Vivimos en un tiempo en donde la miseria generalizada, la indiferencia y la cosificación de la vida están tan extendidas por todo el globo que desde el mainstream cultural y artístico se ha optado por sumergir a los pueblos en una fantasía hiper evasiva que pondera una versión muy particular de ese infantilismo petulante y más o menos antiintelectual tan común hoy en día, hablamos de la inofensiva y asexual inscripta en el consumismo, la redundancia retórica, los caprichos, la nula imaginación crítica, la banalidad, el hedonismo sin sentido alguno detrás y una exageración constante y melodramática que parece funcionar como una parodia maquiavélica marketinera del placer que suelen generar los relatos durante la niñez o etapa formativa de las personas. Así las cosas, muchísimos imbéciles de la actualidad desconocen por completo que hubo una época en la que las comedias de todo el planeta privilegiaban una acepción muy distinta del sustrato aniñado omnipresente que por cierto se vinculaba mucho más con cómo se comportan los hombres y mujeres no tanto a corta edad sino ya llegando a la adolescencia, cuando el sujeto comprende lo divertido que puede llegar a ser denigrar al prójimo, burlarse a nivel cotidiano de él o simplemente engañarlo para transformarlo en blanco de una broma pesada que pone al descubierto la ingenuidad del bípedo promedio y sin proponérselo termina explicando por qué estamos como estamos, precisamente por esta mayoría de boludos que resultan tan pero tan fáciles de engatusar e ir encauzando para que hagan lo que se les dice, algo que se magnifica vía las argucias de las elites y de las instituciones. Si por un lado Hollywood históricamente se orientó hacia las risas acríticas y pasatistas que ofrecen una interpretación bastante hueca del humor porque no pasan de lo autocontenido pueril, baladí y/ o tontuelo, Europa y el resto del globo, en cambio, crearon de manera porfiada hasta la década del 80, instante en el que comenzó el espantoso emparejamiento mundial contemporáneo a nivel cultural e ideológico, una versión alternativa de la comedia popular apuntalada en el costumbrismo y en esa malicia que señalábamos antes, una que se mofa sistemáticamente del otro porque no hay nada más gracioso que un palurdo con el ego inflado siendo manipulado sin cesar hasta el extremo de convertirlo en un monigote, a mitad de camino entre el habitual sadismo del ser humano y una adorable intención subversiva o inconformista que le falta el respeto a todo y a todos.
Así como la bufonada en cuestión puede derivar en características hirientes que respetan los rasgos del drama hecho y derecho en la tradición de Calle Mayor (1956), recordado opus español de Juan Antonio Bardem sobre un engaño romántico llevado al nivel de la tragedia más pomposa y a la vez minimalista/ de pueblo chico, hablamos del embuste que padecía la solterona Isabel (cuerpo de Betsy Blair y voz de Elsa Fábregas) a manos de ese patético Juan (José Suárez) que la conquistaba con mentiras impulsado por sus colegas de farsa, el asunto asimismo puede derivar en una colección de viñetas interconectadas como aquellas a las que era tan adepto el séptimo arte italiano de las décadas del 60 y 70, ese que dejó atrás el neorrealismo de los 40 y 50 para abrazar primero al neorrealismo rosa y a la commedia all’italiana después en consonancia con la bonanza que trajo el Milagro Económico de la posguerra. Sin lugar a dudas la realización por antonomasia del humor anarquista, ácido y terrorista es Amigos Míos (Amici Miei, 1975), de Mario Monicelli, obra maestra que utiliza a la adultez socarrona como una especie de limbo en el que los personajes se parapetan para jamás tener que crecer del todo y terminar de aceptar las responsabilidades y sinsabores de la vida adulta, aunque no encerrándose en un autismo ilusorio para retrasados mentales, la opción que definitivamente ensalza el mainstream de nuestros días, sino poniendo todas sus fichas en una andanada de chascarrillos y actitudes de impronta erótica, rebelde, lúdica, chabacana y hasta criminal que desarman distintos estereotipos sociales y sorprenden con la guardia baja a los blancos de turno. Monicelli, que ya venía de películas memorables como Policías y Ladrones (Guardie e Ladri, 1951), Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), La Gran Guerra (La Grande Guerra, 1959), Los Compañeros (I Compagni, 1963), Casanova 70 (1965), La Armada Brancaleone (L’Armata Brancaleone, 1966), La Siciliana (La Ragazza con la Pistola, 1968), la secuela Brancaleone en las Cruzadas (Brancaleone alle Crociate, 1970) y el trabajo colectivo Boccaccio 70 (1962), junto a Federico Fellini, Luchino Visconti y Vittorio De Sica, aquí regresa a una de sus obsesiones de siempre, la amistad masculina, no sólo espacio de rauda reafirmación individual vía el grupo al que se pertenece sino ámbito de socialización, hermandad y lucha contra la fauna que produce a la par deleites y quebrantos, las mujeres y las obligaciones y compromisos que traen consigo.
