El cineasta mexicano Juan López Moctezuma, sin duda una de las figuras más misteriosas y lamentablemente obviadas de la historia cultural de su país, comenzó trabajando en el rubro televisivo del esquema audiovisual, llegando a ser director de la pata europea del Grupo Televisa, y como productor de Alejandro Jodorowsky en ocasión de sus exquisitos convites en tierras aztecas, Fando y Lis (1968) y El Topo (1970), algo así como los dos primeros capítulos de una trilogía surrealista en verdad gloriosa del chileno que se completaría con La Montaña Sagrada (The Holy Mountain, 1973), ésta ya rodada mayormente en inglés con capitales aportados por Allen Klein, el manager de The Beatles, bajo insistencia de John Lennon y George Harrison, grandes fans de El Topo y el primero el artífice principal de su distribución en Estados Unidos. Influenciado visiblemente por el Movimiento Pánico, aquel colectivo contra la razón instrumental y lógica aristotélica conformado por Jodorowsky, el español Fernando Arrabal y el francés Roland Topor, Arrabal siendo recordado en el campo del séptimo arte por dirigir y escribir Viva la Muerte (1971) y Topor sobre todo por inspirar las también geniales El Planeta Salvaje (La Planète Sauvage, 1973), de René Laloux, El Inquilino (Le Locataire, 1976), de Roman Polanski, y Marquis (1989), de Henri Xhonneux, Moctezuma comenzaría su derrotero como realizador con La Mansión de la Locura (The Mansion of Madness, 1972), adaptación de un mítico cuento de tono humorístico y muy sarcástico de Edgar Allan Poe, El Sistema del Doctor Tarr y el Profesor Fether (The System of Doctor Tarr and Professor Fether, 1845), que por un lado anticipaba en gran medida la vorágine meticulosa e iconoclasta de La Montaña Sagrada y por el otro bebía explícitamente del misticismo de Fando y Lis y El Topo de la mano de la metáfora de los pacientes tomando el control de un neuropsiquiátrico y esclavizando a sus otrora verdugos sociales/ institucionales/ médicos. Luego de una breve incursión en un acervo industrial más tradicional, María, María, Sangrienta María (Mary, Mary, Bloody Mary, 1975), una suerte de reinterpretación del vampirismo desde el punto de vista de los asesinatos en serie, el mexicano regresaría al delirio surrealista pavoroso con la que sería su realización más famosa y más fetichizada cual obra de culto, Alucarda, la Hija de las Tinieblas (1977), hablada en inglés al igual que las dos epopeyas previas, mega cumbre de una carrera que fue cayendo en el olvido debido a los muchos problemas de distribución y disponibilidad de Matar a un Extraño (To Kill a Stranger, 1984), Bienvenida, María (Welcome, María, 1986) y El Alimento del Miedo (1994), sin que ello repercuta del todo en un fervor under que bien retrató Alucardos: Retrato de un Vampiro (2010), muy hilarante documental de Ulises Guzmán sobre el cariño bizarro de dos admiradores del director, Lalo y Manolo.
