Harry, un amigo que te quiere bien (Harry, un ami qui vous veut du bien)

Proyecto de felicidad aterradora

Por Emiliano Fernández

Harry, un amigo que te quiere bien (Harry, un ami qui vous veut du bien, 2000), del alemán asentado en Francia Dominik Moll, constituye uno de los pocos ejemplos del cine de las últimas décadas que sale airoso en prácticamente todos los apartados analíticos que uno como espectador pudiese llegar a considerar, hablamos de una suerte de cruza entre film de suspenso, más cercano al nihilismo irónico y desesperanzador de Claude Chabrol que al clasicismo mainstream con chispazos cómicos light de Alfred Hitchcock, comedia negra, en este caso acerca de la frontera en la que una versión quizás hasta “sana” del egoísmo muta en psicopatía al momento de sacarse de encima a los distintos escollos del entorno cercano que nos impiden crecer o ser nosotros mismos, y finalmente melodrama, aunque debemos aclarar que éste aquí está entendido abarcando en simultáneo el ámbito familiar usual del rubro y un círculo de amistades que se resumen en pantalla en una sola y bien caníbal, dispuesta a fagocitar a quien contradiga su punto de vista con respecto a un proyecto de felicidad algo mucho cruel y aterradora que tiene por eje a un cofrade anodino inexplicablemente fetichizado, convertido en núcleo máximo de sueños de progreso que deben empezar por un replanteo del propio lugar del sujeto y su peso en la coyuntura que le ha tocado en gracia o que en parte él mismo edificó. De hecho, uno de los grandes méritos de la película pasa por presentarnos lo narrado sin sobreexplicación modelo hollywoodense alguna y también por trastocar las expectativas y el formato habitual de los thrillers, en esta oportunidad construyendo a un héroe muy poco querible, un Michel Pape (Laurent Lucas) padre de familia que resulta de lo más repulsivo al igual que su parentela de burgueses quejosos, necios y en constante tensión, y un chiflado no sólo adorable sino representante del sentido común a escala de cómo se podrían solucionar los problemas de su amigo, nos referimos a Harold “Harry” Ballestero (Sergi López), individuo que llega para revolucionar sutilmente la existencia del anterior y para demostrarle que en el fondo la mejor manera de obtener cambios es eliminar a diversos lastres humanos y simbólicos que constriñen y nos conducen a una obsesión social de hoy en día, eso de tratar de complacer a todo el mundo como si los otros lo valiesen en serio o ello generase algún tipo de verdadera satisfacción.

 

La trama en sí comienza cuando Michel, un maestro mediocre del montón que da clases de francés a japoneses en París y está viajando con su familia a ver a sus padres en el interior de Francia dentro de un plan de índole vacacional que deviene en pesadilla por un calor sofocante, se topa en un baño de una estación de servicio de la ruta con Ballestero, el cual a su vez se dirige a Suiza con su hermosa novia, Prune (Sophie Guillemin), ya que cuenta con toda la libertad del universo debido a que heredó el cuantioso dinero de su progenitor y al administrarlo le sobra tiempo para ocio y viajes lujosos varios en su Mercedes-Benz. El choque entre la tranquilidad autoconsciente de Harry y la evidente amargura ad infinitum de Michel, siempre balanceándose entre las exigencias de sus padres, léase un odontólogo jubilado y muy sobreprotector (Dominique Rozan) y su esposa (Liliane Rovère), una gran basureadora en público para con el hombre, y los reclamos de su mujer, Claire (Mathilde Seigner), responsable con Michel de tres hijas pequeñas, inquietas e insoportables, Jeanne (Victoire de Koster), Iris (Lorena Caminata) y Sarah (Laurie Caminata), se hace evidente en una comida en conjunto cuando el cabeza de familia invita a su compañero de colegio secundario de antaño a su casa de verano, en realidad una finca en precarias condiciones que intenta reparar desde hace mucho tiempo, y Ballestero descubre que Michel dejó de escribir -berretín de adolescente- por las muchas obligaciones de su vida adulta, con Harry imponiéndose como un admirador de la pluma de un Pape que publicó en la revista escolar un cuento de ciencia ficción, Los Monos Voladores, y un poema, El Gran Puñal de Piel de Noche. El amigo perdido y recuperado se obsesionará con la meta de lograr que Michel alcance el control de su vida y para ello pasará de obsequiarle de repente una camioneta 4×4, con el objetivo manifiesto de que el clan no sufra la falta de aire acondicionado de su reducido y avejentado vehículo, a asesinar primero a los padres del protagonista, a quienes empuja hacia un precipicio en medio de la noche mediante engaños, y luego a su hermano menor, Eric (Michel Fau), un neo hippie bastante patético que se burla de la pata lírica de Michel, ganándose que el personaje del genial López, un intérprete catalán extraordinario, lo reviente de un golpe en medio de la carretera y lo meta en el baúl del Mercedes-Benz.