Cinco son los amigos de mediana edad de la pandilla florentina protagónica a la que apunta el título: el narrador retrospectivo es Giorgio Perozzi (Philippe Noiret, doblado por Renzo Montagnani), jefe de redacción de un diario casado con Nora (Angela Goodwin) y padre de Luciano (Maurizio Scattorin), ambos amargos a más no poder y desaprobando eternamente las bromas del hombre y sus infidelidades, como con una tal Bruna (Marisa Traversi) ante la cual se hace pasar por jorobado, Raffaello Mascetti (Ugo Tognazzi) es un conde caído en desgracia que vive en casa de sus cofrades y se dedica a fraudes de seguros y a vender la Enciclopedia Británica porque malgastó la fortuna propia y la de su esposa, Alice (Milena Vukotic), a la que manda bien lejos junto a su hija adolescente para poder estar con su amante, Titti (Silvia Dionisio), una muchacha de 18 años con inclinaciones lésbicas e hija de un peligroso coronel retirado, Ambrosio (Giorgio Iovine), Rambaldo Melandri (Gastone Moschin) por su parte es un arquitecto muy impulsivo que se enamora de una mujer casada, Donatella (Olga Karlatos), la cual se muda con él pero llevándose a sus dos hijas, su criada alemana y hasta el perro de la familia, un enorme san bernardo bautizado Birillo, Guido Necchi (Duilio Del Prete), junto a su esposa Carmen (Franca Tamantini), es dueño de un bar con sala de billar donde suele reunirse el grupo y el encargado de idear las artimañas, señor que arrastra un dolor silente por la muerte de su vástago, y finalmente Alfeo Sassaroli (Adolfo Celi) es la flamante adición al colectivo y un médico casado con Donatella, a la que cede a Melandri sin mayores inconvenientes por sus problemas psicológicos y la carga esclavizante que viene con ella. Luego de terminar en el hospital del doctor por un choque en medio de una chanza que salió mal, los amigos ayudan al arquitecto a enamorar a la bella morocha pero éste después los abandona y se la pasa peleando con Sassaroli, quien le recomienda renunciar a Donatella de inmediato y así los cinco se consagran a abofetear a pasajeros a través de las ventanas de un tren saliente y a hacerse pasar por topógrafos en un pueblo de provincia que debe ser demolido para construir una autopista. Quizás la broma más elaborada sea la que llevan adelante sobre un jubilado de correos que roba medialunas/ croissants en el bar de Necchi, Righi Niccolò (Bernard Blier), a quien convencen de que forman parte de una mafia del narcotráfico conectada con el sindicato delictivo de Marsella.
Amigos Míos, un verdadero prodigio en cuanto al desempeño del elenco y el ritmo cómico meticuloso, no sólo saca provecho dramático de las muy hilarantes chiquilinadas de estos veteranos sino que denuncia en un mismo movimiento la propensión masculina a evitar hacerse cargo de la realidad construida, ya sea familiar, laboral o libidinosa, y su homóloga femenina volcada a siempre pretender imponerse sobre el varón mediante la condena, las exigencias, el chantaje emocional/ sentimental, el agobio o la falta de sentido del humor, reemplazado por una seriedad castradora que impide el bálsamo todopoderoso de la risa en una jugada que se puede ver en la relación de cada protagonista con sus respectivas parejas, pensemos en los problemas del médico y el arquitecto con Donatella, el pésimo vínculo del jefe de redacción con Nora, las idas y vueltas del aristócrata menesteroso tanto con Alice como con Titti y los reproches que debe comerse el dueño del bar por parte de una Carmen que no soporta que su marido se desaparezca por un mes del hogar para profundizar el cada vez más intrincado ardid alrededor de Righi, incluso amenazando con contarle la verdad al jubilado ultra crédulo. De hecho, la película enfatiza la facilidad del grupo de mentirosos profesionales para sorprender a sus diversas víctimas, detalle muy evidente en las famosas cachetadas contra los pasajeros del tren o en los pobres habitantes angustiados del pueblo destinado a una destrucción apócrifa, y su comodidad al momento de ponerse una máscara conceptual tácita aparentando ser personas que no son, esquema simbolizado no sólo en el gracioso episodio con Niccolò, ese que incluye órdenes misteriosas, traslado con capucha, alguna que otra persecución automovilística, balaceras, vigilancia, tiempos muertos de espera, reparto de dinero falso y hasta la necesidad de exiliarse en la morada de su hermana en Regio de Calabria por una supuesta orden de captura policial, sino también en la treta improvisada con motivo de la lujosa fiesta de un ricachón y su esposa, a la que ingresan haciéndose pasar por delegados de la OTAN debido a que tienen hambre y Necchi desea cagar con desesperación, por ello se le ocurre mofarse de los propietarios de la mansión defecando en la pelela del hijo del matrimonio, un purrete de muy corta edad que no tiene idea de nada, desencadenando la preocupación de los burgueses por el generoso tamaño del tereso. El guión de Tullio Pinelli, Piero De Bernardi, Leonardo Benvenuti y el gran Pietro Germi, a quien se rinde homenaje