Mi Vida es mi Vida (Five Easy Pieces)

Antes del gran deshielo

Por Emiliano Fernández

Mi Vida es mi Vida (Five Easy Pieces, 1970) es una de esas realizaciones en su momento fundamentales que con el transcurso de las muchas décadas fueron perdiendo en cierta medida su potencia retórica debido al detalle de que han sido copiadas hasta el hartazgo por las generaciones subsiguientes de directores y guionistas, aquí incluso se podría afirmar que el film que nos ocupa por un lado sintetizó de manera cristalina todos los valores y recursos detrás del Nuevo Hollywood y por el otro lado desencadenó la catarata de clichés que le servirían de allí en más al acervo independiente norteamericano para diferenciarse de su homólogo mainstream, pensemos en este sentido en ingredientes como el tono seco o minimalista, los protagonistas siempre apesadumbrados, la fuga existencial en relación a lo conocido, las amistades tóxicas, una actitud inconformista que se mueve en consonancia con lo anterior, esos secretos guardados bajo mil llaves, los problemas y dilemas familiares, un documentalismo muy tranquilo y apenas maquillado, las relaciones románticas tristes o sadomasoquistas tácitas, las tensiones eróticas, la promiscuidad, un registro interpretativo naturalista, las frustraciones laborales de diverso orden, el aburrimiento insistente, la idiotez y la apatía del estadounidense paradigmático, el sustrato impiadoso de las instituciones sociales, las disputas minúsculas por imponerse en el devenir cotidiano, el cansancio ante la reincidencia de lo mismo, la crisis del modelo parental tradicional y finalmente el olvido liso y llano del Estado para con los sujetos de a pie. La película, dirigida por Bob Rafelson y escrita por Carole Eastman bajo el seudónimo de Adrien Joyce, se centra en un obrero del rubro petrolero, Robert Eroica Dupea (Jack Nicholson), que en realidad es un ex prodigio del piano que forma parte de una familia de clase alta a la que abandonó porque se llevaba muy mal con su padre, Nicholas Dupea (William Challee), lo que en esencia ejemplifica a la perfección el hippismo de la época -ya en paulatino declive- porque fue un movimiento contracultural de ascendencia burguesa que optó por dejar de lado sus privilegios e intentar llevar adelante una existencia alternativa sin todos los vicios, el chauvinismo, la hipocresía sexual, el comercio y la violencia militarista que santificaban los medios de comunicación y aquel statu quo vernáculo de las comarcas económicas, culturales, políticas y comunales.

 

Para comprender cómo Mi Vida es mi Vida caló tan hondo en el imaginario cinéfilo de yanquilandia, en esta oportunidad obviando en el análisis la merma posterior en su poderío discursivo, hay que tener presente quién era Rafelson, sin duda una de las figuras cruciales del naciente Nuevo Hollywood de la década del 70, aquel grupo de cineastas que abogaban por un realismo sucio de izquierda y por la recuperación del concepto del “director autor” del film en cuestión en línea con el credo de base de la Nouvelle Vague, y no sólo porque dirigió obras cruciales del período como la presente y El Rey de Marvin Gardens (The King of Marvin Gardens, 1972), su trabajo inmediatamente posterior, sino debido a que produjo además opus míticos de ficción clásica industrial como Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, y La Última Película (The Last Picture Show, 1971), de Peter Bogdanovich, y otros de naturaleza foránea pero también legendarios como por ejemplo La Mamá y la Puta (La Maman et la Putain, 1973), célebre tanque indie francés de más de tres horas y media del malogrado Jean Eustache, y Corazones y Mentes (Hearts and Minds, 1974), clásico absoluto de los documentales antibélicos a cargo de Peter Davis y orientado a retratar la manipulación mediática/ gubernamental del pueblo en general en lo que atañe al involucramiento de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam, subrayando que el racismo, la ignorancia y el nacionalismo de índole fascista fueron las herramientas utilizadas por las elites para justificar las masacres en el país asiático. Un dato muy gracioso del Rafelson previo a Mi Vida es mi Vida es que hizo todo su dinero, léase el capital que le permitió financiar las revolucionarias realizaciones citadas primero a través de Raybert Productions, junto a su socio Bert Schneider, y después mediante BBS Productions, ahora con Schneider y el amigo de éste Stephen Blauner, de la mano de The Monkees, una prototípica banda de laboratorio capitalista -quizás la primera en términos modernos- creada por Bob y Bert para la sitcom del mismo nombre, exitosa serie transmitida por la NBC entre 1966 y 1968 que presentaba a un cuarteto de clones bien burdos de The Beatles compuesto por los actores y músicos del pop y el rock Micky Dolenz, Michael Nesmith, Peter Tork y Davy Jones, los cuales comenzarían a cantar y tocar sus propios instrumentos más adelante en sus carreras.