Basada a todas luces en algunos aspectos de Carmilla (1872), del irlandés Sheridan Le Fanu, archiconocida novela corta acerca del vampirismo lésbico que a su vez se inspiró en la Condesa Erzsébet Báthory, sanguinaria aristócrata húngara con cientos de cadáveres en su haber, y que desencadenaría en el corto plazo los latiguillos y toda la estructura básica de Drácula (1897), otro trabajo literario de amplia difusión internacional aunque en este caso de Bram Stoker, Alucarda, la Hija de las Tinieblas, título que cita con sorna al protagonista del libro de Stoker porque Alucarda escrito al revés nos regala “a Drácula”, es en cierto sentido una progresión natural de lo que Moctezuma ya había demostrado de manera algo embrionaria en sus dos opus anteriores, pensemos en este sentido que La Mansión de la Locura podía ser leída como una mixtura alucinada de horror gótico, melodrama, comedia autoparódica, faena picaresca y experimento de corte dadaísta y María, María, Sangrienta María como una cruza de terror vampírico, sexploitation, thriller de misterio e incluso película de acción ya que el agite se colaba especialmente durante aquel último tramo del metraje. Ahora bien, mientras que las obras previas sinceramente no pasaban de cierto encanto amigo del trash que indicaba la presencia de talento aunque sin confirmarlo del todo, planteo que generaba en el espectador una fascinación y/ o curiosidad por el próximo desvarío de la siguiente escena en sintonía con gente tan diversa como Herschell Gordon Lewis, Jesús Franco, Jean Rollin o Aristide Massaccesi alias Joe D’Amato, Alucarda, la Hija de las Tinieblas, en cambio, expande las insinuaciones artísticas revolucionarias de antaño y construye un combo que más que funcionar como un exploitation azteca de El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, y Carrie (1976), de Brian De Palma, es más bien una relectura de trabajos recientes autóctonos como la muy similar Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), de Gilberto Martínez Solares, y la famosa trilogía de terror gótico del querido Carlos Enrique Taboada, aquella de Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969) y Más Negro que la Noche (1975), señor que por cierto más adelante nos entregaría la extraordinaria Veneno para las Hadas (1986), amén de la influencia más que evidente que otros tantos creadores cinematográficos tendrían en la propuesta del mexicano como por ejemplo los citados Jodorowsky y Polanski más Federico Fellini, Luis Buñuel, Andrzej Zulawski, Pier Paolo Pasolini, el Jerzy Kawalerowicz de Madre Juana de los Ángeles (Matka Joanna od Aniolów, 1961), aquel Ken Russell de Los Demonios (The Devils, 1971) y hasta el estrambótico Gianfranco Mingozzi de Flavia, la Novicia Musulmana (Flavia, la Monaca Musulmana, 1974), otro mojón de la etapa en lo que atañe a la existencia monástica volcada a los disparates y las chanchadas imprecatorias.
La trama es muy sencilla y transcurre a mediados del Siglo XIX en una región sin precisar de México, donde Lucy Westenra (Tina Romero compone a este personaje que es una alusión directa a la primera víctima de Drácula en suelo británico luego de trasladarse a Londres desde los Montes Cárpatos, según la novela de Stoker) da a luz a una niña, a posteriori llamada Alucarda, en una cripta colonial abandonada y se la entrega a una gitana horripilante para que el Diablo no la reclame, no obstante la madre primeriza fallece por complicaciones post parto en el mismo momento en que Belcebú se abalanza sobre ella. Quince años después, Justine (Susana Kamini), precisamente una quinceañera de modesto pasar económico y corazón cándido, llega a un convento católico y orfanato del interior azteca y es recibida por la maternal Hermana Angélica (Tina French) y la adusta Madre Superiora (Birgitta Segerskog) justo cuando el Doctor Oszek (Claudio Brook) retiraba a su hija, la jovencita ciega Daniela (Lili Garza), luego de haber pasado el verano en el lugar, especie de hospicio y escuela cristiana para señoritas. Justine, clara referencia a una célebre novela del Marqués de Sade, Justine o los Infortunios de la Virtud (Justine ou les Malheurs de la Vertu, 1791), en el convento conoce a la versión adolescente de Alucarda (Romero de nuevo), muchacha muy pasional que pasa de quererla como amiga y