Quentin Dupieux, autodenominado Mr. Oizo en lo que atañe a su carrera musical orientada al house, el techno y la electrónica kitsch de impronta semi experimental, con Mandíbulas (Mandibules, 2020) vuelve a demostrar que vive en un universo cinematográfico paralelo en el que todavía es posible rodar comedias tan absurdas y surrealistas como la presente, obras que por un lado retoman ingredientes paradigmáticos de los géneros clásicos, aunque sin el marco obvio y desabrido de la estructura narrativa hollywoodense contemporánea y sus diversos acólitos en todo el globo, y por el otro lado juegan con un delirio heterogéneo y costumbrista que le escapa en simultáneo al terrorismo de cineastas como Terry Zwigoff, Todd Solondz y Jim Hosking y a la dulzura indie estándar de señores como Wes Anderson, Spike Jonze y Jared Hess, amén de las posibles conexiones con el costado más insólito, freak, alucinado y/ o de humor negro hiriente de realizadores jóvenes como Carlos Vermut, Lorcan Finnegan, Eduardo Casanova y Noah Hutton, algunos de mayor edad como Lenny Abrahamson y Charlie Kaufman y veteranos consumados como Vincenzo Natali, Don Coscarelli o el largamente fallecido Hal Ashby, uno de los padres de la vertiente. Dupieux se fue posicionando de modo paulatino como un experto en el minimalismo desconcertante que abraza a pleno las premisas más demenciales con vistas a construir desde el vamos una lógica alternativa, con respecto a la mainstream o consuetudinaria, sustentada primero en lo imprevisto disruptivo en secuencia, dentro de un armazón que parece tradicional aunque en última instancia no lo es, y segundo en una producción artística inusitadamente prolífica para nuestros tiempos que va construyendo una baraja conceptual coherente, siendo cada nueva película un naipe, y subraya el gustito del artesano francés por una mordacidad muy sutil que nos invita a no pensar demasiado y dejarnos llevar por el devenir de los desvaríos.
Recuperando en parte los coqueteos más o menos lejanos para con la fórmula de las buddy movies de trabajos previos, en sintonía con Steak (2007), Wrong Cops (2013) y Keep an Eye Out (Au Poste!, 2018), todos homenajes parciales y en simultáneo aberraciones del andamiaje retórico, Mandíbulas se sirve del esquema de las farsas de amigos bobalicones, prototípico del séptimo arte populachero o chatarra de las décadas del 80 y 90, del mismo modo que Rubber (2010) y El Ciervo (Le Daim, 2019) reutilizaron los latiguillos del slasher y Wrong (2012) y Reality (Réalité, 2014) retomaron aquellos de la parodia o hasta el film noir de un enigma de lo más bizarro, léase pensando no en fetichizar al formato de turno desde la cholulez baladí, como hacen tantos directores y guionistas de la actualidad, sino en usarlo de base para construir algo realmente propio, hoy basado en esa identidad surrealista característica de Quentin a la que hacíamos referencia con anterioridad. Manu (Grégoire Ludig, ya visto en Keep an Eye Out) es un vagabundo que adora dormir en la playa y recluta a un amigo de toda la vida, el también bastante tontuelo Jean-Gab (David Marsais), encargado de una pequeña estación de servicio familiar, para recoger una maleta misteriosa de un tal Michel Michel (Philippe Dusseau) y entregársela a otro tipo por 500 euros. Luego de robar un Mercedes-Benz destartalado encuentran una mosca gigante en el baúl y Jean-Gab convence a Manu de domesticarla y entrenarla para hacer que les traiga cosas, “como un dron pero sin pilas”, y para eventualmente hacerse ricos. Los dos chiflados primero se topan con un viejo que vive en una casa rodante, Gilles (Bruno Lochet), al que toman de rehén aunque termina escapando, y después con una tal Cécile (India Hair) que confunde a Manu con un ex compañero y otrora novio de secundaria, invitando a los dos protagonistas -y a su simpático moscardón- a una casona de la alta burguesía con pileta.
