseo en bote y una caminata al atardecer en la melancólica playa de la localidad. Duroc pasa la semana compitiendo en el Rally de Montecarlo junto con su copiloto (Henri Chemin), siendo uno de los pocos que pueden finalizarlo sin verse obligado a renunciar por las duras condiciones climáticas en la Costa Azul, mientras que Gauthier sigue con devoción todos los informativos sobre el certamen y eventualmente decide mandarle a Jean-Louis un telegrama escueto pero importante desde la perspectiva masculina, aquel de “¡Bravo! Te quiero, Anne”, misiva que impulsa al varón a subirse de inmediato a un Ford Mustang de su equipo y conducir primero hacia la morada de la mujer en París, donde le dicen que partió hacia Deauville, y luego precisamente hacia el internado, prontamente encontrándola junto a los dos purretes en la playa y abrazándola.
Francamente resulta difícil de describir el encanto atemporal de la película, que por cierto desencadenó dos secuelas innecesarias, la muy floja Un Hombre y una Mujer: 20 Años Después (Un Homme et une Femme: 20 Ans Déjà, 1986) y la bastante más digna Los Años más Bellos de una Vida (Les Plus Belles Années d’une Vie, 2019), ya que el relato en sí es microscópico y para colmo funciona como un espejo de un millón de parejas semejantes de todo el globo sin mayor rasgo distintivo que este trasfondo semi vanguardista del vínculo romántico a partir de dos familias fragmentadas, impronta más compulsiva -muertes de por medio- que decidida por los individuos de turno aunque sin lugar a dudas anticipándose al modelo estándar contemporáneo de parentela, uno apuntalado en la reconstitución a partir de fracasos o sinsabores románticos previos y con vástagos de diversos amantes. Vista a la distancia y en función de la comodidad analítica que ofrece el transcurrir del tiempo, Un Hombre y una Mujer recupera la cinefilia y el fetiche con la celeridad existencial de la Nouvelle Vague, de allí se explican los trabajos de ella y él, respectivamente, y pone en primer plano tanto aquella experiencia documental de Lelouch, sobre todo en la recordada secuencia improvisada del almuerzo en el restaurant, como su gran bagaje artístico como realizador de cortos publicitarios y scopitones, no sólo en los instantes en los que aparece el tema titular de Lai y Barouh sino también en aquel otro, también muy proto videoclipero, en el que se da cita la Samba Saravah, canción de Baden Powell y Vinicius de Moraes que en esta oportunidad aparece traducida al francés e interpretada por el omnipresente a escala musical Barouh, aquí encandilado por la belleza y el acervo efervescente de la bossa nova de entonces. Este naturalismo por demás independiente y sincero que recorre de principio a fin el convite, en simultáneo celebrando la determinación porfiada del amor y su sustrato imprevisible ya que en el desenlace ella pasa de rechazarlo -porque todavía tiene a flor de piel el recuerdo de su marido- a finalmente aceptarlo cuando Jean-Louis la va a buscar a la estación ferroviaria en París, se combina de manera algo insólita con el automovilismo fetichizado por Lelouch, no sólo anticipando a la magnífica Rendezvous, suerte de remake espiritual de determinadas escenas del opus que nos ocupa, sino asimismo poniendo de manifiesto el carácter lúdico e inconformista con el que el amigo Claude encara al séptimo arte porque si puede concederle tanto tiempo de metraje a las carreras de coches en un drama romántico hasta la médula, también puede esquivar las típicas impostaciones modelo hollywoodense del formato en lo que hace a los encuentros, la comunicación y los rituales de apareo entre hombres y mujeres. Precisamente, el film se mantiene muy lejos de la verborragia teatral y remanida de siempre de las comedias y/ o tragedias del corazón y opta en cambio por un enfoque tan preciosista y etéreo como rebuscado y cuasi distante en lo que respecta a la pareja protagónica, por ello él se confunde con cualquier otro macho en modalidad seductora, haciéndose el gracioso, el interesante o hasta el astuto, y ella se mimetiza con tantas otras hembras que van tanteando de a poco y con suspicacia lo que el varón tiene para ofrecer más allá de su apariencia superficial y un cancherismo de cartón pintado que eventualmente se cae a pedazos cual escenografía bien frágil cuando llega la primera señal de verdadero interés de la mujer, en el relato el telegrama, a su vez núcleo de hilarantes maquinaciones por parte de Duroc alrededor de cómo podrían darse las cosas con Gauthier de allí en adelante. Como tantas veces ocurre en la cultura en general, quizás lo más maravilloso de la propuesta de Lelouch no se ubique a nivel de sus floreos estéticos, musicales e interpretativos, en este último caso gracias al extraordinario desempeño de Trintignant y Aimée, sino a escala subrepticia conceptual y prueba de ello son -primero- el reconocimiento en las postrimerías de la trama por parte del hombre de que no sabe nada de psicología femenina, porque ella tácitamente lo manda a llamar aunque en la habitación del hotel el recuerdo del finado lo sabotea todo, y -segundo- la semblanza del escultor suizo Alberto Giacometti que él le retransmite a ella en una charla, eso de que si en un incendio se debe elegir entre una pintura de Rembrandt y un gato, siempre habrá que salvar al gato y luego dejarlo que se vaya en paz sin retenerlo, hermosos ejemplos prácticos de dos ideas que sobrevuelan el film, léase la noción de que nunca se sabe qué va a pasar en una pareja hasta que se protagoniza el primer momento de intimidad, por más que todo haya sido color de rosa hasta ese instante ya que los fantasmas de relaciones pasadas siempre pueden colarse bajo el esquema de la comparación y las expectativas impiadosas, y la doctrina de privilegiar la vida por sobre el arte porque la mundanidad es todo lo que tenemos en última instancia y no puede ser reducida a simbolismos de ninguna clase, hablamos de hecho de la idea que aplica en pantalla una y otra vez el director, productor y guionista porque el cine y la velocidad pueden ser fundamentales en la praxis de los protagonistas -y en los múltiples truquillos de los que se sirve Lelouch para narrar el romance- pero la verdadera alegría de los miembros de la naciente pareja está en sus chiquillos y en la misma relación corpórea/ física que los une, de este modo la idiosincrasia vitalista y algo anodina de la dupla hace de su intercambiabilidad popular su fortaleza al extremo de crear un lienzo apasionante sobre esa ciclotimia, ese devenir cara a cara y esos tiempos muertos a los que llamamos vida…
Un Hombre y una Mujer (Un Homme et une Femme, Francia, 1966)
Dirección: Claude Lelouch. Guión: Claude Lelouch y Pierre Uytterhoeven. Elenco: Anouk Aimée, Jean-Louis Trintignant, Pierre Barouh, Valérie Lagrange, Antoine Sire, Souad Amidou, Henri Chemin, Yane Barry, Simone Paris, Gérard Sire. Producción: Claude Lelouch. Duración: 103 minutos.