hermana a confesarle su amor celoso y egoísta y reclamar que hagan un pacto de sangre para que ambas puedan morir juntas y nadie las separe jamás. Luego de presenciar una comitiva fúnebre por una tal Cintia, quien se suicidó y por ello será enterrada en suelo no consagrado, y de encontrarse en la zona lindante al monasterio con un gitano jorobado y bastante charlatán que les quiere vender un amuleto de la suerte (un irreconocible Brook), las mujeres ingresan en la cripta y Alucarda abre el lúgubre féretro de su madre, generando una doble posesión demoníaca que después provoca el desmayo de Justine durante una misa, los gritos histéricos de su amiga, el rechazo a los crucifijos y hasta la mentada ceremonia de sangre, todo amparado por el jorobado y en medio de desnudez, nocturnidad, lesbianismo vampírico, tormentas, visiones truculentas de la Hermana Angélica y una orgía en el bosque a lo aquelarre para celebrar la conversión de las chicas. El asunto se desmadra cuando las jóvenes profesan en público su devoción a Mefistófeles y Alucarda para colmo acusa de reprimido sexual al sacerdote confesor de la abadía, el Padre Lázaro (David Silva), generando que las monjas y el propio cura comiencen a flagelarse con látigos por su ineptitud en materia de recuperar a las ex católicas y ahora satanistas fervientes. Oszek ensaya una sangría con sanguijuelas sobre la débil Justine y por su parte Lázaro, en complicidad con la Madre Superiora, realiza un exorcismo extasiado sobre la muchacha que deriva en la condena enérgica del médico, en más histeria religiosa masiva y en el fallecimiento de la poseída, producto de punciones profundas en su pecho que mutan en sinónimos de hemorragia imparable. Angélica también rechaza la práctica de la elite institucional y sus magros resultados y ve con buenos ojos que el doctor se lleve a Alucarda a su hogar para salvarla de morir en el convento como su pobre amiga, sin embargo el cuerpo de Justine eventualmente se esfuma y la monja que la cuidaba, la Hermana Verónica (Adriana Roel), aparece incinerada pero su cadáver pronto resucita, llevando al Padre Lázaro a cortarle la cabeza con una espada mientras insta al médico, hasta este punto un adalid de la ciencia, a que deje de considerar a tamaña fanfarria eclesiástica como algo sádico, retrógrado o directamente demencial. Oszek se percata del peligro que atraviesa Daniela al haberla dejado sola con Alucarda y comienza la búsqueda de ambas ninfas, a quienes halla en el mismo convento luego de que Angélica descubriese al personaje de Kamini bañándose en sangre en un ataúd de la cripta colonial, así el doctor desencadena con su necedad y soberbia la muerte de ambas porque en el instante en que la monja estaba logrando sacar a Justine de su trance demoníaco el hombre le arroja agua bendita, quemándola hasta evaporarse aunque no sin antes morderle la garganta a Angélica. El enfrentamiento final se produce en el orfelinato entre Alucarda, quien con sus poderes diabólicos impulsa la destrucción de la abadía y la combustión espontánea de las religiosas, las otras alumnas y unos cuantos monjes, y una Angélica que incluso fallecida consigue transformarse en una reencarnación con vagina de Jesucristo y destruir a su contrincante espiritual, rápidamente reducida a cenizas al lado de un crucifijo gigante en llamas de una capilla y bajo la mirada de Lázaro y un Oszek que lleva a su vástago desmayado en brazos.
Alucarda, la Hija de las Tinieblas, la cual efectivamente retoma el motivo vampírico y el sustrato sexploitation hiper morboso de María, María, Sangrienta María y el trasfondo surrealista y la burla virulenta contra el statu quo y las instituciones sociales de La Mansión de la Locura, es una película profundamente antipopular y este término no sólo abarca el doble hecho de que fue rodada en inglés, orientada más al mercado anglosajón que al vernáculo, y en un país decididamente católico como México, no hasta hace mucho tiempo uno de los grandes baluartes del conservadurismo más piadoso de Latinoamérica, sino que incluye el detalle adicional de que la estrategia discursiva del film de Moctezuma, coescrito con Alexis Arroyo a partir de una historia original de ambos junto a Tita Arroyo y Yolanda López Moctezuma, pasa por exacerbar los recursos retóricos para llegar al nivel de la