 

De hecho, Mi Vida es mi Vida constituye la segunda aventura en el campo del largometraje del señor luego de haber dirigido numerosos capítulos de la serie de The Monkees y aquella curiosa adaptación cinematográfica, Cabeza (Head, 1968), un estupendo delirio psicodélico y alucinógeno coescrito por el amigote de Rafelson, Nicholson, para que funcionase como un exploitation combinado de Gira Mágica y Misteriosa (Magical Mystery Tour, 1967), magnífico especial de TV escrito y dirigido por The Beatles, y Submarino Amarillo (Yellow Submarine, 1968), obra maestra animada de George Dunning a partir de las canciones del cuarteto de Liverpool. Aquí Robert está en pareja con la mesera Rayette Dipesto (la querida y hermosa Karen Black), una mujer muy dependiente de él a nivel emocional, y es amigo de un compañero de trabajo, otro experto en las duras labores alrededor de los pozos de petróleo, Elton (Billy Green Bush), responsable con Stoney (Fannie Flagg) de un bebé que crían en una casa rodante, su hogar. Ya desde el vamos se nota que Dupea está haciendo lo posible para sacarse de encima a Rayette no tanto por su estilo de vista hedonista o porque le esquive al compromiso sino porque tiende a escapar cuando el apego muta en vínculo patológico y se genera una sumisión que enturbia lo que otrora fue bello, por ello gusta de emborracharse, jugar a los bolos y meterle los cuernos a su novia, sobre todo saliendo con Elton y dos mujeres más, Betty (Sally Struthers) y Twinky (Marlena MacGuire), aunque también le cuesta desprenderse de Dipesto porque amenaza con suicidarse y luego se entera que está embarazada. Su hermana Partita Dupea (Lois Smith), una concertista de piano, un día le comunica que el padre de ambos sufrió dos embolias y sería conveniente que vaya a visitarlo, así el hombre y su pareja viajan desde California hasta Washington en coche y en el camino levantan a un par de mujeres que quedaron varadas, Terry Grouse (Toni Basil) y Palm Apodaca (Helena Kallianiotes), esta última una loca importante obsesionada con la mugre en tanto símbolo de la decadencia moral y humana de las sociedades consumistas actuales. En la casa familiar Robert comenzará un affaire con Catherine Van Oost (Susan Anspach), pianista y pareja de su hermano violinista, Carl (Ralph Waite), y descubrirá que su progenitor está postrado en una silla de ruedas y ya no articula gesto o palabra alguna.

 

