Titanio (Titane)

La identidad andrógina

Por Emiliano Fernández

El estereotipo alrededor del cine de terror realizado por mujeres, ese que por cierto muchas veces se condice con la realidad, asevera que las féminas se la pasan buscando metáforas no sólo para la metamorfosis corporal sino también para estados permanentes y padecimientos específicos que a los hombres les importan un comino, como por ejemplo el crecimiento de las tetas, la menstruación, el embarazo, los trastornos alimenticios, la cirugía estética, los abortos y la caída de las pechos y del culo con la inevitable vejez, todos detalles que han sido ampliamente trabajados -tanto desde la masculinidad como desde la feminidad- por el gran padre del body horror en el ámbito internacional, el canadiense David Cronenberg. La nueva película de la realizadora y guionista francesa Julia Ducournau, Titanio (Titane, 2021), acerca del devenir de una asesina en serie, Alexia (Agathe Rousselle), que se hace pasar por el hijo desaparecido hace diez años de un bombero, Vincent (Vincent Lindon), sigue ese mismo camino del resto del cine de horror mujeril, senda ya prefijada por las tres obras previas de la cineasta, hablamos de su cortometraje Junior (2011), parábola sobre los cambios en la adolescencia vía un marimacho, Justine (Garance Marillier, actriz fetiche de Ducournau), que comienza a mudar de piel cual serpiente después de contraer un virus estomacal, el largometraje televisivo Come (Mange, 2012), dirigido junto a Virgile Bramly, sobre una joven abogada y bulímica en recuperación, Laura (Jennifer Decker), que pretende vengarse de un victimario de sus años de universidad, y Crudo (Grave, 2016), su debut oficial en el circuito de distribución tradicional y primera incursión en el campo del terror propiamente dicho, ya bastante lejos del drama y la comedia explícitas aunque nuevamente centrándose en los problemas de los púberes y los ecos psicológicos estudiantiles porque la protagonista era una muchacha que recién estaba iniciando sus estudios en veterinaria, Justine (regresa Marillier), y que terminaba descubriendo que formaba parte de un extenso linaje de hembras con un apego hacia la carne humana y no precisamente para acariciarla, empezando por su madre burguesa (Joana Preiss) y terminando con la chiflada irrefrenable de su hermana, Alexia (Ella Rumpf), planteo retórico que mezclaba canibalismo y libido.

 

Así como se podría vincular al cine de Ducournau en términos generales con la virulencia y/ o el preciosismo extasiado de colegas cercanos en el tiempo como Gaspar Noé, Lars von Trier y Nicolas Winding Refn y otros más lejanos como Nagisa Oshima, Andrzej Zulawski, Pier Paolo Pasolini, Peter Greenaway y el citado Cronenberg, en realidad la susodicha toma elementos muy concretos de diversas películas para construir un combo del shock que incluye una buena dosis de surrealismo, ironías y humor negro, pensemos en este sentido que Crudo funcionaba como una mixtura entre la ferocidad de Voraz (Ravenous, 1999), de Antonia Bird, aquellas hermanas licántropas de Ginger Snaps (2000), de John Fawcett, la antropofagia alegórica/ psicosexual de Trouble Every Day (2001), de Claire Denis, las automutilaciones en espiral de In My Skin (Dans ma Peau, 2002), de Marina de Van, y la misma idea del frenesí devorador femenino de Rabia (Rabid, 1977), de Cronenberg, y en esta ocasión Titanio no se queda atrás y recupera aquel híbrido de metal y carne de Tetsuo (1989), joya de Shin’ya Tsukamoto, el parto espantoso que atravesaba Julie Christie en La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977), de Donald Cammell, la fantasía metropolitana y automovilística de opus como Holy Motors (2012), de Leos Carax, y Crash (1996), otra aventura del canadiense, y finalmente la identidad transgénero freak de Calvaire (2004), de Fabrice du Welz, y M. Butterfly (1993), también de Cronenberg, amén del hecho de que tanto Crudo como Titanio tranquilamente pueden enrolarse primero dentro de los coletazos tardíos del extremismo europeo de inicios del Siglo XXI, ese de gente como Alexandre Aja, Pascal Laugier, Xavier Gens, James Watkins y Neil Marshall, y segundo dentro del grupo de realizaciones del nuevo milenio que le escapan al credo hueco autovictimizante de las feminazis marketineras contemporáneas y que exploran las distintas aristas de la psicopatía con vagina, en línea con las recordadas Viólame (Baise-moi, 2000), de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, May (2002), de Lucky McKee, Teeth (2007), de Mitchell Lichtenstein, The Loved Ones (2009), de Sean Byrne, American Mary (2012), obra de las hermanas Jen y Sylvia Soska, y Excision (2012), de Richard Bates Jr., entre otras masacres incontenibles.