 

El encanto de Harry, un amigo que te quiere bien, epopeya detallista, elegante, onírica e implacable a lo Stanley Kubrick, Patricia Highsmith, Roman Polanski y hasta David Lynch, resulta realmente difícil de describir porque la realización en apariencia sigue el recorrido habitual de las faenas de humor negro aunque sin explicitar a lo yanquilandia el sentido hilarante de las truculencias, diálogos o situaciones de turno, sino más bien dejando en el público en cuestión la responsabilidad de deducir hasta qué punto lo que ocurre puede ser leído como un drama de pretensiones cuasi verídicas o, por el contrario, como una farsa que ridiculiza la claustrofobia del varón en familia y en esta ocasión sobre todo la falta de un modelo de hombre autosuficiente y enérgico con el cual medirse, pensemos en este sentido que el idiota de Michel está dominado no sólo por Claire y las tres mocosas, sus hijas, sino además por la sumisión y apatía risible de su padre dentista ante los dardos envenenados -o los constantes insultos- del personaje de Rovère, es por ello precisamente que Ballestero puede ejercer una influencia tan generosa sobre su persona porque constituye un ideal de lo que le gustaría que fuese su vida y su masculinidad si no tuviera que arrastrar a las bolsas de papas, las cuatro mujeres, y el rol varonil desdibujado de su progenitor, ese que no quiere reproducir pero al mismo tiempo imita a diario mediante un matrimonio exhausto y en profunda crisis por desacuerdos, frustraciones y contiendas de desgaste sin cesar. Por supuesto que la supuesta perfección de Harry, adinerado, seguro de sí mismo y cogiéndose a una descerebrada de corta edad que jamás se pone en su camino ni lo contradice, Prune, esconde un comportamiento maniático y claramente homoerótico que toma la forma de los homicidios de los padres de Pape y del estrafalario Eric, una criatura bizarra digna de El Gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998), de los hermanos Joel y Ethan Coen, radicalidad hedonista y libertaria que llega en el desenlace a pretender extenderse hacia Claire y las niñas como últimos estorbos que de eliminarse dejarían allanada la senda hacia la ansiada autonomía que equipare a ambos varones, el prisionero del capitalismo y el independiente sin preocupaciones, en un sustrato vital en espejo que por fin los satisfaga y desencadene la concreción de esta utopía del bienestar homologado a la ausencia absoluta de compromisos.

 

La película, como decíamos con anterioridad, también juega con el humor y éste se cuela por ejemplo en el baño de color fucsia bien histérico que le regala al docente su padre, sin siquiera consultarlo o darle alguna señal al respecto, en un sueño ominoso de Michel, donde ve de frente a uno de los mentados y muy absurdos monos voladores -en esencia un gibón con un motor con hélices injertado en su cráneo- que lo lleva a intentar retomar la escritura, y en la costumbre de Harry de comer una yema después de cada orgasmo para conservar y potenciar su ceremoniosa virilidad, práctica que realiza de manera semi mística en medio de meditaciones nocturnas y que también ejerce una influencia tácita muy poderosa en su amigo ya que cuando por fin regresan las musas de la creación, Pape las utiliza para escribir un cuento intitulado Los Huevos, referencia a esta serie de ansiedades masculinas fatalistas que tienen mucho de complementación y solidaridad porque así como Ballestero se impone como una fuerza anárquica unilateral también deja en claro en el final que está dispuesto a desprenderse de lastres propios cuando mata a Prune a posteriori de que Michel señalase que sus sermones de ayuda externa también se podrían aplicar a su persona y al sustrato de animalito bobo e inofensivo de la chica que lo acompaña, a la que define como una tarada superficial con un cerebro del tamaño de un garbanzo, típica hipocresía contemporánea debido a que momentos después le encaja un beso en la boca ya que se siente atraído hacia la mujer y envidia a Harry de sobremanera. Esta idea de jamás aclarar las motivaciones de Ballestero y su fetiche para con Pape, un ser aburrido e insípido a más no poder que resulta completamente transparente en su vulgaridad populachera, le juega muy a favor al film de Moll, responsable de obras igualmente interesantes, como Lemming (2005) y Sólo las Bestias (Seules les Bêtes, 2019), y de opus bastante olvidables o menores, en sintonía con Intimidad (Intimité, 1994), El Monje (Le Moine, 2011) y Noticias de la Familia Mars (Des Nouvelles de la Planète Mars, 2016). El gracioso epílogo, cuando Pape llega a la felicidad con su mujer e hijas, acepta a la escritura en su devenir cotidiano, disfruta a pleno de la camioneta 4×4 y mata de un cuchillazo al propio Harry sin reparos visibles de conciencia, en tanto mecanismo desesperado en pos de evitar que se cargue a toda la familia luego de finiquitar a su novia, enfatiza esta idea de fondo de las paradojas de la amistad, las parejas, la sociedad y las relaciones humanas en general porque quien necesitaba auxilio existencial/ paternal/ filial/ romántico/ laboral termina tomando conciencia de sus problemas y de su carácter apesadumbrado y muy abúlico sólo luego de asesinar a su salvador conceptual, un Ballestero asimismo dispuesto a tomar riesgos enormes -autoinmolación camuflada- con tal de despertar en su cofrade el cambio y/ o equilibrio deseado que le permita pasar del “deber ser” al “esto es lo que soy”, metamorfosis que surge a mitad de camino entre el resurgir psicológico sugerido desde el afuera, por un lado, y la eliminación prosaica de todos los estorbos que la vida nos lanza en el camino, por el otro lado. Harry, un amigo que te quiere bien, incluso, indaga sin medias tintas en el carácter predatorio de las buenas intenciones y de una virulencia discursiva disfrazada de sonrisas y unos vínculos que no dejan mucho espacio para soluciones alternativas ya que éstas tienden a ser una variación pusilánime de lo establecido que lleva a más repetición y más pasividad, por ello el cambio ultra drástico que propone el otro, el ajeno a nuestra mazmorra, a veces constituye un remedio eficaz…

 

Harry, un amigo que te quiere bien (Harry, un ami qui vous veut du bien, Francia, 2000)

Dirección: Dominik Moll. Guión: Dominik Moll y Gilles Marchand. Elenco: Sergi López, Laurent Lucas, Mathilde Seigner, Sophie Guillemin, Liliane Rovère, Dominique Rozan, Michel Fau, Victoire de Koster, Laurie Caminata, Lorena Caminata. Producción: Michel Saint-Jean. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 10