La propuesta es en muchos sentidos un estudio del comportamiento contradictorio estándar del burgués de izquierda, pensemos que Dupea se siente atraído por la descomunal Rayette, clásica señorita del vulgo con poca o nula cultura y para colmo sueños de convertirse en cantante de country, pero al mismo tiempo la mujer le genera algo de vergüenza ajena y por ello cuando ambos llegan a Washington él la confina a un hotel y se propone conquistar a la mucho más refinada y autoconsciente Catherine, algo así como su espejo/ igual de clase en términos sociales y educativos aunque siempre bajo el halo de una repulsa permanente y bastante visceral hacia la petulancia caníbal del estrato más alto de la pirámide plutocrática capitalista, capa representada no sólo en el mutismo censurador cuasi vegetal de su padre o en la presencia del tan amable como soberbio Carl, sino también en una amiga altanera, agresiva y muy vanidosa de la parentela, Samia Glavia (Irene Dailey), quien en una reunión se burla de Rayette, la cual se queda sin dinero y eventualmente se presenta en la morada de los Dupea, y la pone de ejemplo de comportamientos juzgados nocivos o retrógrados, lo que provoca que Robert a su vez explote y la defienda al sentirse en parte reflejado en -y espantado por- el ninguneo basureador al que es sometida la pobre Dipesto, señalando que la burguesía intelectual y artística no es más que una farsa patética símil intelligentsia o vanguardia cultural/ científica/ administrativa que jamás logra salir de su burbuja de altivez, hermetismo al que el resto de los mortales le importa un comino. Todo el segmento final de la película está orientado a esta denuncia de las paradojas de una voluntad de cambio que ve errores por todos lados en lo externo comunal pero se muestra incapaz de mirarse en el cristal y modificar los propios fallos o esas obsesiones no muy sanas que digamos, por ello cuando el protagonista halla a su hermana siguiendo sus idénticos pasos, ahora con Partita recibiendo un “masaje” de parte del enfermero de Nicholas, Spicer (John P. Ryan), estalla en furia y quiere golpear al hombre pero no puede vencer al exponente del estrato popular, un ex marinero, de la misma forma en que no consigue desprenderse del todo de su novia, Rayette, situación que incluso abarca el rechazo de una Van Oost que le aclara que lo rebota no por Carl o su carrera musical sino por las características intrínsecas de Robert, alguien que no se respeta a sí mismo ni ama a sus amigos, su familia, su trabajo, el arte, la música o lo que sea. Mi Vida es mi Vida, cuyo título original en inglés apunta a la tendencia del personaje del genial Nicholson a buscar siempre la solución más facilista pero asimismo más fatalista dentro del lote de lo posible, contrapone todo el tiempo el trasfondo aguerrido positivo de Robert, representado en aquella recordada secuencia en un restaurant de la ruta cuando entra en una acalorada discusión con una camarera obstinada e hiper ortodoxa que se niega a traerle su pedido (Lorna Thayer), con su propensión algo mucho negativa a rehuir del contacto cercano y la contingencia del amor verdadero, por ello en el monólogo final ante su padre da por sentada la derrota y momentos después abandona a Rayette en una estación de servicio subiéndose a un camión del montón que en apariencia se dirige a Alaska, destino de una Apodaca que relacionaba a la región con la pureza emblanquecida y con una limpieza -ética y nutritiva- que ya no existe en las grandes metrópolis, nuevamente situándonos como espectadores frente a la paradoja de Dupea dirigiéndose a consciencia hacia un enclave que supo negar como otro fraude más de las utopías de aquellos años 60 y 70, recordemos para el caso en cómo bromeó en el auto compartido y ante Palm aseverando que Alaska era blanca y cristalina “antes del gran deshielo” que la emparejó a todos los otros repugnantes lugares en los que habitan los repugnantes seres humanos. Jack volvería a colaborar con Bob en la también excelente El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981) y en obras inferiores como El Rey de Marvin Gardens, Ella Nunca se Niega (Man Trouble, 1992) y Sangre y Vino (Blood and Wine, 1996), retahíla que de todos modos se ubica entre lo mejor de la producción de un Rafelson que por fuera de esta sociedad creativa sólo logró brillar con propuestas muy posteriores como Viuda Negra (Black Widow, 1987) y Las Montañas de la Luna (Mountains of the Moon, 1990), algo que se exacerba al sopesar la trayectoria de la guionista Eastman, quien nunca más volvería al nivel de Mi Vida es mi Vida, El Tiroteo (The Shooting, 1966), de Monte Hellman, Estudio de Modelos (Model Shop, 1969), de Jacques Demy, y Entre la Fama y la Locura (Puzzle of a Downfall Child, 1970), de Jerry Schatzberg, seguidilla sublime de una etapa del séptimo arte norteamericano que lamentablemente no volvería a repetirse en los años venideros…

 

Mi Vida es mi Vida (Five Easy Pieces, Estados Unidos, 1970)

Dirección: Bob Rafelson. Guión: Carole Eastman. Elenco: Jack Nicholson, Karen Black, Billy Green Bush, Fannie Flagg, Lois Smith, Helena Kallianiotes, Toni Basil, Susan Anspach, John P. Ryan, Ralph Waite. Producción: Bob Rafelson y Richard Wechsler. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 9