en los créditos porque el proyecto era originalmente suyo aunque falleció en 1974 antes de llevarlo a cabo, tampoco descuida el contexto abstracto y cuasi surrealista mordaz de la amistad a través de los rituales e invenciones dialécticas en conjunto, como por ejemplo la costumbre de cambiarle la letra a composiciones de música clásica para sustituirla por vulgaridades de índole sexual o escatológica, en línea con las escenas iniciales en el automóvil y el nosocomio basadas en fragmentos de El Barbero de Sevilla (Il Barbiere di Siviglia, 1815), ópera de Gioachino Rossini y Cesare Sterbini, la utilización maniática de términos inexistentes para desorientar al interlocutor o ridiculizar su orgullo ante una posible acusación de ignorancia si impugna la frase, por ello policías, monjas y otros tantos payasos del montón no comprenden palabras como “cofandina”, “prematurata”, “tapioco”, “scappellamento”, “bitumata”, “macinato” y la hoy ya mítica “supercazzola”, término que se filtró al italiano de manera permanente para su uso en un entorno lingüístico delirante, y por supuesto el empleo de categorías muy específicas para definirse a sí mismos, así los protagonistas gustan de identificarse como “zíngaros” por el carácter nómada del pueblo gitano y adoran hablar de “zingarada” cuando encaran una nueva barrabasada, picardía o escapada aleatoria todos juntos sin metas ni preocupaciones, abandonando los problemas y grilletes que les colocan las mujeres, los hijos, el trabajo, los jefes o la sociedad capitalista en tanto prisión homogénea y plutocrática que todo lo lee en función de pérdidas y ganancias y jamás entenderá las sucesivas fugas de estos sultanes de un errar popular que niega la razón instrumental, la moral pública, la seriedad hipócrita y la dictadura de los billetes inmundos. El film del genial Monicelli, muy cargado a su vez de sus anécdotas y travesuras cuando niño en Viareggio y Milán, por un lado sitúa a Sassaroli como un contrapeso comunal del cuarteto original porque en un principio se quieren reír del doctor no obstante resulta un hueso duro de roer y en general un adversario de temer, por ello obliga a Necchi a ver al insoportable capellán del hospital, Don Ulrico (Mauro Vestri), y le prescribe un enema a Perozzi, un electroencefalograma alucinógeno a Melandri y unas aplicaciones pesadillescas de vapores bucales a Mascetti, y por el otro lado por momentos adopta un enfoque narrativo bastante melancólico en consonancia con las distintas derrotas existenciales de los involucrados, una romántica en lo que atañe al arquitecto y el médico, una económica en materia del conde, una familiar a ojos del dueño del bar -vástago ignoto fallecido de por medio- y una igualmente paterna aunque de distinta clase si consideramos la distancia emocional e ideológica entre el jefe de redacción y su esposa e hijo, esos que le dedican mucha frialdad al personaje de Noiret cuando llegando el desenlace de repente fallece de un infarto y prácticamente nadie está del todo seguro de un óbito que puede ser tal u otra de las bromas del incorregible periodista. Es en el final donde mejor se sintetiza el dejo tragicómico de la vida y de la propuesta cinematográfica, la cual tendría dos secuelas, la excelente Amigos Míos: Segundo Acto (Amici Miei: Atto II°, 1982), también dirigida por Monicelli, y la digna Amigos Míos: Tercer Acto (Amici Miei: Atto III°, 1985), de Nanni Loy, y una paupérrima remake, Amigos Míos: Cómo Empezó Todo (Amici Miei: Come Tutto Ebbe Inizio, 2011), de Neri Parenti, porque en su lecho de muerte Perozzi aprovecha la ocasión para burlarse del cura confesor con más jerigonza desquiciada, Melandri lamenta de corazón y con furia no haber podido utilizar antes la idea del fallecimiento de su cofrade para vengarse de voceros represivos institucionales intra familiares como Luciano y Nora, e incluso los cuatro amigos restantes se sirven de la reaparición azarosa de Righi durante la marcha de la comitiva fúnebre para jugarle otro chascarrillo diciéndole que Giorgio murió fusilado por traidor en una situación que genera risas camufladas que el personaje de Blier confunde con sollozos y por ello se suma al pesar colectivo malentendido, resumen perfecto de esta amalgama de alegría y tristeza que caracteriza al convite ya que nuestros antihéroes jamás pierden de vista su complicada coyuntura vital, aunque deciden evitar la gravedad autovictimizante y seudo importante de la modernidad y la posmodernidad y hacerle frente a las penurias con carcajadas irónicas orientadas a descolocar el aletargado sentido común y a instarnos a pasear de la mano del humor corrosivo y absurdo de unos zíngaros ácratas…
Amigos Míos (Amici Miei, Italia, 1975)
Dirección: Mario Monicelli. Guión: Pietro Germi, Tullio Pinelli, Piero De Bernardi y Leonardo Benvenuti. Elenco: Ugo Tognazzi, Gastone Moschin, Philippe Noiret, Duilio Del Prete, Adolfo Celi, Olga Karlatos, Silvia Dionisio, Franca Tamantini, Milena Vukotic, Bernard Blier. Producción: Carlo Nebiolo y Andrea Rizzoli. Duración: 114 minutos.