Como siempre en el cine de Dupieux, la realización indaga en la enorme capacidad del ser humano para autosabotearse constantemente -a veces de puro terco, en otras oportunidades de puro idiota- mediante una escalada del ridículo que llega a la crisis terminal en cada espacio en cuestión del entramado narrativo, en el trailer al costado del camino cuando se les escapa el dueño entrado en años y Manu prende fuego accidentalmente la casa rodante al pretender cocinar algo y a posteriori, ya en la residencia de la burguesa, en ocasión del claro peligro de que la anfitriona descubra la existencia de la colosal mosca y los termine echando de ese paraíso temporario, una Cécile que está muy interesada en Manu y pretende disfrutar de las vacaciones en la costa francesa con su hermano, el esnob insoportable Serge (Roméo Elvis, rapper belga y socio musical reciente de Quentin), y dos amigas, Sandrine (Coralie Russier), una chica con un rostro muy peculiar, y Agnès (Adèle Exarchopoulos), muchacha con un “problema de vocalización” que la lleva a gritar de manera permanente para hablar porque sufrió daño cerebral luego de un accidente de esquí, en esencia una enajenada total que piensa que Manu quiere acostarse con ella y por ello lo expulsa de la habitación que le asignó la propietaria de la casa y los espía a ambos para descubrir qué esconden, así el dúo de amigos secuestra a un chihuahua de una morada vecina y lo hacen pasar como el “gran secreto”, no obstante la mosca, bautizada afectuosamente Dominique por Jean-Gab, se come al perro. Mandíbulas es un prodigio en el campo de los detalles que crean esta maravillosa cotidianeidad lunática de la que somos testigos, como por ejemplo la fe ciega de la dupla en el éxito de su descabellado proyecto de domesticación o la misma estrategia de Manu y Jean-Gab de ponerle cinta a las alas del horroroso insecto e incluir somníferos en sus alimentos para poder ocultarlo o para que se quede tranquilo en general.
Desde los tonos pasteles de la perfecta fotografía y su sabia economía expresiva habitual a través de un montaje que también controla de primera mano, aquí con un metraje de apenas 77 minutos en un tiempo donde todos los palurdos con egos inflados ofrecen tanques indie y mainstream de más de dos horas, el cineasta apela a una inocencia que tiene mucho de inmadurez, torpeza, obsesión, efervescencia, desatino, vitalidad, alegría y un sustrato lúdico asimismo homologado al hedonismo del presente eterno y los recursos escasos porque en el relato se exprime el momento vivido y se hacen planes a muy corto plazo ya que la razón instrumental/ comercial/ plutocrática siempre es castradora y sofocante y la mejor forma de atacarla -o de burlarse abiertamente de ella- es proponiendo al despropósito como dialéctica crucial del film. Las actuaciones de Ludig, Marsais y Exarchopoulos son estupendas porque se manejan con comodidad en la frontera entre el bufón sosegado tradicional, los episodios de exaltación esporádica y la sobreactuación ya plena acorde con el trasfondo payasesco de cada personaje, a lo que se agrega el exquisito diseño de esa Dominique de un CGI para nada intrusivo que hace las veces de una suerte de mascota tradicional para Jean-Gab, el cual desde un inicio le toma cariño y la respeta como a un cofrade más en la tradición del propio Manu. Empezando por la paz de los menesterosos que viven dormitando donde sea y finalizando en el lujo grotesco de los magnates hediondos y sus dentaduras con joyas, la película recupera la libertad de los sueños de la niñez, donde era posible hallar de la nada a un insecto gigante y domesticarlo para que nos traiga un racimo de bananas, aunque sin la melancolía patética del nuevo milenio y orientando el asunto hacia una malicia delictiva cuasi contracultural en la que la triste vagancia promedio de hoy en día -para absolutamente todo, ya sin especificidades- muta en sinónimo de curiosidad e improvisación existencial…
Mandíbulas (Mandibules, Francia/ Bélgica, 2020)
Dirección y Guión: Quentin Dupieux. Elenco: Grégoire Ludig, David Marsais, Adèle Exarchopoulos, India Hair, Roméo Elvis, Coralie Russier, Bruno Lochet, Raphaël Quenard, Gaspard Augé, Dave Chapman. Producción: Vincent Mazel y Hugo Sélignac. Duración: 77 minutos.