 

La Alexia en versión infantil (Adèle Guigue), una nena francamente insoportable, provoca un accidente automovilístico al molestar a su adusto padre (Bertrand Bonello) mientras se encontraba al volante, así termina con una placa de titanio insertada en el cráneo por los médicos que la lleva a amar a los coches. Ya de adulta, la mujer trabaja de bailarina en un salón de exhibición de la industria automotriz con elementos de club nocturno, se dedica a matar con su horquilla a fans cargosos o a cualquier macho o hembra que encuentre por ahí y empieza un affaire con una colega, Justine (una vez más Marillier, siempre cumplidora como actriz), aunque en realidad mantiene tórridos encuentros sexuales con esos mismos automóviles sobre los que danza a pura sensualidad, como un Cadillac con diseño de llamas en materia de la pintura. Después de asesinar a Justine y a una colección de burgueses amigos de ella durante una fiesta, velada en la que se le escapa una víctima, decide prender fuego el hogar de sus progenitores para matarlos en el incendio, con los cuales vivía pero sin tener más que un trato distante con ellos, y así se hace pasar por un joven extraviado desde hace una década, Adrien, hijo del capitán de un cuartel de bomberos, Vincent, que se inyecta esteroides en las nalgas para conservar una masa muscular en decadencia producto de la edad. El hombre no reconoce a la chica, quien se corta el pelo, se rompe la nariz y se pone una faja en el torso para esconder el busto y un insólito embarazo producto de las sesiones sexuales con los vehículos, y rápidamente el capitán la adopta y la transforma en aprendiz de bombero ante el desconcierto del resto de los subordinados y los celos de uno en especial, Rayane (Laïs Salameh), quien descubre su verdadera identidad. Tanto la madre de Adrien y ex esposa del capitán (Myriem Akheddiou) como el propio Vincent con el tiempo se enteran de su feminidad pero deciden no hacer nada, la primera porque sabe que el varón está muy solo y algo mucho enajenado y el segundo porque necesita recuperar aunque sea simbólicamente a su vástago, un esquema de convivencia que eclosiona en el nacimiento del hijo de Alexia -con la asistencia de su padre adoptivo- a posteriori de haber intentado un aborto con la horquilla y de expulsar aceite de motor por pezones y vagina.

 

Quizás la mejor manera de analizar Titanio es comparándola con Crudo en función de sus ingredientes en común, a saber: más allá del sustrato conceptual más evidente, ese que nos coloca ante familias simbióticas y muy dependientes de resonancias cuasi incestuosas basadas en una maldición sadomasoquista en la que lo corporal/ genético se mezcla con la libido y depravaciones intercambiables, antes la antropofagia y hoy por hoy la mecanofilia y esa psicopatía modelo asesinos en serie, la última propuesta de Ducournau asimismo comparte con su ópera prima un esteticismo de índole videoclipera y publicitaria que en simultáneo no descuida el núcleo dramático porque ambas odiseas, tan truculentas como humanistas paradójicas, conservan siempre un corazón volcado a la efervescencia delicada y tragicómica de los lazos de parentesco, por ello también desparraman sarcasmo en lo que atañe a los colectivos idiotas retratados, en el opus del 2016 las fraternidades universitarias y sus rituales degradantes de iniciación y aquí una retahíla de bomberos de muy pocas luces y de una masculinidad claustrofóbica que se mueven como aquellos miembros de la Legión Extranjera de Bella Tarea (Beau Travail, 1999), gran neoclásico de Denis, homoerotismo, halterofilia camuflada y culto a los adonis celestiales de por medio, a lo que se suma algún que otro chispazo de indisimulable humor negro como la secuencia de la carnicería de la lesbiana Justine y sus amigos que pasa a duplicar a escala simbólica -y a ampliar, desde ya- aquella hilarante escena de Crudo en la que el personaje de Marillier -esa otra Justine que se contrapone a esa otra Alexia- le cortaba un dedo a su homólogo de Rumpf y después ambas terminaban en el hospital junto a sus padres entre tensiones arrastradas desde lejos (la ya nombrada Preiss más Laurent Lucas, la pata masculina del matrimonio). Titanio es más hipnótica y mucho mejor película que Crudo porque Ducournau termina de pulir la narración y le saca un mayor partido al misterio que rodea a los protagonistas, de los cuales no tenemos muchos datos en lo que respecta a su pasado, a la capacidad histriónica del elenco, unos Lindon y Rousselle supremos, cuyos méritos en este último caso incluso se magnifican ya que hablamos del debut de la intérprete en el terreno del largometraje, y a la identidad andrógina en sí de una Alexia/ Adrien que pendula entre la feminidad clandestina y una masculinidad en público que pareciera en parte disfrutar, a pesar del dolor de la faja. Esta doble noción de fondo de la maternidad pesadillesca en contraposición a la belleza profesional prostibularia y de amalgamar la agresividad latente de la homicida y el duelo imposible eterno del capitán, todo a través del dejo mórbido de la preñez y del detalle ácido de que la hembra viene de incinerar a sus padres para después ser adoptada por nada menos que un bombero, está muy bien trabajada por la directora desde una iconografía cercana al extremismo francés y la vieja tradición del cine europeo de no tenerle miedo a la desnudez, incluso en tiempos como los nuestros en los que el puritanismo del streaming y las redes sociales amenazan permanentemente con eliminar al gore y la lascivia del séptimo arte y la TV, una virtud ideológica enorme de Titanio que compensa su carácter derivativo, la falta de verdadera originalidad y la presencia de cierto lirismo barato o rutinario de pretensiones descriptivas, ese que de todos modos estaba mucho más presente en Crudo. La búsqueda del cariño y la aceptación, con los pros y contras de cada uno, engloba el viaje cruzado de Vincent y Alexia, del cual surge ese enigmático bebé con espina dorsal de metal que mata al nacer a la asesina en serie y le restituye el crío faltante al varón, un lindo y bizarro “final feliz” en el que las idiosincrasias torturadas de ambos alcanzan un punto de satisfacción…

 

Titanio (Titane, Francia/ Bélgica, 2021)

Dirección y Guión: Julia Ducournau. Elenco: Agathe Rousselle, Vincent Lindon, Garance Marillier, Laïs Salameh, Myriem Akheddiou, Bertrand Bonello, Céline Carrère, Adèle Guigue, Mara Cisse, Diong-Kéba Tacu. Producción: Jean-Christophe Reymond. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 9