sátira tácita vía una hipérbole en espiral, argucia muy poco utilizada en el ámbito cultural latino aunque sí explotada por los anglosajones y europeos desde siempre, de allí que éstos sean un poco más tolerantes en materia de una crítica que, en vez de atacar abiertamente a la fe como superstición y a la ciencia como dictadura tecnocrática y gélida apenas camuflada, opta por reconducir hacia sus confines enardecidos a ambos rubros para ridiculizarlos en sus tragicómicos fracasos, planteo macro en producción y recepción que desde ya no quita que aún hoy -tanto en el Primer Mundo como en el Tercero- una película de impronta under terrorista como la presente continúe generando reacciones exaltadas y paradójicas por parte de tarados que confunden enajenación artística iconoclasta con un documental sobre un caso de exorcismo o -incluso peor- con un opus trash del montón destinado al consumo de la secta de descerebrados promedio del exploitation del pasado u hoy en día. La inteligencia de la película que nos ocupa se esconde por debajo de cierta torpeza formal de Moctezuma, ya vista en sus dos trabajos anteriores de manera mucho más profusa en función del bajo presupuesto y los limitados recursos disponibles en general al momento del rodaje, y tiene que ver con su excelente manejo combinado de registros y tópicos cuasi antagónicos como el nunsploitation, los chupasangres, las enfermedades mentales, la homosexualidad, la idolatría fanática, las posesiones, esa moral bucólica que cae en el fariseísmo, la tiranía de los grupos organizados, el fetiche con el paganismo ancestral, la sexualidad perversa post hippismo, el apego a la violencia sacrílega y por supuesto toda esta pugna entre tradición y modernidad o dogma ortodoxo y ateísmo pancista de índole plutocrática patológica. En la odisea de Moctezuma todos matan porque todos fracasan en salvar las vidas que corren peligro, desde el cura que representa a la religión mayoritaria, pasando por el médico que simboliza a la ciencia y por Angélica, apóstol del credo humanista, hasta finiquitar en las mismas Justine y Alucarda, víctimas reconvertidas en victimarias porque no tardan mucho tiempo en dejar atrás la típica actitud de las burguesas contemporáneas, eso de homologarse a puro facilismo a la condición de mártires o heroínas prosaicas, con el objetivo manifiesto de transformarse en verdugos de aquellos que supieron dañarlas y de cualquier inocente o bobo complementario que esté a su alrededor, de allí se explica primero la metamorfosis de las féminas desde el acarrear por cuna los signos de las putas tentadoras e impías, léase las tetas, la concha y el culo, a consagrarse en cuerpo y alma a los caprichos del maligno cual venganza que pronto deriva en anarquía homicida polirubro, y segundo su idiosincrasia múltiple en tanto brujas, beatas, vampiras, monstruos bellos, meretrices, asesinas, vírgenes, apóstatas, corruptoras, castas y blasfemas. Como decíamos con anterioridad, Alucarda, la Hija de las Tinieblas no llega al nivel de perfección técnica de los clásicos de las orgías sacras de Kawalerowicz y Russell ni tampoco al devenir gótico y grotesco de Mario Bava o el Roger Corman adaptando a Poe, no obstante ese no es su horizonte conceptual porque el eje del relato es precisamente la locura escalonada dentro de los muros del convento y para ello resulta fundamental el estupendo desempeño de Romero, Kamini, Silva, French, Segerskog y un Brook sin igual que ya había aparecido en la ópera prima de Moctezuma y siempre estará en el corazón de los cinéfilos de izquierda por sus geniales colaboraciones con Buñuel. El frenesí lírico y la luminosidad ennegrecida y barroca del film, apuntalada en la manipulación libertaria de este “Satanás, nuestro señor y maestro”, enfatiza el doble filo de la feminidad, seductora y peligrosa en simultáneo, y la catarata de desastres que genera el todo comunal cuando pretende ajusticiar a sus miembros más díscolos o transgresores…
Alucarda, la Hija de las Tinieblas (México, 1977)
Dirección: Juan López Moctezuma. Guión: Juan López Moctezuma y Alexis Arroyo. Elenco: Tina Romero, Susana Kamini, Claudio Brook, David Silva, Birgitta Segerskog, Tina French, Lili Garza, Adriana Roel, Martín LaSalle, Manuel Dondé. Producción: Juan López Moctezuma y Max Guefen. Duración: 78 minutos.